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jueves, 9 de abril de 2026

Apocalipsis (X)

Me acuesto, sabiendo que es posible que el mundo vuele por los aires mientras duermo. No sería la primera vez, pero sí la única ocasión en que soy consciente de ello y no me importa. Entendedme bien. No quiero que suceda, pero sé que si ocurre es porque tenía que pasar. Es algo parecido a ese cerrar los ojos sabiendo que es posible que no vuelvas a abrirlos nunca y, aun así, cerrarlos. Sí. No somos muchos los que hemos atravesado ese trance. Y, a pesar de ello, rendirse a eso no es tan complicado como capitular con lo otro. Rezas. Le pides a Dios que aparte de ti este cáliz, que no se haga Su voluntad, sino la tuya; pero sabes que no te hará caso, que serás tú quien acabe doblando el espinazo ante su omnipotente y omnisciente planificación de tu existencia. Oras, aunque no sirva de nada, sólo para justificarte ante ti misma (hice todo lo que pude y alguna cosa más; pero no es cierto, siempre hay un judío más al que podrías haber salvado o, al menos, eso es lo que Spielberg cree que pensó Schindler). Duermo, con la conciencia tranquila de quien ignora la Verdad; pero, en realidad, la conozco de memoria, aunque finja lo contrario. Y sueño, con un mundo que no está en peligro ni cuajado de heridas, un lugar tan parecido al cielo que me aterra. Sí, soy adicta a este samsara, a la imperfecta forma en que me amas, a mis miedos y deseos más ocultos, a las palabras que predicen y desvelan, pero, sobre todo, al dolor que provoca cada dentellada de la Vida. Despierto, sin saber qué es lo que me espera. Me aferro a esa incertidumbre. Es reconfortantemente hermosa, pero no tanto como para quedarme en ella para siempre.

lunes, 14 de febrero de 2022

Apocalipsis (IX)

En mi cabeza, bailo todo el tiempo; a veces, contigo; la mayor parte del tiempo, sola. Soy feliz a mi pesar; aunque sepa que el apocalipsis debiera devorarme desde dentro, si no lo hace desde fuera; aunque yo también me hunda en el pantano, sin rama que me sirva de asidero, ni tabla que me mantenga a flote sobre el cieno. He llorado tanto por desastres magnificados que, ahora que el Everest se derrumba sobre mí, no me quedan lágrimas con las que lavar mi cadáver. Somos polvo y el polvo acabará por conquistar hasta la última partícula de nuestro ser. Hay lugares que se repiten y otros que se diluyen en la lejanía de la intrascendencia. Nunca he sabido si escribo para otros o para mí misma. ¿Acaso para ti? Pero no, tú nunca me has leído, porque siempre has sabido que tú sólo entiendes mis silencios. Te veo en sitios que no hemos pisado juntos y trato de borrarte de calles inundadas de tu nombre. Los edificios desaparecen, pero los cimientos se enquistan bajo el asfalto. Conozco de antemano el resultado, siempre lo he hecho, pero sigo esperando que mute la sentencia, que tú y yo anclemos entre gemidos nuestros labios. El tiempo pasa y sólo la incertidumbre permanece. Nuevas muertes jalonan nuestras vidas y el dolor, que tratamos en vano de revertir, nos asfixia con saña cada noche. No hay remedios, sólo anestesias (el alcohol que entorpece los sentidos y diluye el arrepentimiento; cuerpos que nunca serán hogar, pero sí asilo transitorio; el luminoso recuerdo de aquello que fue, a pesar de nosotros mismos).

miércoles, 16 de junio de 2021

Apocalipsis (VIII)

Me quieren rota y yo, que tanta tendencia tengo a descomponerme en mil pedazos, me coso a cada amago de quiebra. No soy fuerte, sólo rencorosa. Permanecer entera es la única venganza al alcance de mi mano (también la que más les hiere). Vivir, no para matar, sino para que ellos mueran. Podría parecer lo mismo, pero no es posible que sea más distinto. Conseguir que el viento avive la llama, en lugar de apagarla, para que, cuando su dirección cambie, prenda el fuego y el incendio se expanda. Que el aguacero lave, pero no ahogue; que el sol germine la semilla sin agostar la tierra. Seguir caminando, por más que creas que no llegarás a tiempo, aunque ni siquiera sepas cuál es el destino que persiguen tus pies, siempre hacia delante, sin mirar atrás, cualquier cosa menos estatua de sal. Llorar cuando haya que hacerlo, pero sin aferrarte a las lágrimas, flotando en ellas, sabiendo que es posible sobrevivir a cualquier tipo de naufragio, menos a aquellos que nos inundan desde dentro. Emparedar el miedo, liberar el grito, desatar la fe en lo imposible, porque nosotros somos el milagro, aunque sólo los niños se atrevan a recordarlo.

martes, 13 de octubre de 2020

Apocalipsis (VII)

Ahora que el miedo corroe las entrañas y que el mar sólo entiende de naufragios es cuando los versos abortados resucitan de entre los fetos destrozados, amalgama de carne putrefacta y sangre desbocada. El apocalipsis trepa entre mis piernas, embarrando mi piel con la tinta regurgitada por todos los poetas que arrojaron su talento a los pies de un tren enfurecido. Me violan las metáforas que les impidieron conciliar el sueño. Me desgarran cada uno de sus gritos famélicos, hambrientos de libertad, justicia y belleza, sedientos de huracanes que despeinen los falsos paraísos que amordazan la verdad. También a mí me cuesta respirar cada vez que abro la boca para fingir (que todo irá bien, que no es el final, que el sol brillará cuando las nubes levanten el vuelo). Y disfrazo el dolor de melancolía invertida. Y te echo de menos como si realmente esperase que fueras a volver. Y sueño con desconocidos que me abrazan como tú, salvavidas humanos que me mantienen a flote en contra de mi voluntad. Vivir siempre fue más difícil contigo que sin ti y aun así...

jueves, 30 de enero de 2020

Apocalipsis (VI)

Siempre está a punto de ocurrir, pero nunca termina de pasar: el apocalipsis amordazado por los alérgicos a la deflagración y los adictos al terror. Nos quedamos en la plaza, escuchando el admonitorio discurso de Savonarola y seguimos allí, aplaudiendo su ejecución, vitoreando la reducción a cenizas de su herético cadáver. Juzgamos, sin aceptar ser juzgados. Disfrutamos el sufrimiento ajeno, pero aborrecemos del propio y olvidamos que también los fariseos estaban convencidos de la rectitud de su conducta. Somos los descendientes de la serpiente que expulsó a Adán y Eva del Paraíso; pero, en nuestra imaginación, hemos mutado de pecado en pecador, de tentación en deseo satisfecho, de castigo en castigado. Siseamos a los cuatro vientos las mentiras que urdimos en las tinieblas de la nada. Engañamos a los otros y, sobre todo, a nosotros mismos. Fingimos que tenemos el control de este barco a la deriva y, cuando encallamos en las rocas, nadie tiene duda alguna de que eso era justo lo que buscábamos, por más que hubiéramos anunciado previamente nuestro arduo deseo de adentrarnos en lo más profundo de la mar (seríamos un chiste, si no fuéramos verdad). Y pasan los años y, por más mechas que encendamos, la dinamita no termina de explotar (nuestros labios desnudos de excusas, pero aún férreamente sujetos por el miedo al qué dirán).

domingo, 10 de julio de 2016

Apocalipsis (V)

Me equivoqué. Otra vez. O, quizá, no. Tal vez seas tú el que no acierta a comprender el sentido del camino, el Norte del deseo, el imán que te empuja y te detiene. Yo también pienso que el mundo se hunde a cada paso que no damos, a cada verdad que amordazamos, a cada secreto que no revelamos; pero continúo quieta, callada, encriptada y rezo para que corran los cobardes, para que hablen las lenguas que cortaron los tiranos, para que se descubran los misterios que yacen en las tumbas. Me miras, deseando, a la vez, que el apocalipsis estalle y no estalle en nuestras manos, pero el sol vuelve a alumbrar tras la tiniebla y, aún así, las sombras que oscurecen nuestros sueños continúan ahogando nuestro escéptico corazón de plastilina. Abrázame fuerte, como aquella vez en que se suponía que era yo quien te abrazaba. Son tantos los demonios y tan pocos los exorcismos capaces de expulsarlos...

sábado, 28 de febrero de 2015

Apocalipsis (IV)

Tu espalda está manchada de tristeza, pero nadie se da cuenta, porque tú miras siempre de frente, oculto tras una sonrisa que consigue convencer a todos de que hasta el último demonio fue expulsado hace tiempo del Paraíso. Pero a mí no me engañas. Yo camino siempre tras tus pasos, nunca delante de ti, yo contemplo el azul que desciende desde tus hombros a tus lumbares, yo siento las contracturas que palpitan tras los latigazos de la pena y escucho las malignas risas de los diablos a los que San Miguel no condujo a la salida. Yo sé que, más tarde o más temprano, te desplomarás sobre el asfalto, quebrada tu columna por el peso de certezas que nadie quiere nunca tener que aceptar, ésas que a todos ocultas tras un pecho henchido de optimismo, las mismas que, poco a poco, desgastan tus entrañas. Yo sé que las llamas, algún día, calcinarán las nubes de las que están hechas las alas de los ángeles, cayendo nuestras esperanzas en picado, hasta estrellarse en el centro del abismo. También sé que es mejor seguir andando, fingir que podemos alcanzar el final del camino y bucear en la piscina de la felicidad. Por eso te sigo y te ayudaré a levantarte hasta que sean mis propias rodillas las que ya no sostengan las toneladas de azufre que ahora cosquillean bajo mi nariz. El mundo se acaba, pero yo ya no deseo huir en dirección contraria. Por eso me aferro a ti.

domingo, 7 de abril de 2013

Apocalipsis (III)

Sólo queda el estruendo de este horrendo y cruento lamento eterno. Sólo queda el sabor del adiós que impuso Dios como penitencia ejemplar que trata de purgar el pecado menos original que se atrevió a cometer un simple mortal. Queda la herida en el centro del pecho, el agujero negro que devora tus entrañas y la sangre que gotea de tus ojos sin pupilas, arrancadas de cuajo para no contemplar ese daño huraño que, desgraciadamente, no te resulta extraño. Sabes que ha llegado la hora de tirarte por la proa, pero tienes demasiado miedo de flotar, de no hundirte hasta el fondo, como los demás. Por eso contemplas la espuma del mar y rezas para que, menos tarde que temprano, un gigantesco tsunami te estrangule entre sus manos.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Apocalipsis (II)

Algunos creen que es mejor prever las malas noticias y que esa previsión te ayuda a afrontarlas mejor cuando finalmente tienen lugar, pero no es cierto. El anuncio de una muerte no hace que duela menos la ausencia del fallecido. La sospecha de tu adiós no evitó el derrumbamiento de mi mundo. Sabía que llegaría el día. Estaba escrito en tu mirada y en la manera en que me tocabas, pero pasaba el tiempo y continuabas a mi lado. Me repetía una y otra vez que me equivocaba, que veía fantasmas, sombras chinas, reflejos ondulantes en el agua. En el fondo, sabía que no era verdad, que la decisión estaba más que tomada y que la única indeterminación concernía al momento en el que se produciría la catástrofe. Pero esa intuición no me preparó para la punzada del armario vacío, el frío de la cama deshabitada o el silencio de una casa con un único habitante. En realidad, habría sido mejor que tu abandono me hubiera pillado de improviso, pues entonces habría sufrido una sola vez y no todos esos días que pasé a tu lado esperando a que ejecutaras la sentencia. Miro el televisor, lleno de parejas sonrientes y felices, de personas que permanecen unidas contra viento y marea, independientemente de lo mucho que el universo se esfuerce en tratar de separarlos y sé que es mentira, una gran mentira que nuestros padres nos cuentan cuando somos pequeños con la vana esperanza de que sólo lloremos cuando tengamos hambre, sed o sueño. La gente se evapora en cuanto el sol calienta más de la cuenta, huyen dejando atrás a los heridos, pisotean a los tullidos que bloquean su camino, devoran a los más débiles, se cagan en nuestros muertos, convierten las praderas en desiertos, siguen a los ciegos, entronan a los tuertos. Tiro a la papelera los noodles que me sobran. En el fondo de la basura yacen nuestras fotos, pedazos de una vida dividida por las tijeras de tus manos. Maldito Eduardo abandonado en la cima de una montaña solitaria. Vuelvo al salón y hago zapping hasta encontrar la solución, la anestesia nacional, lo único que puede hacerme olvidar, un paréntesis de 90 minutos, claramente insuficientes, pero que detienen transitoriamente la hemorragia de recuerdos. Cuando el partido termina no queda más remedio que volver la vista atrás. El futuro ya no existe.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Apocalipsis (I)

Es por ti, pero tú no te das cuenta. Me acerco. Me alejo. Río. Lloro. Imploro piedad a un Dios que se escondió tras el ficus de tu salón. Duele. Duele mucho más de lo que debe. ¿Por qué? No lo sé. Nunca lo he sabido. Nunca lo sabré. Arde la herida. Revienta el pulmón. Si tú no haces algo, tendré que hacerlo yo. Tapona las lágrimas. Pon fin al dolor. Desentierra la risa. Crucifica el adiós. Me miras y callo. Huyo a la velocidad del rayo. Me despeño por tus costados. Fallezco entre tus manos. Es por ti. ¿No te das cuenta? Si el viernes acaba el mundo puede que se enderece mi rumbo.