Mis manos están dormidas. Sólo tu piel podría despertarlas, pero sé de sobra que tu epidermis jamás volverá a entrar en contacto con las yemas de mis dedos. Hay decisiones que no se toman, sino que nos toman por sorpresa y en contra de nuestra voluntad, pero ésta no es una de ellas. Éste es el resultado de nuestra testaruda omisión de las palabras y acciones que habrían podido evitar el naufragio del Titanic. Ambos queríamos chocar contra el iceberg, dejar que el hielo rasgara nuestras tripas, ahogarnos en el frío de una interminable y acuosa noche atlántica. Aceptamos el desastre, nos sumergimos dócilmente en sus profundidades más tenebrosas y culpamos al destino de todo aquello que podríamos haber ahuyentado con un leve movimiento de nuestros labios. Espalda contra espalda, comenzamos a contar los pasos preceptivos para iniciar este duelo al anochecer. Yo tropiezo. Tú pierdes la cuenta. Yo repto hasta el borde del abismo. Tú caminas hacia el horizonte vespertino. Es fácil. Basta con darnos la vuelta y disparar al vacío, pero tenemos tanto miedo de errar el tiro... A veces, aún pienso que todo lo que no fue podría haber sido. Otras, tú me demuestras todo lo contrario. A veces, tú tratas de negar las evidencias. Otras, yo te ayudo a creerte tus mentiras. Y continúa rodando la aterrada cámara, sin que el sádico director se atreva a censurar los delirios del psicópata guionista. Todos los espectadores ansían el comienzo del derramamiento de sangre, sin darse cuenta de que tus hemorragias y las mías siempre serán internas. Abrázame, hasta que despiertes de esta pesadilla.
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
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martes, 27 de junio de 2017
martes, 9 de diciembre de 2014
Naufragios (V)
Sólo somos dos cobardes que esperan sentados a que el destino libre las batallas que no nos atrevemos a afrontar. El tiempo pasa y tú no impides que me aleje un poco más. Caemos en picado y yo no evito que te agarres a los clavos ardiendo de la pared de espino. Estrellas pertenecientes a constelaciones cuyo nombre no somos capaces de adivinar trazan caminos que no tenemos valor para seguir. Antes de amanecer, todo está en calma. Sólo nuestros sueños abortados revuelven las sábanas de dos camas separadas por kilómetros de más de mil metros. Somos dos náufragos a la deriva que huyen de su tabla de salvación. Las algas se enredan en mis piernas, en mi pubis, en mis muñecas, arrastrándome hacia un fondo lleno de cortantes abismos de coral. Tú descansas sobre las escamas del resbaladizo regazo de la última sirena varada en tus caderas. Cada vez que tratamos de respirar algo de oxígeno, una bocanada de agua encharca nuestros pulmones. Me hundo en el mar de mi propia sangre, mientras añoro tus oscuras pupilas de gris cobalto, que siempre dijeron lo que los dos callamos. Tú flotas en la espuma de mis versos, que siempre callan lo que nunca nos diremos.
miércoles, 22 de octubre de 2014
Naufragios (IV)
Tú tan lejos y yo tan cerca del desastre. Millones de luces titilan sobre la espuma de esta tarde moribunda. El último rayo de sol corta las cadenas de los monstruos, desatando la ira de la noche más sombría. Ruge el avión que te transporta por encima de las nubes. Los paneles del aeropuerto no se apiadan de mis manos, entrelazadas en una oración que nadie escucha. Un no te vayas convertido en telegrama. Cinco adioses tatuados en los labios. Un amor sin salvavidas zozobra en un océano sin nombre. Las sirenas ya no cantan ni recogen náufragos suicidas. Un estómago sin el confort de la Biodramina vomita en medio del Atlántico un no me dejes a mi suerte. Las velas se rasgan las vestiduras al ver tu sombra reflejada en la cresta de las olas. Tus promesas incumplidas su hunden como piedras en el fango de mi iris. Sólo tu voz permanece incólume. El resto de tu recuerdo es un cadáver devorado por los peces del olvido.
lunes, 30 de junio de 2014
Naufragios (III)
Volveré a dormir cuando te alejes de mí, cuando despegues tus huellas dactilares de las paredes de mis huecos y tu saliva deje de caer en cascada por mis precipicios más abruptos, cuando se desvanezca el eco del borboteo de tus besos y el aroma del flanco izquierdo de tu cuello se confunda con el resto de prosaicos olores de este mundo, cuando me dejes sola e indefensa, abandonada a la deriva de este mar helado, plagado de tornados, en el que es imposible flotar sin amputar alguno de tus miembros. Sólo entonces cerraré los ojos y, como todos los seguidores de Calderón, fingiré que la vida es sueño, en lugar de pesadilla, que nada de lo que me rodea es cierto, que tu ausencia es tan sólo una sombra proyectada en la pared por un cinematógrafo que se está quedando sin película y tu recuerdo una picadura de mosquito, que es mejor no rascar, por más que pique. Todo es lento, aunque nunca se detenga el movimiento.
lunes, 4 de noviembre de 2013
Naufragios (II)
Cuando llegaron las termitas, tú ya te habías convertido en piedra. Besaron tus muñecas, pero no encontraron ni una partícula de madera que llevarse a la boca. Te abandonaron y devoraron otros cuerpos más porosos y barnizados, que flotaban en el agua a la deriva, mientras tú, pesado granito, te hundías sin remedio entre las olas que azotaban los restos del naufragio. Saber nadar no te sirvió de nada. El mar te sepultó viva, mientras otros morían roídos por los implacables isópteros. Las víctimas no emitieron ninguna queja ni protesta, anestesiadas por el placer que provoca entregar el cuerpo propio al cuerpo ajeno. Tus gritos se ahogaron en un agua poco proclive a trasmitir el sonido del terror. Lloraste. También las rocas derraman lágrimas, pero todos las confunden con gotas de rocío. Ahora sólo tienes que esperar a que la Gran Sequía te devuelva a la superficie, una vez evaporado el hábitat de las algas que ahora te sirven de sudario. No es la primera vez que ocurre. Escucha. Aún hay peces que recuerdan cómo se formaron los océanos y el significado de los ríos que riegan las tierras baldías. Te esfuerzas en convertirte en corcho para poder hacer el muerto hasta la orilla, sin darte cuenta de que es la densidad de tus sueños la que te impide respirar un átomo de oxígeno que no esté ligado a dos de hidrógeno. Vivir es esto. Morir, lo otro.
domingo, 12 de mayo de 2013
Naufragios (I)
Estás metida hasta el cuello, pringada hasta las cejas, pero aún piensas que existe solución, que puedes sobrevivir indemne al naufragio. No te hundes con el barco. Hace tiempo que saltaste por la borda para nadar con los delfines y, sin embargo, lo único que has hecho hasta ahora es pelear a dentelladas con los tiburones. No te quieren, pero eres tú quien los hiere. Tus colmillos son más agudos que los suyos. Tus aletas mucho más firmes a la hora de fijar el rumbo. Nada en la espesura de la nada. Sumérgete en la hora más oscura de la madrugada. No te importe la ausencia de linternas. Hay salidas que sólo se encuentran a tientas.
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