jueves, 23 de abril de 2026

Nocturno (X)

Sueño contigo, incluso aunque me duerma pensando en otro. Me miras, ufano, sabiéndome tuya, aunque los demás lo ignoren. Yo tampoco era consciente hasta ese fatídico abrazo (el tiempo sólo se detiene en honor a la reunión de dos pedazos de la misma Alma). ¿Qué he hecho desde entonces? Nada y Todo, al mismo tiempo. Rezar para que Todo pase, sabiendo que Nada lo hará. Trato de ahogarme en otros ojos más transparentes que los tuyos, pero se trata de un mar oleoso, que me repele al intentar sumergirme en él; justo al contrario de lo que me ocurre con la arena movediza de tu mirada, que me engulle hasta el centro de tu pecho y me ancla al punto más profundo de tu tórax. Vivo allí, incluso cuando, aparentemente, estoy en otro sitio. Yo ya no soy yo, sino una parte de ti, que fantasea con ser amputada, sabiendo que ni la espada más afilada podría separar mi aliento de tu viento. Me siento idiota. ¿Cómo he podido tardar tanto en entender algo que tú comprendiste a la velocidad del rayo? Debería ser al revés. Yo soy la que se supone que intuye, pero contigo he estado ciega hasta que el elefante creció tanto que no dejó ni un milímetro de habitación sin ocupar. Te ríes. No sé si ante mi ignorancia o si por la rabia que aprieta mis mandíbulas. Supongo que todas esas conversaciones no eran tan triviales como a mí me habría gustado, como yo las forzaba a ser. Tenían intención a la par que dirección. Y, sin darme cuenta, bailé al ritmo que tú marcabas. Yo, titiritera experta, convertida en mera marioneta de tu divina voluntad. No, no tendría que soñar contigo, pero lo hago y cada noche es más difícil no confundir mi deseo con el tuyo.

sábado, 18 de abril de 2026

Vómitos lunáticos (I)

No sé quién soy. No sé quién quiero ser. ¿Te quiero a ti o sólo quiero a alguien que me quiera? He vuelto a atisbar el pecado que nunca me atreveré a cometer y, sin embargo, por primera vez, me he creído capaz de cometerlo en un futuro. Por muy jodido que sea. Pienso en ti todo el tiempo y no lo sabe nadie. A veces, ni siquiera yo misma. Esto no es una metáfora. Tampoco un plagio. Es sólo una de tantas verdades posibles. ¿Quién es Dios? ¿Quién soy yo? ¿Quién eres tú cuando nadie te mira, ni siquiera yo? No sé qué quiero decir. No sé a dónde quiero llegar. No sé cómo fagocitar mi ego y dejar que salga todo lo que soy cuando no soy. Nada de esto tiene sentido, pero he de aprender a monetizarlo. No por mí, sino para poder seguir haciendo, para dinamitar todas y cada una de las excusas del miedo. Aprender a ser sin que me importe lo que los demás esperan que sea. Anteponer mi verdad a la suya. Ser, dejar de ser y volver a ser. Eso es todo lo que espero y, aun así, he vuelto a posponer el sueño (en todos los sentidos). Sé tú por mí y luego despiértame sin que me encuentre.

jueves, 9 de abril de 2026

Apocalipsis (X)

Me acuesto, sabiendo que es posible que el mundo vuele por los aires mientras duermo. No sería la primera vez, pero sí la única ocasión en que soy consciente de ello y no me importa. Entendedme bien. No quiero que suceda, pero sé que si ocurre es porque tenía que pasar. Es algo parecido a ese cerrar los ojos sabiendo que es posible que no vuelvas a abrirlos nunca y, aun así, cerrarlos. Sí. No somos muchos los que hemos atravesado ese trance. Y, a pesar de ello, rendirse a eso no es tan complicado como capitular con lo otro. Rezas. Le pides a Dios que aparte de ti este cáliz, que no se haga Su voluntad, sino la tuya; pero sabes que no te hará caso, que serás tú quien acabe doblando el espinazo ante su omnipotente y omnisciente planificación de tu existencia. Oras, aunque no sirva de nada, sólo para justificarte ante ti misma (hice todo lo que pude y alguna cosa más; pero no es cierto, siempre hay un judío más al que podrías haber salvado o, al menos, eso es lo que Spielberg cree que pensó Schindler). Duermo, con la conciencia tranquila de quien ignora la Verdad; pero, en realidad, la conozco de memoria, aunque finja lo contrario. Y sueño, con un mundo que no está en peligro ni cuajado de heridas, un lugar tan parecido al cielo que me aterra. Sí, soy adicta a este samsara, a la imperfecta forma en que me amas, a mis miedos y deseos más ocultos, a las palabras que predicen y desvelan, pero, sobre todo, al dolor que provoca cada dentellada de la Vida. Despierto, sin saber qué es lo que me espera. Me aferro a esa incertidumbre. Es reconfortantemente hermosa, pero no tanto como para quedarme en ella para siempre.