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jueves, 30 de enero de 2014

Nocturno (IV)

A pesar de tanto tiempo, aún hay pedazos de tu cuerpo que recuerdan el destierro. Olvidaste el momento en el que emitiste el último lamento. Escribes a oscuras, imaginando que una tinta blanca y fluorescente rasga la negrura del techo de tu cuarto. Tus manos atadas al borde de la cama ya no hablan, sólo callan. Tus labios balbucean excusas que nadie entiende ni comprende. Cuando se encienda la luz habitarás el reino de las sombras. Ahora no. Ahora que las tinieblas se enroscan alrededor de tus tobillos duermen todos tus miedos. Dicen que la mayor parte de los ciegos son valientes, pero tú sólo temes lo que ves, no lo que permanece oculto. En la sexta estantería de esta noche interminable se apolilla un libro que sólo puede leerse con el metrónomo de una mecedora junto al fuego. Allí se esconde el código de seguridad que evita la apertura de las puertas del infierno. En contra de lo que todos piensan, yo ya no te quiero, pero mi lengua lame la pintura plástica de las paredes que coloreaste, tratando de envenenar el curvilíneo deseo que desboca mis caderas. Cuando el sol viole el cristal de mis ventanas, yo cerraré los ojos para no ver los peligros que me acechan. El fantasma de tus dedos es alargado y retorcido. El viento murmura maldiciones entre las hojas de los tilos.

lunes, 27 de enero de 2014

Rista blodörn

La descongelación duele casi tanto como su contrario. Por eso no permito que el radiador de tus manos derrita mis costados. Fueron muchos los pecados ocultados. Demasiados sentimientos embotellados. Animales imantados. Reyes destronados. Asnos coronados. Dioses aplastados. Saltarás desde el tejado, esparciendo tus sesos en picado, sin escuchar mis gritos demudados, ni atender a mis ojos degollados. No puedo dormir al fuego ni broncearme en el desierto. Necesito seguir helada, estática y callada. Si me muevo, se quebrará mi alma. Si te respiro, se rasgará mi calma. Demasiados días fuera de casa. Tenía que haber regresado al sonar la primera alarma, pero permanecí desnuda a merced del viento y ya no queda nada de los que tenía dentro. Si cierro los párpados, te sueño muerto. Al despertarme, te pierdo. Poco importa lo que sufra, esta noche necesito derretirme entre tus labios, licuarme dentro de tu boca, descender el tobogán de tu esófago y fallecer corroída por los jugos gástricos de tu estómago. Todo lo demás ya no me importa. Pero nada ocurre. Tú no estás en esta habitación de hotel, sino a un número indeterminado de kilómetros que nunca he sabido cómo calcular. Mi piel fría busca el calor de los tubos de calefacción que reptan bajo el suelo de este cuarto, tan impecable como impersonal. Mi pecho se tritura contra las baldosas que imitan madera. Unas tijeras invisibles desgarran la cremallera de mi espalda. Soy sólo un águila ensangrentada, que se ahoga antes de llegar el alba.

martes, 21 de enero de 2014

Lecciones de ontología (I)

Y llegó la niebla y lo envolvió todo, cerrando sus ojos para siempre. Y fue como si él no hubiera existido nunca, aunque puede que eso fuera justo lo que ocurriera, que él jamás hubiera existido, pues ¿cómo existe algo que ha dejado de existir? Y recorrí con esmero mis recuerdos, siguiendo los trazos de su ausencia, creyendo que así encontraría el sendero que me conduciría hasta lo que él fue una vez. Pero, donde él estuvo, no quedaba nada, sólo un vacío imposible de llenar, una foto en la que uno de los protagonistas retratados había sido recortado por una ex mujer furiosa. Y lloré, consciente por primera vez de mi pérdida, que, en realidad, no era mía, sino de él. Lloré como nunca había llorado, con la boca abierta y la respiración entrecortada. Dicen los curas que no debemos lamentarnos por los muertos, que están en un lugar mejor, al lado de Dios, pero yo no me lamentaba por el destino de mi muerto, sino porque ese muerto, que ahora se encontraba al lado de ese Dios acaparador de almas intachables, ya no era mi muerto, sino alguien distinto. Lloraba porque mi muerto había dejado de ser y porque ni siquiera lo que de él guardaba en mi memoria era ya él. Y volví a sentir la nada y el vacío y la ausencia y supe que el tiempo no podría rellenar ese agujero y me pregunté cómo podían los demás seguir caminando, cuando partes de sus vidas habían sido extirpadas de este mundo, sabiendo que ése es también nuestro destino, que, el día menos pensado, el bisturí del Supremo Hacedor rasgará el lazo que nos une a esta tierra de condenados a la hoguera del olvido, librando a la Existencia de ese tumor, a veces maligno, otras benigno, en el que nos convertimos con el transcurso de los años. Y como un cáncer, nuestro cuerpo será arrojado al cubo de basura del quirófano celeste, donde los gusanos terminarán de devorar los restos de la carne que envolvió lo que una vez fuimos. Pero, ¿fuimos realmente alguna vez? ¿O sólo creímos ser? ¿Soy yo la que habla o ese señor de barba blanca que no sabía si soñaba personajes o era él un personaje soñado? Y me pregunto quién soy yo y, sobre todo, si he dejado ya de ser, sin darme cuenta, y comprendo que Descartes estaba equivocado, que la capacidad de pensar no implica la existencia, porque el pensamiento puede ser sólo el eco del grito de alguien que ya no es, como las estrellas muertas cuya luz aún llega hasta nosotros. Y entonces se secan mis lágrimas, pensando que no tiene sentido llorar por alguien que no es y que puede que nunca fuera, cuando es muy posible, además, que yo ni sea ni haya sido. Y comprendo que mi única opción de salvación es terminar de diluirme en estas palabras, que son cualquier cosa menos mías, porque somos los hombres esclavos de las palabras y no al revés y quien no lo comprenda es que nunca ha escrito ni pronunciado una sola sílaba. Pero es cierto. El mundo está lleno de mudos que hablan por los codos y de analfabetos que escriben Biblias que no inspiró ningún Espíritu Santo y mientras esta especie apocalíptica amenaza con poblar la tierra de seres inanimados que se creen con vida, aquellos que aún somos humanos no tenemos más remedio que creernos marcianos, dibujados en un cómic que pronto dejará de ser papel para convertirse en una entelequia electrónica, en algo que tampoco es, ni nunca fue, sino que sólo parece ser. Como tú, como yo, como él. Y sorbiéndome los mocos, continúo andando, toda yo convertida en agujero, amputada de esta foto sin necesidad de que nadie haya blandido unas tijeras. Sólo el dolor existe. Todo lo demás es agua que se escurre entre los dedos y el agua tampoco existe, es sólo la unión de tres moléculas que no vemos, pero en las que tenemos fe, porque apagan nuestra sed.

lunes, 13 de enero de 2014

Turbulencias (I)

Todo se derrumbó en aquella sala de espera, aguardando una puerta de embarque, otra más, otra menos. Quizá también él consultara las pantallas de algún aeropuerto en ese mismo momento. O puede que no. ¿Quién sabe? ¿A quién le importa? Es un detalle irrelevante para esta historia, no así para otros relatos conectados. Ocurrió en un instante. Tu debilitado caparazón de tortuga saltó dinamitado por los aires. Ningún hecho externo fue responsable del desastre. La explosión se generó dentro, dejándote desnuda y expuesta ante la idea de que, esta vez, no serás capaz de salvarte a ti misma. Te sentaste al lado del hombre equivocado, buscando la protección de su leve semejanza con el auténtico hombre erróneo. Un robot pingüino hablaba en inglés con los pasajeros que no se cuestionaban su destino. Rezaste erguida y con los ojos abiertos, mientras los altavoces anunciaban un vuelo que te devolvería al agua helada en cuya superficie aún pueden patinar tus sueños. No es el momento. Aún no. No tienes que esforzarte en conseguirlo. Limítate a flotar a la deriva. Es la única forma de que un náufrago sobreviva. Los que se empeñan en luchar, fallecen víctimas del cansancio. También hay niños que hablan idiomas incomprensibles. Curiosamente, son los únicos seres humanos a los que entiendes.

viernes, 3 de enero de 2014

Envolvente (II)

Tenemos miedo de deshacer el lazo, de quitar el envoltorio y descubrir que la caja está vacía, que no tenemos alma, que nuestros cuerpos no cobijan más que huesos, vísceras y sangre, que somos vainas huecas, muñecos de trapo, robots a los que un día se les acabará la pila. Pero nos equivocamos. Tratamos de ver algo que, por definición, es invisible y, cuando nuestros miopes ojos se enfrentan a la nada, no nos damos cuenta de que la hoja no está en blanco, sino que basta con un poco de vapor para hacer aflorar las palabras aparentemente inexistentes, las que explican todo lo inexplicable. Ten fe. Créeme. Aunque no lo percibas, hay algo eterno debajo de esta piel.