El tren ralentiza su marcha. Las tortugas aceleran el paso. Un lobo se camufla en el centro del rebaño. No morirás si saltas antes de llegar al túnel. Los Quelonios cruzan la meta mientras las liebres se echan la siesta. Los polvos de talco tiñen la piel del depredador, haciendo imposible que el pastor pueda reconocer el peligro. Se hace de noche en pleno día. Las corredoras de fondo se duchan dentro de su caparazón. La lana amortigua el dolor de los mordiscos. Vuelve a salir el sol. Morla y Casiopea no participarán en la media maratón de Nueva York. Un rastro de sangre marca el camino horadado por aquéllas que, sin saberlo, han perdido un pedazo de su carne. Regresas a tu asiento y contemplas el difuso paisaje que se desvanece al otro lado del cristal. En Boston, varios contenedores vuelan por los aires. Sólo se siente ahíto quien aún conserva restos de comida entre los dientes.
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
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miércoles, 2 de abril de 2014
jueves, 26 de diciembre de 2013
Hambre (III)
Poco a poco me alejo, no porque no os quiera, sino porque no soy como vosotros, que soñáis con joyas y pisos, con bodas y niños, con trabajos de sueldos millonarios y contratos blindados, que defendéis dogmas equivocados y atacáis a los más arriesgados, a los que se jugaron el todo por el todo y ganaron, a los que no son como vosotros, a mí, a ellos, también a ellos, a los únicos que entienden lo que pasa, a los que, sin matar a nadie, se salvan. Me miráis, como si yo fuera la culpable, como si en mis manos radicara el origen del hambre, de ese hambre que nunca ha carcomido vuestras entrañas, por mucho que haya horadado vuestro cerebro, porque no es hambre de comida, tampoco de sed ni de justicia, ni siquiera ese hambre que acalambra mi estómago y ahuyenta mi sueño. La vuestra es un hambre bien distinta, feroz, canina, dañina. Pero no lo veis, me hacéis creer que soy yo la que desequilibra la balanza, la que se alimenta sin producir nada. Es cierto. Soy yo quien rompe el equilibrio, yo como parte de esos otros ellos, también distintos, también ambiguos, también conspicuos. Nosotros, que gastamos el dinero que no nos llueve del cielo en palabras, imágenes e ideas, porque no queremos mancharnos las manos con la sangre que han derramado vuestras piedras. Nosotros, que no nos arrastramos sobre el vientre, porque lo que queremos es desgastar las suelas de nuestros zapatos hasta acabar ensuciando nuestros pies, quedando inmaculado nuestro orgullo. Nosotros, que no tenemos hombro por encima del que mirar a nadie ni escalera o podio que nos separe del resto de los mortales. Nosotros, que moriremos intentando restaurar el Paraíso, sin que nos importe no poder disfrutar del mismo, porque sabemos que esto no acaba con la muerte y, aunque así fuera, poco importa, pues sólo aquel que se acurruca en su propio ombligo es capaz de dormir plácidamente entre un mar de gritos y dolores ulcerantes, por muy ajenos que puedan ser. Así pues, disculpad mi alejamiento, pero los polos opuestos no siempre se atraen.
jueves, 8 de agosto de 2013
Hambre (II)
Como mucho. Demasiado. Por eso siempre me ha preocupado que mi cuenta bancaria no estuviera a cero a final de mes, porque sin dinero no se puede comprar pan y, sin pan, se pasa hambre. No quiero robar para poder llenar el estómago y, sin embargo, todos los días te birlo las horas que debería dedicarte, malgastándolas en tareas presuntamente productivas que, en realidad, no generan nada, sólo billetes y monedas que vuelan nada más tocar mis manos. Pero tú no abres la boca. No te quejas, no me gritas ni reprochas todos esos días que paso lejos de tu lado. Sólo esperas pacientemente a que llegue ese supremo instante en el que la elección deje de existir, ese excelso momento en el que no tendré más remedio que entregarme a ti en cuerpo y alma y, abandonada al abrigo de tus brazos, ya no escucharé los rugidos de mis tripas, porque ya no habrá vacío que necesite ser llenado con mendrugos adquiridos con mi lento suicidio cotidiano, ni alimentos que sostengan mis insomnios para no caer redonda al suelo durante el día. Sólo tú regirás mi vida y moriré cuando tú y nadie más lo decida, porque, saciada la sed de eternidad, ya no necesitaré masticar estas hebras de realidad cortocircuitada. Lo siento, aunque no quiero, me arrepiento de la indeleble persistencia de las manchas de este vómito.
lunes, 5 de agosto de 2013
Hambre (I)
Te busqué entre la bruma de las noches sin luna, en la espesura acorazada de la negra madrugada y en la nada desarropada que poseen los indigentes. Pero no estabas. Te mudaste al otro lado, construiste una mansión dieciochesca en la orilla más occidental de este mundo a punto de naufragar y, desde allí, contemplaste el lento discurrir del tiempo que les sobra a tus nuevos congéneres, ufano de formar parte de su manada, satisfecho de ser un miembro más de su rebaño. Me perdiste, pero no te importó. Sólo fui yo la que lloraba, mientras grababa en el tronco de los árboles flechas que no conducían a ningún sitio. Hundí la cara en el húmedo musgo de sus cortezas, ahogando un grito de rabia. Después caminé sin ganas, arrastrando los pies entre la hojarasca, recordando los ideales que vendiste a cambio de un plato de sopa caliente y preguntándome por qué no hago yo lo mismo. Siento el peso del deseo. Olfateo tu rastro. Pero, al llegar a la frontera, soy incapaz de dar el definitivo paso migratorio. Ninguna de mis hambres puede saciarse con comida. Mejor dicho, ninguna de mis hambres puede saciarse.
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