Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
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sábado, 12 de junio de 2010
Sonia
El plan inicial era que ambos nacieran el mismo día, pero él se adelantó dos años y se equivocó de ciudad y se jodió todo el invento. Ella respetó el pacto y vino al mundo en la fecha acordada, pero también fue víctima de un error geográfico y terminó de fastidiar los designios del destino. La misma fecha, pero demasiados días y kilómetros de distancia retrasaron su primer encuentro y dilataron aún más el segundo. Fue necesario reescribir todo el guión de sus existencias y contratar a multitud de personajes secundarios y extras para poder reconducir la historia hacia el final deseado. Lástima que ninguno recuerde aquel caluroso día del mes de agosto en que sus familias fueron inducidas por fuerzas sobrenaturales a ahogar los efectos de las altas temperaturas en la misma playa levantina. Un niño que aún comete errores al hablar y una niña que apenas sabe andar coincidiendo en la orilla del mar. Se sienten antes de verse, se vuelven a buscarse, se miran hasta los huesos y sonríen todas y cada una de sus células. Sus respectivos padres aprecian esa simpatía innata entre ellos y dejan que jueguen juntos hasta la hora de comer. Él construye castillos de arena para ella y ella se niega a cavar fosos a su alrededor. Llegan las tres de la tarde y sus progenitores se empeñan en separarlos para volver a casa y nutrir sus pequeños cuerpos con alimentos que no necesitan en esos momentos. Ella llora como una magdalena y él patalea y grita como un energúmeno. Sus minúsculas fuerzas infantiles resultan insuficientes para luchar contra la ignorancia y estupidez de los adultos y ambos tienen que esperar demasiados años para volver a tocarse el alma sin necesidad de que sus cuerpos se rocen. Sonia no recuerda aquel caluroso día de agosto, ni entiende por qué cada vez que ve el mar tiene ganas de llorar. El eléctrico desconocido también olvidó lo que quemaba aquella arena levantina y no sabe por qué su máxima aspiración como arquitecto sería construir un castillo, aunque los tiempos modernos no favorezcan la realización de estos sueños caballerescos. Afortunadamente para él, aún podrá rescatar a su princesa del vacío de una existencia presidida por su ausencia.
martes, 25 de mayo de 2010
Sonia
Sonia ya no lee a bordo de ningún medio de transporte. Se encuentra demasiado ocupada escudriñando todos y cada uno de los rincones del autobús o del vagón de metro con la vana esperanza de volver a tropezarse con el eléctrico desconocido. Quiere y no quiere volver a encontrárselo, pero ésta no es una cuestión en la que el destino tenga en cuenta los deseos o la opinión de sus indefensas víctimas. En este preciso instante faltan 7 días 6 horas 1 minuto y 7 segundos para que las miradas de las dos cobayas con las que experimenta el fátum vuelvan a chocar provocando chispas incendiarias, pero Sonia no tiene ni idea de esto. Si lo supiera podría relajarse y disfrutar de la incisiva prosa de Óscar Wilde, pero como no adivina los designios cósmicos continúa lanzando la red de sus negras pupilas amparada en la estúpida creencia de que, de un momento a otro, el eléctrico desconocido morderá el anzuelo. Lo cierto es que será él quien la cace a ella, casi sin proponérselo, sin trampa ni cartón, por pura casualidad o eso pensarán los testigos accidentales del magno acontecimiento. Nadie sospechará la verdad, que todo estaba planeado y cronometrado, medido y encajado, estudiado y repasado, escrito y revisado. Movimientos sincronizados y coreografiados, alientos acompasados y dedos sintonizados. Mentes reincidentes en la locura ardiente de un amor ambivalente y dos risas estridentes. Recuerdos mortecinos de una certeza que se fue y una duda que vino.
domingo, 10 de enero de 2010
Sonia
"Para entender cómo se podría formar un agujero negro, tenemos que tener ciertos conocimientos acerca del ciclo vital de una estrella. Una estrella se forma cuando una gran cantidad de gas, principalmente hidrógeno, comienza a colapsar sobre sí mismo debido a su atracción gravitatoria. Conforme se contrae, sus átomos comienzan a colisionar entre sí, cada vez con mayor frecuencia y a mayores velocidades: el gas se calienta. Con el tiempo, el gas estará tan caliente que cuando los átomos de hidrógeno choquen ya no saldrán rebotados, sino que se fundirán formando helio. El calor desprendido por la reacción, que es como una explosión controlada de una bomba de hidrógeno, hace que la estrella brille. Este calor adicional también aumenta la presión del gas hasta que ésta es suficiente para equilibrar la atracción gravitatoria, y el gas deja de contraerse. Se parece en cierta medida a un globo. Existe un equilibrio entre la presión del aire de dentro, que trata de hacer que el globo se hinche, y la tensión de la goma, que trata de disminuir el tamaño del globo. Las estrellas permanecerán estables en esta forma por un largo período, con el calor de las reacciones nucleares equilibrando la atracción gravitatoria. Finalmente, sin embargo, la estrella consumirá todo su hidrógeno y los otros combustibles nucleares. Paradójicamente, cuanto más combustible posee una estrella al principio, más pronto se le acaba. Esto se debe a que cuanto más masiva es la estrella, más caliente tiene que estar para contrarrestar la atracción gravitatoria, y, cuanto más caliente está, más rápidamente utiliza su combustible".
Aterrorizada, Sonia cierra el libro y lo esconde debajo de un cojín. No piensa volver a leer a Hawking. No se está produciendo ningún tipo de explosión nuclear en su interior, cuando se mira en el espejo no irradia ningún tipo de luz y, desde luego, no está caliente en absoluto. Lo del autobús no fue nada. Sólo una atracción física pasajera producto de sus descontroladas hormonas. No obstante, no puede evitar preguntarse cuánto combustible existe en su interior y cuánto tardará en agotarse antes de que comience la contracción que la convertirá en un agujero negro. La clave está en que no aumente la temperatura. Y todo irá bien si no vuelve a cruzarse con el eléctrico desconocido.
Lástima que las fuerzas gravitatorias los atraigan irremisiblemente, aunque ninguno lo sepa. El universo es así de cruel y se divierte aniquilando estrellas.
Aterrorizada, Sonia cierra el libro y lo esconde debajo de un cojín. No piensa volver a leer a Hawking. No se está produciendo ningún tipo de explosión nuclear en su interior, cuando se mira en el espejo no irradia ningún tipo de luz y, desde luego, no está caliente en absoluto. Lo del autobús no fue nada. Sólo una atracción física pasajera producto de sus descontroladas hormonas. No obstante, no puede evitar preguntarse cuánto combustible existe en su interior y cuánto tardará en agotarse antes de que comience la contracción que la convertirá en un agujero negro. La clave está en que no aumente la temperatura. Y todo irá bien si no vuelve a cruzarse con el eléctrico desconocido.
Lástima que las fuerzas gravitatorias los atraigan irremisiblemente, aunque ninguno lo sepa. El universo es así de cruel y se divierte aniquilando estrellas.
sábado, 9 de enero de 2010
Sonia
El primer chispazo se produjo en un momento indeterminado entre las dos y las cuatro de la tarde, en una cafetería cualquiera de una ciudad que prefiere permanecer en el anonimato. Un "Tu cara me suena, pero no sé de qué", seguido de un "No importa. Me habré equivocado otra vez".
No obstante, la corriente eléctrica bidireccional no se estableció hasta unas horas más tarde, a bordo del autobús XX, que nunca deseó ser protagonista de las noticias de los informativos vespertinos, pero cuya explosión como consecuencia del exceso de voltaje estuvo a punto de encabezar todos los telediarios de esa noche. Descargas intermitentes que reaniman corazones infartados. Miradas que se huyen y se buscan. Taquicardias infinitas. Arritmias incontroladas. Montañas rusas estomacales, sudores fríos y ardientes y dos estúpidos que optan por no rozarse por miedo a que se genere una descarga mortal.
Tres horas después de abandonar el rojo medio de transporte público, Sonia comienza a arrepentirse de no haberse estrellado contra el eléctrico desconocido; mientras que este último sólo tardó tres minutos en maldecirse por no haber provocado el cortocircuito que habría apagado las luces de todo el país.
Ninguno recuerda su encuentro previo. Ninguno prevé su próximo acercamiento. Ninguno sabe que un travieso duende escribió una canción para ellos sin haberlos conocido. Ninguno oye las risas socarronas del maquiavélico destino.
No obstante, la corriente eléctrica bidireccional no se estableció hasta unas horas más tarde, a bordo del autobús XX, que nunca deseó ser protagonista de las noticias de los informativos vespertinos, pero cuya explosión como consecuencia del exceso de voltaje estuvo a punto de encabezar todos los telediarios de esa noche. Descargas intermitentes que reaniman corazones infartados. Miradas que se huyen y se buscan. Taquicardias infinitas. Arritmias incontroladas. Montañas rusas estomacales, sudores fríos y ardientes y dos estúpidos que optan por no rozarse por miedo a que se genere una descarga mortal.
Tres horas después de abandonar el rojo medio de transporte público, Sonia comienza a arrepentirse de no haberse estrellado contra el eléctrico desconocido; mientras que este último sólo tardó tres minutos en maldecirse por no haber provocado el cortocircuito que habría apagado las luces de todo el país.
Ninguno recuerda su encuentro previo. Ninguno prevé su próximo acercamiento. Ninguno sabe que un travieso duende escribió una canción para ellos sin haberlos conocido. Ninguno oye las risas socarronas del maquiavélico destino.
jueves, 11 de junio de 2009
Sonia
Sonia vuelve a tener palpitaciones inexplicables e inexplicadas, presentimientos inconcretos e informes, mareos ingrávidos e inválidos. Sabe que algo le pasa, pero no tiene ni idea de qué se trata. Sabe que algo está a punto de ocurrirle; pero, por más que lo intenta, no consigue imaginarse el próximo capítulo de su tragicómica existencia. Sabe que le ha pasado algo importante, pero no se dio cuenta de ello y lo confundió con un hecho insignificante. Suena el móvil y pega un respingo. ¿Será Él? Pero, desgraciadamente, enseguida se da cuenta de que no le conoce todavía y que, por tanto, es imposible que Él tenga su teléfono o que se le ocurra llamarla. ¿O quizá sí? ¿Y si Él fuera un comercial encargado de intentar encasquetarle cualquier producto inútil o un empleado de su banco que tiene que comunicarle oficialmente que su cuenta bancaria nunca será la de Botín o un funcionario del Estado con la misión de requerirle cualquier tipo de información o...? Loca de emoción se avalanza sobre la mesa, apresa el móvil entre sus garras y llega justo a tiempo de oír cómo se extingue el último tono de la infernal máquina. Mira el número y descubre que la estaba llamando un móvil no introducido en la memoria del suyo. ¿Y si, después de todo, fuera Él? Esperar a que llame de nuevo o llamar ella y despejar todas las dudas existenciales: he ahí la cuestión hamletiana. Las palpitaciones aumentan, comienza la sudoración fría y aparecen los pinchazos en el estómago. Puede que se esté poniendo mala. Incluso es posible que tenga fiebre. O puede que no quiera saber quién coño la ha llamado. Es más puede que, en el fondo, no quiera conocerLo. Puede que prefiera los amores superficiales y efímeros. Puede que no quiera atarse a nadie y, mucho menos que a nadie, a Él. Porque Él la adivinará demasiado bien y eso siempre es demasiado peligroso. Así que tira el móvil en el sofá y se toma un ibuprofeno, intentando convencerse de que también sirve para bajar la fiebre del alma. ¡Pobre Sonia! No sabe que Le conoció hace mucho mucho tiempo y que Se reencontrarán dentro de poco muy poco tiempo. Y, por más que lo intente, Ella no podrá escapar de Él y Él no podrá apartarse de ella. Está escrito en las estrellas y en las palmas de Sus manos. Y no se puede engañar ni a la astrología ni a la quiromancia. ¡Pobre Sonia! Tampoco sabe que los astros equivocaron sus razonamientos para que no contestara esa maldita llamada, la única que podía haber torcido las líneas del destino.
martes, 28 de abril de 2009
Sonia
Sonia se enamora 4581 veces al día y se desenamora en 25479 ocasiones por minuto. Y, aunque las matemáticas del amor nunca le cuadren, sigue empeñada en estudiar física cuántica para comprender las interrelaciones existentes entre las mínimas partículas que conforman el núcleo de sus traviesos átomos. La Mecánica nunca logró cautivarla: demasiadas predicciones supuestamente infalibles incapaces de predecir los movimientos más sencillos, las traslaciones erráticas de cuerpos oscilantes, los choques inesperados de accidentes siderales. Al fin y al cabo, la cosa no funciona cuando las excepciones a la regla general se convierten en dicha regla. Y, de repente, perdido ya todo resquicio de su pretendida fe inquebrantable en las clásicas ciencias empíricas se topa casualmente con el principio de incertidumbre como amo y señor de la Cuántica y decide adentrarse en la incomprensibilidad del mundo nuclear, con la vaga esperanza de que algún día atisbará una explicación lógica del mecanismo de la bomba atómica que explota en su interior justo un segundo antes de dar las dos.
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