martes, 12 de febrero de 2019

Maldito imbécil. Estúpida de mí

Es curioso, pero aún hay días en que creo que podríamos tener alguna posibilidad. Las imágenes cambian de repente, sólo por un instante, y lo que parecía que jamás podría ser se convierte, de pronto, no sólo en factible, sino en lógico y natural; porque lo ilógico y antinatural, más bien absurdo y aberrante, no es eso, sino lo de ahora, por más que tratemos de justificar nuestros errores. La lealtad hacia los demás empieza por uno mismo y tú y yo llevamos demasiado tiempo siendo infieles a nuestras tripas. Me culpo por dejarte marchar, sin darme cuenta de que el origen del desastre se remonta a varios meses antes (puede que 22, para ser más exactos). Creíamos que respetábamos unas barreras que no sólo no eran tales, sino que construimos no tanto para proteger a otros como para aniquilarnos a nosotros mismos. Despreciamos todos aquellos puntos de inflexión que nos brindaron la oportunidad de cambiar el rumbo marcado por nuestras brújulas desimantadas. Preferimos seguir la dirección trazada por una aguja que sabíamos totalmente equivocada, en lugar de tratar de guiarnos por la posición de las estrellas (tú, que sabías los nombres de todas las constelaciones de las que hablan en el Planetario; yo, que nunca he necesitado localizar a la Estrella Polar para saber dónde está mi Norte). Y nos decimos que es demasiado tarde, que ya no podemos hacer nada para cambiar sin destruir a otras personas. Y, sin embargo, basta un leve parpadeo para confundir nuestro abrazo primigenio con cualquiera de los abrazos que aún estaríamos a tiempo de darnos. Maldito imbécil. Estúpida de mí.

jueves, 7 de febrero de 2019

Ficciones (I)

Toda buena ficción se cimienta en una realidad inconfesable.

jueves, 31 de enero de 2019

Desastres (IV)

A veces nuestro mundo se derrumba y la única manera de mantenernos en pie es fingir que no estamos rodeados de escombros.

miércoles, 30 de enero de 2019

Peregrinos (I)

Somos madejas enredadas, hebras de lana sin tejer, proyectos de jersey que nunca llegarán a materializarse. Ambos abrazamos siempre a la persona equivocada, por miedo a arder en el calor del único abrazo que podría haber dado sentido a nuestras vidas. Temblamos, indefensos cachorros abandonados en el callejón más frío de Finlandia. Y ansiamos cerrar nuestros ojos, sólo un momento, tal vez, para siempre. Y nos perdemos para no encontrarnos, para seguir maldiciendo nuestros sinos y justificar nuestros insomnios. Y recorremos los diferentes Caminos de Santiago, pero nunca alcanzamos el prometido jubileo.

martes, 29 de enero de 2019

Desastres (III)

Te enamoraste de todo aquello que jamás me atreví a confesar y yo odié todas las palabras que no me obligaste a pronunciar.

miércoles, 16 de enero de 2019

Alergias (I)

Cosas que me hacen daño: los ácaros, los bivalvos, tu silencio.

martes, 15 de enero de 2019

That fucking song

Hay canciones que cicatrizan y hacen daño, todo al mismo tiempo; canciones que vuelven a ti cuando más las necesitas y menos las esperas; canciones que coreas con una sonrisa entre las desinfectantes lágrimas que se escapan de tus atribulados ojos refractantes; canciones que siempre te pillan con la guardia baja, propinándote un fuerte derechazo directo a la mandíbula; canciones que te resucitan y te matan y te vuelven a resucitar, sin solución de continuidad ni paréntesis para recuperar el aliento; canciones que siempre te llevan a casa, por mucho que hayas errado tu camino. Pero hay UNA CANCIÓN por encima de las otras, la que te destroza y recompone en un lapso de menos de cuatro minutos, la que escuchas sin necesidad de que resuene en tus oídos, aquélla cuya letra fue pescada en el pantano de tu tristeza desde la balsa de tu determinación más enconada, la única que describe a la perfección todo lo que pasó y no pasó entre vosotros, la del piano de acordes terroristas y voz herrumbrosa inmune a cualquier tipo de vacuna antitetánica, la que se oculta tras una maraña de puntos que sólo tú tratas de conectar. Esa puta canción.

lunes, 14 de enero de 2019

Desastres (II)

Te odio, como sólo se aborrece aquello que se anhela. Me odias, como sólo se detesta aquello a lo que se renuncia por propia voluntad.

domingo, 13 de enero de 2019

A monster calls

El libro yace en el fondo de mi bolso. No me apetece abrirlo. Nada de lo que cuenta me resulta mínimamente real. Personajes impostados y sentimientos precocinados. Otro estúpido ejercicio literario sin sentido de una escritora demasiado cobarde como para rasgarse las venas ante sus lectores. Yo sólo quiero vaciarme en estas líneas y que tú te vacíes dentro de mí, pero tú ya no eres TÚ y yo sigo siendo demasiado YO para que tú puedas aproximarte mínimamente sin salir ardiendo. Puede que ése fuera el principal motivo de tu marcha. Algunos sólo queremos provocar el apocalipsis y otros moriríais por conservar intacto este hipócrita mundo de cartón piedra y plastilina. Me enamoré de un hombre roto empeñado en internalizar su hemorragia, pero la herida ha de permanecer abierta hasta que dejemos de sangrar o nuestro corazón cese de bombear oxígeno a nuestros pulmones. Tú querías una tregua y yo agotar la munición, tu pecho convertido en lienzo de mi metralla, tus ojos en laguna Estigia inundada de los cadáveres de aquellos a los que no sabremos resucitar de entre los muertos. Y quisiera destrozarte como Connor O'Malley destrozó el salón de su abuela, pero tú depones las armas y juntas las manos, ofreciendo tus muñecas a mis esposas. No, no quiero esto. Yo no hago prisioneros. Así que te dejo marchar, trocando la victoria por derrota, cincelando otra herida en mi costado, un agujero colmado de tinta, piscina de palabras puntiagudas que desgarran la carne en todas direcciones. Cuanto más me desnudo, más te vistes tú.

viernes, 4 de enero de 2019

Mapas (V)

Recuerdo la noche en la que todo terminó, sólo que entonces no fui consciente de que aquello era el final. Yo bebía todo el vino que tú despreciabas en aras de tu sacrosanta compostura, esa ficción que no dejaba de ser real, tu denodado empeño en no sentir lo que sentías; porque, no nos engañemos, siempre pensaste que aquello que tu corazón más ansiaba estaba mal, rematadamente mal. Supongo que ésa era la principal diferencia entre nosotros: yo creía en "Jude" y tú, a día de hoy, sigues sin haberla visto, no vaya a ser que se dinamiten tus erróneos esquemas cuadriculados. Hubo un día después de aquella noche y otra noche indigna de tal calificativo, porque no existió luna que alumbrara nuestro insomnio, ni lobos que aullaran nuestra pena y ambos confundimos a los vampiros con humanos, sólo porque atisbamos una sombra en el espejo. Y aunque aún no llovía, el espeso gris del océano de nubes que planeaba sobre nuestras destartaladas cabezas presagiaba un nuevo diluvio universal; pero yo pensaba que el cielo estaba, nuevamente, equivocado y tú creías que un paraguas del Primark bastaría para resguardar a nuestros corazones de secano. El avión llegó tarde, pero nosotros nos fuimos pronto, porque ninguno de los dos quería prolongar la agonía o, tal vez, era la felicidad lo que pretendíamos esquivar. Al fin y al cabo, tanto la alegría como la tristeza son capaces de provocar lágrimas.