Follow by Email

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El arte de la guerra (I)

Ya nadie valora los pequeños actos de heroísmo. Todos desprecian la guerra de trincheras. La gente piensa que la victoria anida en épicas batallas. No se dan cuenta de que la mejor manera de acabar con tu enemigo es asesinarlo lentamente, muy despacio, sin que se dé cuenta de que, poco a poco, va muriendo; que no perciba el reguero de sangre que rubrica cada uno de sus pasos; dejar, incluso, que piense que ha ganado la última batalla; quitarte el sombrero y decirle Enhorabuena, he perdido; no hacer leña del árbol caído hasta que no le reste ni una gota de savia; reír sobre el cadáver, nunca al lado del enfermo terminal; aguantar, esperar, asestar el golpe sólo cuando sea mortal; saber que el aplauso de los liberados oprimidos cicatrizará todas las heridas; asumir los costes del desgaste; aceptar la posibilidad de que tú seas el vencido, confiando en que los que son enterrados envueltos en la bandera de la verdad y la justicia resucitarán antes del Día del Juicio Final y cercenarán todas las cabezas de las hidras.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Insectos (IV)

Arañas trepando por mi cara. Serpientes que se enroscan en el contorno de mi ombligo. Hongos bajo las uñas. También en otros sitios, húmedos, fríos, oscuros e inhabitados. Un ataque epiléptico me libera de algunos de los insectos que me utilizan como nido. Las ratas huyen por el pasillo, perseguidas por los escorpiones que dormían al abrigo de mis labios. Un ciempiés cuenta despacio los dedos de mis manos. El número le resulta extraño. La perplejidad de las mentes inferiores no es tan distinta de la que tortura a las mentes superiores. En contra de lo que dijo Aristóteles, en el término medio no está la virtud, sólo el tedio y la impasibilidad de los burgueses.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

ESO. LO OTRO. LO QUE SEA. LO QUE PASA

Se acerca el momento. Lo presientes. Lo sientes en las tripas y en las palmas de las manos. Se resiente la boca de tu estómago y el centro de tu esternón. No lo dices tú, pero lo digo yo. Tú sólo callas y esperas. A veces crees que se trata de ESO. Otras piensas que de LO OTRO. Puede también que de ambas cosas a la vez o que de ninguna de ellas, sino de algo que ni siquiera alcanzas a imaginar. En cualquier caso, ocurrirá pronto, pero ¿cómo de pronto? Tampoco lo sabes y no te importa. Como he dicho, de momento sólo callas y esperas a que LO QUE SEA te explote en la cara. Mejor que te pille desprevenida, sin capacidad de reacción ni plan de evacuación. De lo contrario, podrías llegar a sustraerte a su marea y si hay algo que tienes claro a estas alturas es que debes ahogarte en la impetuosidad del mar que alumbró tus palabras más acuosas. La espuma que generan tus silenciosas lágrimas, al estrellarse contra las aristas de las rocas de tu pecho de pizarra, salpica el cristal de la urna que te protege del paso del tiempo. Él contempla el escaparate, ansiando lamer la sal del tenso sudor de tu nerviosa espera. Enfebrecido de deseo, utiliza la punta de las llaves de su casa para dibujar una puerta en el vidrio que os separa. Se rasga la noche. Rechinan los dientes. Crujen los huesos. Sopla el viento. Un escalofrío trepa los escalones de tu columna vertebral. Las nubes de primera hora de la mañana te impiden ver LO QUE PASA.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Tormentas (IV)

Los cristales del aeropuerto están sucios. Al otro lado, dos aviones recorren la pista de despegue, prestos a abandonar el suelo. A ti también te falta poco para hallarte entre las nubes. Normalmente te gusta elevarte hasta superiores capas de la atmósfera, pero hoy necesitas anclarte a la tierra, fundirte en el frío de las baldosas de esta sala de espera, atestada de desconocidos que no te importan, que no te queman ni te escuecen. Dicen que esta noche habrá tormenta, pero eso será aquí, no allí donde vas. Las desigualdades climáticas son injustas, que unos puedan tostarse al sol mientras otros se calan bajo la lluvia, tratando de esquivar el alcance de los rayos... ¡Qué más da! ¿Acaso la igualdad en la desgracia resulta más deseable? ¿Es realmente la lluvia una maldición? Un exceso de luz abrasa y provoca cáncer de piel. El agua limpia, salvo que se trate de lluvia ácida. Observas los renglones que rasgan el inmaculado blanco de los folios sobre tu regazo. Parecen torcidos o puede que seas tú la que no está derecha.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Eine kleine Nachtmusik (I)

Las luces de los faros reflejadas en los coches aparcados. Lluvia. Frío. Miedo. Miedo a morir sola en una ciudad extraña, fumando a pequeños sorbos el hastío de tu ausencia. Miedo a que todo esto no sea cierto, sin dejar de serlo. Tiemblo. Me aferro al volante, como se abraza un náufrago al último salvavidas que queda libre. No quiero mirar al cielo. Esta inútil tarde de domingo es demasiado oscura para visualizar el sol que duerme arropado por este gris nórdico de nubes crueles y vengativas. Giro la llave y enciendo el motor. Dicen que si corres hay más probabilidades de que te alcance un rayo. Yo hace demasiado tiempo que no avanzo, por mucho que me mueva. Por eso no queda ni un voltio de electricidad circulando por mis venas.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Caída libre sin paradas intermedias

Caída libre sin paradas intermedias, en diagonal circular trazada sin compás, a pulso y mano alzada, mordiendo el labio, concentrada en magnificar el impacto contra el suelo, empeñada en dinamitarte en mil partículas de polvo transparente, pudiendo así camuflarte en el aire suspendido entre tus pestañas y su ombligo, epicentro de todo este desastre, que a veces hiela y otras te arde. Pero no eres tú quien decide las consecuencias de tus actos, sino quien asume las elecciones de la aleatoriedad de la ruleta. Tus pies son demasiado grandes para convertirte en Cenicienta y él carece de corcel para transformarse en príncipe. Tendréis que encontraros mientras vagáis descalzos sobre la arena de esta playa apocalíptica, asolada por el tsunami de vuestra saliva desatada, incontrolable e incontenida, lamiendo carne, sorbiendo sangre. Reventarán vuestros pulmones. Se abrirán vuestras muñecas. Y más vencidos que rendidos, aceptaréis vuestro destino.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Las horas son tortugas que nunca llegan a la meta

Te odio y te quiero a partes iguales, puede que un poco más lo primero que lo segundo. Dicotomías ancestrales que provocan vértigos siderales. Margaritas que no deciden los destinos de los corazones que las deshojan, pero que cercenan la poca vida que les resta. Las horas son tortugas que nunca llegan a la meta, mamuts que aplastan a los cavernícolas que no son capaces de ensartarlos en sus lanzas, elefantes que no retroceden ante el empuje de los ratones más chillones. Ahora lo sé. Antes también. Es sólo cuestión de tiempo. Si no grito, caducará mi aliento.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Túneles (I)

Decantas con desgana los restos de esta tarde que se acaba, buscando en balde una llama que hace tiempo que no arde. Quema el sol que fallece en el borde inferior de los visillos descorridos. Quieres que sus últimos rayos penetren en tu piel, pero te aterra la destrucción que podría generar su moribunda combustión. Asustada, te alejas de la ventana, sumergiéndote en las sombras que devoran la vulnerabilidad de las almas más frágiles. Sólo allí te sientes a salvo. Acostumbrada al frío de su abrazo, tu epidermis de hielo sólo teme ya al calor de las hogueras infernales. Cierras los ojos, pegando tu espalda desnuda a la pared umbría. Palpas la superficie revocada hasta encontrar la minúscula hendidura y rascas poco a poco los restos de la pintura desconchada. Paras cuando tu dedo índice sangra. Dos lágrimas se desprenden de tu velada mirada. Al otro lado del tabique, tres topos en paro recortan unas uñas atrofiadas por falta de uso.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Vampiros (I)

Quedan 41 días y la extraña sensación de que allí me encontrará lo que buscaba. No es culpa mía. Tampoco tuya. No decidí ir. Tampoco decidiré volver. Soy sólo un avión de papel arrojado desde el rascacielos más alto de Manhattan. Incluso aunque me esfuerce en ello, si el viento decide lo contrario, nunca llegaré a tocar el suelo. Me dices que no olvide cosas que hace tiempo que dejé de recordar. Yo asiento para no herirte calculando los segundos que restan para que tu rostro termine de diluirse en mi retina. Sólo tus palabras permanecerán tatuadas en las venas de mis muñecas, cinceladas por la aguda punta de tus colmillos de vampiro. Oiré el eco de sus letras, pero desaparecerá tu boca. Se difuminará el trazado del camino, pero persistirán las huellas de nuestros pasos. Sé lo que significa todo esto, lo que no significa que tenga que aceptarlo.

martes, 3 de septiembre de 2013

El camino a OZ

Fue un agosto memorable por la ausencia de acontecimientos dignos de recordar. 31 calurosos y solitarios días suspendidos entre la convulsión de la revolución de julio y la incertidumbre de un septiembre en reconstrucción. Trataste de prolongar su calma. Te meciste en su silencio apocalíptico. Dejaste que su abrasador aliento secara las lágrimas aún no derramadas. Te desvaneciste en la calima de sus tardes y envolviste en fulares de seda el frescor de las primeras horas de sus mañanas. Rehuiste el contacto de los otros por miedo a que no comprendieran la belleza de una ciudad completamente abandonada a su suerte. Escuchaste la terrenal música de las chicharras. Manchaste tus manos con el alquitrán del derretido asfalto. Reventaste las ampollas que el Sol arrancó a tu piel. Durante algunos minutos descubriste la paz de quien a nada aspira porque tiene todo lo que necesita para ser feliz. Trataste de no pensar en septiembre, pero septiembre llegó sin que pudieras negar su existencia y entidad. Corramos un tupido velo. Nunca te gustó nadar en aguas cenagosas, mucho menos cuando en las orillas hay faunos acechando el baño de las ninfas. Después vendría el ventoso huracán de octubre. También te habría gustado evitarlo, pero era la única manera de llegar a OZ, enfrentarte a sus brujas y conocer a su mago.