¿Cuántas vidas he perdido tratando de encontrarme? ¿Cuántas noches he quemado sin terminar de arder del todo? La vida era una trampa y yo el ingenuo ratón convencido de poder llevarse el queso sin perecer en el intento. Sueño contigo, aunque no lo recuerde, que es tanto como decir que riges toda mi existencia sin ser yo consciente de ello. Trato sin éxito de volver a colisionar contigo, pero siempre he sido víctima y no actora de las derivas de los astros y ésta no es la excepción que confirma la regla. Todo parece hundirse a mi alrededor y, por primera vez, no me siento culpable de continuar a flote (también es cierto que hay una gran parte de mí que siempre ha estado bajo el agua). Me abrazo a la mentira, a la lenta y cenicienta esperanza de que todo saldrá bien (¿qué es "bien" al fin y al cabo?); aunque sepa que no será así, pero ¿qué sería del mundo si todos creyeran que la ciencia ficción es más ficción que ciencia? Creo que él me intuye, aunque no me vea; al contrario que tú, que me ves sin intuirme. Vuelvo al instante en que toda yo temblé en contacto con tu aliento y supe que el desastre había sido engendrado mucho antes de que ambos encarnáramos estos cuerpos. Puedo negarlo ante el mundo, pero nunca he sabido cómo mentirme de manera convincente. Y, aun así, no es eso lo que más me inquieta, sino la punzante sospecha de que tú te diste cuenta mucho antes de que la verdad me explotara en la cara. No, nunca he sabido mover las piezas del tablero de mi vida. Gracias a Dios, no soy yo la que está jugando la partida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario