Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
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sábado, 3 de enero de 2009
Elisa
Elisa se quiere morir. O, quizá, se está muriendo. No sabe muy bien cuál de estas opciones se ajusta más a la realidad. Se ha levantado con la nariz convertida en una fábrica a destajo de viscosos y verdes mocos, un dolor persistente que amenaza con taladrarle la garganta, una jaqueca resistente a altas dosis de ibuprofeno y una fiebre que ralentiza sus capacidades mentales y tan pronto le provoca escalofríos como sofocos. Al principio, ni siquiera podía moverse de la cama: simplemente carecía de fuerzas para ello. A media mañana, después de haberse rendido a la evidencia de que ni siquiera iría a la última hora de clase, en un esfuerzo hercúleo, logró arrastrarse hasta el cuarto de baño y proveerse de las drogas necesarias para sobrevivir unas horas más. Atontada, congestionada, destemplada, débil, cerúlea, confusa, desorientada, mareada, temblorosa, inapetente, con una bola de mocos obstruyendo su garganta e impidiéndole tragar cualquier alimento sólido y un malestar generalizado que dificulta un adecuado y ansiado descanso; Elisa lleva todo el día refugiada bajo la cálida y mullida protección de su edredón nórdico. No puede moverse y tampoco tiene gran interés en hacerlo. Ya irá al médico mañana. O pasado mañana. O quizá haya suerte y se cure sin necesidad de acudir a ningún matasanos. Siente perderse las clases, pero una moribunda como ella no puede desplazarse hasta la facultad sin perecer en el intento. Y es que Elisa, como no está acostumbrada a estar mala, en cuanto contrae cualquier nimia enfermedad siempre piensa que se halla al borde de la muerte. No soporta el dolor ni la inmovilidad asociada a cualquier tipo de enfermedad. Su impaciencia consustancial le impide concebir la idea de permanecer postrada en cama una semana entera. Ni siquiera tiene fuerzas para llegar hasta el sofá y poner la tele. Tampoco le apetece verla. Le gustaría dormir eternamente, pero lo más que consigue es conciliar un sueño ligero poblado de pesadillas hiladas con las hebras de sus más recónditos temores.
martes, 30 de diciembre de 2008
Elisa
Elisa se siente como una colilla a medio consumir tirada en la gris acera de la calle. No es la primera vez que la abandonan, pero sí es la vez que más le ha dolido, sobre todo, por lo inesperado de la situación. Pensaba que todo iba bien, que Javi y ella se entendían a la perfección y, de repente, sin ningún tipo de aviso previo, él le suelta que ya no la quiere y que se ha enamorado de otra. Jura y perjura que no le ha puesto los cuernos; pero, por más que lo intenta, Elisa no consigue creerlo. La clase de hoy le resulta insoportable. Los números de la pizarra son fríos y áridos. No le gusta la estadística. Antes la adoraba, pero ahora la odia. Porque la estadística dice que las probabilidades de que encuentre a su alma gemela, en caso de que exista, tienden a cero. Y la probabilidad de encontrar a una pareja para toda la vida también es excesivamente ridícula. Intenta convencerse de que la estadística es una tontería, de que sus profesores no tienen razón. Pero los números no mienten y rasgan poco a poco su idealismo, convirtiendo en jirones sus sueños adolescentes. Hoy Elisa se siente como una colilla a medio consumir tirada en la gris acera de la calle. Sólo espera que alguien la aplaste pronto hasta apagarla por completo. O que algún idiota la recoja del suelo y la apure hasta terminar de consumirse.
domingo, 30 de noviembre de 2008
Elisa
Elisa tiene un nudo en el estómago, un agujero en el corazón y un ciclón en la cabeza. Normalmente todo encaja y es más feliz que una perdiz. Pero, de vez en cuando, salta la chispa y se produce el cortocircuito. En tan funestas ocasiones, un negro nubarrón planea sobre su cabeza y, por más que lo intenta, es incapaz de ahuyentarlo. Y decide encerrarse en su caparazón hasta que su huracán interior pierda fuerza. Y, aunque debería salir y enfrentarse al mundo, se queda encerrada en su guarida, porque no le apetece arriesgarse a vivir, porque está harta de tirarse a la piscina y golpearse con el fondo, porque le duelen demasiado los cardenales de su alma, porque no tiene fuerzas para esbozar una sonrisa fingida ni desvergüenza para llorar unas lágrimas sinceras, porque está cansada de buscar sin encontrar y de tropezarse con las piedras del camino, porque no encuentra el apoyo en el que hacer palanca para propulsarse hasta el infinito y más allá, porque sabe menos que el mísmísimo Sócrates, porque no le dieron un manual de instrucciones para aprender a manejarse a sí misma, porque no sabe lo que quiere, ni lo que no quiere, ni, mucho menos, cómo conseguirlo.
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