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domingo, 20 de diciembre de 2015

Cataclismos (VIII)

Ellos no entienden lo que pasa, este insomnio que se adhiere a la cara interna de los párpados, este deseo sin imagen concreta que dilate los espacios, este avanzar hacia lo desconocido, sin haber siquiera dado un paso. Ella lo intuye, pero se niega a aceptar la explicación, porque sólo hay algo peor que saber que Él no existe y es darse cuenta de que él es Él. Él lo sabe, pero prefiere mirar hacia otro lado, porque no comprende las intenciones de los monstruos que se agitan bajo la superficie, removiendo el fango, enturbiando el agua. Ella sólo quiere cortar el lazo que ahora estrangula sus muñecas, ahorcando venas, desangrando arterias. La noche palpita entre sus sienes. El aire quema en su garganta, obligándola a vomitar secretos cuyo oxígeno ya no nutre sus pulmones. Él se aferra a un tiempo que ha dejado de existir, a un espejismo que se contorsiona en el espejo del cuarto de baño, mientras él se ducha con agua fría. No hay vaho, sólo hielo y gotas que salpican los baldosines sin limpiar. Él trata de convencerse de que el amor no es esto, sino aquello, pero sus lágrimas sólo se secan cuando las derrama entre sus brazos. Ella lo sospecha, por eso los cruza fuertemente sobre el pecho, barrera de cristal que se quebrará cuando él decida traspasarla. El viento ulula entre las ramas de los árboles. La luna contempla orgullosa a sus cachorros. Hace frío y ella se esconde debajo de la cama. Ha oído pasos que, en lugar de acercarse, se alejan. Respira tranquila. La amenaza parece que se extingue en los límites de esta noche sin fronteras, pero todo vuelve. También esto. O quizá no. Él camina, seguro de haber dejado atrás el cataclismo, justo antes de tropezar con el abismo.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Capricho 43

Llámame. Necesito ver tu nombre en esta pantalla que se agota por falta de energías para arrastrarse hasta el enchufe. El tiempo corre, pero la vida se detiene. Tu recuerdo es una contractura en el lado izquierdo de mi cuello. El futuro es una fantasía que no nos atrevemos a poner en práctica. La cama cruje. El colchón me escupe hacia una nueva semana que no tengo interés en estrenar. El metro no llega. Dijeron que todo iría mejor, pero los minutos de espera aumentan, desdibujando tu recuerdo en el andén. El adiós es siempre más fuerte que la esperanza de volver a verse. Ven, susurro cada vez que la oscuridad de un túnel engulle otro vagón descarrilado. Si al menos sospecharas la verdad que se esconde en mis mentiras... Todos los latidos de mi pecho rebotan contra un muro incapaz de pronunciar una sílaba de eco. Hay mantras que ni los fantasmas osan murmurar. Tu nombre aprisionado entre mis dientes. La sombra de tus dedos cegando mis ojos. El olvido serpentea sobre el barro, pero ninguna mujer ha logrado nunca aplastar su cabeza contra el suelo. La noche apaga sus colillas contra mi espalda. El insomnio de la razón produce monstruos.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Canibalismos (VII)

Tanto amor en cada línea de la mano y tanto odio entre lunares enfrentados, tanta prisa, tanta calma, tantos arañazos miopes y tan pocas balas sin diana, misiles incansables, empeñados en volar nuestro mundo por los aires, explosión informe, hongo de átomos dispersos, ropa evaporada con el viento, piel desnuda, alma sedienta, dientes suicidas. Soy todo aquello que no digo, la manzana despreciada por Adán, un pecado que no tienta, porque no desafía los instintos ni constriñe la carne, sólo desata el dique del deseo, reblandeciendo entrañas, dilatando espacios. Tú finges que no sabes lo que pasa, que no tiembla la tierra bajo nuestros pies titubeantes, que no se desmoronan las certezas ni colapsan las ideas. Hay besos que se escapan sin necesidad de que nadie les abra la puerta. Tú lo sabes. Yo lo sé. Pero es mejor prolongar este silencio de alabastro veteado. Dime cómo se mata a los fantasmas. Tengo tanto miedo de convertirme en una de ellos o, peor aún, en un apéndice de ti.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Cuando todo se derrumbe

Dime qué haremos cuando todo se derrumbe y no quede de nosotros ni el esqueleto de una idea, cuando los poetas callen y las fieras rujan, el agua se evapore y sólo la sangre corra entre las piedras del arroyo. ¿Sabrá alguien contar nuestra historia? ¿Podrán imaginarnos como realmente somos? ¿Será su ficción acaso más verdadera que nosotros mismos? Este cielo de plomo, menos pesado, pero mucho más aplastante. Esta lluvia de cristales rotos, noche calcada a aquella otra noche de miedo enlatado y odio sin causa. Sólo dime que alguien sabrá cómo contarlo. Mi dolor es un secreto descerrajado a medianoche y, aún así, hay tanto que nadie entiende, esta fe en el desastre, en la supervivencia de lo inerte, en el apocalipsis del cleptómano paso de los días. Este presentimiento informe, que muerde mis venas mientras duermo, que eriza mi piel ardiente y tensa el tambor de mi estómago ulcerado. ¿Cómo creer que hay salida si el laberinto no ha terminado de desplegar sus recovecos? Sólo Él/Ella podría entenderlo. Por eso lo/la mataron, dejándome huérfana de hombro sobre el que derramar todas mis lágrimas. La oscuridad me huele a asfalto, a neumático quemado en otro atasco de uñas que rehúyen la carne para clavarse en un volante. Y caminan los condenados lentamente hacia el cadalso, pies arrastrados sobre el barro y un pozo de dudas en el centro de su iris. Ellos también pensaban que serían otros los que morirían para salvarnos, pero cuando hay más balas que blancos en los que acertar, ninguna oración puede evitar nuestra condena. No me engañes, nadie sabrá jamás cómo contarlo, porque para entonces ya habrán muerto las palabras que ahora me escuecen entre los párpados. No importa. No es la primera vez que Dios expira en una cruz.

martes, 10 de noviembre de 2015

El desierto de lo real

Hoy me he dado cuenta. No sé por qué. Estaba con él, tan real como ficticio, mi cabeza llena de ideas que no alcanzo a comprender y, de repente, lo supe, bastarda certeza que ilumina la mullida tiniebla. La verdad nunca conforta, pero no sé acunarme en las mentiras. Cierro los ojos y bailo un vals con mis fantasmas. No identifico la música, pero el piano me resulta cercanamente conocido. Echo de menos el miriñaque y el corsé, mi asmático talle palpitando entre tus brazos, promesas imposibles de cumplir, titilantes como las llamas de las velas que ahora queman nuestros párpados de lluvia. Y abro los ojos y no te encuentro, mis pies girando incandescentes en el borde de un nuevo precipicio que no me atreveré a saltar sin red. Y te busco, por más que sepa que nunca terminaré de encontrarte, aunque por fin haya dado contigo. Y me pierdo, serpenteante cinta que nadie se acuerda de anudar en torno a la cintura. Y me quiebro, sin que tú comprendas el irónico vaivén de mis mareas. Detén este oleaje de palabras náufragas de historia. No quiero seguir nadando si la orilla ya no existe. Y, sin embargo, me leo en cada anhelante pálpito de tus esquivas pupilas interrogantes. Lo siento, por más que lo intentase, no podría responder a ninguna de tus preguntas. Si supiera de qué hablo cuando escribo sobre ti no me desnudaría a cada metáfora tras la que trato en vano de ocultarme.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Canibalismos (VI)

Llévate un pedazo de mí cuando te vayas o, mejor aún, llévame entera, no dejes nada, ni siquiera el polvo de mis huellas difuminadas sobre el suelo. No quiero convertirme en la sombra de tu ausencia. No puedo ondular sinuosa sobre el recuerdo de tu nombre. Pero no me haces caso, marchándote sin robar ni un mísero milímetro de mí, sin ni siquiera tomar prestado aquello que una vez te di como regalo. Te alejas, sin dudar, sin mirar atrás, como si quedarte anexado a mi costado jamás pudiera ser contemplado como opción. Y yo me descompongo en fragmentos que nadie se molesta en recoger, en astillas sobre las que el fuego ya no prende, en motas de lluvia que molestan, sin calar, a los viandantes. Y crujo, cristal triturado por muelas de diamante, madera seca, desvencijada y fuera de sus goznes. Y vuelve el miedo y sopla el viento sin descanso, anidando el frío en mi regazo, la soledad columpiada entre mis manos, dolor perenne, que nunca cambia de aspecto ni estación.

lunes, 19 de octubre de 2015

Balidos, temblores, silencios

Oye cómo balan los corderos, suplicando a los lobos que regresen. Sólo saben dormir entre sus fauces, derramando su sangre lejos del altar que rinde tributo a los dioses del Olimpo (también al de Abraham). Oye cómo tiemblan los cobardes, sus sueños agitados por el restallido del látigo que ya no azota sus espaldas. Sólo saben someterse a la voluntad de los tiranos, renunciando a su libertad antes de que ningún dictador ose arrebatársela. Oye cómo callan los esclavos, sus lenguas amordazadas por el tedio, sus manos encadenadas al capricho del destino. Sólo saben labrar la tierra que no es suya, olvidando a quién pertenece el sudor que se desprende de su frente, ahogando cualquier atisbo de rebelión contra la masa. Oye cómo brama el viento enfebrecido, golpeando las ventanas de mi cuarto. Quiere que arregle el mundo en una frase, pero yo no sé domar las palabras abortadas de mis labios, así que dejo que resbalen sin censura estas ideas sin correa ni bozal. Puede que no cambien vuestras vidas, pero quizá alteren el oleaje del mar que lame el cansancio vespertino de vuestros pies manchados de alquitrán. Caminad enhiestos. Poco importa la dirección de vuestros pasos si no sois capaces de otear el horizonte.

jueves, 15 de octubre de 2015

Ella. Tú...

Ella se emborracha de palabras enredadas, de silencios dilatados en invierno y canciones alérgicas al miedo. Ella vomita su dolor en una arcada, pero el ácido que corroe sus entrañas continúa desgastando poco a poco su garganta, horadando heridas, tiñendo de sangre su saliva. Ella traza eses que no caben en un tango, sus tacones confundidos de portal, mirada turbia, niebla etílica y un nuevo error crucificado en el altar. Ella duerme entrecortada, la conciencia amordazada y un gramo de amnesia entretejido en el relleno de la almohada. Ella despierta sin resaca, pero mareada de metáforas sin plumas, de paréntesis sin fronteras que acoten su extensión y melodías enquistadas en el tambor de su esternón. Ella no sabe qué hacer con todo esto, así que cierra los ojos para poder descansar en su interior. Ella sueña cosas que no entiende, mundos que ningún pincel podría retratar, seres fantásticos, monstruos deformes y algún que otro espectro sin anillar. Ella se desliza entre las sábanas, abandonando silenciosa otro colchón que no es su hogar. Ella abre la puerta a una nueva mañana preñada de desgracias que ningún Zola osa ahora narrar. Ella sigue las señales tatuadas en las baldosas amarillas que Dorothy ya no pisa al caminar, minúsculos fragmentos de arco iris, desteñidos por la lluvia que los cobardes gatos consiguen evitar. Ella no quiere ser quien es, pero cada vez que intenta ser distinta, los mismos zapatos se calzan a sus pies. Ella vaga, a veces corre, nunca quieta, siempre informe. Ella te mira. Tú no respondes. Ella se muestra. Tú sólo escondes. Ella se acerca. Tú...

domingo, 4 de octubre de 2015

No me cuentes

Dices que quieres contarme, pero no puedes narrar mi historia, porque mi historia no es mi historia, sino la historia de una huida coja y asmática, de una fuga de pierna amputada y pulmones tartamudos, de una carrera descalza y respiración llena de ampollas. Dices que quieres contarme, pero no serás capaz de calcular todos mis secretos, de contener mis vidas pasadas en los dedos de tus manos, de numerar todos los rincones de mi cuerpo que aún no ha colonizado la punta de tu lengua. Dices que quieres contarme, pero yo sólo quiero que te calles, hasta que enmudezcan las cifras que sirven de horca a mis metáforas y no sea posible expresar el amor en forma de ecuación matemática.

jueves, 1 de octubre de 2015

Ciudad Intermedia

Vive en una ciudad oscura, en un agujero sin luna y noche huérfana de aurora boreal. Llora sin derramar pena, silenciosamente inerte, convencida de que esta herida es sólo un túnel que guiará su huida hacia cualquier otro lugar. Afuera gimen las sirenas, sembrando el miedo, acongojando el corazón de las hormigas. Ya no hay hadas, sólo brujas y monstruos que devoran los sueños que no se llegaron a abortar. Las estrellas son tan fugaces que es inviable formular un deseo antes de que choquen contra la fina línea que sirve de frontera entre el cielo y el mar. La tierra es sólo bruma y fango y niebla y piedras que los peones ordenan, construyendo muros imposibles de saltar. Cada humano es una isla y cada isla un país sin gobernante, ni ley, ni Dios, ni hogar. Las marionetas rezan al vacío que habita en su interior, obviando la mano que mueve los hilos que articulan sus movimientos. No hay peor ciego que el que no quiere ver o puede que sí, ¿por qué acaso es mejor querer ver y no poder? Este viento es enfermizo, oleaje de aire batido por alas de murciélago, huracán de humo y ceniza, presagios negros, como graznido de cuervo afónico. La angustia es una úlcera en el estómago de la esperanza, una arcada de sangre que agita el cuerpo de los desarrapados, dolor perenne, inmune al cambio de estaciones. Y llega el día, pero no la luz y los aullidos de las bestias se parecen tanto a las palabras de los demonios que tratan de comprar su alma...

viernes, 25 de septiembre de 2015

Amor ectópico

Amor ectópico, fuera de sitio, lacerante como dentellada de diamante sobre superficie de cristal. Contemplamos su lento y ¿homicida?/¿suicida? crecimiento, incapaces de extirpar la inviabilidad de este ser tan incomprensible como informe. Cada día que transcurre descentra un poco más nuestro alcohólico centro de gravedad. Yo no estoy y tú te vas. Yo me voy y tú no estás. ¿Cuántas estrellas mueren cada noche? ¿Acaso gritan al fallecer? ¿Por qué giran tanto las ideas y tan poco los sentimientos que tratamos de esconder? La distancia es siempre relativa, hasta que se convierte en abismo tatuado en la planta de los pies. Somos enanos que se creen gigantes tras contemplar su reflejo en un espejo de feria, pero en el circo no hay magia, sólo trucos y nadie puede enseñarnos a convertir lo que no es en lo que es. La vida es una carretera trazada por un niño epiléptico y tú y yo sólo queremos vomitar en el arcén.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Necesito este momento

Necesito este momento, este segundo en el que las cucarachas, ratas y serpientes dejan de existir, este espejismo de paz y días sin lluvia. Necesito este instante de silencio sin rasgar por el filo de ninguna palabra fuera de sitio, de ruidos informes e intangibles, de monstruos amordazados por el humo de la ingrávida inercia insostenible. Necesito cerrar los ojos, quedarme a solas con mi miedo, domesticar el temblor de mis párpados insomnes, resistir el peso de su iniquidad desangelada. Necesito otorgar consistencia a esta burbuja, apuntalar las paredes del paréntesis, quedarme quieta, dejarme (hu)ir. Necesito reconstruir la calma derruida, ensamblar las ruinas, cimentar la fe en lo escondido. Necesito numerar las trece tristes despedidas de Stu Larsen, agitar las manos sin despegar los pies del suelo, decir adiós a los fantasmas, ahogar la pena entre mis lágrimas y esparcir al viento los recuerdos. Necesito incinerar mis dudas, enterrar el esqueleto de tu ausencia, vestir de rojo en el funeral de los valientes. Necesito columpiarme en mi soledad y, cuando la soledad termine, envenenar a todas las alimañas que traten de devorar la seguridad de mi refugio. Necesito matar, pero no morir para poder resucitar.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Caídas (IX)

El problema no es el vértigo, sino la sensación de vacío bajo los pies, esa milésima de segundo en la que te das cuenta de que no tienes nada a lo que agarrarte y comprendes que, irremisiblemente, vas a caer. Es sólo un instante, pero parece eterno y no sabes qué hacer con el elástico alargamiento de ese segundo inaprehensible. El dolor de lo inevitable, de aquello que ocurrirá en contra de nuestra más firme voluntad. Sólo hay dos opciones: morir luchando o dejarse ir. Sabes que nada de lo que ocurra a partir de ahora depende de ti (tampoco nada de lo que ha ocurrido antes), así que cierras los ojos y rezas para que termine pronto, para enfrentar cuanto antes el impacto y poder evaluar los auténticos daños de esta nueva precipitación en el abismo. Y el momento se descongela y, finalmente, caes y la caída duele, pero no tanto como pensabas y allí estás otra vez, mosca aplastada contra el cristal, que intenta, sin éxito, agitar sus alas atrofiadas y emprender de nuevo el vuelo; pero tus piernas no responden, tus tibias relampagueadas de vergüenza y tu corazón paralítico de determinación. Miras hacia arriba y contemplas a todos aquellos que nunca perdieron el paso, ni equivocaron el camino, enhiestos cipreses a quienes el viento más huracanado no consigue doblegar. Te gustaría ser como ellos, no tener que inventar fuerzas con las que volver a ponerte en pie, no verte obligada a utilizar los restos de ti misma para izar tus restos a media asta. Dos latigazos de fuego en las espinillas y un grito de rabia que te niegas a liberar de la mazmorra de tu estómago. Estás cansada, tan cansada como la risa de la tarde antes de emitir su último suspiro; pero hay una mirada que te aúpa, una Verónica que enjuga el sudor de tu frente y la sangre de tus sienes, una sonrisa que ahoga el llanto. Y tomas su mano y cojeas erguida, orgullosa de tu hazaña, machacado el miedo a las sombras que oscurecen el final de la escalera.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Agosto (IV)

¿Y si la vida sólo fuera una eterna tarde de verano, de piel tersa y sudorosa y ojos bronceados por el calor que ahora desprenden nuestros ardientes labios imantados? ¿Y si el tiempo quedara suspendido, completamente inerte, deshidratado cuerpo desvalido? ¿Y si la sequía que ahora dilata nuestros poros no desembocara en otoñal lluvia vespertina, agrietadas lenguas homicidas, inexistentes reservas de saliva? ¿Y si todo lo que tuviéramos fuera este momento preñado de relajada fiebre entumecida? ¿Y si, por más que tratemos de despegarnos de su recuerdo, la intangible perfección de esta imagen detenida envolviera para siempre nuestras existencias regicidas? ¿Y si, por más que intente sumergirme en la piscina de la obediente masa teledirigida, siempre hubiera un salvavidas que mantuviera a flote mis kamikazes ideas distintivas? ¿Y si ese salvavidas nunca has sido tú?

jueves, 6 de agosto de 2015

Psicosis

Tu marcha provocó el cataclismo. Mírame, tirada en el suelo, tratando de no oírlas, pugnando por contener este torrente de palabras, que amenazan con reventarme los tímpanos si no las escribo. Pero no puedo hacerlo. Duelen demasiado. Si las tecleo en el ordenador me quemarán los dedos. Prefiero quedarme sorda. Los dedos los necesito para volver a tocarte, si alguna vez te dignas a regresar. Los oídos son superfluos. Nunca me interesaron tus palabras. Las últimas que pronunciaste preferiría no haberlas escuchado. Por eso te corté la lengua. Por eso rasgué tus cuerdas vocales. Dime, ¿cómo le explicarás ahora al mundo todo aquello que yo siempre adiviné sin explicación alguna? Dime, ¿cómo justificarás la silueta de mi cadáver sin orejas, impresa en el suelo de tu cuarto de baño, junto al bote de analgésicos que vaciaste de un solo trago? Es cierto. Se me olvidaba. Eres tú el que está muerto. ¿Y yo? ¿Acaso sigo viva?

martes, 28 de julio de 2015

¿Tú, Artax, y yo, Atreyu?

Mi poesía no tiene versos, porque un verso es una metáfora troceada en contra de su voluntad y yo no quiero amputar ningún pedazo de la forma primigenia en la que se manifiesta la belleza innominada. Mi poesía no tiene rima, tan sólo ritmo y asonancias divergentes, porque mis palabras no desean desmayarse víctimas del tenaz abrazo de un corsé asfixiante. Mi poesía es sólo aire, que flota moribundo entre los intersticios del humo que escupen tus labios homicidas sobre la miopía que vela mis ojos. Mi poesía es sólo agua, que cae en cascada sobre tu espalda, hasta desembocar en mi fatídica nada, inundando de interrogantes todas las certezas científicas. Mi poesía es sólo bruma, que nubla el verano hasta convertirlo en invierno perusino, contagiando el frío, escarchando el hueso. Mi poesía es sólo fuego, que quema por dentro, sin reducir a cenizas tu caótico cuerpo. Mi poesía es sólo cieno, ¿tú, Artax, y yo, Atreyu?

lunes, 20 de julio de 2015

11 de septiembre

Somos dos torres gemelas que se derrumban ante el ataque del primer avión que atenta contra nuestra felicidad. El amor nunca es eterno, pero así es como lo soñamos para poder dormir. Nuestras vidas se desploman cubriendo de polvo a todos los que nos rodean. Resulta imposible calcular el número de heridos, pues todos tratan de maquillar los daños, creyendo que el dolor sólo existe cuando se materializa en un quejido. Finjamos que no existen los finales, que el odio es siempre transitorio y que, algún día, seremos capaces de perdonarnos, sino al otro, al menos, a nosotros mismos. Asistamos a clases de teatro para aprender a actuar como autómatas civilizados. Dejemos de pronunciar palabras de colmillos afilados, limpiémonos la sangre que ahora colorea las comisuras de nuestros labios y, sonrientes, deseémonos buena suerte, con la convicción de quien siempre obtiene lo contrario de aquello que querría. Abracemos la libertad de la soledad, antes de que los monstruos que se esconden bajo nuestras uñas desgarren la última esperanza de una futura reconciliación.

domingo, 19 de julio de 2015

El círculo


Tratamos de romper el círculo, pero el círculo es imposible de romper, así que seguimos girando, con los ojos cerrados, intentando contener la náusea, rezando para que descarrile el tren, liberándonos de la carga de aplastar nuestros propios pasos por caminos en los que las suelas de nuestros zapatos no pueden protegernos de las piedras que apuñalan el corazón.

sábado, 18 de julio de 2015

La cárcel

Los cordones de tus zapatos ahorcan mis ganas de salir corriendo, de poner tierra de por medio, de caminar sobre océanos de hielo y explorar tierras de fuego. Me quedo contigo y bailamos valses desdentados sobre sierras despuntadas, esquivando cuchillos escupidos por faquires bulímicos e imberbes. Sellas mis ojos con besos lubricados con la sangre de tus labios agrietados. Los pecados que atascan tus arterias me susurran atenuantes que ningún jurado celestial tendrá en cuenta. Huelo tu voz, crujiendo entre los muelles de mi colchón, encendiendo barricadas en el patio de la prisión. Saboreo el humo de sus convencionalismos homicidas reducidos a cenizas. Palpo el algodón de las ideas dormidas entre las nubes, esperando a que un soñador las despierte y las haga descender hasta la tierra. Por más que intenten solidificar nuestros misterios, tú y yo somos etéreos y nuestros sueños desbocados surfearán sin miedo sobre la próxima ola de viento huracanado. El infinito es sólo un ocho acostado sobre el suelo de arena de un castillo que será devorado por la marea.

martes, 14 de julio de 2015

The twilight zone

Hay cosas que no sabes, que no puedes adivinar, porque yo tampoco las sé, ni siquiera las intuyo. Hay una sombra crucificada en cada poro de mi piel, oscureciendo mis contornos, hasta diluirme en las tinieblas de esta noche alérgica a la luz. Hay dudas que se ahorcan en las ramas de mis pestañas, dibujando interrogantes en la diana de mi mirada. Hay ríos de alquitrán que se mezclan con la sangre de mis venas, inyectando tinta en los ventrículos de mi corazón de papel. Hay canciones sinuosas, como serpientes en celo, reptando silenciosamente por los recovecos de mis laberintos auditivos. Hay un secreto inconsciente emparedado tras cada neurona sin utilizar. Hay deseos que duermen acurrucados en la recámara de la paciencia, esperando ser disparados en persecución de la próxima estrella fugaz que se suicide de la pizarra del firmamento. Hay polvo de tiza en la punta de mis dedos, pero ya no recuerdo ninguna de estas palabras que acabo de escribir y que, por mucho que me esfuerce, ni tú ni yo terminaremos jamás de comprender. Hay un silencio inabarcable o, tal vez, unos puntos suspensivos que…

jueves, 25 de junio de 2015

Puzle (I)

Arráncate la piel. Desnuda el hueso. Sorbe la sangre. Escupe el tuétano. Conviértete en un pulido esqueleto de marfil y cuélgate de la pared del aula de ciencias del colegio que no logró enseñarte nada. Deja que otros niños incapaces de aprender puedan estudiarte, preguntándose quién fuiste alguna vez y qué serás dentro de un tiempo. Comprueba que ninguno de ellos podrá nunca adivinarte, por más que te desprendas de todo lo accesorio. Permite que te desmiembren y que construyan una nueva tú a partir de una errónea combinación de tus articulaciones. Observa tu recién estrenada figura. La sombra del ciprés es alargada, pero no tanto como la tuya. Sé que cerrarás los ojos, tratando de no ver lo que ellos son incapaces de apreciar. Y rezarás, deseando, con todas tus fuerzas, volver a convertirte en puzle; pero, por más veces que traten de encajar tus partes, siempre habrá una pieza imposible de ubicar.

viernes, 19 de junio de 2015

Lanzarote

Te dije que me esperaras en la boca del volcán y así lo hiciste, aún sabiendo que yo nunca reuniría el valor para acercarme a la fuente de la que mana el fuego que habita en las entrañas de la Tierra. Tus ojos queman, me dijiste una madrugada de diciembre y algo se derritió dentro de mí. Entiéndeme, nunca pensé que serías capaz de hacerlo y, al mismo tiempo, estaba convencida de que yo acabaría subiéndome a aquel avión. Tengo miedo de perderte, te dije desde el otro lado del cristal y tú me contestaste que lo que debería preocuparme no era eso, sino la posibilidad de no volver a encontrarnos nunca. Levanto la vista y un cielo azul plagado de algodonosas pecas blancas me guiña un rayo de sol, obligándome, por un momento, a cerrar los párpados. Es entonces cuando te veo, tumbado sobre la arena, antes de ascender hasta el cráter coronado de humo. Pareces dormido, pero sonríes. ¿Acaso sueñas? ¿Con qué? Pero, sobre todo, ¿con quién? Sé que debería estar allí, pero es aquí donde me encuentro, mis manos manchadas con la sangre que mana de esta herida, que se abre un poco más a cada paso que apuñala la distancia que ahora separa nuestras bocas de lava enfebrecida. Juré que no lo haría, que jamás moriría por ti, pero mi réquiem está escrito en el pentagrama de tus dedos, poco importa el momento en el que sea interpretado. Y sigues allí y yo aquí, esperando ambos a que comience la erupción que consagre la fama de Pompeya; pero nada ocurre, ni siquiera en nuestro interior, porque el magma aún está frío y, mientras permanezcamos alejados, nunca entrará en ebullición.
 

miércoles, 17 de junio de 2015

La verdad es un vampiro

Tu cama es una tumba de silencios que huyen, asustados, de la luz. Sólo en la oscuridad de la noche adquieren sentido sus susurros, pero ellos se empeñan en exponerlos a los rayos del sol. Dicen que así te liberarás de su mordaza, sin darse cuenta de que, en cuanto amanezca, se convertirán en cenizas y esas cenizas sepultarán, hasta ahogarlo, tu asmático corazón. Creen que debes exorcizar todos tus demonios, pero ellos no saben que la verdad es un vampiro que drena tu sangre poco a poco. Aléjala de ti. Si no lo haces, pronto no quedará ni una sola gota circulando por tus venas. Finge. Siempre fuiste buena actriz. Rodea tu secreto de una frondosa ristra de ajo. Engáñate a ti misma para ser capaz de confundirlos a ellos o, mejor aún, deja que la verdad acabe contigo, exprimiendo hasta el último centímetro de tu mortecino cuerpo. ¿Ves? Ya lo has hecho, así que duerme tranquila, mientras ellos entierran tu cadáver sin sospechar que, en cuanto las tinieblas envuelvan el cementerio, toda tú despertarás de entre los muertos, afilados los colmillos, sedienta de mentiras que no hacen daño a quien las vomita sobre el suelo. Y podrás volver a mirarte en los espejos sin que ningún pálido reflejo te acuse con el dedo. Y todos gritarán despavoridos ante la ausencia de tu sombra, sin ser conscientes de que ellos y todas sus estúpidas verdades son los monstruos que pueblan las pesadillas de los niños más valientes.

domingo, 14 de junio de 2015

El amor

El amor no tiene nada que ver con lo que cuenta ese niñato que se cree Salinger. ¡Salinger! ¡Por Dios Bendito! El muy imbécil piensa que para ser Salinger basta con espolvorear "puto", "gilipollas", "cojones" y "mierda" de manera aleatoria a lo largo de sus edulcorados textos sin alma. Pero NADIE podrá NUNCA parecerse mínimamente a Salinger, porque NADIE quiere ser señalado como culpable de la muerte de Lennon, aunque sepa más que de sobra que no es responsable de la misma. Y ya que estamos, ¿de verdad puede alguien pensar realmente que los psicópatas que matan en nombre de "El guardián entre el centeno" han leído siquiera la primera página del libro? ¡Ah, sí! ¡Se me olvidaba! El mundo está lleno de imbéciles, de idiotas que creen que el amor consiste en adorar a una chica perfecta y en acosarla sin descanso una vez que ella les ha mandado a la mierda, tratando en vano de recuperar una historia que sólo fue maravillosa en la obsesiva e inmadura mente de uno de los protagonistas de la película. Pues no, no es cierto, el amor no es eso, ni la vida está llena de rocambolescas casualidades que te hacen naufragar en los brazos de tu alma gemela, ni todas las canciones de todos los putos discos narran tu insulsa vida de mierda. El amor es algo que no cabe dentro de un papel, por más que los poetas traten de encerrarlo en una jaula de etéreas metáforas radiantes. El amor es algo que oprime el pecho hasta reventarte el esternón, que hace temblar tus piernas hasta provocar tu caída, que electrifica tu columna vertebral hasta cortocircuitar tu cerebro, que anega de lágrimas tu mirada hasta desbordar tus ojos. El amor no tiene lógica, sino que nos encadena a seres imperfectos, que muchas veces nos sacan de quicio, pero por quienes somos capaces de hacer cosas que jamás haríamos por nosotros mismos. El amor nos salva y nos condena, sin que podamos de determinar el motivo o la razón de nuestros heroicos pequeños actos de suicidio. El amor es hacer nuestro el sufrimiento ajeno y celebrar las victorias externas con mucho más entusiasmo que las que nos hemos ganado a pulso en soledad. El amor es un cicatrizante abrazo en el tanatorio, un guiño cuyo significado nadie más entiende, un llanto contagioso, una sonrisa que alegra el corazón de una boca cenicienta, un grito que exterioriza la angustia de otro estómago, un apretón que otorga fuerzas a una mano desfallecida, un suspiro que desobstruye la garganta ajena, un beso que ilumina la más negra oscuridad. El amor nunca aprieta, ni ahoga, ni coarta. El amor hace que nos crezcan alas con las que poder sobrevolar precipicios que creíamos insalvables. El amor es aquello que une a dos personas que la vida se empeña en separar. El amor no es exclusivo, ni excluyente, ni tiene principio, ni tendrá nunca final. El amor es aquello que nos unía antes de conocernos y que nos seguirá atando mucho después de que nos hayamos muerto. El amor no está escrito en las estrellas, ni en las canciones que escuchamos los días en que no para de llover. El amor es una fiera que nos muerde las muñecas regulando los latidos de nuestro destartalado corazón. El amor es esto y no aquello. O puede que no, que el amor no sea nada de lo que he dicho, porque el amor no cabe en un pedazo de papel, por más que nos empeñemos en constreñirlo en metáforas que jamás serán capaces de hacer justicia a su bella imperfección.

miércoles, 10 de junio de 2015

Carrera de obstáculos

Ésta es una carrera de obstáculos en la que sólo ganará quien esté dispuesto a dejarse las rodillas en el camino. He caído tantas veces que no quiero volver a levantarme, pero mis manos hacen de nuevo fuerza contra el suelo, izando mi cuerpo de este lecho de barro y polvo mortecinos. Mis pies corren otra vez, convencidos de que, en el próximo intento, conseguirán elevarse sobre la valla, aterrizando con gracia al otro lado. Muy bien. Sigamos. Finjamos que aún me quedan fuerzas para perseguir la meta. Obviemos las lágrimas, el dolor, la sangre. Respiremos por la nariz y expulsemos el aire por la boca. Rítmicamente. Sin prisa, pero sin pausa. Pero el camino está lleno de montañas imposibles de salvar, de fosos en los que sólo se puede naufragar. Y, aún así, mi cuerpo se niega a darse por vencido, desobedeciendo, una y otra vez, mi voluntad de permanecer inerte junto al resto de derrotados en el campo de batalla. ¿Por qué? ¿Por qué ese empeño en acabar aquello que nunca debí empezar? Míralas. Ahí están, diciéndome adiós en la distancia. ¡Volved a mí! ¡No me abandonéis! Pero mis rodillas se encuentran ya demasiado lejos para escuchar mis desesperados ruegos. Y sigo avanzando, mutilado reflejo de quien una vez fui, arrastrándome entre los cadáveres de los vencidos, a punto de alcanzar una victoria que sólo mis avariciosas manos deseaban.

lunes, 8 de junio de 2015

Fantasmas (I)

Fantasmas dormidos, que despertarán si hacemos ruido. Así que calla y deslízate en silencio sobre mi piel, exorcizando el peso de las sábanas, hasta liberarme de las cadenas que lastran los espíritus que antes poseyeron mis caderas. Cierra los ojos. No permitas que te hipnoticen los espectros que nublan mi vista cuando floto a la deriva en el cuenco de tus manos. No hables o atraerás fuegos fatuos sobre la tumba de nuestros besos moribundos. Yo no quiero que esto acabe y, al mismo tiempo, sólo deseo que termine, porque no soporto la potencialidad de tu abandono ni el eco de un adiós sin estrenar. Así que caigo de rodillas y rezo a esta luna llena de nieve y papel, hasta que sólo tu ausencia habita mi cuerpo y el rumor de las lágrimas adormece mis párpados.

domingo, 7 de junio de 2015

Sálvam(t)e

- ¿Por qué te esfuerzas tanto por salvarme?
- No lo sé. Puede que porque quiero pensar que, si estuviera en tu situación, alguien intentaría salvarme a mí con el mismo ahínco. O puede que porque intuya que tú eres la única persona capaz de salvarme a mí, aunque antes sea yo la que tenga que salvarte a ti.
- ¿Y si no quisiera ser salvada? ¿Y si, en realidad, lo único que quiero es hundirme para siempre en el Pantano de la Tristeza?
- También Atreyu pensaba así.
- Pero yo no soy Atreyu.
- Ni yo Bastian.
- No te entiendo.
- Ninguna Emperatriz morirá si fracasamos en nuestra misión. Es un gran alivio, ¿no te parece?
- También una gran desmotivación.
- Así que ¿tú también prefieres salvar a otros antes que salvarte a ti?
- Gracias.
- ¿Por qué?
- Por explicarme aquello que ni tú misma terminas de comprender.

jueves, 4 de junio de 2015

Al otro lado del cristal

Miró por la ventana, sintiéndose completamente ajena a todo lo que habitaba a este lado del cristal. Quiso reír (también llorar), pero no fue capaz de hacerlo. El teléfono sonaba con la insistencia de un niño de tres años. No pensaba cogerlo. Esta vez no. Cerró los ojos, tratando de imaginarse lejos, en un mundo tan distante como distinto de esta descarnada realidad que oprime con fiereza el corazón. No lo consiguió. La vida es una cuchilla de afeitar que degolla las muñecas de sus venas. Pensó que era el fin, que no sobreviviría a la muerte de otro día ceniciento; pero, al abrir los ojos, descubrió que había traspasado la barrera de vidrio, dejando atrás el venenoso olor a podrido que siempre había dificultado su respiración. Bajó la vista y sonrió al comprobar que sus pies y toda ella levitaban seis pisos por encima del asfalto al que permanecían anclados los insectos que ya no podían aguijonear su piel. Tembló, ni de frío, ni de miedo, sino de emoción y vértigo. No entendía cómo había logrado escapar, pero sabía que ahora tenía la responsabilidad de mantenerse libre, flotante nube que, en lugar de descargar su furia y su pena sobre la tierra, se traga sus lágrimas para no descoserse del cielo al que pertenece su espíritu. Agitó los brazos, planeando sobre todo aquello que necesitaba olvidar y voló, lenta e insistentemente, hasta alcanzar los límites de la atmósfera terrestre. Una vez allí, volvió a cerrar los ojos, tratando de imaginarse aún más lejos del último límite de su finita conciencia, en un mundo con el que ni los ángeles se atreven a soñar. No lo consiguió, pero ese mundo, igual que antes el cielo, la imaginó a ella, imantándola hacia él. Pensó que era el fin, que nunca lograría salvar esta última frontera; pero, al abrir los ojos, descubrió lo equivocada que estaba. ¿Estoy soñando? No, en realidad, acabas de despertar. Dio una vuelta sobre sí misma, sintiéndose completamente ajena a todo lo que no habitaba a este lado del cristal. ¿Dónde estoy? En casa. ¿Y antes? Antes ya no existe.

domingo, 31 de mayo de 2015

Hormigas de luz

Miró hacia abajo, contemplando el afanoso movimiento de todas aquellas minúsculas hormigas de luz. Aunque nadie las escuchaba, las azafatas rezaban, sin fe, el monótono rosario de medidas de seguridad. Su compañero de asiento preguntó:
- ¿Le da miedo volar?
- No.
- Entonces, ¿por qué tiembla?
- ¿Ve todas esas lucecitas de ahí abajo?
- Sí, claro, los coches, las casas, las farolas…
- Para usted ninguna brilla más que el resto, ¿verdad?
Tras una pequeña pausa meditativa afirmó:
- No, la verdad es que no.
- Entonces es usted afortunado. No tiene nada que temer.
- No la entiendo.
- Las estrellas no nos asustan hasta que nos damos cuenta de que, si una de ellas se apagara, una en concreto y no cualquier otra, nosotros también dejaríamos de brillar.
- No sé si la sigo.
- Mejor que no lo haga. Sólo un consejo: nunca mire hacia abajo desde las alturas. Sólo así evitará que una hormiga se convierta en gigante, aplastando su corazón con la punta de su dedo índice.
Concluida la aburrida letanía de las asistentes de vuelo comenzó el reparto de las cenas de cartón. Bea tomó su bandeja, aunque no hizo ningún esfuerzo por tratar de engullir el sucedáneo de comida.
Abajo, David conducía en dirección contraria a sus sentimientos. La radio vomitaba canciones de amor eterno, pero él sabía que quienes las escribían se limitaban a inventar mentiras para poder follar con más facilidad. En el siguiente semáforo en rojo miró hacia arriba. La estela de un avión rasgó la negrura de la noche. Sabía que no era el que la alejaba de su lado. Lo sabía con la misma certeza con la que ella había podido determinar cuál de todas aquellas hormigas de luz era él. En cuanto se encendió el verde pisó el acelerador. Nunca más volvió a despegar la vista del asfalto.

lunes, 25 de mayo de 2015

Canibalismos (V)

Oigo mi voz, retumbando dentro de tu cabeza, amenazando con dinamitar el centro de tu cráneo, obligándote a recordar aquello que sólo querrías olvidar, incitándote a dar el salto, ése que ni siquiera yo me atrevo a dar. Oigo el rumor de mis lágrimas descendiendo por tu esófago, hasta desembocar en la boca de tu estómago. No serás capaz de digerir mi pena. ¿Por qué no me escuchaste? ¿Por qué te empeñaste en ser un héroe homérico en una época en la que ya nadie lee la "Ilíada"? Vomítame, extirpa todas y cada una de las partículas de mí que absorbiste sin querer, bórrame de tu piel. No dejes que quede ningún rastro que te permita volver hasta mí. Soy sólo un error, una equivocación de tu destino. Que no te engañe el brillo de mi filo. No son diamantes mis palabras, sino cristales de Swarovski, que se romperán al caer al suelo. Me miras, mientras yo bailo en la cocina, tratando de hipnotizar tu miedo con el ondulante vaivén de mis caderas. Te doy la espalda, pero te veo, reflejado en el cristal de la ventana. Sé que si me vuelvo no conseguirás rescatarme del infierno, pero necesito sumergirme una vez más en tus pupilas, antes de que comiencen a despreciarme al ser conscientes de que nunca hago lo que digo, ni siquiera cuando lo que digo podría precipitarme directamente en el vacío hacia el que ahora se dirigen todos y cada uno de tus pasos.
 


domingo, 24 de mayo de 2015

Ensayo sobre la Niebla

Éste es un país de ciegos, de gente que no ve porque no quiere ver, de personas que piensan que algo es mejor que nada y que no se dan cuenta de que la nada tiene más entidad que ese algo completamente vacío que nos venden en las revistas y en las noticias. Callar. Callar porque tenemos suerte, porque podría ser peor, porque no somos Grecia, aunque acabaremos siéndolo, pero incluso entonces no hay que quejarse. Una vez más, podría ser peor. No somos África, ni lo seremos nunca. Merkel no lo permitiría. De África no se puede sacar nada, pero de nosotros sí, porque callamos y otorgamos, permitimos que continúe la sangría, porque tenemos miedo de rasgarnos las venas si tratamos de arrancarnos la jeringuilla. Callamos y miramos hacia otro lado, esperamos a que acabe el infierno y regresen las vacas gordas, pero nunca lo harán, porque ya no quedará hierba que comer, ni siquiera paja. Reímos. Al mal tiempo buena cara. Fingimos que no nos importa que nos jodan. Sólo las putas de lujo lo hacen. Las de la calle Montera son más dignas. Cuando te pagan cuatro perras puedes limitarte a no gritar mientras te dan por culo. Sólo las damas de compañía de mil euros la hora dan las gracias al autor de un desgarro anal. Sí, se trata de palabras políticamente incorrectas, pero dada la incorrección de la política actual no creo que importe demasiado. Además, ¿acaso alguien leerá estas frases? Éste es un país de ciegos, de gente que no ve porque no quiere ver, de analfabetos que saben leer, de dóciles animales de granja que prefieren someterse al gobierno de los tiránicos cerdos antes que ser explotados por el hombre, de cobardes deseosos de perder la libertad, porque sólo los esclavos carecen de responsabilidad y ningún español ha sido jamás capaz de asumir el peso de su culpa. Rezamos en las iglesias o nos ahogamos en los bares, para poder luego maldecir al Dios que no nos escucha o al alcohol que nubla el entendimiento que jamás hemos tenido. Botamos, en lugar de votar y, cuando todo se derrumbe, aclamaremos al primer Dictador que vuelva a proporcionarnos pan y circo a cambio de la amputación de nuestras lenguas. Pero, para entonces, España ya no tendrá ningún Unamuno que se duela por ella, porque Augusto Pérez murió sin tener más hijos, dejando a este estúpido país huérfano de juicio.

jueves, 21 de mayo de 2015

Santísima Trinidad

Hay días en que la tierra tiembla y el suelo se abre bajo los pies. No ocurre siempre, sólo a veces, pero, cuando pasa, algún incauto se precipita en el abismo de una grieta adolescente. Y luego estás tú, la que debiendo caer se mantiene a flote sobre este maremoto de aguas turbias, de lodo incrustado con desgana sobre el blanco de los dientes, de barro adherido con ahínco a las plantas de los pies. Algo salió mal, pero ¿qué?, ¿cuándo?, ¿dónde? Dios se muerde las uñas. No está seguro de las consecuencias que se derivarán de la indeseada desviación. El destino es una granada sin anilla. Si lo dejas caer al suelo, explotará antes de que nadie pueda hacer algo por evitarlo. Pero siempre hay alguien que sobrevive bajo los escombros, que se niega a dejar de respirar, aun cuando ya no quede oxígeno, corazones que laten después de muertos, asesinando el ominoso silencio de los cementerios. El Hijo reza al Padre. Quiere resucitar sin tener que morir. Le aterra la oscuridad de la tumba: está plagada de gusanos que desean devorar su carne incorruptible. Tú tampoco quieres cerrar los ojos. El miedo es un mordisco que cercena tu lengua de un bocado. Cállate. Aún estás a tiempo de negar todas tus verdades, pero su Espíritu te convierte en metáfora volátil agitada por las últimas ráfagas del viento vespertino. Y vuelas, como una paloma que carece de hogar. Juraste que no volverías a hacerlo, pero otra vez estás huyendo.

miércoles, 13 de mayo de 2015

El Resucitado


Duermes y tu pacífica imagen levita omnipotente sobre la fragilidad de mi agitado sueño. Respiras. Callo. La noche ronca una nana de desgracias que nadie se atreve a profetizar. Todos tus monstruos yacen ahora sobre mi almohada, narcotizados por el Lormatezapam que flota en todas y cada una de mis lágrimas. Les dije que no bebieran, pero no me hicieron caso. Tampoco tú escuchaste mi advertencia. ¿Cómo descansar mientras el viento ruge y el cielo escupe gotas de sangre sobre mi piel? Tratamos de atrapar la aurora en las palmas de nuestras zurdas manos desobedientes, pero el sol abrasó nuestras huellas dactilares, borrando la identidad de nuestros etéreos cuerpos anónimos. Yo no quiero que recompongas los pedazos, ni que selles con tus besos esta herida que supura alquitrán y cucarachas orientales. Yo quiero vaciarme entera, vomitar todos mis demonios, regurgitar el dolor que ahora oprime mis pulmones. Yo quiero asesinar al miedo, aún sabiendo que, cuando el miedo muera, yo también falleceré. Es la única forma de que despiertes y arañes toda la tierra que ahora sepulta mi recuerdo, hasta rescatar mi memoria de las fauces del olvido, hasta resucitar el amor que crucificaron sus mentiras. Callas y yo respiro, mi corazón palpitando entre tus dientes, mientras masticas esta madrugada de azabache y hormigas como puños.

miércoles, 6 de mayo de 2015

La Soledad

 
Eres una Virgen Dolorosa, por cuyas níveas mejillas esquían ríos de sangre derramada inútilmente. Ellos no merecían tus esfuerzos, mucho menos tu incontrolada pena nacarada. Mírate. Tantos pasos malgastados en busca de un destino que siempre te resulta esquivo. Tú sólo sabes abrirte camino entre la espesura de las noches sin luna. Son tus ojos, anegados en lágrimas, dos estrellas que refulgen con luz propia. No dejes que te roben el cristal que protege tus sueños de medianoche. Cuando el reloj se detenga, tu corazón seguirá marcando el ritmo del vals de los fantasmas. ¿Oyes cómo arrastran sus cadenas? Tu soledad es sólo una sábana que cubre la vela de tu cuerpo desnudo. Destápate. Ellos ya no pueden hacerte daño. Tu dolor es un torrente de hielo enfebrecido. Deja que patinen sus mentiras, trazando sinuosos surcos sobre tu piel. Cuando se rasgue tu carne serán ellos quienes se ahoguen dentro de ti.

sábado, 2 de mayo de 2015

El Santo Entierro

 
Cuando tú mueras, no lloraré. Ningún torrente de lágrimas podrá lavar la negrura de mi dolor. Durante tres días no comeré ni respiraré, pues no habrá ni alimento ni oxígeno capaz de llenar el vacío que tú dejes. Después, todo volverá a ser igual, aunque sea completamente distinto. El mundo se detendrá, desequilibrado por tu ausencia, pero sólo yo notaré la falta de movimiento. Los demás creerán que la rueda continúa girando, sin ser conscientes de la pérdida de una pieza fundamental del engranaje de la vida. Dicen que el tiempo cura todas las heridas, pero no es cierto. Cuando te vayas me abriré en canal: mi cuerpo separado de mi alma por una brecha imposible de salvar. No quiero pensar en ello. Prefiero imaginarte eterno. Si no lo hago me partiré en dos antes de que comience la Cuaresma que conducirá a un Santo Entierro sin Domingo de Resurrección. Esperaré y, cuando el Apocalipsis se acerque, me abrazaré a tu tumba, recordando el olor de tu amor, único reducto de consolación.

domingo, 26 de abril de 2015

El descendimiento


Un paso en falso en el borde de un abismo divergente. Tiemblan los peldaños del sendero que me separa de mi destino. También los escalones que descienden lentamente hacia el infierno. Mi cuerpo, en eterno equilibrio inestable, no sabe cómo continuar reteniendo el grito. Lo suelto y, liberada de su peso, caigo hacia atrás, con tanta fuerza que, en realidad, mi caída se convierte en una voltereta hacia delante. Ruedo, como un ovillo de lana entre las patas de un gato hiperactivo. Sangro, como un unicornio herido. Un perro sediento lame el suelo que rozo con las encarnadas puntas de mis dedos. Tampoco él sabe a dónde lo conducirá el ineludible deseo de llenar su estómago. ¿Es su hambre distinta de la mía? Me miro en el espejo y sólo soy capaz de ver la calavera que se esconde bajo mi piel. Prométeme que no dejarás que se hagan con ella, que no permitirás que jueguen al fútbol con mi cráneo. Júrame que serás tú quien descienda mi cadáver de la cruz, enjugando en llanto mi carne cenicienta, hasta borrar todos y cada uno de los pecados que me condujeron hasta ti.

sábado, 25 de abril de 2015

La expiración

 
Necesito saber que, esta vez, la historia acaba bien, que nadie muere antes de tiempo y ninguna niña llora abandonada en el andén. No soportaría otro puñetazo en la boca del estómago, otro gancho de derechas directo a la nariz, otro rodillazo en la entrepierna, otro pisotón sin anestesia. Sé que caeré y que ellos aplastarán mi cabeza sobre la lona, antes de que reúna las fuerzas necesarias para volver a levantarme. No dejes que eso ocurra. Sé mi escudo. También mi espada. No permitas que cercenen mi esperanza, que decapiten mi fe en los milagros, que guillotinen mi confianza en la bondad. Ayúdame a seguir respirando, ignorando el dolor que lacera mis quebradas costillas, olvidando que son las astillas de mis propios huesos las que perforan poco a poco mi pulmón. No dejes que se escape el aire. Aún necesito un poco de oxígeno, no mucho, sólo un puñado. Son sólo dos pasos y luego ya todo dejará de importar, porque todo lo que tenía que ser habrá sido ya y, por fin, podré exhalar mi último aliento, descansar sin miedo, extinguirme sin remordimiento. No, no me consueles a mí. Yo ya no existo. Es a ella a quien tienes ahora que reconfortar. Dile que esta vez la historia ha acabado bien, que todos murieron cuando tenían que morir, que no son lágrimas lo que ahora humedece sus mejillas, sino gotas de la lluvia que riega los campos. Miéntele, igual que me mentiste a mí. O, quizá, no fuera así. Tal vez, el problema radicaba en que todo era verdad.

miércoles, 22 de abril de 2015

El Nazareno


Yo no quería esto. Nunca jamás lo pedí. Sólo deseaba ser como ellos, formar parte de su mundo, compartir sus deseos, integrarme entre sus miedos, pero tienen mis lágrimas otras causas bien diferentes de las que arañan sus ojos y comprimen su corazón. No lo entiendo, pero es así y, por más que lo busco, no encuentro a nadie que me ayude a transportar esta cruz hasta lo alto del Calvario. Caigo y me levanto, una y otra vez. Ya no sé si mis rodillas descansan dobladas sobre el suelo o se inclinan ante el peso del viento que siempre azota mi sien. La muerte sobrevuela mis pasos, pero no se atreve a descender hasta mí. La asusta envenenarse con la rebeldía de mi sangre, fallecer víctima de mis ansias de vivir. Todo principio tiene su final, pero éste no es el que yo escribí. Remonto a crawl este río de sudor y tinta. Sólo necesito una pluma para poder volar, para elevarme sobre sus indeseables tejados de uralita, para sumergirme entre las nubes y convertirme en el suspiro que nadie se atreverá nunca a proferir. Ni ellos ni sus buitres son dignos de devorar mi cadáver, por eso mi cuerpo continuará caminando eternamente en el desierto, incluso cuando ya no le quede alma que le dé sentido ni amigo que apriete su mano. Puede que sea el orgullo del derrotado o, tal vez, la cabezonería del que ya no tiene nada que perder. Santa Magdalena penitente, que no tiene más abrigo que su indómito cabello deshilachado. Tengo sed, pero tú ya no me sacias y, aún así, me crucifico cada noche sobre la cruz de tu esternón.

martes, 21 de abril de 2015

La Columna


Estoy atada a una columna. Trato de romper el nudo, pero no puedo. Alguien grita dentro de mí. La luna llena enseña los colmillos, sedienta de sangre. Esta noche acabará por tragarme de un bocado. No puedo correr. Es imposible huir. La columna pesa demasiado para poder arrastrarla tras de mí. Corta la cuerda o, al menos, inténtalo. No importa el resultado. Sólo necesito saber que hay alguien dispuesto a rescatarme. Cada día que pasa es un latigazo en el centro de la espalda. La carne se desprende poco a poco, cayendo al suelo como la fruta excesivamente madura. Pronto sólo quedará el hueso y, entonces, ¿qué? ¿Cómo seguiré ocultando la verdad? Que yo no soy como ellos, que las vértebras que me mantienen enhiesta no son como las que forman parte de su esqueleto, que las mías están llenas de palabras y silencios que encajan como las piezas de un puzle recién estrenado, que si me los quitaran no sería nada, pero que esa nada tendría más entidad que ese algo que ellos tratan de atesorar, que mi condena es también mi salvación, porque no hay leucemia capaz de destruir el espíritu. La vida es la llama de una vela. Cuando se apaga, el humo asciende hasta las nubes y la cera derretida permanece aún un tiempo adherida al asfalto sobre el que la derramó la ráfaga de viento que extinguió el fuego. Ellos no lo entienden. Por eso protestan antes de morir. Hace frío y yo cada vez estoy un poco más desnuda. Ninguna manta puede ya abrigar el dolor, tampoco tapar la alegría de estos ojos que sólo ven con claridad a través de las tinieblas. No compadezcas nunca a aquéllos que derraman tantas lágrimas como sonrisas. Sólo ellos son capaces de hallar la paz en el medio de la guerra y la guerra en el medio de la paz. ¿Oyes sus burlas, sus insultos, sus maléficas mentiras? Quieren herirnos, pero no se atreven a empuñar la espada. Cierra los labios. También los ojos. Tú eres mi secreto y sólo te confesaré a su debido tiempo. Mi columna vertebral es una escalera de palabras y silencios que nunca he sabido bien si asciende hasta el cielo o desciende hasta el infierno.

lunes, 13 de abril de 2015

El Rescate


No trates de salvarme. La sentencia ha sido dictada antes de dar comienzo el juicio. Siempre ocurre así, incluso cuando creemos lo contrario. Las pruebas carecen de valor cuando no apoyan la tesis del jurado. La masa aplaude la condena, sobre todo si intuyen la inocencia del cabeza de turco. Y, sin embargo, siempre hay algún pecado digno de reprobación, aunque no sea la causa que nos conduce hasta el cadalso. Por eso dejamos caer la piedra y miramos en derredor, buscando a alguien que sí esté legitimado para arrojar el primer golpe. Y qué si el culpable a veces queda libre. ¿No te das cuenta de que todos portamos algún tipo de cadena que lastra nuestros pasos? Déjame. No te molestes ni te indignes. No pueden absolver a quien nunca ha seguido ni seguirá sus reglas.

jueves, 9 de abril de 2015

El Prendimiento

 
Tensa la cuerda y aprieta el nudo. Si no me atas bien, escaparé y nunca jamás serás capaz de volver a atraparme. No escuece la traición, sólo el envenenado beso en la mejilla. Sabía que ocurriría, pero no quise evitarlo. Necesitaba conocer el precio de tu lealtad. Sinceramente, no me esperaba que valiera tan poco. Camino dócilmente, custodiada por demonios que no lograrán retenerme entre sus garras. Dejo que penséis que habéis vencido, que creáis que puedo ser derrotada, que no sospechéis que soy un ave fénix que resucitará de sus cenizas tantas veces como vosotros lo matéis. Sé lo que queréis hacer conmigo, pero no saldrá bien. Hay ideas demasiado arraigadas para poder ser extirpadas, sentimientos anclados como sanguijuelas al corazón, sólo que cuanto más acerques el fuego, menos posibilidades tendrás de que se desprendan y caigan al suelo. Podéis golpear mi cuerpo hasta la muerte y, después, encarcelar mi cadáver, pero sólo conseguiréis perpetuar el recuerdo de mis verdades, aquéllas que no necesito decir para que se entiendan, porque han sido certificadas con la sangre que chorrean vuestros actos y la fe que destilan cada uno de mis pasos.

martes, 7 de abril de 2015

Las Siete Palabras


Siete palabras nos separan. Las siete palabras que no nos atrevemos a pronunciar. Siete palabras que siempre empañan el cristal, impidiéndonos ver el mundo que yace al otro lado del espejo. La saliva no siempre limpia y desinfecta, a veces ahoga, obturando la garganta con el miedo a no escupir a la cara del otro la verdad. Tratamos de diluirnos en el recuerdo del sueño que una vez nos unió, sin darnos cuenta de que ya no estamos dormidos. Por más que abro los ojos, todo sigue siendo oscuro. Hace tiempo que ya no comprendo tus contornos. Tampoco los míos. La noche no debería ser tan negra, ni las lechuzas ulular las letanías de los monstruos. Sopla el viento, agitando los cimientos de este castillo de naipes. Si no te derrumbas tú, lo haré yo. Cierro los párpados y trato de imaginar un sol que no nos queme. El reloj resuena dentro de mi pecho. También el tiempo acabará muriendo, cuando no quede nadie que sea capaz de medirlo. Nuestros corazones sólo saben latir de doce en doce campanadas, pero ¿qué pasará si un día no nos acordamos de darnos cuerda? ¿Y si ya nos hemos olvidado? Siento que me asfixio, que se encharcan mis pulmones, que ya no soy capaz de beber el oxígeno de tus labios. Trato de hablar, pero no puedo. Mi grito de auxilio es un gemido moribundo. Cuanto más abro los brazos, menos dispuesto estás a naufragar en ellos. Nuestro amor es un Cristo crucificado que no resucitará al tercer día. Los buitres sobrevuelan el Gólgota, pero nuestras lenguas permanecen impertérritas. Tal vez, cuando reunamos el valor para decirlas, las siete palabras que ahora desgarran nuestras cuerdas vocales ya habrán dejado de existir.

sábado, 4 de abril de 2015

La Humildad


Te gustaría ser capaz de poner la otra mejilla, pero ahora mismo sólo piensas en recuperar las fuerzas para devolver todos los golpes. Siempre ha sido así. Nunca has sabido agachar la cabeza ante quienes empuñan los látigos. El aire se parte en dos. Salpica la sangre, también un pedazo de carne. Un irreverente escupitajo en la cara de quien inflige el castigo es tu única respuesta. Aumenta la condena, también la rebeldía. Todos creen que acabarán contigo antes de que termine el día, pero no es cierto. No se puede aniquilar un espíritu indomable. Eres un caballo que nunca se dejará montar por un jinete que no consideres digno de dirigir tus pasos. Tu espalda es un pentagrama de heridas que reclaman venganza. Dos lágrimas de rabia escuecen tus mejillas. Sólo tienes que esperar a que ellos caigan y, entonces, asegurarte de que nunca jamás vuelven a levantarse. La justicia yace enterrada bajo una lápida sin nombre, pero un perro callejero escarba la tierra circundante. La noche es una corona de espinas que araña tus sienes con las burlas de tus enemigos. Sólo tienes que esperar y ayudar a que el tiempo ponga a todo el mundo en su lugar.

miércoles, 1 de abril de 2015

La Oración en el Huerto


Junto las manos, entrelazo los dedos y aprieto con fuerza, rezando a un Dios que nunca escucha las súplicas de los desesperados si son contrarias a sus insondables designios. Noche insomne de oraciones peregrinas que no concluyen su Camino. Pesa el miedo, la soledad aplasta y la angustia es una bomba de relojería que explotará antes del amanecer. Sudo lágrimas de sangre o, tal vez, sangro el sudor de las lágrimas. Te pedí un único milagro y, cuando no te dignaste a concedérmelo, te odié por ello, obviando todos los otros milagros que me concediste sin yo pedírtelos. Perdona mi ignorancia cenicienta y líbranos del mal que marchita el alma hasta pudrir el corazón. Amén.

martes, 31 de marzo de 2015

La Santa Cena


Bendice el vino que aletarga los sentidos, alejando la certeza de la muerte, atenuando la crudeza de la vida. Brindemos por la traición de los cobardes, también por la de los que codician todo el oro del mundo y por la de aquéllos que envidian lo que nosotros tenemos y ellos no poseen. Emborrachémonos para olvidar la cercanía de la espada que rasgará esta paz de papel cebolla. Lloremos nuestra sed de venganza y limitémonos a luchar para restablecer este equilibrio de cristal. Devoremos las últimas migajas del banquete preparado por nuestros enemigos. Envenenemos nuestros cuerpos con su odio, pero mantengamos limpio el corazón, pues sólo así podremos vomitar con rabia nuestra fuerza y cercenar con la verdad sus lenguas de serpiente. Bendice esta mesa ahora vacía y da las gracias por los alimentos que algún día la cubrirán. Sólo pasa hambre aquél que no sabe cómo nutrir su espíritu. Sólo muere de sed quien se niega a beber la lluvia.

domingo, 29 de marzo de 2015

La Borriquilla


Brilla el sol sobre la masa enfervorecida. Vuelan los vítores. Retumban los aplausos. Desfilan las alabanzas y frases de agradecimiento. Todos dicen querer ser liberados de la opresión, pero, cuando la libertad llame a la puerta, se aferrarán con fuerza a la mano del tirano. Son sólo niños con miedo de caer y destrozarse las rodillas, presos felices tras las rejas de su celda, condenados a muerte que caminan voluntariamente hacia el cadalso. El Salvador sabe que su gloria es efímera, que quienes ahora lo ansían no tardarán en pedir su cabeza cuando la amenaza de la liberación comience a materializarse en algo tangible. Son sólo asnos que rebuznan palabras que no entienden, burros que desean cambiar la carga que transportan, pero que no quieren renunciar al peso de la esclavitud, bestias que se creen especiales cuando reciben un mayor número de latigazos que sus compañeras de redil. Él lo sabe, pero no le importa. Sólo quiere sembrar la semilla del inconformismo en el corazón de los más pequeños, de aquéllos que aún no han aprendido que son animales que deben obedecer las órdenes de los capataces. Algún día germinará y dará sus frutos. En ti. En mí. Quizás en ellos. El mundo avanza sobre el recuerdo de los mártires.

viernes, 27 de marzo de 2015

Trampas (I)

Tus heridas son pozos sin fondo, en los que flota mansamente la angustia de los desahuciados. Tus ojos son estanques de Hiroshima y Nagasaki, sobre los que penden nubes radiactivas, envenenadas con el odio de aquéllos que matan parapetados tras el nombre del bien común y la justicia. La vida es una selva de días como palmeras sin podar. Las horas caen como hojas que amputan las manos de los cobardes con la violencia de un machete blandido por un niño soldado. Ríen los monos, balanceándose sobre las ramas de la autocomplacencia. La sangre de las víctimas salpica de barro sus zapatos sin conciencia. Ellos limpian la mancha con la piel de oro del último plátano que robaron antes de que la mina se agotase. Tu lengua llora las penas de los muertos, cuyos consejos ni los chamanes desean ya escuchar. Pocos conocen la sintaxis del olvido, aunque practiquen su indolencia. La amnesia es un agujero camuflado bajo los despojos del otoño. También nosotros caeremos en la trampa y volveremos a cometer los errores que nos juramos nunca jamás repetir. Nuestros bolsillos están llenos de las piedras con las que otros tropezaron, pero los hoyos en los que caemos no pueden guardarse en ningún rincón de la memoria. Sólo Alicia aprendió la lección y no volvió a echarse la siesta.

miércoles, 25 de marzo de 2015

El Reino de los Sueños (I)

Nieve efímera, que se cuela entre los rayos de este sol que no calienta tus insomnios matutinos. Cada parpadeo es un apagón de luz, que te transporta hasta el Reino de los Sueños. Él es sólo una sucesión de fogonazos disparados con una Polaroid anterior a la era digital. ¿Y tú? ¿Qué eres tú para él? Mejor no preguntar. Nunca has querido aceptar la incorporeidad de tu esencia. Las nubes vuelven y tú te escondes bajo la mesa, confundiéndolas con terremotos japoneses. No vuelvas a cerrar los ojos. No trates de enterrar su ausencia detrás de una cortina de carne transparente. ¿Por qué duelen tanto los inviernos? ¿Por qué el hielo no desaparece al principio de la primavera? Tus manos son un mar de dudas, que siempre se enfundan los guantes equivocados. El viento aúlla tus errores, mientras arropas el vacío de tu cama con una nana de lana que hace tiempo oíste a algún mendigo. Los relojes callan. Es necesario suspender este momento.
 
 

lunes, 9 de marzo de 2015

El amor, el tiempo y la distancia

El sonido del cristal al quebrarse contra el suelo es un grito de socorro que rebota en las paredes de la nada. Elena siente la tentación de descalzarse y terminar de triturar los pedazos (no importa cuánta sangre deba derramar para ello), pero la impertinente melodía de su móvil le impide entregarse al atrayente placer de la (auto)destrucción.
 
Es su madre. Otra vez. Diez interminables minutos de “¿Cómo estás?” “¿Todo bien?” “¿Seguro?” “¿Cuándo vuelves?” Quisiera decir “Muy mal”, “Todo fatal”, “Sí, seguro”, “Probablemente nunca”, pero como la verdad daría pie a nuevas preguntas que alargarían sine die una conversación que ya se le está haciendo cuesta arriba opta por mentir: “Perfectamente, “Más que bien”, “Sí”, “Aún no lo sé”.
 
Cuando su progenitora accede a liberarla de su arduo interrogatorio vuelve a contemplar el estropicio. Se acerca con cuidado al epicentro del desastre. Sin quitarse los zapatos recoge el único trozo que aún se asemeja a una copa. Lo contempla al trasluz de la ventana, girando lentamente el vidrio entre su dedo índice y pulgar, permitiendo que los últimos rayos de la tarde proyecten un diminuto arco iris sobre la pared de su salón.
 
El rugido del motor al despegar el avión es un sollozo huracanado que reverbera en el techo de la bóveda celeste. Las ruedas avanzan sobre la pista perdiendo poco a poco el contacto con el suelo. La playa, el mar, toda la tierra y los seres que la habitan quedan demasiado lejos para poder ser distinguidos. Un lecho de algodonosas nubes oculta los horrores del infierno. Las almas de los condenados crepitan al calor de la hoguera de vanidades de la ciudad condal.
 
Elena no quiere volver, aunque tal vez no debiera irse. Las lágrimas se secan antes de alcanzar los costados de la nariz. Los colmillos arrancan un par de gotas de sangre al labio inferior. Allí abajo está él y arriba ella ha dejado de estar. Es sólo una cáscara hueca que envuelve un regalo sin valor. El tiempo cicatriza todas las heridas o, al menos, eso es lo que afirma la sabiduría popular.
 
El sonido del monótono avance de las agujas del reloj es un alarido disparado a la boca del estómago. Elena acaricia el quebrado borde de vidrio, semejante a una picuda cordillera aún sin colonizar. Su corazón también se parece al borde de una sierra. Por eso no deja que nadie se le acerque. No quisiera amputar manos ajenas.
 
Los restos del día bailan el vals de las tortugas, pero Elena sabe que es sólo la obertura del silencio eterno. Ya no hay tiempo para nada, mucho menos para volver atrás. Los kilómetros se estiran hasta quebrar la goma elástica. El sol se apaga y las tinieblas envuelven los pedazos de cristal que arañan sus mejillas. Su vida es una figura de porcelana que se le escurrió de las manos y que ahora no sabe cómo recomponer. La noche es una retahíla de susurros fantasmales que aniquilan hasta el último milímetro de oxígeno de sus pulmones. Te quiero, pero no puede ser.


 

jueves, 5 de marzo de 2015

Cataclismos (VII)

¿Cuánto tiempo transcurrirá antes de que todo se derrumbe y el mundo se convierta en una mancha carmesí? ¿Cuántos días estrellaremos contra la pared, como copas disparadas con furia por manos colmadas de frustración? ¿Cuántas horas se escurrirán entre los labios, sin que ninguno de los dos sea capaz de encontrar la llave que abre la puerta a todos sus secretos? Permanecemos quietos, aunque queramos huir, aunque deseemos alejarnos del desastre, aunque nos neguemos a contemplar nuestro final. Tiembla el cielo. Se desgarra la tierra. Pero ahogamos el grito para no espantar a las presas. La única forma de sobrevivir es conseguir que el cazador elija otra víctima propiciatoria. Nos escondemos entre los árboles y cerramos los ojos, creyendo que eso basta para no estar nunca en el centro de la mirilla de su escopeta. Una bocanada de angustia revienta mi esófago. Tu mano se enreda entre mis dedos, tratando de enjugar mi miedo. Tu lengua cosquillea en mi oído palabras en las que nunca he querido tener fe: Tranquila. Sólo tenemos que aprender a respirar a través de las lágrimas, pero el llanto es una almohada que el destino aprieta fuertemente contra mi cara. Me ahogo entre tus brazos, casi tanto como fuera de ellos. El amor es un casco de caballo que piafa con saña sobre mi pecho desnudo. Traté de advertírtelo, pero para entonces tu corazón ya era una fosa llena de huesos quebrados.

sábado, 28 de febrero de 2015

Apocalipsis (IV)

Tu espalda está manchada de tristeza, pero nadie se da cuenta, porque tú miras siempre de frente, oculto tras una sonrisa que consigue convencer a todos de que hasta el último demonio fue expulsado hace tiempo del Paraíso. Pero a mí no me engañas. Yo camino siempre tras tus pasos, nunca delante de ti, yo contemplo el azul que desciende desde tus hombros a tus lumbares, yo siento las contracturas que palpitan tras los latigazos de la pena y escucho las malignas risas de los diablos a los que San Miguel no condujo a la salida. Yo sé que, más tarde o más temprano, te desplomarás sobre el asfalto, quebrada tu columna por el peso de certezas que nadie quiere nunca tener que aceptar, ésas que a todos ocultas tras un pecho henchido de optimismo, las mismas que, poco a poco, desgastan tus entrañas. Yo sé que las llamas, algún día, calcinarán las nubes de las que están hechas las alas de los ángeles, cayendo nuestras esperanzas en picado, hasta estrellarse en el centro del abismo. También sé que es mejor seguir andando, fingir que podemos alcanzar el final del camino y bucear en la piscina de la felicidad. Por eso te sigo y te ayudaré a levantarte hasta que sean mis propias rodillas las que ya no sostengan las toneladas de azufre que ahora cosquillean bajo mi nariz. El mundo se acaba, pero yo ya no deseo huir en dirección contraria. Por eso me aferro a ti.

viernes, 27 de febrero de 2015

Invierno (II)

Tratamos de anestesiar el rugido de los monstruos, pero es imposible acallar el quejido de la piel rasgada por sus garras. Sabes que nuestro dolor es idéntico, aunque se manifieste de diferente forma, pero te empeñas en fingir que el origen de tus lágrimas se sitúa a miles de kilómetros de la fuente de las mías. Tu deseo trepa la cordillera de mis pestañas, sólo para poder afirmar que no ansías sumergirte en el petrolífero lago de mis pupilas de pizarra. Tu desprecio de tiza tatúa versos de nieve sobre mi mirada de niña abandonada. La lluvia cae torrencialmente sobre mis mejillas, sin que tus manos sirvan de paraguas a mis pechos. Hay tumores que, aunque las pruebas médicas se obstinen en afirmar lo contrario, nunca pueden ser benignos.

jueves, 26 de febrero de 2015

Una mancha con regusto de alquitrán

Sé que estás ahí, oculto entre las sombras, fantasma invisible a los mortales, espectro entretejido entre las hebras de mis sueños. Puedo sentir tus brazos etéreos rodeando con mimo mi cintura abandonada en el medio de esta noche huracanada. Noto la suave presión de tus labios eólicos, que cuelgan cual pendientes de mis erógenos lóbulos auditivos, sordos a todos sus requiebros cenicientos. Escucho el rumor de la brisa de tus susurros, aunque no entienda las palabras que componen su estructura. Sé que estás ahí, pero no quiero verte. Por eso cierro los ojos, aunque tu imagen aparece tatuada en el interior de mis párpados. Mi lengua te niega, mientras mis latidos deletrean en Morse las coordenadas donde anida tu cuerpo de bruma. Resbalan los días. Nuestras pestañas son limpiaparabrisas que tratan de eliminar los recuerdos que se deslizan sobre el cristal de la memoria. Sé que estás, aunque no quieras estarlo, aunque huyas de mí con la misma furia que yo trato de alejarme de tu lado. Corremos en círculos, sin darnos cuenta de que, a veces, la única forma de escapar es quedarse quieto, hasta que alguien te rescate del desastre. Buscamos salidas que aún no han sido dibujadas por el pintor que traza nuestros destinos. Tus manos recorren la columna vertebral de mi miedo más cerval. Un escalofrío conquista mi sistema linfático. Sé que estás ahí, aunque todos piensen lo contrario y esa certeza me desgarra hasta sangrar. Escupo sobre el asfalto un coágulo envenenado de reproches. Tú lo aplastas de un pisotón, convirtiendo el amor y el odio en una mancha con regusto de alquitrán.

martes, 24 de febrero de 2015

Canibalismos (IV)

Quiero plegarme entre tus labios, hundirme en las marismas de tu boca, dormir sobre el colchón de agua de tu lengua, ondular ingrávida bajo el cielo de tu paladar, hasta que un tsunami de saliva ahogue para siempre mis ansias de ti. Quiero que me estrujes con rencor, exorcizando todos los silencios que no nos atrevemos a dinamitar, ordeñando hasta la última gota del dolor que ahora oprime las gargantas. Quiero que penetres mis defensas, que arañes los pedazos más esquivos de mi piel, que muerdas mi carne cenicienta, resucitando el hambre que trato de adormecer bajo el edredón de la soledad más absoluta. Somos dos mitades imposibles de reconciliar, que se abrazan bajo el eclipse alcohólico de esta noche plagada de fantasmas. Tu sudor me envuelve con el regusto de una marea de cianuro con sal. Quiero morir o, tal vez, matar. Ahorco un grito con forma de buitre, mientras una sinfonía de gemidos amordazados trepa decidida las paredes de mi femoral. No quiero dilatar la eternidad. Tampoco concretar lo abstracto. Sólo quiero cerrar los ojos y que tus dedos dibujen con esmero la silueta del deseo.

 

jueves, 19 de febrero de 2015

Ratas (III)

Es fácil predecir la trayectoria de una rata. Sólo hay que liberar los instintos más básicos de la pequeña alimaña que todos llevamos dentro. Pensar como ellas, sentir como ellas, desear como ellas. No se trata de adivinar a dónde queremos ir, sino de determinar a dónde nos gustaría llegar y, después, imaginar el camino más fácil para alcanzar nuestra meta, ignorando siempre la molesta voz de nuestra remilgada conciencia. Corretear entre la basura sin ningún tipo de escrúpulo, morder a cualquiera que se interponga en la senda que conduce a nuestro objetivo, arañar hasta encontrar una salida. Todo vale. Nada importa. Sé lo que vas a responderme: tú no deseas ser una rata, pero yo no te pido que te conviertas en una. Sólo debes aprender a predecir su trayectoria para poder así evitar ser roído por sus inmisericordes dientes envidiosos. Hay que conocer al enemigo, no ya para matarlo, sino para no morir a sus manos. Estamos en guerra y, aunque no te des cuenta, perdemos la partida. No quieres acercarte a ellas, mucho menos ponerte en su pellejo, pero es la única forma de que no nos transmitan la peste. Míralas. Están convencidas de que son las amas y señoras de este podrido imperio de miserias. Para eliminar sus escondites no es suficiente con limpiar toda la mierda. Tendremos que sembrar de trampas las cloacas y luego recoger sus cadáveres y quemarlos antes de que se descompongan y siembren la tierra con su veneno de ultratumba. No es ponernos a su nivel. Podremos ser mejores. Seguramente acabaremos siendo mucho peores. Pero nunca, escúchame bien, nunca seremos como ellas.

lunes, 16 de febrero de 2015

Nocturno (VII)

La gente bebe, la gente habla, la gente ríe, tú sólo callas. La noche es fría e indolente a tus deseos, pero la tentación se enrosca en torno a tus tobillos con la insistencia de una gata en celo. ¿Por qué no ceder? ¿Por qué resistirte hasta que revienten todas las compuertas? ¿Por qué no puedes ser como ellos? Éstas que ahora escribo son palabras huidas que cacé en el medio de su fuga. Algunas consiguieron escapar definitivamente de mis labios. Poco importa. Que torturen a otros sus secretos. Un terrón de azúcar se hunde silenciosamente en una amarga taza colmada de café. Tú hueles a ropa recién sacada de la lavadora. Yo a cera aplastada entre tus dedos. La luz fallece. Los adoquines son trampas mortales para los tacones de las Cenicientas que tratan de alejarse de sus príncipes. El cristal se quiebra con un grito de murciélago. El miedo rebota contra las paredes de un callejón sin salida. La luna se esconde entre las nubes, sembrando de tinieblas esta esquiva madrugada. Nuestras bocas son estrellas que ya no producen luz. Nos morimos en la titilante distancia que separa nuestros cuerpos, pero nadie se decide a enterrar nuestros cadáveres. Se les da bien camuflar el hedor de la putrefacción.

lunes, 9 de febrero de 2015

Cataclismos (VI)

Tengo que provocar el cataclismo, hacer que todo se derrumbe, sepultarme bajo las toneladas de amianto que este cruel tejado ya no es capaz de sostener sobre las cabezas de los más desamparados. Tengo que trepar sobre los escombros, respirar el polvo de este aire apocalíptico, toser todos mis miedos, escupir mi desprecio sobre la montaña de desechos que se pudren bajo un sol que nunca ha perdonado a los cobardes. Tengo que huir de la escena del crimen, alejarme de los muertos que no deseaban sobrevivir, abandonar a los vivos que sólo saben llorar las desgracias que no quisieron evitar. Tengo que mirar al frente, nunca hacia atrás. Tengo que caminar sobre las tumbas de los héroes, desenterrar la memoria de los mártires, beber el valor de la sangre que derramaron para evitar lo inevitable. Tengo que abrir mis venas, verter los días que me quedan en el vano intento de construir castillos en el aire, disparar mis ideas a las nubes y cruzar los dedos para que, algún día, llueva la esperanza sobre esta tierra aniquilada. Tengo que navegar entre mis dudas para, como Descartes, poder regalaros una única certeza.

viernes, 6 de febrero de 2015

Marzo (VII)

 
 
Sopla el viento, aullando monstruos detrás de cada esquina, resucitando muertos que hace tiempo creías enterrados. El frío trepa entre tus piernas, gangrenando sueños, esculpiendo estalactitas debajo de tus párpados. Los días son montañas imposibles de escalar. Las noches, avalanchas de nieve que te sepultan a orillas del mar. Eres una estatua de hielo cuyos pies se hunden en el fango de una primavera que sólo quieres postergar. El cielo escupe granos de sal que derriten tu piel entumecida. El dolor, en carne viva, ya no tiene manta bajo la que cobijarse. Tu sonrisa es sólo la herida tras la que se esconde tu boca desangrada. Él se fue y tú no estás. La ventisca golpea con fuerza las ventanas de tus ojos. Las gaviotas gritan desde las rocas, pero no entendemos la advertencia. Marzo espera al final del túnel de febrero y, aunque intentemos esquivarlo, esta vez, acabará por devorarnos.

jueves, 29 de enero de 2015

Ratas (II)

Hoy es uno de esos días en los que todo duele, incluso lo que no tiene forma de puñal. Cada vez estás más lejos, a un número indeterminado de kilómetros del suelo. Ya casi no puedes verlos, pero sabes que están ahí, clavando su mirada en el horizonte equivocado. Quieres gritar, decirles todo lo que piensas, pero sabes que no serviría de nada. Son sordos o, peor aún, completamente estúpidos. Flotas, como un globo de helio con forma de dibujo animado, pero no te atreves a cortar el hilo que te une a esta tierra de salvajes. Introduces tu cabeza entre las nubes y tratas de dormir, creyendo firmemente que es posible olvidar el ruido de las ratas que corretean en las cloacas. ¡Insensata! ¿Por qué no temes sus mordiscos? Piensas que sólo las aves pueden hacerte daño. Siento contradecirte, también hay alimañas en el cielo.

miércoles, 14 de enero de 2015

Aviones (I)

Está pasando, pero tú no te das cuenta. Sin notarlo, aquella noche cambió toda tu existencia. El destino teje una tupida bufanda alrededor de tu cuello. Te miras en el espejo, pero olvidaste las lentillas y no quieres reconocer la miopía. Dices que todo está bien, pero no ves si lo está. Sonríes, ignorante de lo que ocurre, pero ¿qué importa? Aunque lo supieras, no podrías hacer nada por evitarlo. Caminas directa hacia la meta que deseas evitar. Aquella noche. Aquella maldita noche. Alguien debería haberte advertido que las palabras son aviones de papel: una vez lanzadas, resulta casi imposible determinar el alcance de su recorrido. Pero tú doblas los folios, les das la forma adecuada y, luego, los arrojas desde la azotea. ¿Por qué piensas que se estrellarán antes de llegar al suelo? Las bombas caen sobre el asfalto, pero los tuyos son aviones de combate, preparados para esquivar cualquier amenaza a su existencia. Tus palabras vuelan, precipitándote hacia el borde del precipicio. Tus palabras te empujarán a dar el salto y, cuando quieras darte cuenta, ya no tendrás donde agarrarte. Ya está pasando, pero tú no quieres verlo y cierras los ojos y aprietas los labios y tus párpados sangran lágrimas de alabastro.

martes, 13 de enero de 2015

Sus ojos

Sus ojos. No podía pensar en otra cosa. Sus ojos, de arena y miel, la tumba perfecta donde enterrar todos sus miedos y, al mismo tiempo, una peligrosa ciénaga en la que hundirse aceleradamente en los brazos de la muerte. Sus ojos, tan brillantes como oscuros, dorada jaula de ángeles y demonios, chocando, en caótica confusión, contra sus infranqueables barrotes de metal. Sus ojos, pozo de verdades y mentiras, constelación de secretos sin revelar, brújula desimantada que siempre apunta al mar. Sus ojos, tierra abrasada por las últimas llamaradas de la tarde, barro cocido a fuego lento, arcilla cuya forma ya no admite modificación. Sus ojos. No quería pensar en otra cosa.