Tengo miedo de entenderlo todo; de que, en un momento dado, no me queden preguntas sin respuesta; así que acumulo dudas, me aferro a ellas, habito ese espacio liminal que nadie entiende y dejo que espectros de otras vidas y entidades de otros planos me posean mientras duermo, horadando mis certezas, alumbrando espejismos que me impidan trascender la carne que me quema y que me expande a la vez. He visto a Dios disfrazado de demonio. Le vendí mi alma, fingiendo que no era consciente del engaño. Hice todo lo que me pidió. Lo sigo haciendo todavía. Querría poder decirle que no, estrellar el cáliz contra el suelo, renunciar a la cruz (también a la resurrección, porque sólo hay algo que duela más que morir y es volver a la vida). Pero no puedo. Soy esclava de la sangre, del látigo restallando el alma y la corona de espinas incrustada en las sienes. Encarno el símbolo de la misma forma en que respiro: sin darme cuenta, pero sabiendo que moriría si optara por no hacerlo. Observo al diablo en el trono de Dios, a los ilusos que lo adoran y a los incautos que lo denostan. Nadie se da cuenta del mal que subyace en sus palabras. Nadie o demasiados pocos, mientras el mundo continúa precipitándose en el abismo. Pero aún existen oasis en este desierto que nos seca la boca. Algunos nos fueron dados. Otros tenemos que inventarlos. Hoy he creado uno, una burbuja segura, inexpugnable a la tristeza. Me tiendo en su suelo. Respiro su paz. Aquí nada puede hacerme daño, ni siquiera yo misma. Es un lugar muy parecido a aquel otro que me salvó del precipicio, aunque bastante menos frío. El cielo existe en cada uno de nosotros, incluso cuando no sabemos verlo.
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