Moriré sin que me beses, sin haberte pedido siquiera que lo hagas y estará bien, porque tú y yo sólo pudimos ser producto de las lágrimas del martes más negro de la tierra. El amor no debería crecer sobre una tumba ni el olvido resistirse a la guadaña del tiempo que devora nuestros días. Camina tranquilo, que ya no seguiré ninguno de tus pasos. El terremoto sólo consiguió agrietar algunas de las lápidas, pero no hace falta soltar aquello que nunca se ha cogido. Sopla el viento de un noviembre que se resiste a dar la cara. Gotea la sangre de mis puños, cansados de golpear a este octubre homicida que apuñala por la espalda. Yo me quedo. Tú te vas. Conocer el final sólo hace que duela un poco más.
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
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martes, 1 de noviembre de 2016
domingo, 15 de junio de 2014
Cementerios (III)
No te vi morir porque no quería que fallecieras en mi memoria. Preferí recordarte vivo, ignorando tu exiguo cadáver, fingiendo que la tumba que ostenta tu nombre es sólo un agujero vacío y carente de sentido. Tu ausencia resulta más soportable si no es adjetivada como eterna. Recé para no perderte; pero, a veces, la sinceridad de la oración no garantiza que la misma sea escuchada y atendida. Quizá sea mejor así, pero no disminuye el dolor que lacera mi costado. Te echo de menos, como si aún existiera la posibilidad de volver a verte, pero muerdo el vacío cada vez que trato de aprehenderte. Saber que te has marchado para siempre no impide que todavía pretenda descubrirte tras las huellas de tu sombra. Mis neuronas aún custodian la mayor parte de las escenas de mi vida que tú protagonizaste. Sé que nunca desaparecerán, por mucho que caiga la tarde.
miércoles, 9 de abril de 2014
Cementerios (II)
Si volviera atrás me gustaría poder decir que haría las cosas de otra manera, que enmendaría o, al menos, trataría de enmendar los errores cometidos, pero no es cierto. Soy lo que soy gracias a todas y cada una de mis equivocaciones y, por más que diga lo contrario, en el fondo, no querría ser de ninguna otra manera. En mi mente revivo el pasado, analizando las piedras con las que tropecé, adivinando la estrategia adecuada para evitar las caídas que me desollaron las rodillas; pero jamás asumiría las catastróficas consecuencias que podrían derivarse de evitar alguna de esas heridas. No me arrepiento de nada, por más que aún me escueza el recuerdo de algunas espinas. Sólo repaso los años ya vividos para obtener lecciones que me ayuden a afrontar un futuro que siempre me parece incierto, ahora más que nunca. Crees que todo sería distinto si tuviéramos otra oportunidad, sin comprender que, por más que nos empeñemos, algunas personas siempre seremos fieles a nosotros mismos, eternamente constreñidos por nuestra larga lista de defectos y virtudes. No puedo, pero, sobre todo, no quiero modificar lo que yace a mis espaldas. Hay que enterrar a los muertos, pero extirparlos de nuestra mente no nos ayudará a seguir viviendo.
domingo, 26 de mayo de 2013
Cementerios (I)
Desde que no estás, mi casa es un cementerio de ropa sin enterrar, de artículos en desuso sin clasificar, de platos sucios sin fregar, de facturas sin ordenar. Miro por la ventana y sueño con el mar, con el viento que genera las olas y la espuma que eriza su calma. No hay reproches por mi parte. Entiendo que era fácil la elección, pero si me aparto del centro de la tierra se quebrará mi voz. Seguirte no es una opción. He de quedarme para rellenar el lado izquierdo de mi colchón, fingiendo que no me invade el frío del hemisferio vacío, obviando el vaho que exhala mi aliento, otorgando densidad al tiempo ceniciento y cruento. En el piso de arriba alguien tira de la cadena del váter. En el de al lado gritan animando a su equipo. El de abajo suena a sepulcro de horas muertas. Cojo el teléfono y hago tres llamadas, sólo para asegurarme de que aún existo, de que aunque tú me olvides hay gente que no lo hará. Cena fría y ducha caliente, antes de regresar a la cama a dormir tu ausencia, a soñarte como penitencia por no retenerte con violencia, dejando que como un globo de helio ascendieras hasta las inalcanzables nubes. Juego a que no existes. Cierro los ojos y espero, pero tengo miedo. Si me desvelo no podré acunarme entre tus dedos ni abrigarme con las hebras de tu pelo.
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