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martes, 30 de agosto de 2016

Cataclismos (X)


No es tan fácil, dijo él, y tenía razón, aunque no fuera de esto de lo que hablaba, sino de algo tan parecido como distinto a los alfileres que ahora acupunturan mis tripas. No es el primero al que le jodo la vida. No eres el primero que me la jode a mí. El Señor de Voz Cavernosa y Bolsas bajo los Ojos escribió hace más de tres años todo aquello que a mí me habría gustado saber decir. Aunque haya cambiado, el disco aún no se ha rayado (mi piel horadada en sueños por la aguja de tus labios). Sé que nadie entenderá nunca estas metáforas, como tampoco yo comprendo al Lorca de Nueva York, pero algunos sentirán que la sangre que derramo ha circulado antes por sus venas, vomitada por arterias que no saben fluir en contra de los latidos asíncronos de su corazón discapacitado (hay cataclismos de los que sólo la noche puede ser testigo). Tropezar, caer, levantarse sólo a medias, porque hay heridas que no cierran y pedazos de nuestras rodillas que fallecieron sobre el asfalto (el ulular de las lechuzas desgranando las mentiras que fingimos que no oímos). Y morimos, cada día un poco más, reconcomida la carne, descalcificado el hueso, pellejo hueco, esqueleto en polvo que esparcirá el viento, aunque nadie sople (nuestros fantasmas más temidos golpean con furia las ventanas, rompiendo en mil pedazos esta madrugada de cristal). No es tan fácil, dijo él, y tenía razón, aunque estuviera completamente equivocado (algunos insomnios nunca terminan de conciliar el sueño).

miércoles, 17 de agosto de 2016

La definida indefinición de lo intangible

Doy consejos que no sigo, hablo idiomas que no escribo y guardo un regalo que nunca me has pedido. A veces duelen los domingos, incluso aunque no llueva y el sol alumbre vigoroso los portales. Tú sabías que yo no huiría y yo comprendí muy tarde que tú no te quedarías. Hay palabras que no digo, límites que siempre olvido y un te quiero agonizante que, tal vez, nunca haya estado vivo. Casi siempre lloro cuando sopla el viento y hace frío, aunque aún no haya llegado el invierno ni la alopecia de los árboles haya tapizado de crujiente amarillo las aceras de las calles. Tú intuías el desastre y yo sospechaba demasiado pronto que hay historias que nunca empiezan, pero que tampoco terminan. Soy todo aquello que imagino, los precipicios que no esquivo, las nubes que no destilo. Nunca grito antes de que el dolor hinque sus dientes, aunque empiece a notar su aliento en mi cogote y mis rodillas tiemblen al vislumbrar las consecuencias de un nuevo zarpazo del destino. Tú cerraste los ojos a la molesta evidencia que alumbraba tus desvelos y yo sellé el túnel que una vez unió tu aliento a mis suspiros.

lunes, 15 de agosto de 2016

Jano

Es lo mejor. También lo peor. Tanto ruido para tan pocas nueces... Las decisiones no se toman, sino que ellas nos toman a nosotros. Caerán las hojas, soplará el viento, pero tú y yo seguiremos en el mismo lugar que en el principio del principio, esperando a que todo cambie, sin darnos cuenta de que, aunque no se hayan modificado las circunstancias, sí que lo han hecho nuestros sentimientos. Tú vuelves a ella, yo vuelvo a encerrarme en mí. La madriguera siempre es más segura que el campo abierto, también más asfixiante y oscura, pero no importa, sólo hay que aprender a ver en la penumbra y a decantar el oxígeno del dióxido de carbono. ¿Qué sería de nosotros si no existieran las metáforas? ¿Cómo podría yo mirarte a los ojos, abrir la boca y vomitar palabras desnudas de artificios? ¿Cómo podrías tú escucharlas sin que reventasen tus oídos? ¿Cómo decirte que no sé si quiero, si alguna vez quise, si querré en un futuro? ¿Cómo entenderías tú que algo puede a la vez ser y no ser el objeto y su reflejo en el espejo? A veces, los motivos más equivocados son los únicos que pueden conducirnos a una solución acertada. O puede que no y ésta sea sólo otra cortante faceta del más insoluble de todos los enigmas que nos corroen las entrañas.