Queríamos ser y no ser al mismo tiempo. Sé que es absurdo. Tanto Espíritu para tan poca Carne y el León rugiendo en el pecho, sobre todo, cuando el Sol es violado por la Luna y su Aura refulge en tus pupilas. El tiempo pasa, nada queda, salvo aquello que sí importa, una chispa capaz de alumbrarnos en las tinieblas, el pedernal que enciende el corazón justo un segundo antes de que la Vida se extinga para siempre. "Confía", susurra el Viento y, por primera vez, lo hago, incluso aunque crea que no del todo. Tu espectro, hoja perenne que colorea mis sueños, especialmente, cuando tengo los ojos abiertos. Mi nombre, escudo capaz de repeler a todos tus demonios, aunque aún no te hayas atrevido a usarlo; porque sólo tú conoces el poder de las letras que me conforman, la letanía que me define, la cábala que baila en tu manera de pronunciarme. No, puede que la Magia no resida en mí, sino en ti, en tu transparente modo de observar el mundo, de inventar trasgos y hadas, de tejer tu miedo entre mis ramas. O, quizás, no. Tal vez sea realmente yo la auténtica hechicera, el cuerpo que alimenta su hoguera, la ceniza que vuela, que respiran y que los envenena. Abrázame. Lástrame. No permitas que me eleve antes de tiempo. Convénceme de que es la tierra quien me requiere y no el cielo, que he de entregarme al barro en lugar de al éter, a ti y no a los ángeles y sus trompetas de Hamelín. ¿No las oyes? Son el Alfa y el Omega de todos mis males.
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