Vuelvo a descender a mis abismos, de la mano del hombre de la voz de caverna de dragón. Me dice que no hay nada en las sombras que no habite asimismo en el medio de la luz; pero él no conoce mi negrura, esos rincones que jamás han sido calentados por el sol, el refugio primigenio de todo lo innombrable. ¿Cómo transitar a ciegas por el sendero más tortuoso alumbrado por el Borges más clarividente? Durante mucho tiempo, no supe cómo hacerlo. Tenía miedo de precipitarme en el fondo de un pozo sin ídem. Creía que no sobreviviría ni a la caída ni a la falta de agua. Pero lo hice y ahora es en la superficie donde no sé cómo continuar con vida. Así que busco el tobogán hasta el centro de la Tierra y me deslizo por él sin ningún tipo de freno. La fricción provoca llamas que no sé ni puedo apagar. Así que ardo, pero no me consumo. Soy un Ave Fénix que se regenera antes de convertirse en cenizas, un Lázaro que se levanta y anda, sin que la muerte abrace con obstinación su cuerpo; carne ignífuga, alma volcánica. Me sumerjo en el río de lava de mis palabras, primas hermanas de las suyas, pero más candentes y sin una mota de color. Este mundo metálico en el que vivimos se funde poco a poco a cada verso que vomito. Al principio me daba pavor. Ahora sólo me asustan los reptiles de aliento helado. Pienso en Lorca, alucinando en y con Nueva York; pero es Bowie el que me despierta, conminándome a avanzar a tientas y a construir puentes que unan planetas de galaxias antitéticas. No sé cómo hacerlo y, aun así, lo hago. El hombre de la voz de caverna de dragón no canta a David, sino a Dylan y eso me enerva casi tanto como que Bob se crea poeta. Continúo cavando el hoyo de la tumba de mi ego, aunque aún no haya sido capaz de degollarlo, aunque no tenga ni idea de cómo desprenderlo de mis actos más autocomplacientes. Horado la tierra, sin pala, con mis propias manos. Araño, escarbo, remuevo. Dejo que aflore el pus y, después, reviento el grano. Salpico el espejo y no me molesto en limpiarlo. Hay metáforas tan evidentes que su huella permanece, aunque las borres. Meto el dedo en la cicatriz de su costado. Reconozco su origen divino, su latido eterno, su humano sentido. Lloro por todo lo que no ha sido, pero que acontecerá en un futuro; porque hay trenes que se empeñan en pasar una y mil veces, que nos arrollan por más que tratemos de evitar su estela, que descarrilan el pulso de nuestros planes, hasta que aceptemos la vía del destino que fue trazado para nosotros. No quiero todo esto, pero dejo que me viole hasta que desaparece toda resistencia por mi parte. Y, entonces, me sumerjo en la ciénaga, anego de barro mis pulmones y de mierda mis labios y construyo cadalsos en los que ajusticiar las pocas certezas que me quedan. Porque a la Verdad sólo se llega a través de las dudas, por más que traten de convencernos de que creer es algo bien distinto. Cristo habría resucitado antes si no nos hubiéramos empeñado en descenderlo de la cruz.
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