¿Quién soy yo? ¿Quién eres tú? ¿Qué hemos venido a hacer aquí? ¿Por qué no sé cómo avanzar, ni hacia dónde, ni para qué? ¿Quién hay detrás de mí, sosteniendo mis pasos, susurrando verdades, todo esto que me quema y que me salva, sin ser completamente consciente del desastre? ¿Cómo enfrentar la pena? ¿Cómo evitar el dolor? ¿Cómo abrir la jaula y ser luego capaz de volar lejos, sin echar de menos la prisión? ¿Cómo ser yo si no sé quién soy? ¿Cómo ser tú, si aún no me he cruzado contigo? O, tal vez, sí. El deseo es una trampa y, al mismo tiempo, luz que guía fuera de las tinieblas. Hacer lo que hay que hacer. Pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, pese a quien pese. Volver a hacer la maleta y coger un tren prohibido. Confiar en que nadie me llevará al calabozo y saber que, si ocurre, es porque tenía que ocurrir. Dormir en un sillón, oyendo la gota que cae, sin saber si mi enfermo sobrevivirá y odiando al enfermo de al lado. Yo no debería estar aquí; pero, si estoy, es porque sí debería estar, en realidad. ¡Qué compleja es la puta vida y, al mismo tiempo, qué jodidamente sencilla!