Te dije que me esperaras en la boca del volcán y así lo hiciste, aún sabiendo que yo nunca reuniría el valor para acercarme a la fuente de la que mana el fuego que habita en las entrañas de la Tierra. Tus ojos queman, me dijiste una madrugada de diciembre y algo se derritió dentro de mí. Entiéndeme, nunca pensé que serías capaz de hacerlo y, al mismo tiempo, estaba convencida de que yo acabaría subiéndome a aquel avión. Tengo miedo de perderte, te dije desde el otro lado del cristal y tú me contestaste que lo que debería preocuparme no era eso, sino la posibilidad de no volver a encontrarnos nunca. Levanto la vista y un cielo azul plagado de algodonosas pecas blancas me guiña un rayo de sol, obligándome, por un momento, a cerrar los párpados. Es entonces cuando te veo, tumbado sobre la arena, antes de ascender hasta el cráter coronado de humo. Pareces dormido, pero sonríes. ¿Acaso sueñas? ¿Con qué? Pero, sobre todo, ¿con quién? Sé que debería estar allí, pero es aquí donde me encuentro, mis manos manchadas con la sangre que mana de esta herida, que se abre un poco más a cada paso que apuñala la distancia que ahora separa nuestras bocas de lava enfebrecida. Juré que no lo haría, que jamás moriría por ti, pero mi réquiem está escrito en el pentagrama de tus dedos, poco importa el momento en el que sea interpretado. Y sigues allí y yo aquí, esperando ambos a que comience la erupción que consagre la fama de Pompeya; pero nada ocurre, ni siquiera en nuestro interior, porque el magma aún está frío y, mientras permanezcamos alejados, nunca entrará en ebullición.
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
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viernes, 19 de junio de 2015
lunes, 25 de mayo de 2015
Canibalismos (V)
Oigo mi voz, retumbando dentro de tu cabeza, amenazando con dinamitar el centro de tu cráneo, obligándote a recordar aquello que sólo querrías olvidar, incitándote a dar el salto, ése que ni siquiera yo me atrevo a dar. Oigo el rumor de mis lágrimas descendiendo por tu esófago, hasta desembocar en la boca de tu estómago. No serás capaz de digerir mi pena. ¿Por qué no me escuchaste? ¿Por qué te empeñaste en ser un héroe homérico en una época en la que ya nadie lee la "Ilíada"? Vomítame, extirpa todas y cada una de las partículas de mí que absorbiste sin querer, bórrame de tu piel. No dejes que quede ningún rastro que te permita volver hasta mí. Soy sólo un error, una equivocación de tu destino. Que no te engañe el brillo de mi filo. No son diamantes mis palabras, sino cristales de Swarovski, que se romperán al caer al suelo. Me miras, mientras yo bailo en la cocina, tratando de hipnotizar tu miedo con el ondulante vaivén de mis caderas. Te doy la espalda, pero te veo, reflejado en el cristal de la ventana. Sé que si me vuelvo no conseguirás rescatarme del infierno, pero necesito sumergirme una vez más en tus pupilas, antes de que comiencen a despreciarme al ser conscientes de que nunca hago lo que digo, ni siquiera cuando lo que digo podría precipitarme directamente en el vacío hacia el que ahora se dirigen todos y cada uno de tus pasos.
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