Un copo de nieve se posa en la punta de una de tus pestañas. Parpadeas, pero la gota de cristal se adhiere con fuerza, obstinada, irreverente, desobediente. No quiere morir, no quiere besar el suelo y derretirse agonizante sobre esta tierra de inmigrantes. Te rindes y continuas caminando, ajena al frío que nubla ahora tu mirada.Te adentras más y más en el bosque. Cruje el hielo triturado por tus botas. Echas de menos el sol de los días claros de verano, pero no puedes renunciar al cortante silbar del viento ártico. Él sabe que no te irás, que no le seguirás hasta la orilla de ese mar meridional que ahogaría todas tus esperanzas y tus sueños. Su azul no es suficientemente limpio. Su brisa, demasiado cálida. Y, aún así, dudas (sólo sus manos saben envolver tus noches). Aceleras el paso porque te ahogas o te ahogas porque aceleras el paso. No sabes qué fue primero. No sabes esquivar el miedo. La fuga de una lágrima arrastra al copo de nieve hacia la muerte que consiguió esquivar en un primer instante. Sólo es otro pulso ganado por el destino.
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
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jueves, 28 de noviembre de 2013
lunes, 4 de marzo de 2013
Nieve (III)
553,15 km nos separan. Casi el doble si no consigo trazar una perfecta línea recta. Parece una gran distancia, pero hace tres noches el abismo insalvable era mucho mayor. Me gustaría ser capaz de correr descalza para llegar hasta ti sin que me oyeras, pero la planta de mis pies es demasiado frágil para soportar el roce despiadado de la arena del camino. No, no sucumbiré a la tentación de buscarte en los troncos huecos de los árboles de la Selva Negra. Gastaré los últimos szlotis que me quedan y huiré hacia el Norte, en busca de luces boreales que tiñan de rosa mi existencia, huyendo de las risas de los cucos de los relojes que miden el tiempo que no pasaremos juntos, recitando con vehemencia los salmos suspendidos en el aire agitado por las campanas más vetustas de Praga. Lo siento, pero ahora eres parte de este Sur cuyo recuerdo me hiere a cada instante. Si alguna vez quieres encontrarme, llama al timbre de la verja que separa el Círculo Polar Ártico de ese mundo de amantes cuyos nombres no son capicúas. Si no quieres volver a verme, cuenta ovejas mientras duermes.
miércoles, 27 de febrero de 2013
Nieve (II)
Nieva. Nieva mansamente sobre Madrid y no puedo evitar pensar en ti, perdido en otras nieves menos australes, horadadas por las pezuñas de los renos, cuadriculadas por raquetas que no juegan al tenis, inmaculadas fuera del camino que recorren los más valientes, los que no sienten el frío, porque son de sangre caliente o amantes incondicionales del vodka. Entiendo que no vuelvas, igual que tú entenderás que no deje de mirar por la ventana, contemplando el suicidio colectivo de estas lágrimas heladas, calculando las horas de vida que les restan antes de que el débil sol de invierno derrita su existencia, imaginando que tú también contemplas un espectáculo similar, más frío, más animal, más ancestral. Sé que tus ojos lloran porque no saben apreciar la luz de la nieve, de este blanco nuclear que sepulta las miserias del asfalto, de este hielo que refleja el sol oculto tras el gris de las nubes. Quiero salir, dejar que los copos esculpan sobre mí una nueva forma, más rubia, más alta, más vikinga, disfrazarme para poder colarme bajo tus sábanas sin que adivines que es a mí a quien tienes entre tus brazos, que son mis muslos los que estrangulan tus caderas y mi lengua la que palpa el contorno de tus dientes; pero hay dos cosas que nunca podré ocultar. Tú eres el único que las conoces. Por eso te anhelo bajo la nieve.
domingo, 24 de febrero de 2013
Nieve (I)
Dicen que va a nevar, pero no les creo. Levanto la vista y ni una nube forra el cielo. Más abajo, el frío no me desgarra la piel, tan sólo la araña tímidamente. En Budapest sé que es distinto. Allí sí nieva, con tanta frecuencia que el hecho de que el suelo se cubra de blanco no se convierte en fiesta nacional. A veces pienso que es una pena que una ola polar sea algo tan habitual. En otras ocasiones me doy cuenta de que sólo a bajo cero refulgirán tus ojos en todo su esplendor. Yo nunca los he visto en pleno apogeo. Por eso maldigo este azul celeste y las temperaturas positivas. Hasta que no estemos a punto de morir congelados no seré consciente de la magnitud de tu belleza.
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