Ya no estás aquí. Tu sombra no me roe los tobillos cuando mis pies trazan eses
por el Soho. No hay dolor, ni siquiera nostalgia; sólo un atisbo de tristeza por
lo que fue sin ser por miedo a lo que podría ser. ¿Cuántas vidas han pasado
desde entonces? ¿Cuántas veces he muerto en otros escenarios? ¿Cuántas pintas
han sido necesarias para despegar tu silueta de mi cuerpo? Te odié durante tanto
tiempo que aún no entiendo cómo he logrado finalmente perdonarnos. No hay
absolución sin purgatorio y ambos hemos pasado tanto tiempo en el infierno... Te
ensueño en la distancia, sabiendo que tu fantasma ya no puede engullirme de un
bocado, porque los fantasmas no tienen más poder que el que nuestra mente les
otorga y mi cerebro hace mucho que fue aniquilado por mis tripas (Dios salve la
omnipotencia de las vísceras). ¿Ves? La sangre sigue salpicando mis palabras,
pero ya no me asusta mancharme las manos ni teñir de grana mis labios. ¿Tú
también continúas apuñalando versos bajo la lluvia de un verano que nunca ha
sido merecedor de tal nombre? Se me olvidaba. Tú no eres poeta sino idiota y yo
no sé rimar tanta ponzoña; porque, por mucho que trate de negarlo, aún hay
veneno navegando los canales de mis venas. Pero no, tú ya no estás aquí y eso me
permite respirar las calles libres de tu imagen, bailar sin miedo a profanar tu
recuerdo, tirarme al suelo y morir sin freno. Porque esta ciudad vuelve a ser
plenamente mía y yo de ella y sólo sus cuervos pueden graznar toda mi verdad.
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
lunes, 8 de julio de 2024
martes, 11 de junio de 2024
Mi credo
Creo en las palabras que no pueden traducirse a otros idiomas, en las limitaciones del lenguaje y en la omnisciencia de los silencios. Creo en todo aquello que se siente sin poder ser explicado, en la brújula de las tripas y la corriente eléctrica que recorre mi cuerpo cuando rozas tu brazo con el mío. Creo en los nexos que subyacen entre personas que aparentan ser diametralmente diferentes, en el eco de otras vidas atronando los oídos de la presente y en la fe en un Dios que permanece oculto para comprobar la consistencia de todo aquello que custodia nuestro esternón. Creo en el arte como estado alterado de conciencia, en que no necesitas beber alcohol para estar borracho y en que no hay droga más poderosa que la falta de sueño. Creo que un solo hombre puede cambiar el mundo; pero que, probablemente, no vivirá para contemplar todas las consecuencias de sus actos. Creo en la forma en que tus labios liman las aristas del desastre, en que no conseguiremos materializar nuestros objetivos, pero sí culminar nuestra misión y en que llegará un momento en que nadie recordará nuestra existencia, salvo el aire que abrazó nuestros contornos y el mar cuya sal recrudeció nuestras heridas. Creo que hay muchas formas de morir, pero sólo una de vivir realmente. Creo en el mantra de tu risa, en el destello que alumbra tus ojos y ciega mi mente y en que nada de lo que hagamos podrá evitar que en un futuro acabemos de nuevo habitando el mismo universo paralelo. Creo que la intuición es mucho más fiable que el conocimiento, que una vez que aprietas el gatillo no hay forma de evitar la detonación, pero sí las víctimas mortales y que rendirse a los deseos y caprichos del destino es la única forma de poder ganar la partida. Creo en la música por encima de todas las cosas, en que el amor no evita nunca la desgracia, pero sí ayuda a sobrellevarla y en que quien no ha llorado alguna vez con toda su alma jamás podrá reír con todo el cuerpo. Creo que estas palabras se las llevará el viento y que, precisamente por eso, serán semilla y darán su fruto y lo que ocurra con ese fruto ya no dependerá de mí, sino de quien lo recolecte. Creo que es tan difícil como necesario mirar a la Verdad a los ojos y no retroceder ante su embate. Creo que ha llegado mi momento de dejar de salir corriendo y, no voy a mentirte, me muero de miedo, ¿pero acaso no llevo haciéndolo toda mi vida? Creo que nunca somos conscientes de la magnitud del cataclismo y de que, lo que verdaderamente nos asusta, es sobrevivir al mismo. Creo que no sabes lo mucho que te echo de menos y cuánto he aprendido a convivir con tu ausencia. Creo en las hadas que no vuelan y en las sirenas sin cola de pez. Creo que no estoy tan loca como pienso, pero sí mucho más de lo que todos adivinan. Creo que no hay finales definitivos y, por tanto, creo en la omnipotencia de los puntos suspensivos...
jueves, 23 de mayo de 2024
Combustión
Todo lo que quema arde bajo los leños de mis costillas. Cuando el humo amenaza
con asfixiar mi corazón, mi esternón se convierte en chimenea, desalojando de mi
pecho el espeso producto del incendio. No hay toxicidad en la combustión. Sólo
purificante liberación de niebla. Y es ahí, cuando la existencia desdibuja sus
contornos, que veo: lo de fuera y lo de dentro, los gritos y los silencios,
propios y ajenos, y, sobre todo, la consistencia de ese error atávico que
constriñe la existencia. Lo niego, pero lo entiendo, y ese saber arcano prende
la mecha que, algún día, lo dinamitará todo. Somos la herida, pero también la
cura; la luz de la vela que espanta el miedo infantil en mitad de la noche; el
arcoíris que otorga sentido a la lluvia. Somos un único corazón repartido en un
sinfín de cuerpos. Escucha. El latido es siempre el mismo. Sólo varían el ritmo
y su frecuencia. Te quiero, aunque no te lo diga; incluso cuando pienso que no
lo hago y este amor que me revienta las entrañas será lo único capaz de
sostenerte cuando todo lo demás se hunda. Ven. Camina conmigo hasta el cadalso
y, una vez allí, convierte al verdugo en ajusticiado. Porque sólo merece matar
quien está dispuesto a morir. ¿Eres realmente consciente de lo que esto
significa? Entonces, empuña la tea y enciende la hoguera.
sábado, 2 de marzo de 2024
En llamas
Mi cuerpo es plastilina entre tus manos, dúctil material que se metamorfosea al compás del deseo de tus dedos, carne blanda, rico misterio. Me convierto en todo aquello que tú concibes que puedo llegar a ser, pero ¿quién soy cuando me sueltas y tu ausencia endurece mis contornos? Me sueño a través de tus ojos; por eso, cuando cierras los párpados, oscureces toda mi existencia. Te necesito despierto, arquitecto de mis valles y montañas, agrimensor de cada centímetro de mi piel. Sí, lo sé, no se puede dimensionar algo que no tiene límites: este interminable latido, que tan pronto se expande como que se contrae, el quedo quejido de mis huérfanas entrañas, el tibio crujido de mis caderas bajo el peso de tu empuje. Sálvame, de la Nada que combatían Sebastian y Atreyu, de los hombres grises que pretendían asfixiar a Momo, de los ogros y los trasgos que no retrató Ende. Dibújame en el lienzo de tus labios, de un solo trazo a mano alzada, tan instintivamente como predicaban los fauvistas, pero con la frágil belleza que sólo supieron alcanzar los pintores románticos. Materialízame una vez más. Dame un punto de partida, unos cimientos firmes que sostengan el armazón de hierro que convertiré en esqueleto de mi nuevo yo y, luego, déjame ir. Permíteme olvidar todos mis condicionantes: el olor de tu ingle en contacto con mi boca, el murmullo de tu saliva desinfectando mi piel, mi imagen amplificada en tu retina. Necesito ser alguien distinto, interpretar un nuevo personaje, mudar de piel, desnudarme ante el espejo, entender al demonio que se refugia bajo esta superficie de alabastro, crear espacio para que crezca y asuma el control, ayudarle a prender la hoguera, diluirme entre sus llamas, entregarme a él en lugar de a ti, alumbrar sus hijos, fagocitar la culpa, saberme libre y restaurada, mariposa incandescente, fuego primigenio que nunca se apaga. Yo, la salamandra. Tú, la chispa que provoca el incendio. Nuestra historia, las cenizas que se diseminan al primer soplo de viento.
lunes, 29 de enero de 2024
Todo lo que digo sin decir nada
Me da miedo. El poder de mis palabras. La avalancha de sentimientos provocada por su reverberación. Los puentes que tienden entre los corazones-isla. El bumerán de su trayectoria. La desconfianza en tus ojos. La niebla en mi pecho. Todo el dolor que exudan mis metáforas. La máscara que vela, sin ocultar plenamente, mis más recónditos secretos. O, quizá no es miedo, sino respeto, infantil deseo de evitar la asunción de la responsabilidad de los huracanes provocados por el aleteo de mariposa de mis letras, ésas que siempre ordeno en sentido inverso al que dicta la lógica. Lo que escribo me condena y me salva a partes iguales y aún no sé cómo aceptar el hecho de que no hay cielo sin infierno. Esta verdad que ahora te expongo se ancla con saña a las paredes de mi estómago y yo, incapaz de digerirla, la vomito de muy diferentes formas. La mayor parte de ellas no las entiendo y esta incomprensión sólo acrecienta mi deseo de amordazarlas, de seccionar sus cuerdas vocales y colmar sus fauces de tierra para evitar que puedan rozar los tímpanos ajenos. Pero sé que tú siempre las has oído en cada una de mis miradas, que por eso te alejaste de mi lado, liberando mi lengua y mis dedos del cepo de tu amor, ayudándome a ser YO. Me dan miedo. Mis silencios de cristal. El compulsivo instinto que me incita a quebrar el vidrio de la ventana que separa nuestros mundos. El bruxismo tratando de contener el dique. Las huellas dactilares esposadas. El folio en blanco. La pantalla plagada de mentiras. La tinta camaleónica. El disfraz que me revela en contra de mi voluntad. O puede que no sea miedo, sino la angustia de saber que resulta indiferente gritar o callar, pues ambas acciones hablan de nosotros de una forma en la que nosotros mismos jamás seríamos capaces de explicar.
martes, 23 de enero de 2024
Hechizos (I)
Quería borrarte de mi vida. Volver al instante en el que decidí que tú podías
ser la solución a todos mis problemas, en lugar del epicentro del desastre.
Gritarme fuerte: ¡No es Él! Pero yo quería que lo fueras, que en la tierra yerma
prendiera la chispa y nuestros cuerpos se hicieran hoguera. Sólo mis palabras
ardieron, entre tu miedo y el mío, silencios de fuego, tu enfado, mi enredo. Y,
entonces, fuiste tú quien me suprimió de su existencia. Te odié por ello, sin
darme cuenta del favor que me brindabas, siendo lo suficientemente idiota como
para confundir el regalo con el daño. Quise vengarme, amputarte de mi recuerdo
antes de que tú terminaras de exorcizarme del tuyo. No supe hacerlo. Aún hoy, mi
carne recuerda el sabor de tu ausencia. Traté de encajar el espejismo en otros
contornos menos nítidos que la certeza de tu imposibilidad. La sombra de la
felicidad me perseguía, pero yo corría más que ella. Dinamité puentes. Perdí
guerras. Rechacé armisticios. Todos los personajes que inventaba acababan
volándose la tapa de los sesos; hasta que, al final, sólo quedé yo, frente a
frente conmigo misma y lo que vi era tan cierto que ya no pude mirar hacia otro
lado. También a Él le pasará lo mismo y te dará las gracias, convencido de que
el universo te puso en mi camino para conducirme al abrigo de su abrazo. Pero no
es cierto. Fui yo quien te eligió como guía de mi descenso a los infiernos.
También fui yo quien no te borró hasta estar segura de ser capaz de abrirme las
venas sin el escalpelo de todo lo que nunca llegamos a ser. Y ahora que el
momento de cortar el cordón umbilical ha llegado, te pido perdón, por no saber
soltarte antes de que la primera luna llena aullara sus hechizos en mis labios.
Nunca se me dio bien sustraerme a sus designios.
lunes, 22 de enero de 2024
Brujas (III)
De bruja a bruja: ¿en cuántos aquelarres has acabado entregando tu alma a Dios creyendo que se la vendías al mismísimo diablo?
sábado, 11 de noviembre de 2023
Epilepsia (I)
Nada acaba. Todo vuelve. A veces, con mucha más fuerza de la que se fue. El parpadeo de un amanecer preñado de posibilidades, el ardor de un mediodía dilatado de hartazgo, el ocaso de un atardecer que se diluye en el infinito. Suturo heridas, sabiendo que el hilo no podrá contener eternamente la sangre que amenaza con desgarrar la carne nuevamente. El amor y el odio golpeando desde dentro. La indecisión siempre titilando entre los labios. Cierro con llave puertas que se abren a la menor ráfaga de viento. El destino me viola de dentro a afuera y, luego, en sentido contrario. Lanzo conjuros que, en lugar de ahuyentarlo, avivan el huracán y, entonces, vuelo, por encima del miedo y el deseo, alto, tan alto que no distingo si hay o no red que proteja mi caída. Ya no hay vértigo, sólo nostalgia de los tiempos de ignorancia, de la paz inherente a la ceguera, de la culpa como coartada de la inacción. Es ésta una convulsión constante que contorsiona mi cuerpo desde la punta de mis pies hasta la última brizna de pelo de mi cabeza, amenazando con guillotinar mi lengua de un bocado, sin destello inicial que premonice su llegada. Y, en medio del ataque, nos veo, todos los futuros abortados, el pasado enquistado en neuronas terminales, este presente ansioso, empeñado en vendernos espejismos, peligros que sólo nacerán si creemos en ellos, trompetas apocalípticas y profecías de cieno. Nada acaba. Todo vuelve. A veces, con mucha más fuerza de la que se fue. La infantil risa que enlaza la carne de los nuevos amantes, el firme abrazo de la luz del faro que nos alumbra en la tormenta, el maduro adiós de quien acepta el final sin tratar de dilatarlo, TÚ.
viernes, 3 de noviembre de 2023
En el filo
El filo del cuchillo es tan auténtico como la sangre que brota de tu garganta. Ambos te asustan: el arma y la vida que se escapa. Niegas la violencia que anida en tus palabras; pero sabes que has matado en existencias anteriores, que podrías volver a hacerlo en ésta, tanto en sentido literal como figurado, porque la destrucción es hermosa y requisito sine qua non para construir algo. La mayor parte del tiempo, tú eres tu propia víctima; pero hay momentos en los que no te bastas y decides devastar a otras personas, incautos cegados por el sol que se oculta tras tus lunas. Pero tú eres noche, negro misterio, tierra de cráteres y océanos de hielo. Y ellos se queman en el glaciar de la distancia constante que media entre sus expectativas y tus necesidades. Tratan de convencerte de que tú eres el problema, pero no es cierto. Tú sólo interpretas los deseos del viento, tu carne erizada por la fuerza del huracán que palpita en el centro de tu universo más secreto. Lo has intentado. Cerrar los ojos y reprimir la náusea. No funciona. El vómito siempre termina derramándose entre tus dientes, salpicándolo todo de ácido. Deja de reprimir la arcada. Sólo la bilis puede redimir el pecado original de los amos del mundo, de los demonios que tratan de controlar tus sentimientos y limitar tus movimientos. Pero tú eres libre a tu pesar, aleteo de mariposa que dinamitará el mundo (que no fueras capaz de salvarlo no implica que estés condenada a perpetuar la derrota de los pobres). Si todos tus dioses se ahogan en vino puedes convertirte en adoradora de la vid o en etílico verso sin dueño. Reclama tu lugar en el sueño, antes de que quien te imaginó despierte. ¿Qué te asusta más? ¿Ser tu propia autora o una más de sus múltiples pesadillas? Te miras al espejo y te das cuenta de que, cuanto más te piensas, menos existes y, al mismo tiempo, confías en que él acabe transmutándote en metáfora perfecta o, mejor aún, en poema inacabado que trascienda todo olvido. Todas tus verdades gravitan en el filo del abismo. Por eso siempre se te ha dado tan bien hacer equilibrismos.
sábado, 7 de octubre de 2023
El dolor
El dolor ataca cuando se siente atacado, te apuñala cuando tratas de extirparlo, si intentas silenciarlo, te retuerce las entrañas hasta arrancarte el grito. Lo único que puedes hacer para combatirlo es aceptarlo, no resistir su embate, entregarte a él hasta que, creyéndose vencedor del duelo, relaje la saña con la que se ancla a tu carne. He tardado mucho en entenderlo; toda mi vida, para ser más exactos. Por eso pasé años llorando ríos de sangre a la orilla de tu ausencia, mi pena transmutada en vino deseoso de abrirse paso entre tus labios, sin Jesucristo capaz de convertirme de nuevo en agua. Aunque, llegados a este punto, supongo que debería pedirte perdón por ser incapaz de mostrarme ante ti sin el parapeto de una metáfora imperfecta; pero es que, si te soy sincera, tú nunca me has importado ni la millonésima parte de lo que (d)escribo. ¿Mentía antes o lo hago ahora?, te preguntarás, con toda la razón del mundo. Acepta mi consejo: no te fíes nunca de una escritora; especialmente, si finge no serlo. Las palabras siempre engañan, provocan guerras, rompen amistades, pulverizan corazones incautos. Saberlo no previene el daño, pero hace su digestión menos pesada. ¿Cuántas veces regurgitaremos el error antes de que sea capaz de absorberlo el intestino? Mírame bien: soy la mujer que danza desnuda bajo la luna, pero también la beata que ora afligida en el primer banco de la iglesia colmada de fieles. La verdad es el puente que une todas nuestras contradicciones. Recórrelo de punta a punta, una y mil veces, hasta que el suelo se abra bajo tus pies y el abismo te engulla de un bocado. Encuéntrame allí, entre restos de ilusión y brumas, esqueleto en ruinas, fantasma de carne y hueso que atormenta tus sueños. Yo soy el dolor y mi fuerza reside en tu negación.
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