El tiempo emboscado, clamando por mí, sus uñas de hierro, tormento sin fin. Noto cuando algo se quiebra, pero no me doy cuenta cuando toda yo me recompongo. Mi cerebro es un alfiletero traspasado por mil ideas como rayos que nunca entiendo. A veces, las transcribo. Otras, trato de ponerlas en práctica. La mayor parte del tiempo, intento ahogarlas en el formol de la rutina diaria. No funciona, pero no importa. Sigo pidiendo prórrogas, pero el destino me lanza bolas cada vez más complicadas de esquivar. Me obsesiono con todo aquello que no vivo por miedo a que pueda acabar conmigo, ignorando el hecho de que no adentrarme en la cueva del dragón es precisamente lo que acabará matándome. Te miro y sé que acabarás siendo el valor que siempre me ha faltado. Tu sonrisa es la manta eléctrica que abriga mi corazón en mitad de la ventisca. Tus ojos, el océano calmo en el que puedo dejar que flote mi cansancio. Todo tú, analgésico de mis dolores más pretéritos. Sigo negociando, no sé si las condiciones de mi rendición o mi rendición sin condiciones. Vuelvo a asomarme al abismo. Levanto un pie. Dejo que el viento meza mi equilibrio inestable. Fantaseo con la idea de dejarme caer. Él me mira. Si supiera quién soy realmente huiría despavorido, pero es un hombre de ficciones, así que continúa inventándome. Tiene algo de ti y mucho de ellos, pero aún no sé cuál de sus fragmentos acabará ganando la partida. Por si acaso, me alejo. No quiero salpicarle de la sangre que brota de mis metáforas más viscerales. Sangre y esputo. Verdad sin filtro. Cadáver hediondo. Todo aquello que les quema al ponerlo ante el espejo. Yo también he estado ahí, contemplando una imagen que creía ajena, pero que, en el fondo, sabía tan propia que me retorcía las tripas. Hasta que, un día, dejé de contener la náusea y todo siguió doliendo, pero de manera muy distinta. Me miras y sé que nunca tendrás miedo de mi azogue (ni yo del tuyo). No os confundáis. No hablo de amor, sino de algo mucho más profundo, un esternón que cruje en la cercanía de otro esternón, un vacío que colma otro vacío de signo contrario, una tormenta que quiebra la furia del huracán que amenaza con engullirla. Yo no era yo antes de que tú existieras, pero seguiré siéndolo, aunque te esfumes de mis manos; porque, cuando la cortina cae, no hay forma de seguir creyendo en el Mago de Oz.
Paranoias de una lunática
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
viernes, 3 de julio de 2026
martes, 16 de junio de 2026
Abismos (II)
Tengo miedo de entenderlo todo; de que, en un momento dado, no me queden preguntas sin respuesta; así que acumulo dudas, me aferro a ellas, habito ese espacio liminal que nadie entiende y dejo que espectros de otras vidas y entidades de otros planos me posean mientras duermo, horadando mis certezas, alumbrando espejismos que me impidan trascender la carne que me quema y que me expande a la vez. He visto a Dios disfrazado de demonio. Le vendí mi alma, fingiendo que no era consciente del engaño. Hice todo lo que me pidió. Lo sigo haciendo todavía. Querría poder decirle que no, estrellar el cáliz contra el suelo, renunciar a la cruz (también a la resurrección, porque sólo hay algo que duela más que morir y es volver a la vida). Pero no puedo. Soy esclava de la sangre, del látigo restallando el alma y la corona de espinas incrustada en las sienes. Encarno el símbolo de la misma forma en que respiro: sin darme cuenta, pero sabiendo que moriría si optara por no hacerlo. Observo al diablo en el trono de Dios, a los ilusos que lo adoran y a los incautos que lo denostan. Nadie se da cuenta del mal que subyace en sus palabras. Nadie o demasiados pocos, mientras el mundo continúa precipitándose en el abismo. Pero aún existen oasis en este desierto que nos seca la boca. Algunos nos fueron dados. Otros tenemos que inventarlos. Hoy he creado uno, una burbuja segura, inexpugnable a la tristeza. Me tiendo en su suelo. Respiro su paz. Aquí nada puede hacerme daño, ni siquiera yo misma. Es un lugar muy parecido a aquel otro que me salvó del precipicio, aunque bastante menos frío. El cielo existe en cada uno de nosotros, incluso cuando no sabemos verlo.
miércoles, 20 de mayo de 2026
Siempre hay alguien que nos mira cuando creemos que nadie lo está haciendo
Una parte de mí sabe que no debería estar aquí. Trato de ocupar lugares que no me corresponden, porque me aterra el sitio que fue reservado para mí sin yo pedirlo en ningún momento. No tengo nada que ver con todos los que me rodean. Soy sólo una Kurt Cobain de tres al cuarto en un reservado de Wimbledon. No es que los demás me toleren. Es simplemente que son demasiado pijos para mostrar su desagrado de manera fehaciente. Tras 5 minutos ni siquiera necesitan esforzarse en ignorarme para olvidarse de mi existencia. Entonces, soy yo quien los observa, sintiéndome a salvo de juicios no buscados. Estudio la cadencia de su superficialidad, la liviandad de sus conversaciones sin aristas, políticamente correctas, incapaces de descender hasta el Averno que envuelve nuestras vidas de algodón. Lo veo de pasada. Una mancha oscura en el lienzo de la impoluta blancura de sus vidas presuntamente perfectas. Él tampoco debería estar aquí, aunque su excusa sea bastante más evidente que la mía. No me detengo excesivamente en la incongruencia que representa. Resulta demasiado auténtico como para que pueda interesarme. Es él el que me mira, el que detecta el error que supone mi existencia en este planeta completamente alienígena para ambos. Finjo que soy otra ameba más de esta charca de espíritus unicelulares, pero no logro engañarlo. Sé que él ve todos los universos que laten bajo mi piel y esa desnudez no pretendida me provoca náuseas, porque me acuerdo de aquella otra vez en que ese otro imbécil desveló el mayor de todos mis secretos. No nos engañemos, siempre hay alguien que nos mira cuando creemos que nadie lo está haciendo.
lunes, 18 de mayo de 2026
Voces imposibles, ojos dispares y gafas de sol que proyectan mitos
Vuelvo a descender a mis abismos, de la mano del hombre de la voz de caverna de dragón. Me dice que no hay nada en las sombras que no habite asimismo en el medio de la luz; pero él no conoce mi negrura, esos rincones que jamás han sido calentados por el sol, el refugio primigenio de todo lo innombrable. ¿Cómo transitar a ciegas por el sendero más tortuoso alumbrado por el Borges más clarividente? Durante mucho tiempo, no supe cómo hacerlo. Tenía miedo de precipitarme en el fondo de un pozo sin ídem. Creía que no sobreviviría ni a la caída ni a la falta de agua. Pero lo hice y ahora es en la superficie donde no sé cómo continuar con vida. Así que busco el tobogán hasta el centro de la Tierra y me deslizo por él sin ningún tipo de freno. La fricción provoca llamas que no sé ni puedo apagar. Así que ardo, pero no me consumo. Soy un Ave Fénix que se regenera antes de convertirse en cenizas, un Lázaro que se levanta y anda, sin que la muerte abrace con obstinación su cuerpo; carne ignífuga, alma volcánica. Me sumerjo en el río de lava de mis palabras, primas hermanas de las suyas, pero más candentes y sin una mota de color. Este mundo metálico en el que vivimos se funde poco a poco a cada verso que vomito. Al principio me daba pavor. Ahora sólo me asustan los reptiles de aliento helado. Pienso en Lorca, alucinando en y con Nueva York; pero es Bowie el que me despierta, conminándome a avanzar a tientas y a construir puentes que unan planetas de galaxias antitéticas. No sé cómo hacerlo y, aun así, lo hago. El hombre de la voz de caverna de dragón no canta a David, sino a Dylan y eso me enerva casi tanto como que Bob se crea poeta. Continúo cavando el hoyo de la tumba de mi ego, aunque aún no haya sido capaz de degollarlo, aunque no tenga ni idea de cómo desprenderlo de mis actos más autocomplacientes. Horado la tierra, sin pala, con mis propias manos. Araño, escarbo, remuevo. Dejo que aflore el pus y, después, reviento el grano. Salpico el espejo y no me molesto en limpiarlo. Hay metáforas tan evidentes que su huella permanece, aunque las borres. Meto el dedo en la cicatriz de su costado. Reconozco su origen divino, su latido eterno, su humano sentido. Lloro por todo lo que no ha sido, pero que acontecerá en un futuro; porque hay trenes que se empeñan en pasar una y mil veces, que nos arrollan por más que tratemos de evitar su estela, que descarrilan el pulso de nuestros planes, hasta que aceptemos la vía del destino que fue trazado para nosotros. No quiero todo esto, pero dejo que me viole hasta que desaparece toda resistencia por mi parte. Y, entonces, me sumerjo en la ciénaga, anego de barro mis pulmones y de mierda mis labios y construyo cadalsos en los que ajusticiar las pocas certezas que me quedan. Porque a la Verdad sólo se llega a través de las dudas, por más que traten de convencernos de que creer es algo bien distinto. Cristo habría resucitado antes si no nos hubiéramos empeñado en descenderlo de la cruz.
sábado, 16 de mayo de 2026
Dos casillas en dirección vertical u horizontal y luego una casilla en ángulo recto
¿Cuántas vidas he perdido tratando de encontrarme? ¿Cuántas noches he quemado sin terminar de arder del todo? La vida era una trampa y yo el ingenuo ratón convencido de poder llevarse el queso sin perecer en el intento. Sueño contigo, aunque no lo recuerde, que es tanto como decir que riges toda mi existencia sin ser yo consciente de ello. Trato sin éxito de volver a colisionar contigo, pero siempre he sido víctima y no actora de las derivas de los astros y ésta no es la excepción que confirma la regla. Todo parece hundirse a mi alrededor y, por primera vez, no me siento culpable de continuar a flote (también es cierto que hay una gran parte de mí que siempre ha estado bajo el agua). Me abrazo a la mentira, a la lenta y cenicienta esperanza de que todo saldrá bien (¿qué es "bien" al fin y al cabo?); aunque sepa que no será así, pero ¿qué sería del mundo si todos creyeran que la ciencia ficción es más ficción que ciencia? Creo que él me intuye, aunque no me vea; al contrario que tú, que me ves sin intuirme. Vuelvo al instante en que toda yo temblé en contacto con tu aliento y supe que el desastre había sido engendrado mucho antes de que ambos encarnáramos estos cuerpos. Puedo negarlo ante el mundo, pero nunca he sabido cómo mentirme de manera convincente. Y, aun así, no es eso lo que más me inquieta, sino la punzante sospecha de que tú te diste cuenta mucho antes de que la verdad me explotara en la cara. No, nunca he sabido mover las piezas del tablero de mi vida. Gracias a Dios, no soy yo la que está jugando la partida.
viernes, 1 de mayo de 2026
Vómitos lunáticos (II)
¿Quién soy yo? ¿Quién eres tú? ¿Qué hemos venido a hacer aquí? ¿Por qué no sé cómo avanzar, ni hacia dónde, ni para qué? ¿Quién hay detrás de mí, sosteniendo mis pasos, susurrando verdades, todo esto que me quema y que me salva, sin ser completamente consciente del desastre? ¿Cómo enfrentar la pena? ¿Cómo evitar el dolor? ¿Cómo abrir la jaula y ser luego capaz de volar lejos, sin echar de menos la prisión? ¿Cómo ser yo si no sé quién soy? ¿Cómo ser tú, si aún no me he cruzado contigo? O, tal vez, sí. El deseo es una trampa y, al mismo tiempo, luz que guía fuera de las tinieblas. Hacer lo que hay que hacer. Pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, pese a quien pese. Volver a hacer la maleta y coger un tren prohibido. Confiar en que nadie me llevará al calabozo y saber que, si ocurre, es porque tenía que ocurrir. Dormir en un sillón, oyendo la gota que cae, sin saber si mi enfermo sobrevivirá y odiando al enfermo de al lado. Yo no debería estar aquí; pero, si estoy, es porque sí debería estar, en realidad. ¡Qué compleja es la puta vida y, al mismo tiempo, qué jodidamente sencilla!
jueves, 23 de abril de 2026
Nocturno (X)
Sueño contigo, incluso aunque me duerma pensando en otro. Me miras, ufano, sabiéndome tuya, aunque los demás lo ignoren. Yo tampoco era consciente hasta ese fatídico abrazo (el tiempo sólo se detiene en honor a la reunión de dos pedazos de la misma Alma). ¿Qué he hecho desde entonces? Nada y Todo, al mismo tiempo. Rezar para que Todo pase, sabiendo que Nada lo hará. Trato de ahogarme en otros ojos más transparentes que los tuyos, pero se trata de un mar oleoso, que me repele al intentar sumergirme en él; justo al contrario de lo que me ocurre con la arena movediza de tu mirada, que me engulle hasta el centro de tu pecho y me ancla al punto más profundo de tu tórax. Vivo allí, incluso cuando, aparentemente, estoy en otro sitio. Yo ya no soy yo, sino una parte de ti, que fantasea con ser amputada, sabiendo que ni la espada más afilada podría separar mi aliento de tu viento. Me siento idiota. ¿Cómo he podido tardar tanto en entender algo que tú comprendiste a la velocidad del rayo? Debería ser al revés. Yo soy la que se supone que intuye, pero contigo he estado ciega hasta que el elefante creció tanto que no dejó ni un milímetro de habitación sin ocupar. Te ríes. No sé si ante mi ignorancia o si por la rabia que aprieta mis mandíbulas. Supongo que todas esas conversaciones no eran tan triviales como a mí me habría gustado, como yo las forzaba a ser. Tenían intención a la par que dirección. Y, sin darme cuenta, bailé al ritmo que tú marcabas. Yo, titiritera experta, convertida en mera marioneta de tu divina voluntad. No, no tendría que soñar contigo, pero lo hago y cada noche es más difícil no confundir mi deseo con el tuyo.
sábado, 18 de abril de 2026
Vómitos lunáticos (I)
No sé quién soy. No sé quién quiero ser. ¿Te quiero a ti o sólo quiero a alguien que me quiera? He vuelto a atisbar el pecado que nunca me atreveré a cometer y, sin embargo, por primera vez, me he creído capaz de cometerlo en un futuro. Por muy jodido que sea. Pienso en ti todo el tiempo y no lo sabe nadie. A veces, ni siquiera yo misma. Esto no es una metáfora. Tampoco un plagio. Es sólo una de tantas verdades posibles. ¿Quién es Dios? ¿Quién soy yo? ¿Quién eres tú cuando nadie te mira, ni siquiera yo? No sé qué quiero decir. No sé a dónde quiero llegar. No sé cómo fagocitar mi ego y dejar que salga todo lo que soy cuando no soy. Nada de esto tiene sentido, pero he de aprender a monetizarlo. No por mí, sino para poder seguir haciendo, para dinamitar todas y cada una de las excusas del miedo. Aprender a ser sin que me importe lo que los demás esperan que sea. Anteponer mi verdad a la suya. Ser, dejar de ser y volver a ser. Eso es todo lo que espero y, aun así, he vuelto a posponer el sueño (en todos los sentidos). Sé tú por mí y luego despiértame sin que me encuentre.
jueves, 9 de abril de 2026
Apocalipsis (X)
Me acuesto, sabiendo que es posible que el mundo vuele por los aires mientras duermo. No sería la primera vez, pero sí la única ocasión en que soy consciente de ello y no me importa. Entendedme bien. No quiero que suceda, pero sé que si ocurre es porque tenía que pasar. Es algo parecido a ese cerrar los ojos sabiendo que es posible que no vuelvas a abrirlos nunca y, aun así, cerrarlos. Sí. No somos muchos los que hemos atravesado ese trance. Y, a pesar de ello, rendirse a eso no es tan complicado como capitular con lo otro. Rezas. Le pides a Dios que aparte de ti este cáliz, que no se haga Su voluntad, sino la tuya; pero sabes que no te hará caso, que serás tú quien acabe doblando el espinazo ante su omnipotente y omnisciente planificación de tu existencia. Oras, aunque no sirva de nada, sólo para justificarte ante ti misma (hice todo lo que pude y alguna cosa más; pero no es cierto, siempre hay un judío más al que podrías haber salvado o, al menos, eso es lo que Spielberg cree que pensó Schindler). Duermo, con la conciencia tranquila de quien ignora la Verdad; pero, en realidad, la conozco de memoria, aunque finja lo contrario. Y sueño, con un mundo que no está en peligro ni cuajado de heridas, un lugar tan parecido al cielo que me aterra. Sí, soy adicta a este samsara, a la imperfecta forma en que me amas, a mis miedos y deseos más ocultos, a las palabras que predicen y desvelan, pero, sobre todo, al dolor que provoca cada dentellada de la Vida. Despierto, sin saber qué es lo que me espera. Me aferro a esa incertidumbre. Es reconfortantemente hermosa, pero no tanto como para quedarme en ella para siempre.
martes, 24 de febrero de 2026
Salinger desencadenado
Dividía el mundo entre quienes amaban a Salinger y los que no, que es tanto como distinguir entre quienes están o han estado alguna vez al borde del abismo y quienes nunca han rozado el filo de la Nada. Ella se había sumergido en la negrura del vacío, no una, sino mil veces, pero siempre volvía indemne. Le caía bien a Dios. Probablemente, porque creía en Él a través de las dudas, a pesar de los espejismos generados por los androides, sorda a los ateísmos de los ciegos incapaces de vislumbrar los millones de milagros que acontecen cada día. Sí, ella creía a su pesar, porque sabía la suficiente estadística como para darse cuenta de que hay designios que es imposible que sean fruto del azar. O, puede que no, que a Dios no le cayera bien, que simplemente le resultara útil la forma en la que ella tocaba el fuego sin llegar a quemarse del todo. Explícamelo. ¿Cómo se puede sobrevivir al desembarco de Normandía y a la liberación de Dachau y no volverte completamente loco? Pero ella ha presenciado otros horrores. Algunos, con sus propios ojos. Otros, de esa manera que no alcanza a explicarse ni a sí misma. La cordura está sobrevalorada. No te acerca a la Verdad. Es otra ilusión más que nos mantiene necios; una mesa pulida, sin astillas que hiendan la carne para despertarnos del sueño y devolvernos al Camino. Ella lo sabe. La necesidad del dolor más allá del grito. La omnipotencia de la pena. La claridad que otorga entrecerrar los ojos mientras gira descontrolado el tiovivo. No, no quiere salvarse y, por eso, siempre lo consigue; porque la Vida ayuda a quienes aman a los demás, aunque se odien a sí mismos; a quienes parten directos al epicentro del Desastre, sin volver la vista atrás, sólo porque Algo dentro de ellos les dice que han de hacer lo que han de hacer; a quienes saben que nada depende de nosotros, salvo la forma en la que afrontamos lo desconocido. Ella lo hacía con miedo. Luego, con resignación. ¿Y ahora? Ahora intuye todo lo que viene, todo aquello que no quiere, pero que le fue destinado desde antes de que naciera y llora ante la belleza del tapiz tejido por las Parcas.
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