Dividía el mundo entre quienes amaban a Salinger y los que no, que es tanto como distinguir entre quienes están o han estado alguna vez al borde del abismo y quienes nunca han rozado el filo de la Nada. Ella se había sumergido en la negrura del vacío, no una, sino mil veces, pero siempre volvía indemne. Le caía bien a Dios. Probablemente, porque creía en Él a través de las dudas, a pesar de los espejismos generados por los androides, sorda a los ateísmos de los ciegos incapaces de vislumbrar los millones de milagros que acontecen cada día. Sí, ella creía a su pesar, porque sabía la suficiente estadística como para darse cuenta de que hay designios que es imposible que sean fruto del azar. O, puede que no, que a Dios no le cayera bien, que simplemente le resultara útil la forma en la que ella tocaba el fuego sin llegar a quemarse del todo. Explícamelo. ¿Cómo se puede sobrevivir al desembarco de Normandía y a la liberación de Dachau y no volverte completamente loco? Pero ella ha presenciado otros horrores. Algunos, con sus propios ojos. Otros, de esa manera que no alcanza a explicarse ni a sí misma. La cordura está sobrevalorada. No te acerca a la Verdad. Es otra ilusión más que nos mantiene necios; una mesa pulida, sin astillas que hiendan la carne para despertarnos del sueño y devolvernos al Camino. Ella lo sabe. La necesidad del dolor más allá del grito. La omnipotencia de la pena. La claridad que otorga entrecerrar los ojos mientras gira descontrolado el tiovivo. No, no quiere salvarse y, por eso, siempre lo consigue; porque la Vida ayuda a quienes aman a los demás, aunque se odien a sí mismos; a quienes parten directos al epicentro del Desastre, sin volver la vista atrás, sólo porque Algo dentro de ellos les dice que han de hacer lo que han de hacer; a quienes saben que nada depende de nosotros, salvo la forma en la que afrontamos lo desconocido. Ella lo hacía con miedo. Luego, con resignación. ¿Y ahora? Ahora intuye todo lo que viene, todo aquello que no quiere, pero que le fue destinado desde antes de que naciera y llora ante la belleza del tapiz tejido por las Parcas.
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
martes, 24 de febrero de 2026
sábado, 24 de enero de 2026
El día de la Inmaculada Concepción
No entiendo por qué ocurrió entonces, ni cómo pudo la luz abrirse paso en un sitio tan oscuro. El miedo había regresado unas semanas antes. Tiraba de mí en direcciones contrarias, amenazando con descoyuntar mis huesos más obtusos. Yo lloraba sin derramar lágrimas, que es la más letal forma de llorar. Dudaba de todo, sin permitir que mi cuerpo temblara. Una parte de mí quería convertirse en polvo y la otra aniquilar con saña a los demás. Fantaseaba con escapatorias que no me atrevía a tomar, carreteras secundarias cuya soledad me atenazaba las tripas. Hacía frío o, tal vez, sólo lo sentía. Olía a cerveza rancia y a gente más perdida aún que yo. Él jamás habría estado allí, ni siquiera, aunque, años antes, no le hubiera espantado de mi lado. Puede que por eso lo hiciera, porque siempre supe que no podría acompañarme a los infiernos. Fue una certeza incómoda, una seguridad invadiendo los pliegues de la carne hasta conquistar cada milímetro de piel: iba a hacerlo, no sabía cómo, pero lo haría. Fue después y no antes cuando vi el brazo de aquella chica. Sus cicatrices, al contrario de las mías, eran tan visibles que abrasaban los ojos de cualquier testigo. ¿Cuál era su historia? ¿Por qué yo nunca había optado por rasgarme en sentido literal, sino por envenenarme tan lentamente que siempre acababa curándome antes de terminar de exhalar mi último aliento? De repente me vi bailando como lo hacía cuando el mundo se hundía y yo era libre, como sólo lo son los desahuciados. Yo, bailando, y tú, mirando. Yo, refugiada dentro de un minúsculo vestido de lentejuelas negras, serpiente refulgente que no necesita tentar para que todos pequen. Todos menos tú, que sólo obedeces los naturales dictados del Universo. Tu mano sosteniendo la mía, impidiéndome escapar de mi destino. Tu brazo circundando mi cintura, recordándome que te pertenezco de la misma manera en que María siempre fue de Dios. Espera, yo también llevo mi vida dibujada en mi antebrazo y tu futuro incrustado en mis retinas, sin que ningún Arcángel se haya atrevido aún a anunciar nuestro Gran Desastre, ése que esbozamos aquella mañana aparentemente intrascendente y que rubricaremos una noche que nunca revelaremos a nadie. ¿No es hermoso que, muy de vez en cuando, Júpiter logre eclipsar a la Luna y Saturno no sea capaz de contener ciertos torrentes?
lunes, 5 de enero de 2026
La sangre
La sangre como forma de vida, latido sabio, guía certera. La sangre como río que conecta lo que es con lo que debería ser, sembrando su cauce de cadáveres ingenuos, arrasando con todo lo que se interponga en su camino. La sangre tóxica y la sangre intoxicada, ebria de dudas, tambaleante vagabunda de los callejones más oscuros de la noche. La sangre periódica, manchada con la sangre de los hijos que no fueron (en parte, porque no podían ser; pero, también y, sobre todo, porque no querías que fueran). La sangre culpable, contrita, plena de efímeros propósitos de enmienda, incapaz de derramarse en sacrificio hasta que Dios no detiene la mano de Abraham. La sangre libre, que mana sin mesura, el alma abierta en canal, el cuerpo que no entiende, pero que se entrega, porque sabe que es necesario pagar la deuda que nos trajo al mundo antes de que este mundo decida cobrarse la deuda por su cuenta. Mi sangre extraña, tan rara como yo misma, desafiando las estadísticas que encarcelan nuestros actos en el redil de lo políticamente correcto. Mi sangre, tan hereje como pía, encharcando el suelo del matadero por negarse a seguir las directrices de los dueños de la granja. Mi sangre palpitando bajo las suelas de tus botas, corroyendo tus certezas, infectándote de ideas-dinamita que no sabes cómo abatir. Mi sangre mutante, convirtiendo en obsidiana todo lo que toca, conduciéndote al Infierno como único umbral posible para acceder al Paraíso. Mi sangre atragantando a los vampiros y amamantando a los recién nacidos. Tu sangre goteando lentamente de mis colmillos. ¿Víctima o verdugo? Todo depende del momento y del prisma que enfoque la escena. La luz de la sangre y la sangre de la luz. No hay más verdad que ésa.
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