Una parte de mí sabe que no debería estar aquí. Trato de ocupar lugares que no me corresponden, porque me aterra el sitio que fue reservado para mí sin yo pedirlo en ningún momento. No tengo nada que ver con todos los que me rodean. Soy sólo una Kurt Cobain de tres al cuarto en un reservado de Wimbledon. No es que los demás me toleren. Es simplemente que son demasiado pijos para mostrar su desagrado de manera fehaciente. Tras 5 minutos ni siquiera necesitan esforzarse en ignorarme para olvidarse de mi existencia. Entonces, soy yo quien los observa, sintiéndome a salvo de juicios no buscados. Estudio la cadencia de su superficialidad, la liviandad de sus conversaciones sin aristas, políticamente correctas, incapaces de descender hasta el Averno que envuelve nuestras vidas de algodón. Lo veo de pasada. Una mancha oscura en el lienzo de la impoluta blancura de sus vidas presuntamente perfectas. Él tampoco debería estar aquí, aunque su excusa sea bastante más evidente que la mía. No me detengo excesivamente en la incongruencia que representa. Resulta demasiado auténtico como para que pueda interesarme. Es él el que me mira, el que detecta el error que supone mi existencia en este planeta completamente alienígena para ambos. Finjo que soy otra ameba más de esta charca de espíritus unicelulares, pero no logro engañarlo. Sé que él ve todos los universos que laten bajo mi piel y esa desnudez no pretendida me provoca náuseas, porque me acuerdo de aquella otra vez en que ese otro imbécil desveló el mayor de todos mis secretos. No nos engañemos, siempre hay alguien que nos mira cuando creemos que nadie lo está haciendo.
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
miércoles, 20 de mayo de 2026
lunes, 18 de mayo de 2026
Voces imposibles, ojos dispares y gafas de sol que proyectan mitos
Vuelvo a descender a mis abismos, de la mano del hombre de la voz de caverna de dragón. Me dice que no hay nada en las sombras que no habite asimismo en el medio de la luz; pero él no conoce mi negrura, esos rincones que jamás han sido calentados por el sol, el refugio primigenio de todo lo innombrable. ¿Cómo transitar a ciegas por el sendero más tortuoso alumbrado por el Borges más clarividente? Durante mucho tiempo, no supe cómo hacerlo. Tenía miedo de precipitarme en el fondo de un pozo sin ídem. Creía que no sobreviviría ni a la caída ni a la falta de agua. Pero lo hice y ahora es en la superficie donde no sé cómo continuar con vida. Así que busco el tobogán hasta el centro de la Tierra y me deslizo por él sin ningún tipo de freno. La fricción provoca llamas que no sé ni puedo apagar. Así que ardo, pero no me consumo. Soy un Ave Fénix que se regenera antes de convertirse en cenizas, un Lázaro que se levanta y anda, sin que la muerte abrace con obstinación su cuerpo; carne ignífuga, alma volcánica. Me sumerjo en el río de lava de mis palabras, primas hermanas de las suyas, pero más candentes y sin una mota de color. Este mundo metálico en el que vivimos se funde poco a poco a cada verso que vomito. Al principio me daba pavor. Ahora sólo me asustan los reptiles de aliento helado. Pienso en Lorca, alucinando en y con Nueva York; pero es Bowie el que me despierta, conminándome a avanzar a tientas y a construir puentes que unan planetas de galaxias antitéticas. No sé cómo hacerlo y, aun así, lo hago. El hombre de la voz de caverna de dragón no canta a David, sino a Dylan y eso me enerva casi tanto como que Bob se crea poeta. Continúo cavando el hoyo de la tumba de mi ego, aunque aún no haya sido capaz de degollarlo, aunque no tenga ni idea de cómo desprenderlo de mis actos más autocomplacientes. Horado la tierra, sin pala, con mis propias manos. Araño, escarbo, remuevo. Dejo que aflore el pus y, después, reviento el grano. Salpico el espejo y no me molesto en limpiarlo. Hay metáforas tan evidentes que su huella permanece, aunque las borres. Meto el dedo en la cicatriz de su costado. Reconozco su origen divino, su latido eterno, su humano sentido. Lloro por todo lo que no ha sido, pero que acontecerá en un futuro; porque hay trenes que se empeñan en pasar una y mil veces, que nos arrollan por más que tratemos de evitar su estela, que descarrilan el pulso de nuestros planes, hasta que aceptemos la vía del destino que fue trazado para nosotros. No quiero todo esto, pero dejo que me viole hasta que desaparece toda resistencia por mi parte. Y, entonces, me sumerjo en la ciénaga, anego de barro mis pulmones y de mierda mis labios y construyo cadalsos en los que ajusticiar las pocas certezas que me quedan. Porque a la Verdad sólo se llega a través de las dudas, por más que traten de convencernos de que creer es algo bien distinto. Cristo habría resucitado antes si no nos hubiéramos empeñado en descenderlo de la cruz.
sábado, 16 de mayo de 2026
Dos casillas en dirección vertical u horizontal y luego una casilla en ángulo recto
¿Cuántas vidas he perdido tratando de encontrarme? ¿Cuántas noches he quemado sin terminar de arder del todo? La vida era una trampa y yo el ingenuo ratón convencido de poder llevarse el queso sin perecer en el intento. Sueño contigo, aunque no lo recuerde, que es tanto como decir que riges toda mi existencia sin ser yo consciente de ello. Trato sin éxito de volver a colisionar contigo, pero siempre he sido víctima y no actora de las derivas de los astros y ésta no es la excepción que confirma la regla. Todo parece hundirse a mi alrededor y, por primera vez, no me siento culpable de continuar a flote (también es cierto que hay una gran parte de mí que siempre ha estado bajo el agua). Me abrazo a la mentira, a la lenta y cenicienta esperanza de que todo saldrá bien (¿qué es "bien" al fin y al cabo?); aunque sepa que no será así, pero ¿qué sería del mundo si todos creyeran que la ciencia ficción es más ficción que ciencia? Creo que él me intuye, aunque no me vea; al contrario que tú, que me ves sin intuirme. Vuelvo al instante en que toda yo temblé en contacto con tu aliento y supe que el desastre había sido engendrado mucho antes de que ambos encarnáramos estos cuerpos. Puedo negarlo ante el mundo, pero nunca he sabido cómo mentirme de manera convincente. Y, aun así, no es eso lo que más me inquieta, sino la punzante sospecha de que tú te diste cuenta mucho antes de que la verdad me explotara en la cara. No, nunca he sabido mover las piezas del tablero de mi vida. Gracias a Dios, no soy yo la que está jugando la partida.
viernes, 1 de mayo de 2026
Vómitos lunáticos (II)
¿Quién soy yo? ¿Quién eres tú? ¿Qué hemos venido a hacer aquí? ¿Por qué no sé cómo avanzar, ni hacia dónde, ni para qué? ¿Quién hay detrás de mí, sosteniendo mis pasos, susurrando verdades, todo esto que me quema y que me salva, sin ser completamente consciente del desastre? ¿Cómo enfrentar la pena? ¿Cómo evitar el dolor? ¿Cómo abrir la jaula y ser luego capaz de volar lejos, sin echar de menos la prisión? ¿Cómo ser yo si no sé quién soy? ¿Cómo ser tú, si aún no me he cruzado contigo? O, tal vez, sí. El deseo es una trampa y, al mismo tiempo, luz que guía fuera de las tinieblas. Hacer lo que hay que hacer. Pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, pese a quien pese. Volver a hacer la maleta y coger un tren prohibido. Confiar en que nadie me llevará al calabozo y saber que, si ocurre, es porque tenía que ocurrir. Dormir en un sillón, oyendo la gota que cae, sin saber si mi enfermo sobrevivirá y odiando al enfermo de al lado. Yo no debería estar aquí; pero, si estoy, es porque sí debería estar, en realidad. ¡Qué compleja es la puta vida y, al mismo tiempo, qué jodidamente sencilla!
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