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sábado, 31 de julio de 2010

Raquel

Raquel da un tímido paso más y agarra el borde del trampolín con los prensiles dedos de sus pies. Asomada a lo que, para ella, resulta un precipicio insalvable, claudica ante el frío pavor que recorre su columna vertebral y se da cuenta de que nunca será capaz de saltar. El miedo a hacerse daño es excesivamente grande y con sólo seis años sabe perfectamente que la vida es demasiado preciosa para jugársela innecesariamente. Podría partirse el cuello y quedarse en el sitio si no mide adecuadamente la fuerza de su impulso y la profundidad de la piscina. El fondo de cemento parece lejano, pero el agua confunde las distancias. Desde abajo, sus padres perciben sus dudas existenciales y comienzan a animarla para que se tire de una vez. Ella los mira compungida, a punto de echarse a llorar por su incapacidad para correr riesgos prescindibles, incapacidad que muchos confundirán con falta de valor. Duda un par de instantes más y deshace el camino andado hasta la escalerilla que la devolverá a tierra firme. Ése fue el primer salto que Raquel no se atrevió a dar, pero no sería el último. Su vida estuvo plagada de trampolines no utilizados y ánimos paternos no escuchados. Nunca jamás reunió el valor para tirarse de cabeza a la piscina y nadie tuvo la deferencia de empujarla a traición. Tampoco tuvo nadie la bondad de explicarle a Raquel que el dolor de los cardenales provocados por un mal golpe contra el agua más fría y más dura es el único que puede enseñarte a tirarte correctamente y que un salto perfecto es uno de los momentos más sublimes que puede experimentar una persona. Por algo está reconocido como disciplina olímpica.