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miércoles, 2 de mayo de 2018

De sueños, monstruos y bosques

Anoche soñé contigo y, esta vez, a diferencia de las otras, tú eras tú y verte me dolía y me alegraba a partes iguales. No recuerdo mucho más, pero me parece que tú sonreías y que, sorprendentemente, ya no me odiabas. Fue bonito, aunque no se tratara más que de otra estúpida mentira urdida por mi incorregible inconsciente. Y ahora, con los ojos bien abiertos, completamente despierta, me pregunto dónde estás, qué haces, con quién sueñas y sólo sé con certeza que no estás aquí, que no volverás a hacer nada conmigo y que, probablemente, mi recuerdo ya no se cuele en ninguna de tus madrugadas, ni siquiera en forma de recurrente pesadilla incómoda y supongo que eso es lo que realmente me molesta, que el dolor y el abandono hayan perdido su inicial reciprocidad, que ya no tengas ganas de destrozar habitaciones por mi causa, ni te escuezan las fotografías que tomaste como rehenes, cuando aún creíamos que el final no era realmente tal. Me gustaría que todavía quedara algo de ira circulando por tus venas, que también te frustrara el modo en que gestionamos los silencios (siempre rompiendo los que debíamos haber perpetuado y prolongando los que hubiera sido mejor haber dinamitado) y, para qué negarlo, que te mordieras compulsivamente las uñas, tratando en vano de amputar las últimas células que me arrancaste cuando tus dedos aún deseaban recorrer los laberintos de mi espalda desnuda. Pero no, intuyo que, finalmente, lograste encadenar a la fiera, antes de que devorara con violencia los últimos atisbos de sentido común que frenaban tus instintos. Volviste al redil que otros construyeron para ti y yo permanecí en el bosque, mis manos escarbando en la tierra que no nos servirá de lecho, mi pelo enredado entre las hojas secas del otoño. Dime, ¿llegaste siquiera a ver aquella maldita película o sigues sin comprender nada de todo esto que ahora trato de explicarme?

jueves, 9 de octubre de 2014

Monstruos (V)

Tus garras tratan de atraparme, pero, como el agua, me escurro entre tus zarpas. Hasta ayer. Ayer lograste arañar mi piel, rasgar mi carne, derramar mi sangre. No fue una herida mortal. No podía serlo. Hay muchas más probabilidades de que yo acabe contigo que de que tú termines conmigo. Tres surcos abiertos laceran mi espalda. Un reguero rojo subraya mi huida. Siempre corro más que tú, porque tú no tienes piernas, tú eres un monstruo sin extremidades inferiores que, para caminar, necesita apoyarse en súbditos ciegos y mudos, siempre dispuestos a dejarse aplastar por el peso de tu mastodóntica necedad y exacerbada soberbia. Tus fauces abiertas muerden el aire que agito al alejarme de tu esfera de poder. No me asustan los monstruos. Sé de lo que son capaces y también de lo que no. Se alimentan del miedo de los que no creen en la magia de las hadas, pero yo sé que una casa de Kansas puede aplastar a la bruja más malvada y que un hacha basta para que un siervo corte sus propias cadenas. Ruges en la distancia, mientras tus esclavos caminan en la dirección equivocada. Si ignoran la forma de escapar de ti no pueden conocer la manera de llegar a mí.

lunes, 2 de junio de 2014

Monstruos (IV)

Llámame cuando no me quede nada que perder, cuando me hayan arrebatado todo aquello que me importa y yo misma sea lo único que conserve, cuando ya no tenga miedo (tampoco valor) y vivir o morir me resulte total y absolutamente indiferente, cuando el mundo se haya convertido en un chiste tan sumamente malo que ni siquiera provoque risa y sólo tú seas capaz de sonreír ante la ironía del desastre. Llámame entonces y dime que todo irá mal, pero que no importa, porque tú y yo somos más fuertes que los dioses, porque sobreviviremos a la desgracia y nos reconstruiremos a partir de nuestras cenizas, bebiendo nuestras lágrimas y alimentándonos de los pedazos de carne que no sepamos encajar en nuestro nuevo cuerpo. No moriremos, por mucho que lo intentemos, porque nacimos para resucitar y no para pudrirnos en la oscuridad de una tumba sin nombre, porque nuestra fuerza tiene su origen en lo que debilita a los demás, porque no tememos caminar a tientas, tampoco detenernos en el medio de un alambre, porque no nos asusta la caída y no ansiamos escalar hasta la cumbre, porque sabemos que la distancia entre el cielo y el infierno es un camino de ida y vuelta y sólo se aprende en los viajes, nunca en el destino. Llámame cuando ambos sepamos que ha acabado la fiesta de disfraces, que ha llegado la hora de quitarnos nuestras máscaras y dejar que los monstruos sepan que, a pesar de saber rugir, no pertenecemos a su especie. O mejor aún, llámame antes y cuéntame todo aquello que ya sé y, cuando hayas concluido tu relato, desenvainaremos las espadas y cercenaremos las cabezas de las bestias para poner fin a los cuentos de terror que impiden que los niños duerman por las noches. La tierra absorberá el veneno de su sangre y, tras el horror, volverán a florecer los árboles frutales. Poco importa que nadie nos crea. Ni siquiera nosotros mismos.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Monstruos (III)

Le miras fijamente, no por ser quien es, sino por a quien te recuerda. Él se da cuenta y vuelve hacia la derecha esos ojos azules vilmente robados o plagiados (es difícil de determinar). Cambias de posición para enfrentarte a ellos, para poder estudiarlos con detenimiento.

Necesitas identificar el alma que nada en su celeste humedad, comprobar si también es idéntica a esa otra alma que te hizo daño, que te acuchilló sin ningún tipo de piedad, que te abandonó a tu suerte sin mirar atrás. No, no es la misma y, sin embargo, te recuerda a ella. Es demasiado parecida, una perfecta fotocopia del espíritu más cruel que jamás hayas conocido.

Pero no, no puede ser él. Es imposible. Y, sin embargo, lo parece. Por un momento, un minúsculo instante, acepta la batalla y traza una línea recta entre su pupila y tu pupila. Sí, no hay duda, es él y, sin embargo, no puede ser él.

- Un niño precioso.

- Muchas gracias.

- ¿Qué tiempo tiene?

- Tres meses recién cumplidos.

- Eso significa que nació el 5 de marzo.

- El 3 de marzo, para ser más exactos.

Los mismos ojos, el mismo cumpleaños. Las casualidades no existen. La reencarnación tampoco.

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Al llegar a casa no puede evitarlo. Descuelga el teléfono y marca el número.

- Hola Helge. Soy Ingrid.

- Hola Ingrid. Qué alegría oírte. ¿Qué tal todo?

- Bien, bien, muy bien. Perdona que te moleste, pero necesito preguntártelo. El Monstruo de Ojos Azules sigue pudriéndose en la cárcel, ¿no?

- ¿A qué viene esto ahora?

- Eso da igual. Contesta la pregunta.

- Le condenaron a cadena perpetua, ¿recuerdas?

- Sí, sí, pero ¿sigue vivo?

- Pues claro que sigue vivo.

- ¿Podrías confirmármelo?

- Sé que soy una de tus mejores amigas, pero hace tiempo que dejé de ser tu abogada. Me jubilé, ¿recuerdas?

- Me importa un bledo. Llama a la cárcel y confírmame que sigue vivo.

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Suena el teléfono y una mujer que ya no cree en nada, pero que, al mismo tiempo, comienza a creer en todo se abalanza a descolgarlo.

- ¿Ingrid?

- ¿Está vivo?

- Sí, sí, está vivo, aunque un poco enfermo.

- ¿Un poco enfermo?

- No cantes victoria. Físicamente está perfecto y puede durar bastantes años más, pero, desde hace poco más de un año, padece alzhéimer. No está excesivamente avanzado, así que no ha afectado a sus funciones vitales, pero, desde hace tres meses, raro es el día en que recuerda quién es o lo que hizo. Una lástima. Así no hay posibilidad de que se arrepienta y pida perdón por sus crímenes.

- Gracias, Helge. Muchas gracias.

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Una anciana pasea llevando en brazos a su nieto. Es de noche y hace frío. Los escasos viandantes se suben el cuello del abrigo o se aprietan las bufandas. Nadie se fija en ellos.

Es de noche y hace frío. Como aquella otra noche. Tal vez un poquito menos. El niño llora, pero la anciana mitiga su sonoro berreo apretándolo contra su pecho, no mucho, no sea que lo asfixie. Esta vez ningún tribunal la privará de su venganza.

Una esquina. Dos esquinas. Tres esquinas. Ya han llegado a su destino. El callejón que le servirá de tumba.

La anciana deposita su carga en el suelo. Poco a poco le quita la ropa. Es un bebé. Sólo un bebé desnudo que llora porque tiene frío. Ella también estaba desnuda y tenía frío. Pero él no sangra. A él no le han violado ni acuchillado. A él no le han destrozado la vida. Aún no.

Por un momento, un minúsculo instante, duda. No puede ser él. Él sigue vivo y encerrado. Entonces se calla y la mira y recupera la seguridad perdida hace un segundo. Ninguna de las pastillas recetadas por los ilustres discípulos de Freud ha conseguido que olvide la frialdad de esos ojos azules.

- Finalmente, aquí estamos, tú y yo, frente a frente, después de tanto tiempo, después de tantos años. Quién lo diría. Yo, que pensé que jamás se haría justicia, ahora tengo la oportunidad de equilibrar la balanza, de obligarte a entender lo que sentí en aquel bosque, tirada sobre la nieve, contemplando cómo se escurría por mis piernas la poca sangre que me restaba, luchando por seguir viva, concentrándome en retener mi último aliento, ése que si se te escapa te aleja de este mundo. Aún no sé cómo lo conseguí, cómo aguanté el tiempo suficiente para que alguien me encontrara y, sin embargo, ésa fue la parte fácil. Lo realmente difícil vino después. Luchar contra las pesadillas, que, en realidad, eran recuerdos. Dejar que pasara el tiempo, contar las horas, concentrarme para no acabar con todo, saber que una pastilla no extirparía el dolor, pero que un bote entero lo borraría del mapa y, aun así, no hacerlo. Seguir viviendo, sabiendo que, en realidad, morí en aquel bosque, con quince años. Quince años. Sí, sólo tenía quince años, pero a ti no te importó. Era lo que buscabas. Justamente lo que buscabas. Los médicos me dijeron que era normal que tuviera miedo al sexo después de todo aquello, que muchas víctimas de violación no pueden volver a tener relaciones sexuales. En realidad, no se trataba de eso. O, al menos, no sólo de eso. Nunca dejé que nadie se me volviera a acercar. Cualquier tipo de contacto físico me provocaba unas náuseas insoportables. Es irónico, ¿verdad? Jamás pensé que serías el primero al que volvería a tocar. Tranquilo, al principio duele, pero luego deja de hacerlo. El entumecimiento es tan acusado que ya no sientes nada. En realidad, eso fue lo que casi acaba conmigo. La hipotermia. Tus cuchilladas eran poco profundas. Sólo las de abajo las diste con fuerza. Maldito hijo de puta. Y pensar que no fui la única. También ellas murieron por hipotermia. Maldito maricón. Tan hombre para hacer mujer a una niña, pero luego incapaz de rematar la faena. Sí, tenías que haberme matado. Todo habría sido más fácil de esa forma. Pero no lo hiciste. Es por eso por lo que te odio. Por no acabar con una vida que ya no quería. Y sí, dirás que fui yo la que no se dejó morir, pero es que te odiaba demasiado para irme de este mundo sin mi venganza. Cuando ese maldito tribunal te condenó a cadena perpetua pensé que nunca lograría mi objetivo, que tendría que limitarme a observar de lejos tu lento fallecimiento. Pero ya ves, puede que, después de todo, exista la justicia divina.

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El médico de la cárcel no lo entiende. Ayer estaba bien, perfectamente bien, salvo por el alzhéimer. No tiene sentido. Parece que ha muerto de hipotermia en una celda con calefacción. Es imposible. Necesita urgentemente hacer la autopsia. Hay algo que se le escapa.

Los ojos sin vida de un bebé azulado contemplan el soleado cielo del día más frío del mes de diciembre.

Helge lee el periódico y se pregunta qué clase de persona abandona a la intemperie a un bebé de tres meses. Piensa que el mundo está lleno de monstruos.

Ingrid duerme tranquila, sin ningún tipo de ayuda química, convencida de que ningún monstruo perturbará su sueño. Tampoco su vigilia.

Una madre muere desangrada al dar a luz al rayar el alba. Fue un parto inesperadamente complicado. El padre mitiga su inconsolable pérdida contemplando el sereno rostro de su hijo recién nacido. Tiene los mismos ojos que su difunta esposa. Los médicos le han dicho que es muy posible que el color cambie en los próximos meses, pero él sabe que ese límpido azul no mutará nunca.

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Hay monstruos que nunca mueren, sólo se esconden debajo de la cama, dejando que creamos que ya no tenemos nada que temer, esperando pacientemente el momento oportuno para volver a protagonizar nuestras peores pesadillas.

Son sólo monstruos y, como todos los monstruos, habitan en las sombras, así que no apagues la luz.

domingo, 13 de octubre de 2013

Monstruos (II)

Está la nieve. Está el frío. También la sangre. Son imágenes recurrentes que provocan la asfixiante apnea de tu sueño. Desconoces su origen, pero no puedes negar su persistente existencia. ¿Qué diría Freud de todo esto? No es difícil de imaginar. Ante la imposibilidad de cerrar los ojos y negar el desastre, decides explorar los inhóspitos dominios de los monstruos que sonríen a tu espalda, seguros de que acabarás rindiéndote a la evidencia de que, más tarde o más temprano, acabarás despedazada entre sus garras, desangrada sobre la fría nieve boreal, que aún no has visto ni tocado, pero que sepultará tu cuerpo exangüe y congelado.

viernes, 19 de octubre de 2012

Monstruos (I)

La princesa del guisante yace entre mullidos cojines de plumón húngaro. Trata de conciliar el sueño, pero no puede. Libra un combate a vida o muerte con los monstruos que la retienen a medio camino entre esta vida y la que viene. Finalmente, cae al suelo inconsciente. Nadie sabe quién ha ganado la batalla. Completamente inmóvil duerme más de cien años sobre un duro lecho de piedras heladas y cortantes. Cuando despierta, nadie recuerda su nombre, ni siquiera ella misma. Sólo las rocas que acunaron su cansancio conocen el auténtico valor de sus actos. Los ogros derrotados siguen escondidos en sus armarios.