De todos los días que te quise, sólo hubo dos o tres que no te odié. Puede que menos, pero eso ya no importa. Cada vez que mueres, hay una parte de mí que resucita, que se libera del peso de tus dedos sobre mi piel, de tus besos arrodillándose en cada una de las estaciones del vía crucis de mis miedos y deseos, de tu lengua clamando al cielo para que el llanto de su lluvia apague algunos metros cuadrados de este infierno. Pero, en lugar de dejarnos ir, continuamos clavándonos las uñas, hasta que se desgarra el alma y brota la sangre y se derrama la vida y huye la muerte, porque sólo las palabras son eternas, todo lo demás se convertirá en un puñado de ceniza que el tiempo nos arrojará a la cara, escociendo nuestros ojos, sin que las lágrimas puedan limpiar el daño y devolvernos la visión. El futuro es un arpón que ensarta ballenas blancas. Por eso nos rebozamos en el barro, hasta convertirnos en sombras imposibles de cazar y corremos en direcciones contrarias, para acabar chocando con el mismo muro. Sólo somos dos insectos que se estrellan contra el parabrisas de uno de los múltiples coches de la autopista, pero recuerda: aunque nuestras alas se quiebren, aún podemos arrastrarnos por el cristal hasta caer al suelo.
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
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jueves, 4 de septiembre de 2014
miércoles, 19 de marzo de 2014
Insectos (V)
Comenzó a llover, tal y como habían predicho las noticias. Gotas gordas, preñadas de agua, humedecieron el suelo, de forma lenta, pero insistente. Debería haber sacado el paraguas y guarecerse bajo la tela que recubría sus frías varillas de metal, pero su corazón necesitaba mojarse y, ya que no era capaz de hacerlo en sentido figurado, optó por el sentido literal. Al llegar a casa estaba empapada, pero no hizo ningún amago de desprenderse de su chorreante ropa. Simplemente cerró la puerta de la calle y caminó despacio hasta el salón, dejando a su paso un sucio reguero, nada adecuado para el cuidado y conservación del parquet. Se sentó en el sofá, cogió el mando y encendió la tele. Cambió innumerables veces de canal, sin encontrar lo que buscaba, mientras, debajo de ella, los cojines se esforzaban por absorber la incontrolable inundación de la que eran víctimas. Las vacuas y coloridas imágenes se sucedían a ritmo frenético frente a sus acuosas retinas. Un moscardón zumbaba junto al cristal de la ventana, tratando en vano de encontrar una salida, estrellándose una y otra vez contra el cristal cerrado. Irónicamente, sus frustrados intentos de huida la reconfortaron. Aunque él no lo supiera, era mejor así. Si lograra escapar existía una alta probabilidad de que muriera ahogado bajo la lluvia. Incapaces de soportar el peso del agua, inutilizadas, sus alas dejarían de funcionar en poco tiempo, provocando su irremediable y acelerada precipitación en el vacío o, lo que es peor, en un charco que para él sería tan profundo como el mar. Pero, ¿y si consiguiera refugiarse bajo la marquesina de autobús de la acera de enfrente? ¿Lograría llegar hasta ella antes de que fuera demasiado tarde? ¿La vería siquiera? En un repentino arrebato, se levantó y abrió ligeramente la ventana. El moscardón no tardó en encontrar la rendija que le permitiría salir al exterior y su molesto zumbido se perdió pronto en la lejanía de la lluviosa tarde. Nunca supo si el díptero insecto logró salvar su insignificante vida. La suya se extinguió lentamente, buscando esa rendija liberatoria que nadie jamás puso a su alcance o que ella no fue capaz de hallar.
lunes, 23 de septiembre de 2013
Insectos (IV)
Arañas trepando por mi cara. Serpientes que se enroscan en el contorno de mi ombligo. Hongos bajo las uñas. También en otros sitios, húmedos, fríos, oscuros e inhabitados. Un ataque epiléptico me libera de algunos de los insectos que me utilizan como nido. Las ratas huyen por el pasillo, perseguidas por los escorpiones que dormían al abrigo de mis labios. Un ciempiés cuenta despacio los dedos de mis manos. El número le resulta extraño. La perplejidad de las mentes inferiores no es tan distinta de la que tortura a las mentes superiores. En contra de lo que dijo Aristóteles, en el término medio no está la virtud, sólo el tedio y la impasibilidad de los burgueses.
miércoles, 3 de julio de 2013
Insectos (III)
Volverán las cucarachas al apagar todas las luces, pero ningún grito escapará de tu garganta. Dejarás que recorran la inerte carretera de tus piernas, trepando por tu tripa, por tu pecho y por tu cuello, alcanzando al fin el negro abismo de tu muda boca. Crujirán entre tus dientes y exhalarán su último hálito de vida torturadas en el ácido gástrico de tu estómago, incapaces de que su machacado cuerpo nade hasta una orilla que no existe. Sólo tienes que reprimir las náuseas y amordazar el terror que amenaza con dinamitar tus cuerdas vocales. Sólo tienes que callar y masticar. Si no te mueves, no se salvarán.
lunes, 1 de octubre de 2012
Insectos (II)
Te quiero, de esa forma que no desaparece con el tiempo, de esa manera que no se diluye con el transcurso de los días. A todo el mundo le ocurre una vez en la vida, pero no debería haber sido contigo. Traté de evitarlo y, luego, traté de negarlo. Curiosamente, ahora que lo acepto no duele tanto. Sólo tengo que concentrarme en luchar contra el impulso de arrojarme entre tus brazos. Todo lo demás no importa. Maldito karma. Demasiadas cucarachas asfixiadas en toneladas de Cucal. Seguro que alguna no se merecía la muerte y ahora soy yo la que se ahoga tan cerca y tan lejos de tus labios, sabiendo que no puedo ni debo derretirme entre tus dedos, esforzándome por amordazar este deseo que ya ni detengo ni contengo.
jueves, 20 de septiembre de 2012
Insectos (I)
Hay arañas y hormigas sobre mi cama. Las primeras quieren tejer sueños lo suficientemente hermosos como para que quiera quedarme eternamente atrapada entre sus redes. Las segundas sólo esperan a que muera de felicidad para devorar poco a poco mi cadáver. Me gustaría aplastarlas y dormir en paz, pero son demasiadas y, si asesino a una, las demás se reproducirán en progresión geométrica. Una mosca zumba cerca de la ventana. Quiere salir, pero no puede. La cerré antes de acostarme. La necesitaba como sacrificio. Mientras ella lucha por zafarse de la telaraña que nos envuelve, yo podré descansar plácidamente en los brazos de Morfeo. Lo siento, pero no tendré remordimientos. Era la mosca o mi vida y nunca me fié de quienes pudiendo volar prefieren alimentarse de la mierda que yace sobre el suelo.
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