Nadie vio el golpe de acero, pero todos pudieron observar el río de sangre nasal engendrado por el mismo. Aun así, nadie hizo nada para proteger a la joven probablemente agredida del que, seis meses después, se convertiría en su verdugo. En las grandes urbes, los desconocidos están demasiado acostumbrados a ignorarse como para plantearse siquiera la posibilidad de ayudar al prójimo. En las pequeñas ciudades son los conocidos los que toleran y encubren esta clase de crímenes.
Rosa, más encarnada que nunca, agradeció profundamente la indiferencia de sus semejantes. Cualquier conato de heroica defensa habría embravecido aún más a un ya furibundo Iván. La pasividad de sus compañeros de vagón de metro fue la que evitó un asesinato aún más prematuro del que tuvo lugar poco después. Aunque el momento de la ejecución no resulta relevante cuando la sentencia de muerte se firmó el aciago día en que se aceptó la primera bofetada.
Pero no es de esto de lo quería hablar, sino de lo que impidió que esos trece cuasi testigos de una violencia gratuita y cobarde auxiliaran a quien, evidentemente, lo requería de manera urgente.
El caso de Bea resulta bastante particular; pues, sumergida, una vez más, en el nuevo universo literario que había comenzado a descubrir dos días antes, sólo entrevió, fugazmente y por pura casualidad, las huellas del silencioso puñetazo. Deseosa de seguir extasiándose con nuevas e imposibles metáforas y ansiosa por comprobar si el destino de Sonia estaba o no escrito de antemano se convenció a sí misma de que la torrencial hemorragia era el fruto lógico y natural del sofocante calor del metro en pleno mes de agosto. Este burdo autoengaño era necesario para poder continuar con la lectura sin ningún tipo de molesto remordimiento. Los únicos maltratados que interesan a Bea son los huérfanos de Dickens y no una mujer anónima y real con el mal gusto de sangrar públicamente su desgracia.
Muy distinto fue el proceso mental de Paco. Harto de enfrentarse a denuncias falsas que ganan juicios y denuncias verdaderas retiradas a los dos días por una víctima siempre dispuesta a confiar en el propósito de enmienda de su torturador, decidió que no quería perder ni un segundo de sus vacaciones intentando convencer a sus compañeros de la policía nacional de que ese cerdo hijo de puta había convertido en un maravilloso Picasso la cara de su novia/mujer/amante. Y para terminar de limpiar su, a la fuerza, laxa conciencia, afirmó para sí mismo que si esa mujer no se respetaba a sí misma nadie más tenía por qué hacerlo.
Muy similar fue la opinión de Patricia. “¡Dios! ¡Esa pusilánime me está poniendo de los nervios! ¿Cómo puede continuar sentada tan tranquila al lado de ese animal? ¿Por qué no dice nada? Si un tío me tocara un solo pelo de la cabeza sería la primera y la última vez que le dejara acercarse a menos de cien kilómetros de distancia. Y encima intenta limpiar las huellas del crimen de la manera más discreta posible. Como si un Kleenex bastara para borrar lo ocurrido. Pero ¿tan poca autoestima tiene? Y mira cómo baja la vista y no la despega del suelo. ¿Por qué tiene tanto miedo de enfrentarse a él? Si algún gilipollas me hiciera algo así…Claro que si ella no se quiere a sí misma y prefiere vivir bajo la bota opresora de ese carnicero en prácticas no seré yo quien se lo impida. ¿Por qué habrá tantas mujeres masoquistas sueltas por el mundo?”
A Matías le habría encantado ser el caballero andante de brillante armadura que rescatara a esa bella y desconocida princesa en apuros, pero el enorme dragón que la custodiaba y hería a partes iguales le pareció excesivamente fiero. De hecho, observándolo más detenidamente, enseguida encontró demasiadas semejanzas entre esa mole humana y aquella otra colección de músculos que le amargó la infancia con sus continuas palizas y humillaciones varias entre clase y clase. Prefería ser un pringado cobarde a un pringado en el hospital. Conocía demasiado bien a los matones de barrio como para no darse cuenta de que estaba ante un espécimen de esa calaña y sabía sobradamente lo mucho que dolían los golpes infligidos por esos orangutanes. Un alfeñique como él nunca sería capaz de vencer a un mastodonte de ese calibre, por lo que tendría que ser otro quien liberara a la encadenada damisela.
Silvia y Miguel, por el contrario, sí que estaban más que dispuestos a recibir puñetazos ajenos. De hecho, Miguel se disponía ya a atravesar el espacio que le separaba del presunto maltratador y Silvia se aprestaba a cubrir las espaldas de su valiente marido cuando su amigo Fernando lo sujetó del brazo y le dijo que no merecía la pena. “¿Cómo que no merece la pena? ¡Ese cabrón le ha roto la nariz! ¡Hay que hacer algo!” “¡Shhh! ¡No grites!” “Pero ¿cómo que no grite? ¡Ese hijo de puta le ha pegado!” “¿Tú lo has visto?” “No, pero está claro que eso es lo que ha pasado. A nadie le sangra la nariz de esa forma si no le han dado un golpe. ¿Verdad, Silvia?” “Claro que sí, Fer. Está claro que ese cerdo le ha pegado. Y Miguel tiene razón. ¡Tenemos que hacer algo!” “Si no lo has visto directamente no hay nada que hacer. ¿Qué declararías en el juicio? ¿Que viste a una chica en el metro sangrando mucho por la nariz? A ese tío no le pasará absolutamente nada. Ni siquiera habrá juicio. Lo único que conseguirás es encabronar a ese mamón y que, después de vuestro inútil numerito, él pague su enfado con ella al llegar a casa.” “Pero, ¡hay que hacer algo! ¡Alguien lo habrá visto!” “Si nadie ha dicho nada es porque nadie lo ha visto directamente.” “Fer, no me jodas. Está claro lo que ha pasado.” “Da igual lo claro que te parezca que está. Lo importante son las pruebas y no hay ninguna concluyente. Sólo una mujer que sangra y un montón de personas que no han visto nada. Venga, dejadlo de una vez, que no merece la pena y la siguiente parada es la nuestra.” Miguel y Silvia se miraron y se rindieron ante la evidencia de la más que probable inutilidad de sus esfuerzos por ayudar a la mártir desconocida. “Vamos, hay que bajarse ya.” Todavía reticentes a abandonar a la víctima, Silvia y Miguel sucumbieron a los racionales argumentos de Fernando y renunciaron a clamar justicia.
Es cierto que los remordimientos dificultaron el sueño de Silvia esa noche y que la furia contenida de Miguel hizo lo propio. Supongo que eso contribuyó a que se sintieran mejores personas que Fernando. Ellos querían haber hecho algo. Es más, si su parada no hubiera sido tan inmediata, probablemente se habrían decidido a pedirle explicaciones al presunto agresor. Pero las circunstancias son las circunstancias y no tuvieron mucho tiempo para pensar. Si no hubiera sido por Fernando y porque su parada de metro era la siguiente…
Lo cierto es que, 24 horas más tarde, ninguno de los dos tuvo problemas para dormir y que, seis meses después, ninguno reconoció a Rosa cuando su asesinato salió en las noticias. Las buenas personas olvidan pronto a aquéllos a los que no brindaron su apoyo. Curiosamente, Fernando sí casó la fotografía del telediario con el rostro sanguinolento del metro y un nudo gordiano ató sus tripas el resto de su vida.
Diametralmente opuesto fue el caso de Alberto. Acostumbrado a darle una buena torta a su novia cada vez que se le ocurría sacar los pies del tiesto supo al instante que esa zorra de la nariz partida habría hecho algo muy gordo para merecer tal sopapo. Sentado en su asiento, Alberto sonrió complacido ante el trabajo bien hecho. Seguro que esa mosquita muerta no volvería a subirse a las barbas de su macho en mucho tiempo. Lástima que ya no queden más hombres de verdad.
Eugenia, Sonsoles y Lola también culparon a Rosa de su desgracia. Educadas las tres septuagenarias amigas en la creencia de que la mujer no es más que un apéndice del hombre o una cualquiera de sus múltiples posesiones, aprendieron, a base de golpes, lo que podían y no podían hacer o decir y saben perfectamente que si esa chica se hubiera comportado correctamente no se hallaría en tan lamentable estado.
Muy diferente fue la educación del cuarto septuagenario del vagón. Desgraciadamente para Rosa, Ángel iba acompañado de su nieto de seis años y no podía permitir que Óscar contemplara cómo utilizaba su recio bastón de caoba para partirle el cráneo a ese malnacido, por muchas ganas que tuviera de hacerlo. De pequeño no sólo había aprendido a respetar profundamente a cualquier miembro del género femenino, fuente inagotable de vida, sino que también le enseñaron a no matar o, al menos, a no hacerlo delante de un niño que todavía no tuviera la formación suficiente para distinguir a un ser humano que merecía vivir de un animal asesino que debía ser aniquilado por el bien de la humanidad, en general, y de su cónyuge, en particular.
Lástima que Óscar nunca lograra entender por qué su valiente abuelo miró hacia otro lado, en lugar de auxiliar a aquella pobre chica sangrante. A él le habría encantado hacerlo, pero si su adulto más admirado no movía un dedo sería por una buena y poderosa razón, por mucho que la misma escapara a su comprensión, y no tenía ningún sentido rebelarse contra el siempre sabio proceder del padre de su padre.
Tenemos, así, trece motivos perfectamente válidos para justificar la no intervención de esos cuasi testigos del violento, pero silencioso, mamporro que quebró la ya otras veces partida nariz de Rosa. Adicionalmente, no existe ley que castigue a quien no denuncie un delito cuya comisión nunca presenció directamente. Pero Iván no comprende por qué él es el único procesado por la muerte de Rosa. Da igual que fuera él quien le propinara la paliza mortal. Para cometer ese cruel asesinato necesitó la ayuda de multitud de cómplices; de personas que, como las de ese vagón de metro, callaron y miraron hacia otro lado cada vez que Iván le puso la mano encima a su mujer. Ninguno de esos cómplices se encuentra hoy en el juzgado ni es consciente de su participación en este crimen. Ninguno, excepto Fernando, cuyo retorcido nudo estomacal le acusa constantemente como cómplice de este delito.
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
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miércoles, 25 de noviembre de 2009
martes, 12 de febrero de 2008
Violencia de género III
Y hoy una gran canción para ilustrar el tema con el que inauguré este blog:
PD: Grandísimo descubrimiento el de Marcos del Valle.
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Violencia de género
lunes, 7 de enero de 2008
Violencia de género II
Y para seguir ilustrando este espinoso tema, ahí va un relato de una escritora anónima a la que le gusta llamarse Alicia (tranquilos, no lo he escrito yo).
PONTE EN MI LUGAR
Odio ese sentimiento, pero a veces es el mejor del mudo. Es como desaparecer por un segundo, sólo uno. A veces pienso que esa sensación se corresponde con la decisión de seguir luchando o la de perder, la de darse por vencido. “Tú ganas”. En alguna ocasión me gustaría decirle eso. “Tú siempre has ganado”. Ganaste cuando dejé mi trabajo para dedicarme en exclusiva a ti. También ganaste cuando decidiste que no era buen momento para tener hijos por todos los gastos que teníamos. Pero el tiempo pasó y él sí que te venció. Ya no puedo tener hijos y es otra excusa que utilizas para martirizarme porque “soy un trasto viejo que ni para dar hijos sirvo”.
Me cuesta respirar. Imagino que la sangre se habrá hecho costra, impidiendo que el aire entre y salga por mi nariz. No me apetece acercar la mano para comprobarlo. Sólo espero que no me haya vuelto a romper el tabique nasal. A veces me parece que estoy deformada, que los golpes me han hecho una cara nueva, una cara horrible. También puede ser que me vea como un monstruo por vivir así, por seguir a su lado. ¿Quién tiene más culpa: la víctima o el verdugo? Claramente, el verdugo. Pero, ¿y si la víctima lo consiente? Cuántas veces habré pensado en ser yo el verdugo, literalmente o de forma figurada. He planeado mil formas de matarle: mientras duerme, envenenándole la comida, contratando a un sicario… Y otras veces imagino que le abandono. Hago las maletas, saco el dinero del banco y me voy lejos, tan lejos que ni se me ocurre a dónde ir. Pero al final no hago nada. Soy como el preso que no para de soñar con lo que hará cuando salga o idea un plan de fuga o piensa cómo sería todo si no estuviera en prisión. Tal vez tengamos mucho en común ese preso y yo.
La boca me sabe a sangre. Ese sabor salado que empalaga y te da sed. Despego ligeramente los labios y noto cómo un hilo de saliva mezclada con sangre cae al suelo. Ploff. Un pequeño charco más que limpiar cuando tenga fuerzas para levantarme. Con los años he aprendido a no dejar secar las manchas de sangre para no tener que arrodillarme y frotarlas. Luego me duele la espalda de estar en esa postura. Incluso las alfombras se quedan como nuevas con un buen lavado si conoces el truco de echar almidón en polvo sobre la mancha antes de meter la prenda en la lavadora. Es muy eficaz.
Ya no lloro. Hace años que no lloro. Antes me pillaba unos berrinches tremendos durante y después de la paliza. Ya no lo hago. Sé que no sirve de nada. Lo único que logras es tener los ojos rojos e hinchados al día siguiente, si tienes la suerte de que no estén morados por algún puñetazo. También dejé de hacerlo porque me dolía. Las lágrimas de impotencia son las que más dañan porque salen del alma, salen de dentro. Yo he llegado a vomitar de la congoja que tenía, de lo insoportable que era llorar tanto con el cuerpo dolorido por los golpes. Por eso dejé de llorar. Ya no lo hago ni si quiera cuando me siento sola, cuando creo que soy la mujer más desgraciada del mundo.
Conforme pasan las horas vas notando los sitios en los que aparecerán los moratones. Es una sensación extraña. Parece que sientes latir, palpitar, el lugar exacto del golpe. A veces te arde, es como si quemara. Entonces pienso en la ropa que me pondré para que no se vean. Pantalón largo para las piernas, camisa o jersey para los brazos… ¿Y para la cara? Muchas usan gafas de sol, pero a mí nunca me gustaron y se disimula muy mal. El maquillaje… no siempre es eficaz.
Tras todas esas ideas llega el momento de dejar paso a la imaginación: las mentiras que contarás a las vecinas. Cuanto más absurda sea la mentira, mejor. A veces me río yo misma de mis historias. Es mi pequeño hobby con el que puedo crear lo que yo quiera. Es la actividad más triste y patética del mundo, pero en mi situación no se puede esperar otra cosa.
Esta vez no he perdido el sentido. Algo es algo. Alguna vez he estado horas dormida en el suelo y cuando él volvía y me veía ahí tirada, volvía a enfadarse y de nuevo llovían los golpes. En esos momentos, los daba sin ganas, como si estuviera cansado de tener que pegarme y yo no me quejaba a penas, tampoco tenía ganas de hacerlo. A veces pienso que es algo mecánico. Él tiene un problema y me pega. Yo sé que él tiene un problema y que lo pagará conmigo. Cada uno tiene asumido su papel en esta historia. Ya quedaron atrás los días en los que me defendía con uñas y dientes hasta que perdía el sentido y entonces me convertía en su saco de boxeo, dócil y sin oposición. También pasaron los días en los que concentraba todo mi odio en él mientras me golpeaba. Tal vez pensaba que odiándole tanto un día reventaría por arte de magia y todo acabaría. Pero no era así. Ahora sólo me resigno, acepto lo que hay y a veces, sólo a veces, me permito desear que él se ponga en mi lugar. Me encantaría que lo hiciera.
¿Sabes ponerte en mi lugar? Lo dudo, lo dudo mucho. No podría hacerlo de ninguna de las dos maneras, ni de la física ni de la mental. Jamás soportaría todos los maltratos y vejaciones que yo he sufrido. No habría sido capaz de levantarse del suelo y coger un taxi hasta el hospital para que le curaran las heridas. Aprendí a curarme yo sola al poco tiempo. Pero claro, los huesos rotos requieren asistencia médica. Él no podría mentir a los médicos y a la policía cuando observan lesiones anteriores. Nunca se le hubiese ocurrido ir a distintos hospitales para levantar menos sospechas. ¿Pero sabes lo peor de todo? En la vida podrá entender lo que siento cuando me golpea. La tristeza que me mata más que las miles de lesiones que pueda hacerme. Los insultos que se me quedan grabados en la mente. Las pesadillas constantes que me hacen levantarme bañada en sudor porque creo que me mata, que me asfixia. Nunca podrá llorar todo lo que lo he hecho yo porque él no puede sentir lo que yo he sentido. Él no siente. Sólo tiene odio y rabia acumulados, que descarga sobre mí. Así que da igual que yo desee que se ponga en mi lugar. Él nunca lo hará.
Siento el frío suelo que me calma el dolor. Es la mejor posición, con la mejilla sobre las baldosas. Así puedo ver sus pies cuando se aleja y sentir sus pasos por el pasillo hasta oír el sonido sordo del portazo de la puerta. Si pasan las horas suficientes, probablemente las que ya lleve, podría volver a repetirse el portazo, las pisadas y ver sus zapatos negros frente a mí. No me dignaría ni a levantar la mirada para ver su expresión. Esa mezcla entre enfado, asco y cansancio por volver a tener que pegarme porque no he sido capaz ni de levantarme. Pero ya todo me da igual. No me importa.
Voy a seguir tirada en el suelo, sintiendo el frío de los azulejos en mi cuerpo y con los ojos cerrados, haciendo un intento de dormir o descansar. Y esperando que mientras lees estas palabras no te sientas identificada. Sólo espero que no estés en mi lugar.
PONTE EN MI LUGAR
Odio ese sentimiento, pero a veces es el mejor del mudo. Es como desaparecer por un segundo, sólo uno. A veces pienso que esa sensación se corresponde con la decisión de seguir luchando o la de perder, la de darse por vencido. “Tú ganas”. En alguna ocasión me gustaría decirle eso. “Tú siempre has ganado”. Ganaste cuando dejé mi trabajo para dedicarme en exclusiva a ti. También ganaste cuando decidiste que no era buen momento para tener hijos por todos los gastos que teníamos. Pero el tiempo pasó y él sí que te venció. Ya no puedo tener hijos y es otra excusa que utilizas para martirizarme porque “soy un trasto viejo que ni para dar hijos sirvo”.
Me cuesta respirar. Imagino que la sangre se habrá hecho costra, impidiendo que el aire entre y salga por mi nariz. No me apetece acercar la mano para comprobarlo. Sólo espero que no me haya vuelto a romper el tabique nasal. A veces me parece que estoy deformada, que los golpes me han hecho una cara nueva, una cara horrible. También puede ser que me vea como un monstruo por vivir así, por seguir a su lado. ¿Quién tiene más culpa: la víctima o el verdugo? Claramente, el verdugo. Pero, ¿y si la víctima lo consiente? Cuántas veces habré pensado en ser yo el verdugo, literalmente o de forma figurada. He planeado mil formas de matarle: mientras duerme, envenenándole la comida, contratando a un sicario… Y otras veces imagino que le abandono. Hago las maletas, saco el dinero del banco y me voy lejos, tan lejos que ni se me ocurre a dónde ir. Pero al final no hago nada. Soy como el preso que no para de soñar con lo que hará cuando salga o idea un plan de fuga o piensa cómo sería todo si no estuviera en prisión. Tal vez tengamos mucho en común ese preso y yo.
La boca me sabe a sangre. Ese sabor salado que empalaga y te da sed. Despego ligeramente los labios y noto cómo un hilo de saliva mezclada con sangre cae al suelo. Ploff. Un pequeño charco más que limpiar cuando tenga fuerzas para levantarme. Con los años he aprendido a no dejar secar las manchas de sangre para no tener que arrodillarme y frotarlas. Luego me duele la espalda de estar en esa postura. Incluso las alfombras se quedan como nuevas con un buen lavado si conoces el truco de echar almidón en polvo sobre la mancha antes de meter la prenda en la lavadora. Es muy eficaz.
Ya no lloro. Hace años que no lloro. Antes me pillaba unos berrinches tremendos durante y después de la paliza. Ya no lo hago. Sé que no sirve de nada. Lo único que logras es tener los ojos rojos e hinchados al día siguiente, si tienes la suerte de que no estén morados por algún puñetazo. También dejé de hacerlo porque me dolía. Las lágrimas de impotencia son las que más dañan porque salen del alma, salen de dentro. Yo he llegado a vomitar de la congoja que tenía, de lo insoportable que era llorar tanto con el cuerpo dolorido por los golpes. Por eso dejé de llorar. Ya no lo hago ni si quiera cuando me siento sola, cuando creo que soy la mujer más desgraciada del mundo.
Conforme pasan las horas vas notando los sitios en los que aparecerán los moratones. Es una sensación extraña. Parece que sientes latir, palpitar, el lugar exacto del golpe. A veces te arde, es como si quemara. Entonces pienso en la ropa que me pondré para que no se vean. Pantalón largo para las piernas, camisa o jersey para los brazos… ¿Y para la cara? Muchas usan gafas de sol, pero a mí nunca me gustaron y se disimula muy mal. El maquillaje… no siempre es eficaz.
Tras todas esas ideas llega el momento de dejar paso a la imaginación: las mentiras que contarás a las vecinas. Cuanto más absurda sea la mentira, mejor. A veces me río yo misma de mis historias. Es mi pequeño hobby con el que puedo crear lo que yo quiera. Es la actividad más triste y patética del mundo, pero en mi situación no se puede esperar otra cosa.
Esta vez no he perdido el sentido. Algo es algo. Alguna vez he estado horas dormida en el suelo y cuando él volvía y me veía ahí tirada, volvía a enfadarse y de nuevo llovían los golpes. En esos momentos, los daba sin ganas, como si estuviera cansado de tener que pegarme y yo no me quejaba a penas, tampoco tenía ganas de hacerlo. A veces pienso que es algo mecánico. Él tiene un problema y me pega. Yo sé que él tiene un problema y que lo pagará conmigo. Cada uno tiene asumido su papel en esta historia. Ya quedaron atrás los días en los que me defendía con uñas y dientes hasta que perdía el sentido y entonces me convertía en su saco de boxeo, dócil y sin oposición. También pasaron los días en los que concentraba todo mi odio en él mientras me golpeaba. Tal vez pensaba que odiándole tanto un día reventaría por arte de magia y todo acabaría. Pero no era así. Ahora sólo me resigno, acepto lo que hay y a veces, sólo a veces, me permito desear que él se ponga en mi lugar. Me encantaría que lo hiciera.
¿Sabes ponerte en mi lugar? Lo dudo, lo dudo mucho. No podría hacerlo de ninguna de las dos maneras, ni de la física ni de la mental. Jamás soportaría todos los maltratos y vejaciones que yo he sufrido. No habría sido capaz de levantarse del suelo y coger un taxi hasta el hospital para que le curaran las heridas. Aprendí a curarme yo sola al poco tiempo. Pero claro, los huesos rotos requieren asistencia médica. Él no podría mentir a los médicos y a la policía cuando observan lesiones anteriores. Nunca se le hubiese ocurrido ir a distintos hospitales para levantar menos sospechas. ¿Pero sabes lo peor de todo? En la vida podrá entender lo que siento cuando me golpea. La tristeza que me mata más que las miles de lesiones que pueda hacerme. Los insultos que se me quedan grabados en la mente. Las pesadillas constantes que me hacen levantarme bañada en sudor porque creo que me mata, que me asfixia. Nunca podrá llorar todo lo que lo he hecho yo porque él no puede sentir lo que yo he sentido. Él no siente. Sólo tiene odio y rabia acumulados, que descarga sobre mí. Así que da igual que yo desee que se ponga en mi lugar. Él nunca lo hará.
Siento el frío suelo que me calma el dolor. Es la mejor posición, con la mejilla sobre las baldosas. Así puedo ver sus pies cuando se aleja y sentir sus pasos por el pasillo hasta oír el sonido sordo del portazo de la puerta. Si pasan las horas suficientes, probablemente las que ya lleve, podría volver a repetirse el portazo, las pisadas y ver sus zapatos negros frente a mí. No me dignaría ni a levantar la mirada para ver su expresión. Esa mezcla entre enfado, asco y cansancio por volver a tener que pegarme porque no he sido capaz ni de levantarme. Pero ya todo me da igual. No me importa.
Voy a seguir tirada en el suelo, sintiendo el frío de los azulejos en mi cuerpo y con los ojos cerrados, haciendo un intento de dormir o descansar. Y esperando que mientras lees estas palabras no te sientas identificada. Sólo espero que no estés en mi lugar.
miércoles, 12 de diciembre de 2007
La violencia de género I
Inauguremos este blog con un tema semi-político y, desde luego, muy politizado.
No cabe duda de que lo políticamente correcto habría sido escribir sobre este tema el día 25 de noviembre, Día Internacional de la violencia contra las mujeres. Curiosa denominación, en todo caso, pues induce a pensar que es un día especialmente dedicado a zurrar a todas las féminas. Por otro lado, el hecho de dedicar especialmente un día a la violencia contra las mujeres también me incita a pensar que el resto del año no se debe tratar el tema. De ahí que mi espíritu rebelde haya optado por postergar la escritura de este blog un par de semanas.
En fin, me estoy yendo por las ramas y obviando lo que realmente quería decir:¿De verdad hay alguien, no ya en este país, sino en cualquier lugar del mundo, que piense que la violencia contra las mujeres puede erradicarse promulgando una bonita que ley que, como siempre, no será aplicada en su justa medida? Claro que así es como funcionan las cosas en España: hay un problema, se saca una ley, la ley no se aplica, el problema no se soluciona, cuando el partido gobernante cambia se saca otra nueva ley aduciendo que la anteriormente existente no era adecuada y aprovechando para criticar al partido saliente, la ley no se aplica y vuelta a empezar. Aunque lo más gracioso del tema es que casi nadie pide que se apliquen las leyes existentes. Si una ley no logra los resultados esperados y definidos en su Exposición de motivos es que no está bien hecha, así que saquemos otra mejor y todo se arreglará.¿Era realmente necesario sacar una ley específica para luchar contra la violencia de género? ¿Acaso no era suficiente con aplicar los preceptos del Código Penal para los casos de lesiones? Y sobre todo, ¿por qué si hombres y mujeres somos iguales las consecuencias de que un hombre pegue a una mujer son distintas a las de que una mujer pegue a un hombre?
Como podría seguir hablando del tema horas y horas y tampoco es plan, aquí os dejo un relato-panfleto político que escribí sobre el tema hace unos años, bastante flojo, pero que expresa de forma condensada todas mis opiniones sobre el tema y que, a lo mejor, os hace pensar, que es de lo que se trata.
CONVERSACIONES CON MAMÁ
- ¡Hola, mami!
- Hola, cariño. ¿Qué tal el cole?
- Bien. Hemos estado hablando de la violencia de género.
- ¿Y qué os ha contado la seño?
- Nos ha dicho que el día 25 de noviembre es el día internacional contra la violencia de género; que éste es uno de los grandes problemas de la sociedad actual; que, afortunadamente, el actual gobierno ha tomado cartas en el asunto promulgando recientemente una ley para intentar acabar con los malos tratos; pero que se trata de un problema que afecta a toda la sociedad y que, por lo tanto, todos tenemos que poner nuestro granito de arena para acabar de una vez por todas con la violencia de género.
- ¿Y qué han dicho los niños de tu clase?
- Pues tres o cuatro han hecho las típicas bromas machistas por lo bajo, pero la mayoría se han puesto serios y han asentido a todo lo que ha dicho la seño.
- Bueno, lo de las bromas machistas es normal. Los niños a estas edades se limitan a repetir lo que oyen en sus casas y, por desgracia, en este país todavía existe mucho machismo. Lo importante es que conforme vayan creciendo aprendan a pensar por sí mismos y se den cuenta de que la seño tiene razón en todo lo que ha dicho.
- Pues yo, la verdad, es que hay cosas que no entiendo.
- ¿Cómo qué, cariño?
- Lo primero que no entiendo es cómo una ley va a conseguir acabar con lo malos tratos.
- Bueno, como la propia seño os ha dicho, está claro que la violencia de género es un problema que afecta a toda la sociedad en su conjunto y que, como tal, debe ser atacado por todos y cada uno de nosotros, prestando especial atención a la educación de las nuevas generaciones.
- Ya, pero tú, que eres abogada, siempre estás diciendo que en vez de sacar tantas leyes nuevas lo que había que hacer es garantizar el cumplimiento efectivo de las leyes ya existentes. ¿Es que no había ya una ley que condenara a los maltratadores?
- Sí, cariño; pero cuando se produce un cambio de gobierno lo más normal es que el nuevo partido intente mejorar las leyes promulgadas por el partido cesante.
- ¿Cuál es el partido cesante? Yo sólo había oído hablar del Partido Popular, del PSOE y de Izquierda Unida.
- El partido cesante no es el nombre de un partido político; sino que se llama partido cesante a aquél que pierde unas elecciones y que, por tanto, abandona el poder. Así, en este caso, el partido cesante sería el Partido Popular y el partido entrante sería el PSOE.
- A ver si lo he entendido: ¿me estás diciendo que el PSOE no hizo una nueva ley porque realmente hiciera falta, sino que la hizo solamente para ir en contra de lo que había hecho el PP?
- Bueno, yo no he dicho eso. He dicho que los partidos políticos siempre intentan mejorar lo realizado por el gobierno anterior y eso es bueno porque nos ayuda a evolucionar.
- Ya, pero es que yo he levantado la mano y le he preguntado a la seño que cómo iba la nueva ley a acabar con los malos tratos.
- ¿Y ella qué te ha contestado?
- Que la nueva ley lo que hacía era imponer penas más duras cuando las lesiones, amenazas y no sé que más cosas las cometía el marido de la víctima y que, además, la ley también otorgaba una mayor protección a las mujeres maltratadas e intentaba garantizar un sistema educativo basado en la igualdad entre hombres y mujeres.
- Claro, cariño, y eso es bueno porque uno de los grandes problemas de la violencia de género es que las mujeres maltratadas normalmente no abandonan a sus maridos, ya sea por miedo o porque dependen económicamente de ellos y no tienen a dónde ir ni ninguna forma de ganarse la vida. Así que la nueva ley lo que hace es intentar garantizar que la mujer que decida abandonar a su marido maltratador pueda hacerlo y reciba protección por parte de la policía.
- Pero, mami, lo cierto es que en lo que va de año ya han muerto un montón de mujeres como consecuencia de los malos tratos y muchas veces esas mujeres han sido asesinadas por sus maridos después de haberlos denunciado varias veces.
- Sí, bueno, la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género es del 28 de diciembre de 2004, así que lleva muy poco tiempo en vigor y todavía es pronto para hablar de su eficacia para solucionar este gran problema social.
- Ya, mami, pero es que hay otra cosa que no entiendo.
- ¿El qué, cariño?
- Se supone que los hombres y las mujeres somos iguales, pero yo le he preguntado a la seño si los hombres maltratados también tenían los mismos derechos que las mujeres maltratadas y se ha echado a reír y me ha dicho que no había hombres maltratados.
- Bueno, cariño, la verdad es que los hombres y las mujeres somos iguales desde el punto de vista intelectual y moral, pero resulta evidente que los hombres son físicamente mucho más fuertes que las mujeres.
- Pero eso no siempre es verdad. Ya sabes que la Vane es mucho más grande que cualquier niño de mi clase y que siempre les está pegando y los tiene aterrorizados.
- Ya, pero eso sólo ocurre a vuestra edad, porque las niñas normalmente desarrollan antes que los niños; pero, ¿cuántas mujeres adultas has visto que maltraten a algún hombre? Ninguna.
- Tampoco he visto a ningún hombre maltratar a una mujer.
- Ya, pero sí lo has oído en las noticias. ¿Cuántos hombres han salido en las noticias diciendo que sus mujeres les pegan? Ninguno.
- Pero que no lo digan no significa que no pase. A lo mejor lo que ocurre es que están tan avergonzados que no se atreven a denunciar a sus maltratadoras. Tú misma has dicho muchas veces que no es que ahora haya más malos tratos que antes, sino que antes se ocultaban más.
- La verdad, cariño, es que hay muy pocas mujeres adultas que sean físicamente más fuertes que sus maridos y que, por tanto, estén físicamente capacitadas para maltratarlos.
- Pero es que ni siquiera hace falta que sean más fuertes que sus maridos. Tú, por ejemplo, eres cinturón negro de Kárate y ahora haces Kickboxing. Aunque papá sea más grande y más fuerte que tú, si os pelearais, tú le podrías hacer mucho más daño del que él sería capaz de hacerte a ti.
- Bueno…
- ¿Es verdad o no?
- Sí, pero yo no maltrato a tu padre.
- Pero podrías hacerlo si quisieras. Así que no entiendo porque esa ley protege a las mujeres maltratadas y no a los hombres maltratados. Si supuestamente somos iguales y hay que basar todo el sistema educativo y social en esa igualdad entre hombres y mujeres, ¿por qué el gobierno hace una ley basándose precisamente en la inferioridad de la mujer respecto del hombre? Porque si el gobierno hace una ley para proteger a las mujeres maltratadas pero no a los hombres maltratados creo que está suponiendo que las mujeres somos inferiores a los hombres y que, por eso, nosotras necesitamos protección pero ellos no porque ya saben protegerse solitos.
- Bueno, cariño, eso no es exactamente así. El gobierno no considera que la mujer sea inferior al hombre. Lo que ocurre es que hay muchas mujeres que mueren como consecuencia de las palizas propinadas por sus maridos, mientras que todavía no conozco ningún caso en que haya ocurrido lo contrario.
- Pues la verdad es que me parece muy bien que el gobierno quiera proteger a las mujeres maltratadas; pero, si quieren que la gente crea realmente que los hombres y las mujeres somos iguales, que no nos den más derechos y más protección a las mujeres por el simple hecho de serlo.
Artículo 14 de la Constitución Española de 1978: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.”
“El único Estado estable es aquel en que todos los ciudadanos son iguales ante la ley.”
Aristóteles
No cabe duda de que lo políticamente correcto habría sido escribir sobre este tema el día 25 de noviembre, Día Internacional de la violencia contra las mujeres. Curiosa denominación, en todo caso, pues induce a pensar que es un día especialmente dedicado a zurrar a todas las féminas. Por otro lado, el hecho de dedicar especialmente un día a la violencia contra las mujeres también me incita a pensar que el resto del año no se debe tratar el tema. De ahí que mi espíritu rebelde haya optado por postergar la escritura de este blog un par de semanas.
En fin, me estoy yendo por las ramas y obviando lo que realmente quería decir:¿De verdad hay alguien, no ya en este país, sino en cualquier lugar del mundo, que piense que la violencia contra las mujeres puede erradicarse promulgando una bonita que ley que, como siempre, no será aplicada en su justa medida? Claro que así es como funcionan las cosas en España: hay un problema, se saca una ley, la ley no se aplica, el problema no se soluciona, cuando el partido gobernante cambia se saca otra nueva ley aduciendo que la anteriormente existente no era adecuada y aprovechando para criticar al partido saliente, la ley no se aplica y vuelta a empezar. Aunque lo más gracioso del tema es que casi nadie pide que se apliquen las leyes existentes. Si una ley no logra los resultados esperados y definidos en su Exposición de motivos es que no está bien hecha, así que saquemos otra mejor y todo se arreglará.¿Era realmente necesario sacar una ley específica para luchar contra la violencia de género? ¿Acaso no era suficiente con aplicar los preceptos del Código Penal para los casos de lesiones? Y sobre todo, ¿por qué si hombres y mujeres somos iguales las consecuencias de que un hombre pegue a una mujer son distintas a las de que una mujer pegue a un hombre?
Como podría seguir hablando del tema horas y horas y tampoco es plan, aquí os dejo un relato-panfleto político que escribí sobre el tema hace unos años, bastante flojo, pero que expresa de forma condensada todas mis opiniones sobre el tema y que, a lo mejor, os hace pensar, que es de lo que se trata.
CONVERSACIONES CON MAMÁ
- ¡Hola, mami!
- Hola, cariño. ¿Qué tal el cole?
- Bien. Hemos estado hablando de la violencia de género.
- ¿Y qué os ha contado la seño?
- Nos ha dicho que el día 25 de noviembre es el día internacional contra la violencia de género; que éste es uno de los grandes problemas de la sociedad actual; que, afortunadamente, el actual gobierno ha tomado cartas en el asunto promulgando recientemente una ley para intentar acabar con los malos tratos; pero que se trata de un problema que afecta a toda la sociedad y que, por lo tanto, todos tenemos que poner nuestro granito de arena para acabar de una vez por todas con la violencia de género.
- ¿Y qué han dicho los niños de tu clase?
- Pues tres o cuatro han hecho las típicas bromas machistas por lo bajo, pero la mayoría se han puesto serios y han asentido a todo lo que ha dicho la seño.
- Bueno, lo de las bromas machistas es normal. Los niños a estas edades se limitan a repetir lo que oyen en sus casas y, por desgracia, en este país todavía existe mucho machismo. Lo importante es que conforme vayan creciendo aprendan a pensar por sí mismos y se den cuenta de que la seño tiene razón en todo lo que ha dicho.
- Pues yo, la verdad, es que hay cosas que no entiendo.
- ¿Cómo qué, cariño?
- Lo primero que no entiendo es cómo una ley va a conseguir acabar con lo malos tratos.
- Bueno, como la propia seño os ha dicho, está claro que la violencia de género es un problema que afecta a toda la sociedad en su conjunto y que, como tal, debe ser atacado por todos y cada uno de nosotros, prestando especial atención a la educación de las nuevas generaciones.
- Ya, pero tú, que eres abogada, siempre estás diciendo que en vez de sacar tantas leyes nuevas lo que había que hacer es garantizar el cumplimiento efectivo de las leyes ya existentes. ¿Es que no había ya una ley que condenara a los maltratadores?
- Sí, cariño; pero cuando se produce un cambio de gobierno lo más normal es que el nuevo partido intente mejorar las leyes promulgadas por el partido cesante.
- ¿Cuál es el partido cesante? Yo sólo había oído hablar del Partido Popular, del PSOE y de Izquierda Unida.
- El partido cesante no es el nombre de un partido político; sino que se llama partido cesante a aquél que pierde unas elecciones y que, por tanto, abandona el poder. Así, en este caso, el partido cesante sería el Partido Popular y el partido entrante sería el PSOE.
- A ver si lo he entendido: ¿me estás diciendo que el PSOE no hizo una nueva ley porque realmente hiciera falta, sino que la hizo solamente para ir en contra de lo que había hecho el PP?
- Bueno, yo no he dicho eso. He dicho que los partidos políticos siempre intentan mejorar lo realizado por el gobierno anterior y eso es bueno porque nos ayuda a evolucionar.
- Ya, pero es que yo he levantado la mano y le he preguntado a la seño que cómo iba la nueva ley a acabar con los malos tratos.
- ¿Y ella qué te ha contestado?
- Que la nueva ley lo que hacía era imponer penas más duras cuando las lesiones, amenazas y no sé que más cosas las cometía el marido de la víctima y que, además, la ley también otorgaba una mayor protección a las mujeres maltratadas e intentaba garantizar un sistema educativo basado en la igualdad entre hombres y mujeres.
- Claro, cariño, y eso es bueno porque uno de los grandes problemas de la violencia de género es que las mujeres maltratadas normalmente no abandonan a sus maridos, ya sea por miedo o porque dependen económicamente de ellos y no tienen a dónde ir ni ninguna forma de ganarse la vida. Así que la nueva ley lo que hace es intentar garantizar que la mujer que decida abandonar a su marido maltratador pueda hacerlo y reciba protección por parte de la policía.
- Pero, mami, lo cierto es que en lo que va de año ya han muerto un montón de mujeres como consecuencia de los malos tratos y muchas veces esas mujeres han sido asesinadas por sus maridos después de haberlos denunciado varias veces.
- Sí, bueno, la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género es del 28 de diciembre de 2004, así que lleva muy poco tiempo en vigor y todavía es pronto para hablar de su eficacia para solucionar este gran problema social.
- Ya, mami, pero es que hay otra cosa que no entiendo.
- ¿El qué, cariño?
- Se supone que los hombres y las mujeres somos iguales, pero yo le he preguntado a la seño si los hombres maltratados también tenían los mismos derechos que las mujeres maltratadas y se ha echado a reír y me ha dicho que no había hombres maltratados.
- Bueno, cariño, la verdad es que los hombres y las mujeres somos iguales desde el punto de vista intelectual y moral, pero resulta evidente que los hombres son físicamente mucho más fuertes que las mujeres.
- Pero eso no siempre es verdad. Ya sabes que la Vane es mucho más grande que cualquier niño de mi clase y que siempre les está pegando y los tiene aterrorizados.
- Ya, pero eso sólo ocurre a vuestra edad, porque las niñas normalmente desarrollan antes que los niños; pero, ¿cuántas mujeres adultas has visto que maltraten a algún hombre? Ninguna.
- Tampoco he visto a ningún hombre maltratar a una mujer.
- Ya, pero sí lo has oído en las noticias. ¿Cuántos hombres han salido en las noticias diciendo que sus mujeres les pegan? Ninguno.
- Pero que no lo digan no significa que no pase. A lo mejor lo que ocurre es que están tan avergonzados que no se atreven a denunciar a sus maltratadoras. Tú misma has dicho muchas veces que no es que ahora haya más malos tratos que antes, sino que antes se ocultaban más.
- La verdad, cariño, es que hay muy pocas mujeres adultas que sean físicamente más fuertes que sus maridos y que, por tanto, estén físicamente capacitadas para maltratarlos.
- Pero es que ni siquiera hace falta que sean más fuertes que sus maridos. Tú, por ejemplo, eres cinturón negro de Kárate y ahora haces Kickboxing. Aunque papá sea más grande y más fuerte que tú, si os pelearais, tú le podrías hacer mucho más daño del que él sería capaz de hacerte a ti.
- Bueno…
- ¿Es verdad o no?
- Sí, pero yo no maltrato a tu padre.
- Pero podrías hacerlo si quisieras. Así que no entiendo porque esa ley protege a las mujeres maltratadas y no a los hombres maltratados. Si supuestamente somos iguales y hay que basar todo el sistema educativo y social en esa igualdad entre hombres y mujeres, ¿por qué el gobierno hace una ley basándose precisamente en la inferioridad de la mujer respecto del hombre? Porque si el gobierno hace una ley para proteger a las mujeres maltratadas pero no a los hombres maltratados creo que está suponiendo que las mujeres somos inferiores a los hombres y que, por eso, nosotras necesitamos protección pero ellos no porque ya saben protegerse solitos.
- Bueno, cariño, eso no es exactamente así. El gobierno no considera que la mujer sea inferior al hombre. Lo que ocurre es que hay muchas mujeres que mueren como consecuencia de las palizas propinadas por sus maridos, mientras que todavía no conozco ningún caso en que haya ocurrido lo contrario.
- Pues la verdad es que me parece muy bien que el gobierno quiera proteger a las mujeres maltratadas; pero, si quieren que la gente crea realmente que los hombres y las mujeres somos iguales, que no nos den más derechos y más protección a las mujeres por el simple hecho de serlo.
Artículo 14 de la Constitución Española de 1978: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.”
“El único Estado estable es aquel en que todos los ciudadanos son iguales ante la ley.”
Aristóteles
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