Búscame. Siempre he estado ahí, incluso cuando me propuse dejar de estarlo. Soy adicta a tus desastres, yonqui de tu dolor, devota del aspersor de tus lágrimas. O quizá se trate de algo bien distinto, algo que no me atrevo a esbozar en estas líneas, por miedo a que adquiera la entidad que trato desesperadamente de negarle. Es curioso lo que une y separa a las personas, aunque me parece que ya hablé de eso en otra parte. ¿Por qué siempre me ha resultado tan difícil saber si la pena por la que lloro es propia o ajena? ¿Por qué no consigo liberarme del abrazo de nuestras desgracias compartidas? A veces pienso que mi lecho es una tumba. Otras, que el cementerio es mi único hogar. Vivo rodeada de espectros y la mayoría de ellos aún continúan vivos. ¿Por qué cuesta tanto respirar cerca de las luces de los muelles? ¿Por qué me empeño en repetir preguntas cuya respuesta no deseo aceptar? ¿Tú también has vuelto a alguno de los escenarios de los crímenes? Ciertas noches, tu recuerdo clava sus colmillos en mis muñecas, sorbiendo mi sangre hasta dejarme exangüe. Determinados días, tu sombra se pega a mis talones, haciendo el amor con la proyección de mi cuerpo sobre el asfalto. No siento el orgasmo, pero sí el eco de su vibración. Déjame chapotear un rato en el alquitrán de estas metáforas. Ya habrá tiempo de drenar el petróleo de nuestros pulmones o de ahogarnos en la negrura de nuestros temores más oscuros. Ahora permíteme ensuciarme de recuerdos lacerantes, de futuros imposibles y presentes abortados. Sólo espero que ésta sea una de esas enfermedades para las que jamás se encuentra cura.
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
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miércoles, 29 de abril de 2020
viernes, 10 de enero de 2020
Canibalismos (IX)
Los días corrían, como liebres perseguidas por los zorros. Yo, sangraba, cual Cristo azotado en la columna, espalda lacerada por el látigo, carne abotargada bajo el restañar del cuero enfurecido. Se aproximaba el final de otro año malgastado, de meses derrochados en lechos equivocados, de días interminablemente vacíos de sentido. Sólo había dos opciones: continuar recorriendo dócilmente todas y cada una de las estaciones del calvario o utilizar la corona de espinas como arma defensiva. Todo habría sido muy distinto si tú hubieras estado dispuesto a descender mi cuerpo de la cruz... Hacía tiempo que había perdido la fe en tus silencios, siglos desde que comenzara a idolatrar a tu abandono (los más fervorosos creyentes siempre terminan aniquilando a su Dios). No sé cómo ni por qué, pero, repentinamente, decidí no seguir rezando ante el altar de tu desdén, clavar mis uñas en la muñeca opresora, rasgar las venas que me ahogaban, drenar la ira del verdugo. Y, ahora, soy un perro rabioso que ha perdido el miedo a ser sacrificado, un condenado a muerte determinado a que se incumpla la sentencia, el Etna un segundo antes de entrar en erupción. No habrá lienzo que enjugue mi rostro, ni sábana que amortaje nuestros restos. Se pudrirán los cadáveres sobre el campo de batalla y sólo los cuervos serán capaces de alcanzar el paraíso.
miércoles, 17 de octubre de 2018
Canibalismos (VIII)
No es que no sepa qué escribir. Es que me asusta verbalizar ciertos instintos (el irrefrenable deseo de destriparte sin la ayuda de ningún Jack, contemplar con deleite el lento goteo de la sangre de la res ensartada en el gancho más afilado del matadero más atroz, mis dedos agrandando la herida, mi lengua lamiendo la carne lacerada por el hierro). Hay pecados que dinamitarían el más robusto de todos los confesionarios y, aún así, siempre hay algún insensato que osa cometerlos (tú, yo, nunca ellos, ni siquiera nosotros, ¿qué sentido tiene la culpa si no puede ser individualizada?, ¿cómo dividir el oprobio entre una caterva de demonios?). Y choco empecinadamente con la piedra de tus labios y me cortan las palabras que no dices, casi tanto como aquéllas que escupes cuando nadie escucha y el viento sopla entre los juncos, diluyendo en el aire los secretos que agitan nuestros atribulados corazones tartamudos. Y mueren las metáforas que no nos atrevimos a alumbrar, versos abortados en clínicas clandestinas, poemas desgastados por el miedo a la opinión de los demás. Y nos precipitamos al abismo, como pasajeros de un avión a punto de estrellarse, convencidos de que es nuestra única opción de salvación, sin darnos cuenta de que, en realidad, sólo estamos anticipando nuestro inexorable final. Podemos inventar nuevas maneras de contar esta tragedia; pero, por más que lo intentemos, nunca alcanzaremos la excelencia de los griegos.
domingo, 29 de noviembre de 2015
Canibalismos (VII)
Tanto amor en cada línea de la mano y tanto odio entre lunares enfrentados, tanta prisa, tanta calma, tantos arañazos miopes y tan pocas balas sin diana, misiles incansables, empeñados en volar nuestro mundo por los aires, explosión informe, hongo de átomos dispersos, ropa evaporada con el viento, piel desnuda, alma sedienta, dientes suicidas. Soy todo aquello que no digo, la manzana despreciada por Adán, un pecado que no tienta, porque no desafía los instintos ni constriñe la carne, sólo desata el dique del deseo, reblandeciendo entrañas, dilatando espacios. Tú finges que no sabes lo que pasa, que no tiembla la tierra bajo nuestros pies titubeantes, que no se desmoronan las certezas ni colapsan las ideas. Hay besos que se escapan sin necesidad de que nadie les abra la puerta. Tú lo sabes. Yo lo sé. Pero es mejor prolongar este silencio de alabastro veteado. Dime cómo se mata a los fantasmas. Tengo tanto miedo de convertirme en una de ellos o, peor aún, en un apéndice de ti.
miércoles, 28 de octubre de 2015
Canibalismos (VI)
Llévate un pedazo de mí cuando te vayas o, mejor aún, llévame entera, no dejes nada, ni siquiera el polvo de mis huellas difuminadas sobre el suelo. No quiero convertirme en la sombra de tu ausencia. No puedo ondular sinuosa sobre el recuerdo de tu nombre. Pero no me haces caso, marchándote sin robar ni un mísero milímetro de mí, sin ni siquiera tomar prestado aquello que una vez te di como regalo. Te alejas, sin dudar, sin mirar atrás, como si quedarte anexado a mi costado jamás pudiera ser contemplado como opción. Y yo me descompongo en fragmentos que nadie se molesta en recoger, en astillas sobre las que el fuego ya no prende, en motas de lluvia que molestan, sin calar, a los viandantes. Y crujo, cristal triturado por muelas de diamante, madera seca, desvencijada y fuera de sus goznes. Y vuelve el miedo y sopla el viento sin descanso, anidando el frío en mi regazo, la soledad columpiada entre mis manos, dolor perenne, que nunca cambia de aspecto ni estación.
lunes, 25 de mayo de 2015
Canibalismos (V)
Oigo mi voz, retumbando dentro de tu cabeza, amenazando con dinamitar el centro de tu cráneo, obligándote a recordar aquello que sólo querrías olvidar, incitándote a dar el salto, ése que ni siquiera yo me atrevo a dar. Oigo el rumor de mis lágrimas descendiendo por tu esófago, hasta desembocar en la boca de tu estómago. No serás capaz de digerir mi pena. ¿Por qué no me escuchaste? ¿Por qué te empeñaste en ser un héroe homérico en una época en la que ya nadie lee la "Ilíada"? Vomítame, extirpa todas y cada una de las partículas de mí que absorbiste sin querer, bórrame de tu piel. No dejes que quede ningún rastro que te permita volver hasta mí. Soy sólo un error, una equivocación de tu destino. Que no te engañe el brillo de mi filo. No son diamantes mis palabras, sino cristales de Swarovski, que se romperán al caer al suelo. Me miras, mientras yo bailo en la cocina, tratando de hipnotizar tu miedo con el ondulante vaivén de mis caderas. Te doy la espalda, pero te veo, reflejado en el cristal de la ventana. Sé que si me vuelvo no conseguirás rescatarme del infierno, pero necesito sumergirme una vez más en tus pupilas, antes de que comiencen a despreciarme al ser conscientes de que nunca hago lo que digo, ni siquiera cuando lo que digo podría precipitarme directamente en el vacío hacia el que ahora se dirigen todos y cada uno de tus pasos.
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martes, 24 de febrero de 2015
Canibalismos (IV)
Quiero plegarme entre tus labios, hundirme en las marismas de tu boca, dormir sobre el colchón de agua de tu lengua, ondular ingrávida bajo el cielo de tu paladar, hasta que un tsunami de saliva ahogue para siempre mis ansias de ti. Quiero que me estrujes con rencor, exorcizando todos los silencios que no nos atrevemos a dinamitar, ordeñando hasta la última gota del dolor que ahora oprime las gargantas. Quiero que penetres mis defensas, que arañes los pedazos más esquivos de mi piel, que muerdas mi carne cenicienta, resucitando el hambre que trato de adormecer bajo el edredón de la soledad más absoluta. Somos dos mitades imposibles de reconciliar, que se abrazan bajo el eclipse alcohólico de esta noche plagada de fantasmas. Tu sudor me envuelve con el regusto de una marea de cianuro con sal. Quiero morir o, tal vez, matar. Ahorco un grito con forma de buitre, mientras una sinfonía de gemidos amordazados trepa decidida las paredes de mi femoral. No quiero dilatar la eternidad. Tampoco concretar lo abstracto. Sólo quiero cerrar los ojos y que tus dedos dibujen con esmero la silueta del deseo.
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domingo, 23 de febrero de 2014
Canibalismos (III)
El epicentro del amor está situado en el ático del estambre más alto de la rosa más lasciva. Destrúyeme. Redúceme a la nada. Escarba entre la arena de las dunas que flanquean las orillas de mi esternón. Desentierra los huesos de mis costillas. Róelos, como un perro hambriento al que nadie sirve ni un gramo de Friskies, como una hiena sin escrúpulos que se alimenta de cadáveres a medio descomponer, como un "gusano zombi" que devora con ansia el esqueleto de una ballena que se pudre en el fondo del mar. Dota de literalidad al agujero que ahora siento abierto en el medio de mi pecho. Vacíame. Aniquílame. Olvídame. Deja que otros carroñeros terminen de masticar mis restos. Hay partes de mí que nunca fuiste capaz de digerir. También a mí se me atragantaron algunas de tus palabras. No tenía que ser así, pero lo es y no merece la pena seguir tratando de cambiar aquello que, por definición, es inmutable. Escucha los susurros que el viento arranca a las hojas cenicientas de los árboles que sobrevivieron al incendio. Hablan de ti y de mí, de lo que una vez fuimos, de lo que ya no somos y de lo que jamás volveremos a ser, de altares vetones confundidos con sillas reales, de la sangre sacrificada en honor del dios de la guerra, del granito teñido de granate, de mis lágrimas desperdiciadas tratando de convertir en fértil un suelo que siempre será yermo, de nuestras uñas entrelazadas antes de que el hacha ritual separe para siempre nuestras vidas. Sólo te pido que seas tú el verdugo, que acabes aquello que empezaste, que evites que mi carne sea ofrecida al cielo, porque mi carne es sólo tuya, aunque otros hayan mancillado su envoltorio.
jueves, 14 de febrero de 2013
Canibalismos (II)
Dientes, dientes, no porque les joda, sino porque si no ven colmillo, te devoran. Enseña la encía. Haz que se rían. Fíngete ciego. A veces, lobo. Otras, cordero. Sé que piensas que está perdida la batalla, pero aunque muchos digan lo contrario, yo sé que se equivocaban los mayas. Sólo tienes que ser rápido. Correr lo suficiente como para que el apocalipsis no te alcance. Si no lo haces por ti, hazlo por mí. Sería muy triste sobrevivir si no estás aquí. Pero recuerda que no basta con no morir. Si vendemos nuestras almas ni tú ni yo podremos volver a mirarnos a la cara. Por eso es tan importante decidir a quién se ataca. Por eso hay que estar seguro de que es un demonio al que se mata. Cierra los ojos y clava la lanza. Si lo miras de frente, el mal te atrapa.
domingo, 18 de noviembre de 2012
Canibalismos (I)
Al final todo se repite. Se pierde cualquier atisbo de originalidad. Sé que es difícil de aceptar, pero tú y yo también falleceremos víctimas del tedio y la ambigüedad de esta noche de pan sin sal. Tus dedos recorren el camino trazado mil veces con anterioridad y mi lengua lame los rincones que ya se ha cansado de memorizar. No hay novedad. Lo que teníamos que inventar lo inventamos ya. Por eso es hora de marchar. Si nos quedamos no habrá botellas que descorchar. No sabemos jugar. Somos animales de costumbres sin domesticar. Morder y gritar. Presionar y estallar. Hace más de mil días que debimos abortar esta misión suicida que nos aniquilará. Pero seguimos tratando de alcanzar la cima que nadie ha logrado coronar. Durmamos para olvidar que este canibalismo no habrá caducado al despertar.
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