Lisboa se vuelve a agitar. Hay quien dice que es el preludio de lo que vendrá, pero a mí me parece un eco del apocalipsis de mediados del siglo XVIII. No me hagáis caso. Yo siempre busco el origen del desastre, el epicentro del horror, la génesis del cataclismo. Ya no me preocupa lo que vendrá, pero sigo obsesionada con lo que fue sin que nadie lo contara, los detalles que todos pasaron por alto, el ángulo que ninguna vela se atrevió a alumbrar. Buceo en todo aquello que no nos decimos, remuevo el limo de las profundidades abisales de tu corazón y, cuando los monstruos marinos amenazan con triturarme entre sus fauces, entiendo que yo nací para inmolarme y tú para salvarme de morir ahogada. Sí, tú eres oxígeno, aire sin mácula, tritón de tierra firme. ¿Y yo? Cuerpo sin instrucciones ni medidas de seguridad, lava atragantada en la boca del volcán, embriaguez inerte, incapaz de intoxicar la sangre y nublar el aliento. No, no tengo excusa ni propósito de enmienda: siempre estoy serena cuando me extasío. Por eso resulta tan difícil vallar mi mente y embridar mi ímpetu, esta energía que se condensa esféricamente en la palma de mis manos, que crece a cada paso que palpito y que, cuando menos lo esperemos, estallará, asolándolo todo a su paso. Tranquilo. Para construir un nuevo mundo es necesario destruir el previo. No, tienes razón. Yo no quiero crear nada. Sólo aspiro a conservar lo viejo, esa humanidad prehistórica que otros atacan con denuedo, porque saben que en ella reside la verdad, todo lo que perdimos tras el fuego. Así que deja que tiemble Lisboa, que se resquebraje el suelo que sostiene nuestros miedos y se desparramen las entrañas de la Tierra. Sumérgete en el caos ardiente de un apocalipsis en plena ebullición. Desbroza todo lo superfluo y fúndete en el núcleo. Y, entonces, VIVE.
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
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martes, 1 de octubre de 2024
miércoles, 12 de agosto de 2015
Agosto (IV)
¿Y si la vida sólo fuera una eterna tarde de verano, de piel tersa y sudorosa y ojos bronceados por el calor que ahora desprenden nuestros ardientes labios imantados? ¿Y si el tiempo quedara suspendido, completamente inerte, deshidratado cuerpo desvalido? ¿Y si la sequía que ahora dilata nuestros poros no desembocara en otoñal lluvia vespertina, agrietadas lenguas homicidas, inexistentes reservas de saliva? ¿Y si todo lo que tuviéramos fuera este momento preñado de relajada fiebre entumecida? ¿Y si, por más que tratemos de despegarnos de su recuerdo, la intangible perfección de esta imagen detenida envolviera para siempre nuestras existencias regicidas? ¿Y si, por más que intente sumergirme en la piscina de la obediente masa teledirigida, siempre hubiera un salvavidas que mantuviera a flote mis kamikazes ideas distintivas? ¿Y si ese salvavidas nunca has sido tú?
miércoles, 27 de agosto de 2014
Agosto (III)
Los campos agostados. La hierba herida. El sol calcinando cualquier posibilidad de huida. Sus pies conocen el camino, pero su cerebro se niega a dar los pasos. La arena del arcén pesa como plomo en sus zapatos, convirtiéndola en una sudorosa estatua de granito. Quisiera volar muy lejos de sí misma, pero nunca ha conseguido despegarse de su sombra. Se agrietan las heridas incendiadas por rumores vomitados por el viento. Son sólo voces, fantasmas que arrastran cadenas más pesadas que las suyas, murmullos y mentiras aderezadas con una pizca de verdad. Morder el aire hace tiempo que dejó de alimentarla, pero necesita masticar algo bien distinto de su carne, llenarse la boca de su ausencia y aceptar que NADA, a veces, significa ALGO.
lunes, 18 de agosto de 2014
Agosto (II)
Ella carece de nombre, porque su nombre se derritió al comenzar agosto, igual que un helado que no es devorado con la suficiente avidez, como los hielos que tintinean en tu vaso de whisky on the rocks. Su vida es un desierto de piedras calientes que masajean la espalda equivocada. Hay arena entre las grietas de su piel cuarteada y polvo que hace estornudar a sus pestañas. El sol refractado en los cristales de sus gafas incendia las páginas de los libros que aún no ha tenido tiempo de leer, provocando hogueras que sus lágrimas no logran extinguir. Las gaviotas planean sobre una playa plagada de gambas a medio cocer. Ella también hierve, por más que permanezca al abrigo de la sombra del destino.
lunes, 11 de agosto de 2014
Agosto (I)
Hace calor. El aire acondicionado zumba en el salón, mientras una mosca liba los restos de melocotón que yacen sobre el plato de postre. Ella observa por un momento el espectáculo. Después, se levanta y se tumba en el sofá. Su lengua rebaña el dulzor que la fruta ha tatuado en sus labios. Debería ser más sencillo, pero no lo es. No hacer nada es tan difícil como necesario. Deja transcurrir las horas de calima, también las de penumbra. El sudor repele el sueño. La habitación se dilata para adaptarse al nuevo volumen del cuerpo incandescente. Las moscas, convertidas en legión, disfrutan del festín. El móvil suena de madrugada. Debería contestar. Podría tratarse de algo urgente; pero ella ya no quiere correr para salvar a nadie, mucho menos a sí misma. Cuando el sonido se apaga, mira la pantalla y certifica que hizo bien en no descolgar. El suyo es un amor a destiempo, incapaz de reunirlos en el mismo momento y lugar y ella ya está harta de perseguir fantasmas. El alba despunta clavando los primeros rayos de sol en su costado. Un reguero de sangre transparente empapa los cojines que la sustentan. Nadie jamás reconocerá la herida, mucho menos las consecuencias de la misma, porque sus huellas son tan invisibles como el arma que las dibujó. En agosto, las lágrimas siempre se evaporan antes de asomar a los ojos.
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