Una parte de mí continúa anclada a esa habitación de hotel. Mi sangre en el suelo. Su miedo en mis labios. Las olas golpeando el muelle de lo que pudo ser y no fue. Recuerdo a mi yo de 14 años, Casandra adolescente, atisbando la silueta del Desastre, llorando sin saber aún exactamente por qué, la tripa encogida, acunando la resistencia a aceptar todo lo que ya está escrito. Quiero abrazarla, decirle que todo irá bien, por muy mal que parezca ir y, créeme, irá tan rematadamente mal que parecerá imposible sobrevivir a todo ello; pero lo harás, porque es lo único que se te da bien: continuar andando entre los muertos. Pero esa habitación de hotel se te quedará dentro, a pesar de los años, aunque él ya no forme parte de todo lo que permanece atascado en tu garganta. Volverás una y otra vez, sin estar nunca de nuevo físicamente allí. Será un tajo en tu costado, pero llegará un momento en el que, en lugar de drenarte vida, te insuflará energía. El momento es ahora. Mírate en el espejo y dime qué es lo que ves: mil millones de galaxias en plena expansión infinita. Aunque quisieras no podrías retenerlas. Te lo grita el agua salada que erosiona las piedras de la orilla, el Zoltar que ya sólo predice el pasado, el esqueleto del Pier cuyo esplendor no pudiste contemplar. Deja que se desborde, que inunde de Verdad cada rincón oscuro que nadie se atreve a iluminar, que llegue hasta él, aunque ya no sea Él. Escucha cómo caen las primeras gotas de la tormenta. No permitas que te asusten los truenos. El eclipse está tan cerca que sólo podrás VER.
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