sábado, 16 de marzo de 2019

El que no mira

Hace tiempo que no me encuentro en el lugar en el que estoy, siglos que te sueño a todas horas, eras geológicas desde que te marchaste. Últimamente observo mucho el cielo. ¿A qué distancia de la Tierra se hace visible el meteorito aniquilador? ¿Cuándo se dieron cuenta los dinosaurios de que iban a morir? ¿Qué tipo de organismos sobrevivirán al próximo cataclismo? La mayor parte de las respuestas científicas nunca aclaran nada. Ésta es la última vez que te pido una explicación. O, mejor dicho, la última vez fue la última vez. Esta vez no te pido nada, ni siquiera la mentira que te cuentas para poder dormir. ¿Por qué habría de querer zafarme del abrazo de mi insomnio? Hace tiempo que me cuesta concentrarme, siglos que confundo el pretérito perfecto simple con el imperfecto, eras geológicas que no vibro al son de sus canciones. Últimamente sólo tengo ganas de gritar, de patear todas las espinillas maleducadas que se cruzan, insolentes, en mi camino, de apuñalar paredes sin oídos ni memoria, sordas a los llantos vespertinos, indolentes a la soledad de los cobardes (a diferencia de Alain Delambre, yo siempre me he considerado una mujer violenta, aunque hasta ahora sólo haya dado rienda suelta a mis instintos más brutales en el ámbito verbal). Dime, ¿te has atrevido ya a ser cola de león o continúas contentándote con ser cabeza de ratón? ¿Por qué nunca me preguntaste mis motivos? ¿No te diste cuenta de que mi silencio era la única arma con la que podía volarte la tapa de los sesos? Y, sin embargo, fue mi sien la que acabó agujereada (tal vez debí haber averiguado el calibre de la bala antes de apretar el gatillo). Hace tiempo que no sé si mi cuerpo es real o tan sólo un espejismo, siglos que arrastro la carcasa de mi alma sedienta sobre la abrasadora arena del desierto de tu ausencia, eras geológicas que muero sin morir en ti. Últimamente me he dado cuenta de que no es más ciego el que no ve, sino el que no mira.

jueves, 21 de febrero de 2019

904 puestas de sol

Era un atardecer perfecto, la puesta de sol idónea para la persona más triste del universo, un final adecuado para todo aquello que nunca nos atrevimos a empezar. Era un sol ambivalente, misericordioso a la par que cruel, hirientemente hermoso a la vez que reconfortantemente deprimente. Era un ocaso envejecido, construido sobre mil ocasos precedentes, un crisol de colores antediluvianos, un lienzo fauvista, una orgía cromática, un cielo tan enfurecido como avergonzado, el atardecer perfecto, pero eso ya lo he dicho al comienzo de estas líneas, aunque quizá debería aclarar que yo era en ese momento la persona más triste del universo, no porque tuviera un verdadero motivo para ello, sino porque nunca supe poner fin al llanto con el que todos nos despedimos del útero materno. El día terminaba, el sol se derretía sobre el horizonte, mi corazón ardía y tú... Tú... Tú hacía tiempo que ya no compartías mis angustias. El taxista conducía como alma que lleva el diablo, yo sólo quería vomitar y el cielo era un alquimista puesto hasta las cejas de anfetas y alcohol. Me acordé de ti o, mejor dicho, de ti y de mí, de aquel otro taxi inundado de lluvia, de ese otro atardecer perfecto en el que nunca llegamos a vislumbrar el fallecimiento del astro rey. Haz que el mundo se detenga, que el tiempo gire en sentido inverso, que nuestras mentes callen y nuestras tripas hablen. Puede que el amor no triunfe, pero deberíamos dejar que, por una noche, nuestros cuerpos se tomen la revancha. Fenece la luz y yo continúo persiguiendo tu fantasma entre las tinieblas de una ciudad que nunca has habitado. ¿Cuándo volverán a colisionar nuestros insomnios?

miércoles, 20 de febrero de 2019

Desastres (V)

Algún día volveremos a coincidir en el espacio, pero nuestros tiempos jamás llegarán a sincronizarse.

martes, 12 de febrero de 2019

Maldito imbécil. Estúpida de mí

Es curioso, pero aún hay días en que creo que podríamos tener alguna posibilidad. Las imágenes cambian de repente, sólo por un instante, y lo que parecía que jamás podría ser se convierte, de pronto, no sólo en factible, sino en lógico y natural; porque lo ilógico y antinatural, más bien absurdo y aberrante, no es eso, sino lo de ahora, por más que tratemos de justificar nuestros errores. La lealtad hacia los demás empieza por uno mismo y tú y yo llevamos demasiado tiempo siendo infieles a nuestras tripas. Me culpo por dejarte marchar, sin darme cuenta de que el origen del desastre se remonta a varios meses antes (puede que 22, para ser más exactos). Creíamos que respetábamos unas barreras que no sólo no eran tales, sino que construimos no tanto para proteger a otros como para aniquilarnos a nosotros mismos. Despreciamos todos aquellos puntos de inflexión que nos brindaron la oportunidad de cambiar el rumbo marcado por nuestras brújulas desimantadas. Preferimos seguir la dirección trazada por una aguja que sabíamos totalmente equivocada, en lugar de tratar de guiarnos por la posición de las estrellas (tú, que sabías los nombres de todas las constelaciones de las que hablan en el Planetario; yo, que nunca he necesitado localizar a la Estrella Polar para saber dónde está mi Norte). Y nos decimos que es demasiado tarde, que ya no podemos hacer nada para cambiar sin destruir a otras personas. Y, sin embargo, basta un leve parpadeo para confundir nuestro abrazo primigenio con cualquiera de los abrazos que aún estaríamos a tiempo de darnos. Maldito imbécil. Estúpida de mí.

jueves, 7 de febrero de 2019

Ficciones (I)

Toda buena ficción se cimienta en una realidad inconfesable.

jueves, 31 de enero de 2019

Desastres (IV)

A veces nuestro mundo se derrumba y la única manera de mantenernos en pie es fingir que no estamos rodeados de escombros.

miércoles, 30 de enero de 2019

Peregrinos (I)

Somos madejas enredadas, hebras de lana sin tejer, proyectos de jersey que nunca llegarán a materializarse. Ambos abrazamos siempre a la persona equivocada, por miedo a arder en el calor del único abrazo que podría haber dado sentido a nuestras vidas. Temblamos, indefensos cachorros abandonados en el callejón más frío de Finlandia. Y ansiamos cerrar nuestros ojos, sólo un momento, tal vez, para siempre. Y nos perdemos para no encontrarnos, para seguir maldiciendo nuestros sinos y justificar nuestros insomnios. Y recorremos los diferentes Caminos de Santiago, pero nunca alcanzamos el prometido jubileo.

martes, 29 de enero de 2019

Desastres (III)

Te enamoraste de todo aquello que jamás me atreví a confesar y yo odié todas las palabras que no me obligaste a pronunciar.

miércoles, 16 de enero de 2019

Alergias (I)

Cosas que me hacen daño: los ácaros, los bivalvos, tu silencio.

martes, 15 de enero de 2019

That fucking song

Hay canciones que cicatrizan y hacen daño, todo al mismo tiempo; canciones que vuelven a ti cuando más las necesitas y menos las esperas; canciones que coreas con una sonrisa entre las desinfectantes lágrimas que se escapan de tus atribulados ojos refractantes; canciones que siempre te pillan con la guardia baja, propinándote un fuerte derechazo directo a la mandíbula; canciones que te resucitan y te matan y te vuelven a resucitar, sin solución de continuidad ni paréntesis para recuperar el aliento; canciones que siempre te llevan a casa, por mucho que hayas errado tu camino. Pero hay UNA CANCIÓN por encima de las otras, la que te destroza y recompone en un lapso de menos de cuatro minutos, la que escuchas sin necesidad de que resuene en tus oídos, aquélla cuya letra fue pescada en el pantano de tu tristeza desde la balsa de tu determinación más enconada, la única que describe a la perfección todo lo que pasó y no pasó entre vosotros, la del piano de acordes terroristas y voz herrumbrosa inmune a cualquier tipo de vacuna antitetánica, la que se oculta tras una maraña de puntos que sólo tú tratas de conectar. Esa puta canción.