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domingo, 26 de abril de 2015

El descendimiento


Un paso en falso en el borde de un abismo divergente. Tiemblan los peldaños del sendero que me separa de mi destino. También los escalones que descienden lentamente hacia el infierno. Mi cuerpo, en eterno equilibrio inestable, no sabe cómo continuar reteniendo el grito. Lo suelto y, liberada de su peso, caigo hacia atrás, con tanta fuerza que, en realidad, mi caída se convierte en una voltereta hacia delante. Ruedo, como un ovillo de lana entre las patas de un gato hiperactivo. Sangro, como un unicornio herido. Un perro sediento lame el suelo que rozo con las encarnadas puntas de mis dedos. Tampoco él sabe a dónde lo conducirá el ineludible deseo de llenar su estómago. ¿Es su hambre distinta de la mía? Me miro en el espejo y sólo soy capaz de ver la calavera que se esconde bajo mi piel. Prométeme que no dejarás que se hagan con ella, que no permitirás que jueguen al fútbol con mi cráneo. Júrame que serás tú quien descienda mi cadáver de la cruz, enjugando en llanto mi carne cenicienta, hasta borrar todos y cada uno de los pecados que me condujeron hasta ti.

sábado, 25 de abril de 2015

La expiración

 
Necesito saber que, esta vez, la historia acaba bien, que nadie muere antes de tiempo y ninguna niña llora abandonada en el andén. No soportaría otro puñetazo en la boca del estómago, otro gancho de derechas directo a la nariz, otro rodillazo en la entrepierna, otro pisotón sin anestesia. Sé que caeré y que ellos aplastarán mi cabeza sobre la lona, antes de que reúna las fuerzas necesarias para volver a levantarme. No dejes que eso ocurra. Sé mi escudo. También mi espada. No permitas que cercenen mi esperanza, que decapiten mi fe en los milagros, que guillotinen mi confianza en la bondad. Ayúdame a seguir respirando, ignorando el dolor que lacera mis quebradas costillas, olvidando que son las astillas de mis propios huesos las que perforan poco a poco mi pulmón. No dejes que se escape el aire. Aún necesito un poco de oxígeno, no mucho, sólo un puñado. Son sólo dos pasos y luego ya todo dejará de importar, porque todo lo que tenía que ser habrá sido ya y, por fin, podré exhalar mi último aliento, descansar sin miedo, extinguirme sin remordimiento. No, no me consueles a mí. Yo ya no existo. Es a ella a quien tienes ahora que reconfortar. Dile que esta vez la historia ha acabado bien, que todos murieron cuando tenían que morir, que no son lágrimas lo que ahora humedece sus mejillas, sino gotas de la lluvia que riega los campos. Miéntele, igual que me mentiste a mí. O, quizá, no fuera así. Tal vez, el problema radicaba en que todo era verdad.

miércoles, 22 de abril de 2015

El Nazareno


Yo no quería esto. Nunca jamás lo pedí. Sólo deseaba ser como ellos, formar parte de su mundo, compartir sus deseos, integrarme entre sus miedos, pero tienen mis lágrimas otras causas bien diferentes de las que arañan sus ojos y comprimen su corazón. No lo entiendo, pero es así y, por más que lo busco, no encuentro a nadie que me ayude a transportar esta cruz hasta lo alto del Calvario. Caigo y me levanto, una y otra vez. Ya no sé si mis rodillas descansan dobladas sobre el suelo o se inclinan ante el peso del viento que siempre azota mi sien. La muerte sobrevuela mis pasos, pero no se atreve a descender hasta mí. La asusta envenenarse con la rebeldía de mi sangre, fallecer víctima de mis ansias de vivir. Todo principio tiene su final, pero éste no es el que yo escribí. Remonto a crawl este río de sudor y tinta. Sólo necesito una pluma para poder volar, para elevarme sobre sus indeseables tejados de uralita, para sumergirme entre las nubes y convertirme en el suspiro que nadie se atreverá nunca a proferir. Ni ellos ni sus buitres son dignos de devorar mi cadáver, por eso mi cuerpo continuará caminando eternamente en el desierto, incluso cuando ya no le quede alma que le dé sentido ni amigo que apriete su mano. Puede que sea el orgullo del derrotado o, tal vez, la cabezonería del que ya no tiene nada que perder. Santa Magdalena penitente, que no tiene más abrigo que su indómito cabello deshilachado. Tengo sed, pero tú ya no me sacias y, aún así, me crucifico cada noche sobre la cruz de tu esternón.

martes, 21 de abril de 2015

La Columna


Estoy atada a una columna. Trato de romper el nudo, pero no puedo. Alguien grita dentro de mí. La luna llena enseña los colmillos, sedienta de sangre. Esta noche acabará por tragarme de un bocado. No puedo correr. Es imposible huir. La columna pesa demasiado para poder arrastrarla tras de mí. Corta la cuerda o, al menos, inténtalo. No importa el resultado. Sólo necesito saber que hay alguien dispuesto a rescatarme. Cada día que pasa es un latigazo en el centro de la espalda. La carne se desprende poco a poco, cayendo al suelo como la fruta excesivamente madura. Pronto sólo quedará el hueso y, entonces, ¿qué? ¿Cómo seguiré ocultando la verdad? Que yo no soy como ellos, que las vértebras que me mantienen enhiesta no son como las que forman parte de su esqueleto, que las mías están llenas de palabras y silencios que encajan como las piezas de un puzle recién estrenado, que si me los quitaran no sería nada, pero que esa nada tendría más entidad que ese algo que ellos tratan de atesorar, que mi condena es también mi salvación, porque no hay leucemia capaz de destruir el espíritu. La vida es la llama de una vela. Cuando se apaga, el humo asciende hasta las nubes y la cera derretida permanece aún un tiempo adherida al asfalto sobre el que la derramó la ráfaga de viento que extinguió el fuego. Ellos no lo entienden. Por eso protestan antes de morir. Hace frío y yo cada vez estoy un poco más desnuda. Ninguna manta puede ya abrigar el dolor, tampoco tapar la alegría de estos ojos que sólo ven con claridad a través de las tinieblas. No compadezcas nunca a aquéllos que derraman tantas lágrimas como sonrisas. Sólo ellos son capaces de hallar la paz en el medio de la guerra y la guerra en el medio de la paz. ¿Oyes sus burlas, sus insultos, sus maléficas mentiras? Quieren herirnos, pero no se atreven a empuñar la espada. Cierra los labios. También los ojos. Tú eres mi secreto y sólo te confesaré a su debido tiempo. Mi columna vertebral es una escalera de palabras y silencios que nunca he sabido bien si asciende hasta el cielo o desciende hasta el infierno.

lunes, 13 de abril de 2015

El Rescate


No trates de salvarme. La sentencia ha sido dictada antes de dar comienzo el juicio. Siempre ocurre así, incluso cuando creemos lo contrario. Las pruebas carecen de valor cuando no apoyan la tesis del jurado. La masa aplaude la condena, sobre todo si intuyen la inocencia del cabeza de turco. Y, sin embargo, siempre hay algún pecado digno de reprobación, aunque no sea la causa que nos conduce hasta el cadalso. Por eso dejamos caer la piedra y miramos en derredor, buscando a alguien que sí esté legitimado para arrojar el primer golpe. Y qué si el culpable a veces queda libre. ¿No te das cuenta de que todos portamos algún tipo de cadena que lastra nuestros pasos? Déjame. No te molestes ni te indignes. No pueden absolver a quien nunca ha seguido ni seguirá sus reglas.

jueves, 9 de abril de 2015

El Prendimiento

 
Tensa la cuerda y aprieta el nudo. Si no me atas bien, escaparé y nunca jamás serás capaz de volver a atraparme. No escuece la traición, sólo el envenenado beso en la mejilla. Sabía que ocurriría, pero no quise evitarlo. Necesitaba conocer el precio de tu lealtad. Sinceramente, no me esperaba que valiera tan poco. Camino dócilmente, custodiada por demonios que no lograrán retenerme entre sus garras. Dejo que penséis que habéis vencido, que creáis que puedo ser derrotada, que no sospechéis que soy un ave fénix que resucitará de sus cenizas tantas veces como vosotros lo matéis. Sé lo que queréis hacer conmigo, pero no saldrá bien. Hay ideas demasiado arraigadas para poder ser extirpadas, sentimientos anclados como sanguijuelas al corazón, sólo que cuanto más acerques el fuego, menos posibilidades tendrás de que se desprendan y caigan al suelo. Podéis golpear mi cuerpo hasta la muerte y, después, encarcelar mi cadáver, pero sólo conseguiréis perpetuar el recuerdo de mis verdades, aquéllas que no necesito decir para que se entiendan, porque han sido certificadas con la sangre que chorrean vuestros actos y la fe que destilan cada uno de mis pasos.

martes, 7 de abril de 2015

Las Siete Palabras


Siete palabras nos separan. Las siete palabras que no nos atrevemos a pronunciar. Siete palabras que siempre empañan el cristal, impidiéndonos ver el mundo que yace al otro lado del espejo. La saliva no siempre limpia y desinfecta, a veces ahoga, obturando la garganta con el miedo a no escupir a la cara del otro la verdad. Tratamos de diluirnos en el recuerdo del sueño que una vez nos unió, sin darnos cuenta de que ya no estamos dormidos. Por más que abro los ojos, todo sigue siendo oscuro. Hace tiempo que ya no comprendo tus contornos. Tampoco los míos. La noche no debería ser tan negra, ni las lechuzas ulular las letanías de los monstruos. Sopla el viento, agitando los cimientos de este castillo de naipes. Si no te derrumbas tú, lo haré yo. Cierro los párpados y trato de imaginar un sol que no nos queme. El reloj resuena dentro de mi pecho. También el tiempo acabará muriendo, cuando no quede nadie que sea capaz de medirlo. Nuestros corazones sólo saben latir de doce en doce campanadas, pero ¿qué pasará si un día no nos acordamos de darnos cuerda? ¿Y si ya nos hemos olvidado? Siento que me asfixio, que se encharcan mis pulmones, que ya no soy capaz de beber el oxígeno de tus labios. Trato de hablar, pero no puedo. Mi grito de auxilio es un gemido moribundo. Cuanto más abro los brazos, menos dispuesto estás a naufragar en ellos. Nuestro amor es un Cristo crucificado que no resucitará al tercer día. Los buitres sobrevuelan el Gólgota, pero nuestras lenguas permanecen impertérritas. Tal vez, cuando reunamos el valor para decirlas, las siete palabras que ahora desgarran nuestras cuerdas vocales ya habrán dejado de existir.

sábado, 4 de abril de 2015

La Humildad


Te gustaría ser capaz de poner la otra mejilla, pero ahora mismo sólo piensas en recuperar las fuerzas para devolver todos los golpes. Siempre ha sido así. Nunca has sabido agachar la cabeza ante quienes empuñan los látigos. El aire se parte en dos. Salpica la sangre, también un pedazo de carne. Un irreverente escupitajo en la cara de quien inflige el castigo es tu única respuesta. Aumenta la condena, también la rebeldía. Todos creen que acabarán contigo antes de que termine el día, pero no es cierto. No se puede aniquilar un espíritu indomable. Eres un caballo que nunca se dejará montar por un jinete que no consideres digno de dirigir tus pasos. Tu espalda es un pentagrama de heridas que reclaman venganza. Dos lágrimas de rabia escuecen tus mejillas. Sólo tienes que esperar a que ellos caigan y, entonces, asegurarte de que nunca jamás vuelven a levantarse. La justicia yace enterrada bajo una lápida sin nombre, pero un perro callejero escarba la tierra circundante. La noche es una corona de espinas que araña tus sienes con las burlas de tus enemigos. Sólo tienes que esperar y ayudar a que el tiempo ponga a todo el mundo en su lugar.

miércoles, 1 de abril de 2015

La Oración en el Huerto


Junto las manos, entrelazo los dedos y aprieto con fuerza, rezando a un Dios que nunca escucha las súplicas de los desesperados si son contrarias a sus insondables designios. Noche insomne de oraciones peregrinas que no concluyen su Camino. Pesa el miedo, la soledad aplasta y la angustia es una bomba de relojería que explotará antes del amanecer. Sudo lágrimas de sangre o, tal vez, sangro el sudor de las lágrimas. Te pedí un único milagro y, cuando no te dignaste a concedérmelo, te odié por ello, obviando todos los otros milagros que me concediste sin yo pedírtelos. Perdona mi ignorancia cenicienta y líbranos del mal que marchita el alma hasta pudrir el corazón. Amén.