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viernes, 1 de octubre de 2010

Silvia

Silvia no quiere pertenecer a Mario, pero le pertenece. Mario no quiere poseer a Silvia, pero la posee. Si hoy se acabara el mundo, Silvia se arrepentiría de no haber entregado su cuerpo a quien detenta la titularidad de su alma. Pero el mundo continúa existiendo y no se acaba y Silvia no tiene un motivo especial para darse cuenta de su mayor error, de su crimen por omisión, de su pecado capital, de su locura más racional. Por eso sigue fingiendo que no pasa nada, que hay más barbas en el mar y más Marios en otro lugar. Silvia sólo conoce a las almas gemelas que se imantan al primer vistazo, ésas de las que hablan los poetas y a las que cantan los músicos. No sabe que las auténticas almas gemelas se rehúyen sin querer por miedo a comenzar a arder al primer contacto sin tacto. Por eso Silvia ningunizó a Mario cuando lo conoció y por eso Mario se dejó ningunizar y consideró que Silvia era la mujer más inalcanzable en la que podría haberse fijado. ¿Cuándo y por qué cambió Mario de opinión? Nadie lo sabe, ni siquiera él mismo, aunque poco importa. Lo relevante, a los efectos de esta historia, es que, hoy por hoy, Mario sabe a ciencia cierta que no tiene ningún sentido luchar por obtener el amor de Silvia, porque ya lo ganó hace mucho tiempo, antes de que Silvia fuera Silvia y Mario fuera Mario, antes de que sus espíritus se encarnaran en sus cuerpos, antes de que Mario se dejara crecer la barba y las células de Silvia desearan fundirse con las de Mario, antes de que el mundo fuera mundo y los humanos mortales.

martes, 1 de diciembre de 2009

Silvia

No es que a Silvia le guste Mario, pero tiene que reconocer que esa barba castaña perfectamente recortada y no excesivamente poblada le sienta demasiado bien como para no fijarse en él nada más entrar en la oficina cada mañana. El problema es que, desde hace una semana, ha comenzado a observarlo de lejos y a hurtadillas en diversos momentos de la jornada laboral y, desde ayer, fantasea insistentemente con la posibilidad de que él pueda ser Él. Silvia no entiende cómo un ser tan anodino como Mario ha podido convertirse de la noche a la mañana en un hombre misterioso y atractivo por el mero hecho de tener algo de vello en la cara. Por eso lo observa detenidamente a la menor ocasión; no porque le guste, sino para comprobar si se ha obrado en él algún otro tipo de metamorfosis que explique el repentino magnetismo que irradia toda su persona. Porque Silvia no es tonta y ya ha notado que no es la única que, de repente, se siente irremisiblemente atraída por Mario. Aunque Lidia, Merche y María no se limitan a observarlo de lejos, como hace ella, sino que han pasado al ataque hace un par de días y aprovechan los quince minutos del desayuno para tirarle los trastos a Mario antes de que alguna otra zorrita de tres al cuarto aviste la apetecible presa y aumente la competencia para cobrar tan exquisito trofeo de caza. No, Silvia no entrará al trapo y seguirá preguntándose en la distancia cómo una barba de más o de menos puede cambiar tanto las cosas, al mismo tiempo que imagina cruentas y dolorosas muertes para las tres arpías que ya han tomado la iniciativa. Lo que Silvia no sabe es que no es la barba de Mario lo que ha marcado un antes y un después, sino la forma en la que él la mira a ella. Antes, Mario soñaba con la posibilidad de que Silvia, algún lejano y remoto día, se enamorara de él. Ahora sabe que lo hará antes de lo que ella misma podría nunca imaginar y la mira como si ya fuera suya desde antes incluso de verse por primera vez. Y Silvia, casi sin darse cuenta, ha interiorizado esa hipnótica y segura mirada e imperceptiblemente se ha entregado a él. También las tres cazamaridos fueron inconscientemente conscientes de ese compromiso no escrito pero imposible de romper entre Mario y Silvia y comenzaron a luchar para destruir lo indestructible, para derribar las murallas de Jericó del amor incondicional de Mario al son de las trompetas de la provocación sexual.

domingo, 5 de octubre de 2008

Silvia

Silvia vive soñando y sueña viviendo.

A veces se sumerge en las palabras escritas por poetas torturados por un amor no correspondido y sueña que, algún día, alguien sentirá por ella un amor tan incondicional y eterno como el descrito en aquellos versos.

En otras ocasiones prefiere perderse en la lectura de cualquier tipo de libro. No importa la historia, mientras le permita imaginarse como uno de sus protagonistas. Y viaja a lugares lejanos y desconocidos, descubre civilizaciones perdidas, se deja raptar por piratas con pata de palo, vuela junto a Peter Pan, participa en las intrigas palaciegas del Renacimiento, experimenta toda clase de sensaciones y sentimientos y bucea en múltiples vidas ajenas, invadiendo la intimidad de almas hasta entonces desconocidas.

Otros días se siente vaga y opta por sentarse ante la pantalla del televisor y pone una película o una serie, preparándose para participar en la existencia de los demás sin necesidad de ejercitar su imaginación.

Aunque, lo que de verdad le gusta, es dejarse atrapar por la melodía y la letra de cualquier canción. Tumbarse en la cama, ponerse sus cascos, cerrar los ojos, aislarse del mundo y dejarse llevar por los sentimientos despertados por la música. Es entonces cuando se siente realmente viva. Y sueña que aquellas palabras cantadas van especialmente dirigidas a ella. Y sueña que ella es la musa capaz de inspirar semejantes armonías. Y sueña que navega en un mar conformado por las notas musicales.

Y sale a la calle con una sonrisa dibujada perennemente en su cara. Y respira el frío aire otoñal mientras mentalmente tararea el último cd que ha escuchado. Y sueña con el último chico que atrajo su atención en el metro. Y, como no recuerda el color de sus ojos, sueña con una mirada indefinida, un crisol azul, verde y marrón capaz de hipnotizarla en un solo segundo.

Y, mientras Silvia sueña con desconocidos y pone en su boca palabras escritas por otros, Mario la observa en la distancia y sueña que, algún día, él será el protagonista de sus fantasías, el centro de todo su universo, la razón de su existencia.