sábado, 10 de marzo de 2018

Heridas (XV)

Todas esas balas que no alcanzaron su objetivo se pudren ahora en la pared que custodiaba mis espaldas. Me dijiste que corriera, que huyera del peligro, pero me quedé quieta, dispuesta a enfrentarme al pelotón de fusilamiento. Ellos, tan seguros de la omnipotencia de sus armas. Yo, tan convencida de la inminencia de mi final. Todas esas palabras disparadas para herirme reverberaron en el aire hasta convertirse, primero, en eco; luego, en bruma. Di un paso al frente, mi vulnerable pecho al descubierto, sus lenguas como dagas de filo envenenado. El miedo se evaporó sin yo tratar de exorcizarlo. Sus ojos inyectados en sangre, sus colmillos ansiosos por rasgar mi carne. Seguí avanzando hacia mis enemigos, mirada enhiesta, caminar tranquilo. Por un momento, dudaron. Después, continuaron atacando; pero, cuando la primera ráfaga de metralla no te mata es difícil que lo haga la segunda. Pensé que eran más fuertes, pero, por más que lo intentaron, no lograron abrirse paso a través de mis entrañas. Luego, tú regresaste, con tu barba de dos días y tu alma de apátrida. Me preguntaste si estaba bien, si me habían hecho daño y yo no supe mentirte. Me desvanecí entre tus brazos, con la esperanza de que el verdugo pudiera mutar en salvador. "Dame los nombres de todos los culpables y acabaré con ellos". "Tú has sido siempre mi único asesino".

miércoles, 7 de marzo de 2018

Desastres (I)

No voy a mentirte. Fue la decisión correcta. Necesitábamos un culpable y lo encontramos. El Destino sólo existe para que los cobardes no tengamos que asumir la responsabilidad de nuestros actos y omisiones (sobre todo, de nuestras omisiones). Hay problemas que no tienen solución. Tú. Yo. Otros que nadie osa siquiera tratar de resolver. ¿Nosotros? Era duro no tener que desnudarme, pero era más jodido aún compartir todos y cada uno de tus monstruos. El chicle que no llegó nunca a mudar de boca. Las serpientes de tus dedos, enredadas en otras zarzas distintas de las mías. Esa ducha tibia aquella tarde de lluvia. Mi corazón gruyère. El vino de tus lágrimas. Abrázame. Sólo una vez más. Deja que mi tabique torcido se hunda en el lado izquierdo de tu cuello, que respire tu calor, antes de enfrentarme al frío de esta madrugada pegajosa. Aprieta fuerte, hasta dejarme paralítica, incapaz de seguir el rastro que conduce al origen del desastre. Y, luego, abandóname, como se abandonan los sueños de la infancia, como se descartan las posibilidades imposibles de realizar. Dime, ¿cómo se enhebran los reproches que nos hacemos a nosotros mismos?

lunes, 5 de febrero de 2018

Invierno (III)

Copos aterrizando en los tejados, nieve que se convierte en agua, agua que se transforma en llanto, llanto que fluye como un río. Una ráfaga de viento me hiela para siempre el corazón. Sólo tu aliento podría derretirlo, pero tus labios recitan ahora versos muy lejos de mi pecho, versos que dejan de ser poesía para mutar en anodino ruido cotidiano, palabras que cualquiera podría pronunciar, desnudas de belleza y de verdad. Ya no sé si tú eres tú o sólo un reflejo de quien solías ser; pero yo ya no soy aquélla a quien conociste, sino esa otra que existía antes de ti, la que sobrevive a cualquier tipo de naufragio y bomba nuclear, la que muda de piel, que no de esencia, la que corre desnuda entre los cadáveres, siempre herida, pero nunca moribunda. Un manantial de tinta brota de cada uno de los huecos que horadaste con tus dientes. Escupiste mis pedazos a medio masticar y dejaste que los buitres devoraran partes de mí que jamás seré capaz de recuperar. O puede que no, que sólo les entregaras trozos de mí que nunca me definieron, que sólo lograrían confundirlos, haciéndoles creer que poseían lo que ni siquiera tú llegaste jamás a tener. A veces te vislumbro, a pesar de la distancia. Un océano de tristeza continúa anegando tu mirada y es tanta la pena que flota en tus pupilas de pizarra que no sé si son tuyas todas las lágrimas que no te atreves a derramar o si robaste algunas de las mías en el medio de una de nuestras noches de alquitrán. Aún me quema tu dolor en las palmas de mis manos. ¿Sigue mi susurrante grito taladrando tu tímpano izquierdo? Este frío ya no ralentiza mis latidos, pero continúa raspando mi garganta al respirar. Copos esquiando en mi laringe, nieve sucia que tizna mi boca de reproches, reproches que resecan mis labios, labios que muerdo hasta hacerlos sangrar, sangre que se convertirá en barro, barro que sólo se transformaría en vino si pudiera volver a emborracharte con mi sed.

martes, 9 de enero de 2018

De Este a Oeste

Creo que todo terminó en aquel aeropuerto, mientras recorríamos tiendas en las que no deseábamos comprar nada, en las que sólo tratábamos de malgastar las horas previas a la gran encrucijada. Ninguno de los dos queríamos hablar, seguramente porque ambos sabíamos lo que el otro quería decir y no teníamos ganas de escucharlo. Ambos nos quejamos por haber llegado demasiado pronto, aunque lo que realmente lamentábamos era que fuera demasiado tarde para evitar un final que ansiábamos desde el principio. Yo no te buscaba. En realidad, había empezado a admitir que tal vez no existieras. Tú creías que otra era yo y eras feliz viviendo tu mentira. Ninguno de los dos provocó la colisión. Es más, ambos luchamos con todas nuestras fuerzas para resistir el inexorable cumplimiento de las más elementales leyes de la física. Obviamente, fracasamos; pero, a día de hoy, aún negamos la derrota. Finalmente, llegó el momento de embarcar, tú por tu lado, yo por el mío, asientos no sólo separados, sino en zonas diametralmente opuestas. El abismo se abrió y ambos nos dejamos engullir por su voraz apetito. Te busqué con la mirada, pero no pude otear tu cínica sonrisa. Me ajusté el cinturón, como si aún hubiera algo que pudiera detener la caída. El despegue fue rápido, el vuelo lento, casi eterno. El atardecer nos perseguía, sin prisa, pero con saña. Por un momento, pensamos que podríamos ser más veloces que el homicida sol vespertino, pero también en esto estábamos completamente equivocados. Te imaginé leyendo, tal vez durmiendo, nunca soñando. Me imaginé valiente, desnuda amazona cabalgando sin miedo hacia la gloria o hasta la muerte, palabras tensas, a punto de ser disparadas en busca de un órgano vital en el que hincar la sierra de sus dientes. Te vi triste, confuso, totalmente desorientado entre tus dudas. Me vi cobarde, temblorosa hoja agitada por el viento, cachorro abandonado en la cuneta del camino. Aterrizamos, aunque nunca hubiéramos sido capaces de terminar de despegar los pies del suelo. Tu maleta salió mucho antes que la mía y tú te fuiste sin esperarme, se te hacía tarde y, al contrario que yo, tú tenías que madrugar al día siguiente. Te observé, alejándote despacio, como si una parte de ti aún barajara la posibilidad de no marcharte, pero no permitiste que tus piernas dejaran de avanzar. Habría sido un error imperdonable y tú y yo nunca aprendimos a equivocarnos. Tu cuello no giró hacia atrás ni un sólo milímetro, pero una parte de mí quedó para siempre petrificada en aquel preciso instante, en aquel maldito lugar, en aquel jodido silencio envuelto en ruido.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Consejos lunáticos (VII)

Dispara, hasta que el retroceso del arma te reviente el corazón.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Dios

Dios es el susurro que se esconde en el murmullo de los árboles agitados por el viento.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Intolerancia alimentaria

Yo no sé escribir, sólo vomitar palabras, no porque padezca de bulimia, sino porque mi estómago no digiere bien la combinación de ciertos vocablos. No es que sea intolerante a la "ausencia", al "suelo", al "frío", al "peso" o al "mármol", sino que no puedo retener en mi interior el hiriente cóctel de "el peso de tu ausencia ancla mis labios al frío mármol de este suelo sobre el que tatuaste las huellas de tu huida". El reflujo comienza con la imagen que resume este desastre, pero es la verbalización de la película la que amenaza con corroer mi esófago si no libero el desbocado tren de la citada sucesión de letras separadas por espacios. No soy culpable de la imposibilidad de la metáfora. El engendro surge siempre sin intervención alguna de un atisbo de acto volitivo. Soy víctima, no verdugo; el ánfora que contiene el líquido corrosivo, puede que incluso la mano que vuelca el veneno sobre la mesa, pero nunca la sustancia que consume con saña la madera. Se trata de una simple cuestión de supervivencia y he muerto demasiadas veces como para no darme cuenta de que en la próxima ocasión es posible que no logre resucitar al tercer día. "Y mi lengua lame con fruición los contornos de tu rastro, saboreando el agrio recuerdo de tu sombra, sedienta de una gota más de tu saliva". No, no es que quiera disfrazar mis sentimientos, es que cuando los mismos nacen desnudos de artificios mis ácidos gástricos consiguen con paciencia desintegrarlos en trozos lo suficientemente pequeños como para que alcancen mi intestino. No, no es que no te eche de menos, sino que cuando el dolor o la tristeza carecen de sábanas que les sirvan de mortaja resulta menos difícil callar junto a la fosa en la que entierro los cadáveres del ayer que no regresará de entre los muertos. No, no es que no te quiera, sino que no necesito desvelar el amor hasta que muta en poesía.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Mañana. Jamás

Tú y yo nunca nos convertiremos en nosotros y, si te soy sincera, no sé muy bien por qué. ¿Recuerdas el día en que nos conocimos? Yo, tampoco; probablemente, porque no nos dimos cuenta de lo que podríamos haber sido hasta que, definitivamente, asesinamos cualquier posibilidad de llegar a serlo. Algunas historias nunca empiezan. Sólo terminan. Ésta, por mucho que me duela reconocerlo, es una de ellas. ¿Cómo se cuenta lo que no ha ocurrido, aquello que jamás llegará nunca a suceder; pero que, al mismo tiempo, tuvo lugar, aunque no espacio? ¿Qué distingue al sueño de la pesadilla? ¿Cuántas lunas hace que no nos sangran las heridas? Dijimos tantas cosas sin decir nada. Nos abrazamos al más elocuente de todos los silencios y, aún así, no fuimos capaces de desembarazarnos de los monstruos. Nos convencimos de que nuestros abismos no formaban parte del mismo precipicio: no soy yo, tampoco tú, ¿por qué siempre importa más quién declaró la guerra que quién decidió firmar el armisticio? Y puede que no sea mejor así, pero ¿qué más da, si no puede ser de ninguna otra manera? No, no podemos remediarlo. Ni tú ni yo aprenderemos nunca a reparar todos los daños. Tanto sol para alumbrar las lágrimas. Tan poca lluvia para regar unas sonrisas en peligro de extinción. Tus excusas, mi coartada y aquella mutante canción que siempre resuena en la distancia. ¿Recuerdas el último día que nos vimos? Yo, tampoco; probablemente, porque, por aquel entonces, no sabíamos que mañana, la mayor parte de las veces, acaba convirtiéndose en un sinónimo de jamás.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Todas estas canciones

Hay cosas a las que tenemos que enfrentarnos: las flores que se pudren en el jarrón, como recuerdos imposibles de amputar, que envenenan poco a poco nuestros sueños, hasta convertir al insomnio en nuestra única opción de redención; el polvo que descansa en la repisa del salón, emborronando todas las verdades que no nos atrevemos a decir, ensuciando la esperanza de un futuro sin secretos, embarrando los caminos que una vez condujeron a Oz; la copa que, aunque agrietada, no termina de romperse, heroico bastión que resiste tanto los embates de las huestes enemigas como la cobardía de unos defensores que hace mucho que perdieron su fe en la victoria; el mosquito espachurrado contra la pared, más sangre que cadáver, efímera y volátil existencia convertida en cuadro abstracto que cualquier galerista de Nueva York mataría por tener en sus vitrinas. Hace frío o, quizá, no. Tal vez sólo tengamos fiebre y sed y hambre y únicamente exista en el mundo una persona capaz de extinguir nuestros incendios, hidratar nuestros resecos labios y colmar el vacío que se agazapa tras el telón de nuestro ombligo. O, a lo mejor, no sea ése el verdadero peligro que nos ronda. Hay miradas que lo dicen todo, incluso aquello de lo que el corazón tanto reniega. Y sé que piensas que todo ha terminado, que sobreviviste indemne al deseo inacabado; pero, cuando ya no signifiquen nada para ti, todas estas canciones seguirán hablando de nosotros.

martes, 27 de junio de 2017

Naufragios (VI)

Mis manos están dormidas. Sólo tu piel podría despertarlas, pero sé de sobra que tu epidermis jamás volverá a entrar en contacto con las yemas de mis dedos. Hay decisiones que no se toman, sino que nos toman por sorpresa y en contra de nuestra voluntad, pero ésta no es una de ellas. Éste es el resultado de nuestra testaruda omisión de las palabras y acciones que habrían podido evitar el naufragio del Titanic. Ambos queríamos chocar contra el iceberg, dejar que el hielo rasgara nuestras tripas, ahogarnos en el frío de una interminable y acuosa noche atlántica. Aceptamos el desastre, nos sumergimos dócilmente en sus profundidades más tenebrosas y culpamos al destino de todo aquello que podríamos haber ahuyentado con un leve movimiento de nuestros labios. Espalda contra espalda, comenzamos a contar los pasos preceptivos para iniciar este duelo al anochecer. Yo tropiezo. Tú pierdes la cuenta. Yo repto hasta el borde del abismo. Tú caminas hacia el horizonte vespertino. Es fácil. Basta con darnos la vuelta y disparar al vacío, pero tenemos tanto miedo de errar el tiro... A veces, aún pienso que todo lo que no fue podría haber sido. Otras, tú me demuestras todo lo contrario. A veces, tú tratas de negar las evidencias. Otras, yo te ayudo a creerte tus mentiras. Y continúa rodando la aterrada cámara, sin que el sádico director se atreva a censurar los delirios del psicópata guionista. Todos los espectadores ansían el comienzo del derramamiento de sangre, sin darse cuenta de que tus hemorragias y las mías siempre serán internas. Abrázame, hasta que despiertes de esta pesadilla.