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jueves, 28 de agosto de 2014

Heridas (XIII)

Tu veneno en mi piel, multiplicando la sed, crucificando mi sombra en la pared, agujereando tu nombre en mi sien, hasta horadar la parte más externa de mi córtex cerebral. No existen pastillas que bloqueen del todo tu recuerdo, ni jabón que te desprenda de los contornos de mi cuerpo. Mis uñas continúan arañando la puerta que dejaste entreabierta, el esmalte desgastado, los dedos llenos de astillas; pero ambos sabemos que ninguno de los dos traspasaremos el umbral que ahora nos separa. A veces quisiera volver atrás, construir una muralla que proteja nuestro castillo de naipes de cualquier iracunda ráfaga de viento. Quizá sea mejor mirar hacia delante, soltar el lastre del pasado y correr ligera hacia el futuro, pero el nudo es demasiado fuerte para ser deshecho, también para ser cortado. Cada vez que tratamos de desatarnos, nos estrangula un poco más la cuerda. Mis ojos insomnes, cuna del terror a lo desconocido, sólo se cierran cuando son envueltos por la camisa de fuerza de tus manos. Un búho ulula al otro lado de la ventana del manicomio. Tú aúllas todas tus heridas. Nuestros miedos son arañas que corren asustadas para no morir aplastadas por un periódico homicida.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Agosto (III)

Los campos agostados. La hierba herida. El sol calcinando cualquier posibilidad de huida. Sus pies conocen el camino, pero su cerebro se niega a dar los pasos. La arena del arcén pesa como plomo en sus zapatos, convirtiéndola en una sudorosa estatua de granito. Quisiera volar muy lejos de sí misma, pero nunca ha conseguido despegarse de su sombra. Se agrietan las heridas incendiadas por rumores vomitados por el viento. Son sólo voces, fantasmas que arrastran cadenas más pesadas que las suyas, murmullos y mentiras aderezadas con una pizca de verdad. Morder el aire hace tiempo que dejó de alimentarla, pero necesita masticar algo bien distinto de su carne, llenarse la boca de su ausencia y aceptar que NADA, a veces, significa ALGO.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Mapas (II)

No quiero que me encuentres. Prefiero permanecer oculta y encriptada, ilegible soneto emborronado, arcaico jeroglífico indescifrado. Pero te acercas de puntillas por la espalda y estudias en silencio los lunares espolvoreados en torno a mi columna vertebral, hasta descubrir todas las constelaciones impresas sobre mi piel. Y, una vez localizada la estrella polar que conduce hasta mi ombligo, buceas en la laguna Estigia que custodia la isla de mi alma. Y emerges en busca del aire que no hallarás en mis pulmones. Y absorbes el oxígeno suspendido en mis suspiros. Y ahogas mis ansias de escapar. Y encadenas mi tobillo a tus costillas. Y estrangulas mis muñecas con tus dedos. El viento siembra mis secretos y tus miedos en campos roturados con dolor. Sólo sus mentiras florecerán entre las ortigas, pero puede que nuestras verdades marchiten las raíces del engaño o que el filo de nuestras lenguas acidifique la tierra del cementerio en el que se pudren todos los sueños abortados por una masa tan estéril como esterilizada. Yo sólo quiero ser contaminada por microbios sin cura ni vacuna, arañar la cara de la muerte y comprobar que no es tan grave que las lágrimas empañen la puesta de sol de nuestras vidas. Todos somos vencedores y vencidos, por más que tratemos de negar el holocausto.

lunes, 18 de agosto de 2014

Agosto (II)

Ella carece de nombre, porque su nombre se derritió al comenzar agosto, igual que un helado que no es devorado con la suficiente avidez, como los hielos que tintinean en tu vaso de whisky on the rocks. Su vida es un desierto de piedras calientes que masajean la espalda equivocada. Hay arena entre las grietas de su piel cuarteada y polvo que hace estornudar a sus pestañas. El sol refractado en los cristales de sus gafas incendia las páginas de los libros que aún no ha tenido tiempo de leer, provocando hogueras que sus lágrimas no logran extinguir. Las gaviotas planean sobre una playa plagada de gambas a medio cocer. Ella también hierve, por más que permanezca al abrigo de la sombra del destino.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Consejos lunáticos (VI)

Trata bien al de abajo, porque algún día puede que esté arriba, mientras que los de arriba sólo pueden caer.

lunes, 11 de agosto de 2014

Agosto (I)

Hace calor. El aire acondicionado zumba en el salón, mientras una mosca liba los restos de melocotón que yacen sobre el plato de postre. Ella observa por un momento el espectáculo. Después, se levanta y se tumba en el sofá. Su lengua rebaña el dulzor que la fruta ha tatuado en sus labios. Debería ser más sencillo, pero no lo es. No hacer nada es tan difícil como necesario. Deja transcurrir las horas de calima, también las de penumbra. El sudor repele el sueño. La habitación se dilata para adaptarse al nuevo volumen del cuerpo incandescente. Las moscas, convertidas en legión, disfrutan del festín. El móvil suena de madrugada. Debería contestar. Podría tratarse de algo urgente; pero ella ya no quiere correr para salvar a nadie, mucho menos a sí misma. Cuando el sonido se apaga, mira la pantalla y certifica que hizo bien en no descolgar. El suyo es un amor a destiempo, incapaz de reunirlos en el mismo momento y lugar y ella ya está harta de perseguir fantasmas. El alba despunta clavando los primeros rayos de sol en su costado. Un reguero de sangre transparente empapa los cojines que la sustentan. Nadie jamás reconocerá la herida, mucho menos las consecuencias de la misma, porque sus huellas son tan invisibles como el arma que las dibujó. En agosto, las lágrimas siempre se evaporan antes de asomar a los ojos.

domingo, 3 de agosto de 2014

Andar sobre los tejados

Cierro los ojos. Permito que me veas, sabiendo que ya me has visto antes de yo permitírtelo. Es fácil. Dejarse llevar. Abandonarse al sonido de las olas que rompen sobre las rocas del mar Báltico. Estrellarme en la red de tus dedos. Permanecer encerrada entre las palmas de tus manos. Sentirme libre, estando presa. Volar sin despegar del suelo. Columpiarme en tu sonrisa. Balancearme entre las hebras de tu pelo. Dejar que el viento esparza mis desvelos. Rezar para que el tiempo no escupa borrones sobre nuestros recuerdos. La noche es blanca. El día negro. Sigo trenzando espinas de coronas que desgarran nuestras sienes. La sangre que se desliza por mi frente escuece tu mirada. Cuando despierto eres tú quien alza los párpados. Los domingos están hechos para andar sobre los tejados.

sábado, 2 de agosto de 2014

Voy a quedarme quieta

Voy a quedarme quieta, suspendida en el medio de la nada, tan muerta de miedo, que mis rodillas no se atrevan a temblar. Voy a cerrar los ojos, a rezar a todos los dioses que conozco, a prometer miles de velas a los santos de mi infancia. Voy a cruzar los dedos, a creer que, en esta ocasión, puedo tener suerte, a ignorar que la estadística nunca ha estado de mi parte. Voy a negociar un armisticio con el viento, para evitar que sus arbitrarios suspiros puedan balancearme hasta romper el equilibrio, porque esta vez no quiero caer en el abismo, ni nadar en arenas movedizas, tampoco flotar en aguas pantanosas. Sólo quiero convertirme en una estatua sin pedestal, que mi cuerpo de mármol desafíe las leyes de la gravedad, flotando como una pluma despuntada, arrojada a través de la ventana por un escritor enfurecido. Pero sólo soy barro entre tus manos y cenizas y sangre coagulada. Una ráfaga de aire reparte mis miserias entre los cuatro puntos cardinales y dejas que me escurra hasta tus pies y que obstruya tus arterias y yo, incapaz de volver a alcanzar el abrigo de tu boca, arrastro mis lágrimas sobre el asfalto y entierro mis lamentos a dos metros bajo tierra. Se derritió toda la cera de mis alas y al chasquear tu lengua comenzó el incendio que abrasó mi huida. Voy a quedarme quieta, completamente inmóvil, hasta que tus zapatos decidan dejar de caminar en círculos. Voy a quedarme quieta, también callada, porque no hay movimiento ni palabra que puedan volver a acercarme a tu mirada. Siempre serás un paso que no llegó a posarse sobre el suelo y yo un te quiero atascado en tu garganta.