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miércoles, 12 de febrero de 2025

Mapas (VII)

Recuerdo el miedo trepando por la espalda, enredándose en los brazos, hasta secuestrar mis manos. Recuerdo el mantra que repetía para sentirme segura, mantra en el que no creía; yo, que tengo fe en todo lo que su estúpido raciocinio desprecia; yo, que veo las sombras que se adhieren a los contornos de la certeza. Recuerdo la angustia, el crujir de los cimientos resquebrajados, la ausencia de asideros, mi infinita capacidad para encontrar el hueco, el testarudo agarre de mis dedos quebradizos. No, no supe mantenerte a salvo, pero sí flotar en el fango de la pena, mi boca como un pozo sin fondo, atesorando el aire que tus pulmones se negaron a digerir. Trato de resignificar el lugar más odioso de la Tierra; pero no puedo, salvo cuando es mi cuerpo el que aprisionan sus paredes asépticas. No hay monitores que transcriban los vaivenes de mi corazón estéril. Mejor así: nadie debería ser testigo de la calma de mi pecho ansioso. Siempre he sido víctima y verdugo; loba con piel de cordero, pero también oveja negra lapidada por sus congéneres blancas. Soy mil millones de contradicciones encarnadas en un único cuerpo, que se disuelve en contacto con la lluvia y se escurre bajo las suelas de tus zapatos. Mi hogar es siempre itinerante, lo que me salva y condena al mismo tiempo. Hay calles que saben más de mí que ningún hombre, puertas que custodian los secretos que sólo soy capaz de confesar ante el espejo, puentes de piedra (siempre de piedra) que me sostienen cuando todo lo demás se hunde y que me incitan a saltar, pero nunca en la dirección que lo hacen los suicidas (yo sólo soy capaz de ahogarme en mí misma). Recuerdo el canto de los pájaros, cuando todo lo demás callaba, y yo no sabía si habría un mañana similar a ese ayer que tanto añoraba. Recuerdo la luz del amor en la tiniebla de la incomprensión, las manos que me sostuvieron sin tocarme, los susurros de Dios suspendidos en cada latido de la tormenta. Recuerdo la fe enhiesta tras la duda, poste inquebrantable e indolente, faro incandescente que guía y que calienta. Recuerdo mucho más de lo que olvido y, aún así, se me escapan tantas cosas...

sábado, 21 de marzo de 2020

Mapas (VI)

Hablo de ti. Finjo que ya no siento nada, pero no es cierto. Aún lo siento todo, aunque a veces se me olvide. Trazo mapas que no llevan a ningún lado, pero que esbozan tenuemente el infierno del que venimos. Se queman cada vez que los expongo al sol, como vampiros a los que el amanecer sorprende fuera de su ataúd. Caminos refulgentes de tinta y sangre, senderos quebrados, que nos abocan al abismo. Te niego cada amanecer que canta el gallo; pero, mientras agoniza el sol, tu sombra me abraza por la espalda hasta privarme de aliento, sembrando tinieblas sobre la soledad de mi cama, alumbrando insomnios, resquebrajando el tiempo. Recuerdo el preludio del final y también el presunto final de la agonía; pero la agonía no termina, sólo se difumina su intensidad. Habría sido hermoso, no lo que pudo haber sido, sino haber logrado aniquilar definitivamente la esperanza en esa puta remota posibilidad. Traté de hacerlo. Hundí el cuchillo en el centro del error, manó el llanto embravecido, desgarró la certeza de la ausencia, quebró el dolor cada uno de mis miedos, excepto aquéllos que te concernían. Somos un rosario de auroras abortadas, mil hectáreas de tierra inexplorada huérfana de conquistador, el cauce seco del río cuyo grito no bramó.

viernes, 4 de enero de 2019

Mapas (V)

Recuerdo la noche en la que todo terminó, sólo que entonces no fui consciente de que aquello era el final. Yo bebía todo el vino que tú despreciabas en aras de tu sacrosanta compostura, esa ficción que no dejaba de ser real, tu denodado empeño en no sentir lo que sentías; porque, no nos engañemos, siempre pensaste que aquello que tu corazón más ansiaba estaba mal, rematadamente mal. Supongo que ésa era la principal diferencia entre nosotros: yo creía en "Jude" y tú, a día de hoy, sigues sin haberla visto, no vaya a ser que se dinamiten tus erróneos esquemas cuadriculados. Hubo un día después de aquella noche y otra noche indigna de tal calificativo, porque no existió luna que alumbrara nuestro insomnio, ni lobos que aullaran nuestra pena y ambos confundimos a los vampiros con humanos, sólo porque atisbamos una sombra en el espejo. Y aunque aún no llovía, el espeso gris del océano de nubes que planeaba sobre nuestras destartaladas cabezas presagiaba un nuevo diluvio universal; pero yo pensaba que el cielo estaba, nuevamente, equivocado y tú creías que un paraguas del Primark bastaría para resguardar a nuestros corazones de secano. El avión llegó tarde, pero nosotros nos fuimos pronto, porque ninguno de los dos quería prolongar la agonía o, tal vez, era la felicidad lo que pretendíamos esquivar. Al fin y al cabo, tanto la alegría como la tristeza son capaces de provocar lágrimas.

martes, 26 de junio de 2018

Mapas (IV)

El cuerpo recuerda, sabe, entiende. El cuerpo no engaña, sólo delata, brújula erecta, que siempre apunta al Norte que la razón evita. El cuerpo es huraño, reacio a abrir todas sus compuertas, especialmente aquéllas que conducen a lo más profundo de su auténtico ser, caverna húmeda y oscura, resbaladiza piedra sobre la que no todos pueden transitar. Tus dedos son serpientes que muerden la yema de mi corazón, envenenando mi voluntad, hipnotizando mis labios. Quiero y no quiero seguir aquí, evaporarme como las gotas de lluvia que ahora resbalan sobre el cristal, huir de ti, de mí, de todo aquello que nos hiere y resucita al mismo tiempo. Mi cuerpo me grita todo aquello que mi cerebro no quiere oír. Tu mano quema sobre mi mano. Tus ojos me penetran, incluso cuando miran en otra dirección. Y trato de ahogarme en otra copa de vino, mientras tú secas la sonrisa de tus labios. Que nadie vea, que nadie intuya, que nadie llegue siquiera a sospechar. Aquella tarde no es tan diferente de esta noche, por más que tú y yo seamos ahora bien distintos. La metralla de tu ausencia, el silencio de mi espera, la incomprensión de tus marismas. Si sólo alguna vez nos dejáramos sepultar por los seísmos de la carne...

martes, 14 de marzo de 2017

Mapas (III)

He vuelto a perder el Norte, a vagar por callejones que no salen en los mapas, a balancearme desnuda en el último rayo que emite la luna antes de que el sol comience de nuevo a alumbrar nuestras miserias cotidianas. He vuelto a girar sobre mí misma y a dar vueltas en torno a las metáforas que utilicé para hablar de todo aquello que nunca llegaremos a ser. He vomitado las lágrimas que no terminé de tragar. He digerido la excusa y regurgitado la verdad. He vuelto a hacer nevar narcisos en verano y a abrigar mis noches de diciembre con una manta de girasoles recién decapitados. He abierto de nuevo la Caja de Pandora, he apuñalado la esperanza, cerrando la tapa antes de que los aterrorizados males osaran siquiera a asomar la punta de sus garras. He acunado mis insomnios hasta quedarme dormida entre sus brazos. He despertado, siempre en el lugar equivocado, tan lejos de la orilla donde descansa tu costado. He fingido que no importa, que la distancia es siempre la adecuada, aunque cada noche muera por no morir sobre tu almohada. He buscado. He encontrado. He continuado buscando. Siempre escojo caminos estrechos y torcidos, que no conducen a ninguna meta y que, sin embargo, llevan a tantos sitios... Mis pies yerran, pero cada equivocación es necesaria para asentar las tripas, para acallar el grito. Resucitaré tantas veces como quiera morir. El dolor es siempre un concepto relativo. Mírame. Por mucho que corramos en dirección contraria, siempre tropezaremos en el mismo lugar.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Mapas (II)

No quiero que me encuentres. Prefiero permanecer oculta y encriptada, ilegible soneto emborronado, arcaico jeroglífico indescifrado. Pero te acercas de puntillas por la espalda y estudias en silencio los lunares espolvoreados en torno a mi columna vertebral, hasta descubrir todas las constelaciones impresas sobre mi piel. Y, una vez localizada la estrella polar que conduce hasta mi ombligo, buceas en la laguna Estigia que custodia la isla de mi alma. Y emerges en busca del aire que no hallarás en mis pulmones. Y absorbes el oxígeno suspendido en mis suspiros. Y ahogas mis ansias de escapar. Y encadenas mi tobillo a tus costillas. Y estrangulas mis muñecas con tus dedos. El viento siembra mis secretos y tus miedos en campos roturados con dolor. Sólo sus mentiras florecerán entre las ortigas, pero puede que nuestras verdades marchiten las raíces del engaño o que el filo de nuestras lenguas acidifique la tierra del cementerio en el que se pudren todos los sueños abortados por una masa tan estéril como esterilizada. Yo sólo quiero ser contaminada por microbios sin cura ni vacuna, arañar la cara de la muerte y comprobar que no es tan grave que las lágrimas empañen la puesta de sol de nuestras vidas. Todos somos vencedores y vencidos, por más que tratemos de negar el holocausto.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Mapas (I)

Camina con los ojos cerrados. Si los abriera dejaría de sentir el áspero roce del viento y no podría escuchar los suspiros del aire. La gente la mira, pero no le importa, porque no los ve, sólo los intuye y el mal hace menos daño si no tiene forma, si se reduce a una mancha indeterminada que acecha al otro lado de la cortina. Algunos le gritan, dándole instrucciones para que no se estrelle contra un árbol, ni sea atropellada por un camión, pero ella conoce de sobra el camino y todos y cada uno de sus obstáculos. Son mapas tatuados en su instinto y en las plantas de sus pies, puzles que aprendió a encajar cuando todavía dormía en cuna, líneas de puntos que unen los lunares de su espalda. Sólo él estaba sin trazar. Por eso no pudo evitar chocar.