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domingo, 7 de mayo de 2023

Mayo (II)

El sol oculta la luna. Grado 15 de Escorpio. Te suelto a ti, en lugar de a mi miedo.

Despierto, si es que llegué a dormir en algún momento, el mar oleando en mis simas, tu mirada burbujeando en mi piel.

Hay heridas que sólo la sal de tu lengua podría cicatrizar, pero el escozor que me provocaría el contacto con tus labios me frena.

Quiero y no quiero todo esto. Huyo con la esperanza de que me persigas. Me paro, cruzando los dedos para que me des alcance.

Vuelvo al origen, al error que no caduca, a la voz que dio forma a mis desvelos. Me columpio en sus metáforas. Me abrazo a sus aristas. Dejo que mi piel se rasgue en direcciones contrarias. Soy la asesina que llora sobre un cadáver acuchillado con mis propias manos.

No distingo tu sangre de la mía. Ambas encharcan el suelo. Ninguna coloreará de grana nuestro tísico recuerdo.

Mi esencia es el grito, la náusea, el aullido. Lo niego, porque sé que es cierto. Trato de engañarlos a ellos, ya que no sé mentir a mi reflejo. ¿Qué ves tú? ¿La verdad o la careta? Nunca me había asustado tanto una respuesta...

Disparo y espero y el tiempo muere entre mis dedos. Habito el espacio que flota entre estos párrafos. Me enamoro del vacío que los colma.

Te digo que no, que nunca estuvimos tan cerca del desastre como el año que nada turbaba nuestro sueño.

Sonríes y el universo es menos hostil que hace un instante y sé que, la próxima vez que colisionemos, mi cuerpo no hallará razones para poner tierra de por medio.

martes, 14 de julio de 2020

Mayo (I)

A veces, la vida se detiene. Ya no hay palabras. Sólo imágenes discontinuas adheridas a la cara interna de los párpados: el agua derramada precipitándose lentamente hasta el suelo, gota a gota, plof, plof, plof; la oscuridad rasgada por el ronquido del enfermo; la lluvia resbalando en el cristal del autobús, desdibujando los olivos y las chimeneas de las minas; el rojo de la sangre que se escapa de las venas y el que colorea las manos irritadas; la angustia, el miedo, la duda, el anhelo en cada gesto, en cada cara, en cada cuerpo ceniciento. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí y, sobre todo, cómo evitaremos el desastre definitivo? Te quiero, aunque no sea suficiente, aunque el amor, probablemente, no alcance a encontrar la forma de salvarnos. Y, sin embargo, hay veces en que sólo una mano ajena es capaz de taponar la herida, de detener la hemorragia, de cauterizar el tajo que hiende la carne. Supongo que en eso consiste la fe: en creer que una caricia bastará para retener todo aquello que se nos escurre irremediablemente entre los dedos.