Miénteme bien. No insultes a mi inteligencia recubriendo la verdad con un fino y transparente velo que deja entrever todo lo que debería quedar oculto. En su lugar, maquilla la realidad con una espesa e impenetrable capa de pintura. Camúflala como a un guerrillero que lucha por conservar la vida. No dejes que la vea; pues, si lo hago, no podré volver a mirarte a la cara. ¿Cómo confiar en quien me toma por idiota? ¿Cómo seguir al lado de quien no me protege de una certeza que me atravesaría el bazo? ¿Cómo creer en quien no se molesta en borrar las huellas de la cara más inefable de sus actos?
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
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martes, 1 de abril de 2014
lunes, 30 de enero de 2012
Autoengaños (II)
El peso de tu cuerpo sobre mi cuerpo ya no me oprime el pecho. Miro al techo. Inspiro. Espiro. Respiro. Cierro los ojos. Suspiro. Jadeo. Gimo. Ésta será la última vez. Tu piel no volverá a chamuscar mi piel. Tu sudor no volverá a lavar el rastro de las manos y los dedos que no supieron activar los puntos G agazapados bajo mi piel. Tu lengua no volverá a invadir los rincones que otros no llegaron a descubrir. Tus labios no volverán a murmurar los mantras que los budistas no se atrevieron a entonar. No habrá más orgasmos de cristal que estallan sin avisar. No habrá gritos que no pueda amordazar ni confesiones que no sepa soterrar. Éste es el final. Lo juro. De verdad. Pero sigue un poco más. Despacio. Lento. Casi sin movimiento. Suspéndenos de este momento. Prolonga el fuego eterno. Condéname al infierno. Oprime el vientre incierto, inseguro, rígido y amedrentado. Tatúate en mi ombligo. Escóndete bajo mis párpados. Abrásame los huesos. Distiende mis tendones. Derrite la escarcha de mi pelo. Secciona todas mis venas. Desangra mis órganos más internos. Absorbe mi alma. Entierra mi cuerpo. Llévame muy dentro, porque yo aún te siento como parte de mi último aliento.
lunes, 2 de enero de 2012
Autoengaños (I)
Te superé sin darme cuenta. En mitad de un pestañeo, dejé de verte. No sé cómo ocurrió. Un segundo estabas clavado con un punzante alfiler en el fondo de mi retina y al segundo siguiente, sin que ni una sola lágrima te expulsara de mis ojos, simplemente desapareciste. Te busqué en los rincones más oscuros de mi negra pupila. Luego buceé en las esquinas más blancas y luminosas de mi globo ocular. Incluso remonté mi nervio óptico y llegué hasta mi cerebro, pero no quedaba rastro de tu presencia. Tú, que con tanta persistencia habías morado en la cuenca de mis ojos, abandonaste la sombra de mis pestañas sin preaviso y sin pagar las rentas atrasadas. No hubo ni habrá rendición de cuentas. Puede que no sea justo, pero me ahorraste instar tu desahucio y ahora puedo volver a alquilar mi mirada. Esta vez no habrá contrato anual, puede que ni mensual. Será un apartamento veraniego arrendado quincenalmente por el primer guiri dispuesto a hacer las maletas antes de terminar de deshacerlas. No quiero más inquilinos eternos que destrocen los muebles de mi cordura, que sobrecarguen la red eléctrica de mi sistema nervioso o que inunden el cuarto de baño de mis rincones más íntimos. Quiero orden, quiero limpieza, quiero civismo y sequedad, quiero paz, quiero controlar todo lo que nunca pude controlar contigo dentro de mi hogar. Y sin embargo te echo de menos de nueve a dos, de cinco a seis y de once hasta la hora en que se termina el alcohol de los besos de cartón que desinfectan el escozor de la herida que, en realidad, nunca se cerró.
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