Dividía el mundo entre quienes amaban a Salinger y los que no, que es tanto como distinguir entre quienes están o han estado alguna vez al borde del abismo y quienes nunca han rozado el filo de la Nada. Ella se había sumergido en la negrura del vacío, no una, sino mil veces, pero siempre volvía indemne. Le caía bien a Dios. Probablemente, porque creía en Él a través de las dudas, a pesar de los espejismos generados por los androides, sorda a los ateísmos de los ciegos incapaces de vislumbrar los millones de milagros que acontecen cada día. Sí, ella creía a su pesar, porque sabía la suficiente estadística como para darse cuenta de que hay designios que es imposible que sean fruto del azar. O, puede que no, que a Dios no le cayera bien, que simplemente le resultara útil la forma en la que ella tocaba el fuego sin llegar a quemarse del todo. Explícamelo. ¿Cómo se puede sobrevivir al desembarco de Normandía y a la liberación de Dachau y no volverte completamente loco? Pero ella ha presenciado otros horrores. Algunos, con sus propios ojos. Otros, de esa manera que no alcanza a explicarse ni a sí misma. La cordura está sobrevalorada. No te acerca a la Verdad. Es otra ilusión más que nos mantiene necios; una mesa pulida, sin astillas que hiendan la carne para despertarnos del sueño y devolvernos al Camino. Ella lo sabe. La necesidad del dolor más allá del grito. La omnipotencia de la pena. La claridad que otorga entrecerrar los ojos mientras gira descontrolado el tiovivo. No, no quiere salvarse y, por eso, siempre lo consigue; porque la Vida ayuda a quienes aman a los demás, aunque se odien a sí mismos; a quienes parten directos al epicentro del Desastre, sin volver la vista atrás, sólo porque Algo dentro de ellos les dice que han de hacer lo que han de hacer; a quienes saben que nada depende de nosotros, salvo la forma en la que afrontamos lo desconocido. Ella lo hacía con miedo. Luego, con resignación. ¿Y ahora? Ahora intuye todo lo que viene, todo aquello que no quiere, pero que le fue destinado desde antes de que naciera y llora ante la belleza del tapiz tejido por las Parcas.