lunes, 28 de julio de 2008

Adiós, pequeña, adiós

Cuando, por primera vez, vi "El indomable Will Hunting" creí firmemente que Matt Damon y Ben Affleck eran dos auténticos superdotados. Con el tiempo, comencé a cambiar de opinión y pasé a considerar que Matt Damon era el único superdotado de la citada pareja y que Ben Affleck no era más que un actor, supuestamente guapo, incapaz de interpretar de manera convincente otro papel que el del típico Ken (novio de la muy famosa Barbie), al que su muy amigo Matt había otorgado el inmerecido honor de ganar un óscar como mejor guionista.
Pues bien, después de ver esta genial película no me queda otra que retractarme de todo lo anterior y quitarme el sombrero ante un enorme director y un tío muy inteligente que, consciente de sus limitaciones interpretativas, ha tenido el acierto de ceder todo el protagonismo a su hermano Casey, que, como ya acostumbra, borda el papel de investigador privado de tercera dispuesto a llegar al fondo del asunto en lo que al secuestro de una niña de cuatro años, hija de una drogadicta, se refiere. El acierto del mayor de los hermanos Affleck no se limita a su labor como director y co-guionista a la hora de adaptar a la gran pantalla la novela del autor de "Mystic River", sino que sabe, además, rodearse de un genial grupo de actores, algunos de ellos, ampliamente consagrados (como Morgan Freeman o Ed Harris) y, otros, jóvenes promesas cinematográficas cada vez más consolidados en el mundillo hollywoodiense (como el hermanísimo Casey Affleck, la conmovedora Michelle Monaghan o la visceral Amy Ryan). Así, sobre una cuidada dirección, un guión a prueba de balas y unas actuaciones extremadamente reales, Affleck no sólo nos ofrece una muy bien entretejida trama policíaca, sino que, adicionalmente, consigue retratar a la perfección la humanidad de todos y cada uno de los personajes que conforman esta historia, consiguiendo que el espectador recorra una amplia gama de sentimientos encontrados y contradictorios a lo largo del metraje de este film. En definitiva, una gran película, se mire por donde se mire, capaz de revolver las tripas a cualquiera y que no dejará indiferente a nadie.

El tren V

Así fue como Lucía cumplió dieciocho años y, poco después, comenzó la carrera de Farmacia; circunstancia que aprovechó para reducir los viajes a Valencia a un fin de semana al mes, pues, tal como argumentó ante su padre, el incremento de la carga lectiva y académica que suponía el salto a la universidad no le permitiría seguir con el ritmo semanal de visitas que había llevado hasta entonces.
Sus dos primeros años en la Complutense fueron de los más felices de su vida. Es cierto que entre las clases, las prácticas y las horas que debía dedicar al estudio, si no quería perder curso, no le quedaba mucho tiempo libre, pero siempre disfrutaba al máximo del mismo en la compañía de Salva. Además, aunque lamentaba ver menos a su padre, se alegraba de haber reducido sustancialmente sus viajes en tren y, por supuesto, de haber disminuido el número de horas en las que tenía que aguantar a la maravillosa Marga. Por eso, la desgracia la cogió esta vez totalmente desprevenida.
Acababa de llegar a casa y, mientras se comía rápidamente un sándwich antes de volver a la universidad, puso las noticias. Primero, las últimas novedades de la actualidad política del país. A continuación:
“Un joven de 23 años ha fallecido a las 8:45 a.m. al ser arrollado por un convoy de metro en la estación de Alonso Cano, correspondiente a la Línea 7 de Metro, después de que otro joven de 27 años le empujara a las vías, al parecer, sin mediar palabra.
El joven, identificado como Víctor M.G., permanece detenido en dependencias de la Comisaría de Chamberí, según informaron fuentes de la Jefatura Superior de Policía de Madrid. Se baraja la hipótesis de que el chico, que carece de antecedentes, padezca algún tipo de trastorno psicológico…”
“¡Dios mío! ¡Cómo está el mundo! ¡Y encima en mi barrio! ¡Mierda! Llego tarde otra vez”. Y salió disparada hacia la universidad. En ningún momento pensó que el fallecido pudiera ser alguien conocido. Por eso, al llegar a casa por la noche, se extrañó tanto al encontrar en su salón a los dos compañeros de piso de Salva, más pálidos que un cadáver y con evidentes signos de haber estado llorando.
“¿Estáis bien? ¿Ha pasado algo?” “¿Es que no has visto las noticias?” No necesitó mucho más para comprender lo que había sucedido. La habitación comenzó a dar vueltas a su alrededor mientras los dos muchachos le relataban lo ocurrido. Lo último que vio Lucía fue la imagen de Delfín saltando a la vía del tren, sólo que en esta ocasión no había sido su perro el arrollado por un ferrocarril.
Ni todos los psiquiatras y psicólogos del mundo habrían sido capaces de acabar con sus pesadillas, pobladas de crueles trenes asesinos que aniquilaban todo lo que ella había amado alguna vez. Los somníferos, ansiolíticos y antidepresivos no consiguieron erradicar su profundo dolor. Todos y cada uno de los rincones de Madrid y, sobre todo, de su edificio le recordaban sin cesar que Salva ya no estaba allí y que nunca volvería. Habría preferido mil veces ser sustituida por otra mujer, como le había sucedido a su madre, porque al menos así existía la remota posibilidad de volver a estar juntos algún día.

sábado, 26 de julio de 2008

El tren IV

Pero el tiempo pasó y la bella muchacha continuó viviendo su rutinaria existencia sin que ningún acontecimiento digno de mención la sobresaltase. Y así cumplió diecisiete años a bordo del tren dominical que la traía de regreso a la capital de España. Y fue allí, en la estación de Atocha, el día de su cumpleaños, donde vio por primera vez a Salva. Ella, que nunca había creído en el amor a primera vista, sintió cómo las flechas de cupido traspasaban su maltrecho corazón, mientras sus celestes ojos se prendían irresistiblemente de la mirada color miel de ese alto y atractivo desconocido, al que jamás creyó que volvería a ver.
Por eso, cuando, al día siguiente, la portera de su bloque le presentó a uno de los estudiantes universitarios que habían alquilado el piso de enfrente del suyo, casi se desmaya al comprobar que aquellos ojos que ahora le sonreían eran los mismos que había contemplado la noche anterior, poco después de bajar del tren. Aunque en aquella ocasión fue incapaz de decir algo más que un simple “Encantada de conocerte”, hubo otros muchos encuentros entre ambos, con sus consiguientes ocasiones para entablar largas y estimulantes conversaciones, y, sólo tres meses después, Salva y Lucía eran ya novios formales.
Fue en esa época cuando el odio de la muchacha hacia los trenes creció de forma exponencial, multiplicándose hasta el infinito; pues, ahora, además de aquellos aciagos recuerdos, representaban el alejamiento de su primer y único amor. Sin embargo, esos dos días y medio que pasaban alejados cada semana eran la única sombra capaz de oscurecer su recién estrenada felicidad. Ni siquiera los desequilibrios anímicos de su madre eran ahora capaces de entristecerla; pues, al tener a alguien con quien compartir sus penas y problemas, éstos se minimizaban hasta casi desaparecer por completo.

miércoles, 23 de julio de 2008

El tren III

Lucía y los trenes lograron convivir pacíficamente durante un cierto período de tiempo, a pesar de que ella jamás olvidaba todo el dolor que los mismos le habían causado. No obstante, el armisticio no duró demasiado; pues, poco después de cumplir diez años, un viernes, cuando viajaba a Valencia, su madre la llamó al móvil para comunicarle la muerte de su querida y dulce abuelita. La entrañable viejecita había muerto de un infarto dos horas antes a bordo del Regional que la llevaba de vuelta a su pueblo, después de pasar las vacaciones navideñas con su hija y su nieta.
Es cierto que Lucía y su “yaya” sólo se veían dos o tres veces al año; pero el amor que sientes por una persona, en la mayoría de las ocasiones, no es proporcional al tiempo que pasáis juntos. Unas semanas al año pueden resultar más que suficientes para conocer y querer a alguien, sobre todo si esa persona tiene una sonrisa capaz de iluminar el rincón más negro del más oscuro túnel. Al fin y al cabo, si no hubiera sido por su abuelita, las Navidades sólo habrían sido una de las peores épocas del año; el momento en que su madre siempre recaía en la depresión de la mujer abandonada y despechada, los días en los que Lucía más echaba de menos una figura paterna que arrancara la botella de cava de las avaras garras de su madre para evitar que acabara vomitando en medio del pasillo, mucho antes de conseguir alcanzar la taza del wáter. Afortunadamente, “mamá Gloria” siempre estaba allí en esos momentos, si no para evitar la borrachera de su hija, sí para remediar sus consecuencias y, sobre todo, para lograr que su nieta fuera capaz de dormirse a pesar de los estentóreos gemidos y lamentos de su progenitora. Su abuela siempre creyó que eran los cuentos de princesas y dragones, brujas y hadas madrinas, duendes y demás seres fantásticos los que obraban el milagro; nunca supo que una sola de sus sonrisas era más que suficiente para sosegar los descontrolados latidos del corazón de su pequeña nieta.
Lucía sabía perfectamente que un infarto es una de las muertes más naturales que existen, pero en su fuero interno estaba convencida de que “la maldición de los trenes” había vuelto a atacar, cobrándose una nueva víctima. No obstante, no le quedó más remedio que seguir conviviendo con el cruel asesino, viajando en él dos veces por semana y esperando con auténtico pavor el próximo ataque.

martes, 22 de julio de 2008

Mis canciones del lunes

Porque, aunque todavía no haya perdido ningún avión, yo también hay cosas que me merezco por tonta.



Porque fue la canción con la que Zahara terminó el concierto de ayer en el Búho Real, aunque el vídeo es de un concierto anterior. Y porque yo también quiero encontrar a mi propio chico fabuloso.

El tren II

Sí, Lucía odiaba los trenes y no sólo por la gran cantidad de horas que pasaba a bordo de ellos, sino porque todos sus malos recuerdos estaban asociados con este horripilante medio de transporte; comenzando, como no podía ser de otra manera, por el divorcio de sus padres.
A pesar de que ella sólo tenía cuatro años, todavía recordaba perfectamente, como si hubiera ocurrido ayer, el día en que acompañó a su madre a la estación de Atocha para despedir a su padre, un importante abogado que iba a Alicante por motivos de trabajo. “Sólo estaré fuera una semana, cariño. Y, cuando vuelva, te llevaré al zoo para que veas esos delfines que tanto te gustan”. Ni su madre ni ella pudieron imaginar que la semana se convertiría en un mes y, ese mes, en dos y que, cuando finalmente regresara a casa, sería para presentarles a la jovencísima y bellísima Margarita Ochoa Gutiérrez, la primogénita de su cliente alicantino. Desgraciadamente, su padre no había vuelto para llevarla al zoo, sino para pedir el divorcio.
Así que, desde bien pequeña, Lucía identificó los trenes con las múltiples promesas incumplidas de su padre, con la enorme depresión de su madre y con esa sensación de desamparo y abandono que siempre la había acompañado desde entonces.
No mucho tiempo después, cuando ella acababa de cumplir siete años, otro tren se encargó de arrebatarle al que, hasta entonces, había sido su único amigo: Delfín. Supongo que no es un nombre demasiado habitual para un perro, pero a Lucía siempre le habían gustado estos mamíferos acuáticos; por eso, cuando su padre le regaló un bonito cachorro de cocker spaniel inglés, pensando que así podría paliar el dolor que la ausencia paterna provocaba en su hija, ella no dudó ni un momento en cuál era el nombre con el que quería bautizarlo.
Es evidente que un perrito, por muy fiel y amistoso que sea, nunca podrá suplir el amor y los cuidados de un padre, pero a Lucía le habría sido mucho más difícil sobrellevar su existencia sin la inestimable ayuda y compañía de Delfín. El lindo cocker no sólo se convirtió en su compañero de juegos, sino también en su gran confidente; aquél a quien contaba todos sus problemas y preocupaciones, sus miedos y temores, sus escasas alegrías y sus grandes penas. Sin embargo, no tuvo la precaución de explicarle a Delfín lo malos y perversos que pueden resultar los trenes.
Así fue cómo, uno de los múltiples viernes en que su madre y su dulce perrito la acompañaron a coger el ALARIS que la llevaría a pasar el fin de semana con su padre, que ya entonces se había mudado a Valencia con su recién estrenada mujercita, Delfín, aprovechando los abrazos y últimos besos de despedida de Lucía y su madre, se alejó de ellas persiguiendo una llamativa mariposa. Y así, corriendo tras el alado y colorido insecto, saltó a la vía del tren, en el preciso momento en que éste hacía su triunfal entrada en la estación, arrollándolo sin compasión, mientras Lucía sólo tenía tiempo de cerrar los ojos para no contemplar el macabro espectáculo.
Tardó mucho tiempo en olvidar tan nefasto accidente e hizo el firme propósito de no volver a acercarse a una estación de ferrocarril; pero los adultos no suelen respetar los deseos de los niños y, dos semanas después de la muerte de Delfín, su madre la arrastraba de nuevo hacia Atocha y la obligaba a montar en aquel ALARIS asesino. Eso sí, aconsejada por el psicólogo al que la llevó para que superara su trauma y que era partidario de enfrentar a las personas con sus miedos más arraigados. Lucía, como no podía ser de otra manera, lloró, pataleó y gritó todos los viernes y todos los domingos en los que la obligaban a viajar en aquella máquina infernal; pero, tres meses después, acabó resignándose a su suerte y se alegró al comprobar que el viajar en tren sin armar ningún espectáculo supuso la ventaja de dejar de acudir a la consulta de aquel estúpido psicólogo, empeñado en demostrarle que Delfín no había sido su mejor amigo, sino un mero animal de compañía.

lunes, 21 de julio de 2008

Mi canción del sábado

Porque el suyo fue de largo el mejor de todos los conciertos que vi en el Summercase. Y porque Paul Banks es uno de los hombres más perfectos que he visto nunca: vaya lunares más bien puestos, vaya ojos, vaya boca, vaya voz, vaya forma de tocar la guitarra, vaya letras, vaya estilazo.

El tren I

Miró por la ventana. La lluvia caía incesantemente, desdibujando el paisaje, mientras el tren avanzaba implacable hacia su destino. Gruesas gotas de agua resbalaban por el cristal, paralelamente a las lágrimas que comenzaban a abandonar sus celestes ojos.
No era la primera vez que Lucía viajaba en tren. En realidad, siempre había tenido la sensación de haber malgastado gran parte de su corta vida sobre las vías de un ferrocarril. Claro que eso es lo normal cuando eres hija de padres divorciados que comparten tu custodia y viven en diferentes ciudades. De lunes a viernes, Madrid. El viernes por la tarde coges un tren para llegar a Valencia, donde te espera un largo fin de semana con tu padre y su nueva y flamante esposa. Y, después de algo más de dos días fingiendo que no desearías ver a Marga fulminada por un rayo, de nuevo el tren, esta vez en sentido contrario, para volver a enfrentarte a tu gris existencia semanal.

domingo, 20 de julio de 2008

Mi canción del viernes

Porque el suyo fue el concierto que más me gustó de los que vi el viernes en el Summercase. Porque esta canción me encanta. Porque en directo molan un huevo. Y porque creo que me he enamorado de Ricky Wilson.

Viaje al infinito XI

5 de marzo de 2734:

“– 3R4280 lo logrará. Él podrá advertir a los demás. Su disco duro contiene toda nuestra historia, toda la historia de la destrucción de la humanidad, nuestros errores y fracasos y también todos nuestros aciertos. No hay nada que se pueda hacer por nosotros. Ya es demasiado tarde. Todo está perdido para los hombres. Pero sabemos que hay seres inteligentes en otros planetas. Ellos verán esto y aprenderán. Aprenderán a evitar nuevos desastres, nuevos sufrimientos, nuevas destrucciones.
-Pero quizás aún no sea demasiado tarde. Quizás hay esperanza todavía. Aún no conocemos bien el funcionamiento del tiempo. Quizás ellos sepan retroceder al pasado y arreglarlo todo. Quizás no todo está perdido.
-Puede que tengas razón, pero en todo caso dependemos de nuestro amiguito y no arreglaremos nada huyendo de nuestro hogar para morir en algún lugar del infinito espacio.”

¡Dios mío! ¡Ahora lo recuerdo! ¡No soy uno de ellos! ¡Ellos me crearon!
“La primera máquina capaz de pensar y sentir por sí misma, como si de un humano se tratase; pero sin estar sometido a las penalidades de las enfermedades o de la muerte. Una máquina indestructible e invulnerable a cualquier tipo de virus informático.”
Eso fue lo que dijeron en mi presentación a la sociedad. Eso y muchas otras alabanzas más.
Sí. Me dieron la capacidad de pensar, de aprender, de sentir, de amar, incluso de creerme un ser humano; pero también la capacidad de sufrir y la suficiente inteligencia como para saber que en este eterno viaje sin rumbo fijo hacia el infinito no habrá nada ni nadie que me acompañe, excepto mis remordimientos por no haber sido capaz de cumplir la única misión que mis creadores y amigos me encomendaron.
Supongo que ellos nunca fueron lo suficientemente inteligentes como para darse de cuenta de que un ser con la capacidad de sufrir nunca debería ser indestructible y eterno.