A veces se nos abren las heridas y los recuerdos se deslizan sinuosos sobre la piel que nunca hemos rozado. ¿Qué fue cierto y qué mentira? ¿Cuántos pasos separan la carrera de la huida? Nunca sabrás lo cerca que estuvimos del desastre. Nunca te confesaré lo que ahora escondo entre estas líneas. Fui el globo de helio y tú el niño que deja que el cordel se escurra entre sus manos. Voy directa hacia las nubes y sé que tú nunca aprenderás a despegar los pies del suelo. Dime, ¿alguna lágrima se desliza, vergonzosa, por tu mejilla? Estoy demasiado lejos para apreciarlo o, tal vez, el problema es que no llevo puestas las gafas. Por si tú también te las has olvidado en casa, ahora mismo, yo tengo la cara embadurnada de rímel y sólo tus labios podrían drenar el alquitrán que contamina mis pestañas. Los peores demonios son aquéllos a los que no acertamos a poner nombre: la corriente eléctrica que me sacudía en tu presencia, esa incontrolable sonrisa que tratabas de espantar con una pasada de tu mano sobre tu rostro. Yo quería mirar hacia delante, tú en cualquier otra dirección, pero ambos cerramos los ojos, mareados de tanto negar nuestros abismos. Las imágenes del pasado giran cenicientas en mi cabeza, hasta provocarme una jaqueca insoportable. Quiero que me preguntes qué me pasa, si estoy bien, si hay algo que puedas hacer por mí; pero tú, que ya conoces todas las respuestas, sólo callas y tu silencio es una flecha en mi costado, atravesando mi pulmón, impidiéndome recuperar el aliento que nunca me ha sobrado. Sí, lo sé. Tú no querías soltarme, pero yo necesitaba que lo hicieras para poder culparte.
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
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martes, 15 de mayo de 2018
sábado, 10 de marzo de 2018
Heridas (XV)
Todas esas balas que no alcanzaron su objetivo se pudren ahora en la pared que custodiaba mis espaldas. Me dijiste que corriera, que huyera del peligro, pero me quedé quieta, dispuesta a enfrentarme al pelotón de fusilamiento. Ellos, tan seguros de la omnipotencia de sus armas. Yo, tan convencida de la inminencia de mi final. Todas esas palabras disparadas para herirme reverberaron en el aire hasta convertirse, primero, en eco; luego, en bruma. Di un paso al frente, mi vulnerable pecho al descubierto, sus lenguas como dagas de filo envenenado. El miedo se evaporó sin yo tratar de exorcizarlo. Sus ojos inyectados en sangre, sus colmillos ansiosos por rasgar mi carne. Seguí avanzando hacia mis enemigos, mirada enhiesta, caminar tranquilo. Por un momento, dudaron. Después, continuaron atacando; pero, cuando la primera ráfaga de metralla no te mata es difícil que lo haga la segunda. Pensé que eran más fuertes, pero, por más que lo intentaron, no lograron abrirse paso a través de mis entrañas. Luego, tú regresaste, con tu barba de dos días y tu alma de apátrida. Me preguntaste si estaba bien, si me habían hecho daño y yo no supe mentirte. Me desvanecí entre tus brazos, con la esperanza de que el verdugo pudiera mutar en salvador. "Dame los nombres de todos los culpables y acabaré con ellos". "Tú has sido siempre mi único asesino".
martes, 21 de marzo de 2017
Heridas (XIV)
Sonámbula. Descalza. Transparente espectro endemoniado. No recuerdo ni la mitad de lo que digo envuelta en la mortaja de unas sábanas distintas de las tuyas. No es el camino el que desgarra, sino la forma en la que nos apuñalamos contra sus piedras. He aullado mi pena en los corredores de los castillos más sombríos, en los bosques donde sólo la luna arroja algo de luz, en las casas que conversan con la crujiente madera abandonada. He tentado la pared, sin estar segura de si sus ladrillos esconden el embrión de un sueño aún sin engendrar o una pesadilla que me estrangulará con saña antes de que consiga despertar del espejismo en el que ahora vago desorientada. He recorrido todos los kilómetros que te empeñaste en tatuar entre nosotros para darme cuenta de que puede que la distancia sea lo único que llegue a acercarnos alguna vez. He crucificado en otros labios cada uno de tus silencios, pero ninguno de mis miedos será nunca exorcizado. He roto la calma de la noche en mil pedazos. He caído, como árbol milenario talado por la codicia de los hombres. He arrastrado las cadenas del destino que me lastra al paraje más triste de la Tierra. He dejado que la verdad recite la incoherencia de este desamor correspondido. He tragado el polvo de la efímera ilusión que guiaba mis tropiezos. Me he enterrado en el cementerio del futuro que nunca llegará a pertenecernos. Tú eres la herida y yo la sangre que se derrama entre sus bordes.
jueves, 28 de agosto de 2014
Heridas (XIII)
Tu veneno en mi piel, multiplicando la sed, crucificando mi sombra en la pared, agujereando tu nombre en mi sien, hasta horadar la parte más externa de mi córtex cerebral. No existen pastillas que bloqueen del todo tu recuerdo, ni jabón que te desprenda de los contornos de mi cuerpo. Mis uñas continúan arañando la puerta que dejaste entreabierta, el esmalte desgastado, los dedos llenos de astillas; pero ambos sabemos que ninguno de los dos traspasaremos el umbral que ahora nos separa. A veces quisiera volver atrás, construir una muralla que proteja nuestro castillo de naipes de cualquier iracunda ráfaga de viento. Quizá sea mejor mirar hacia delante, soltar el lastre del pasado y correr ligera hacia el futuro, pero el nudo es demasiado fuerte para ser deshecho, también para ser cortado. Cada vez que tratamos de desatarnos, nos estrangula un poco más la cuerda. Mis ojos insomnes, cuna del terror a lo desconocido, sólo se cierran cuando son envueltos por la camisa de fuerza de tus manos. Un búho ulula al otro lado de la ventana del manicomio. Tú aúllas todas tus heridas. Nuestros miedos son arañas que corren asustadas para no morir aplastadas por un periódico homicida.
domingo, 18 de mayo de 2014
Heridas (XII)
Tan cerca y tan lejos del desastre, acariciando el filo de la navaja hasta cortarte, convencido de que, para olvidar el escozor de una herida, sólo hay que aplicar una buena cantidad de desinfectante. Estoy cansada de ayudarte a levantarte. Poco parecen importarte las escamas que se desprenden de mi piel hasta rasgarme. Bajo tus pies, crujen mis pedazos, pero el silencio es el único eco de mis gritos y tú eres sordo al sonido del vacío. Tu pasado es una patada en la entrepierna. Mi futuro un poema emborronado por la lluvia. Las fuentes se quiebran bajo el peso de los colosos que no forman parte de la mitología griega. Sólo un gigante llora sin derramar una lágrima. Me gustaría poder decir que comparto su dolor, pero no es cierto. Por más que lo intente, nunca lograré adivinar el número exacto de astillas que se han clavado en tus sueños. Por más que trate de convencerme de lo contrario, nadie podrá extirpar los dardos que acertaron en la cerradura de mis labios. Son tus lamentos mis suspiros. Deja que los filólogos malgasten sus vidas pensando que pueden pescar una frase coherente en este embravecido mar de letras sin sentido.
domingo, 29 de diciembre de 2013
Heridas (XI)
El tiempo me dispara por la espalda y retroceden los minutos como consecuencia de la descarga. Volver atrás para evitar el error. Era justo lo que necesitaba. Pero, una vez en el pasado, soy incapaz de cambiar las cosas. Dejo que todo suceda igual, que nada cambie. Es mejor así. Si no puedo borrarte de mi mente, ¿por qué habría de extirpar aquella noche de mi vida? Disfruto sumergida de nuevo en el desastre. Contemplo con calma el cataclismo. Ni me molesto en tratar de tapar el agujero. El barco se hunde y yo con él. Aún así, no muero. Mis pulmones se convierten en branquias y mis piernas en cola de pez. ¿Son así las sirenas? No creo. Yo no canto como ellas. Yo callo y lloro unas lágrimas que sólo se distinguen del agua de mar que me rodea por una mayor concentración de sal. El mar flota sobre mis lágrimas y yo me agarro con fuerza al fondo para no salir a la superficie, pues en la superficie estás tú. Al llegar al presente veo la sangre. Tardo en entender que es mía y no de los náufragos que no sobreviven a los maremotos. Busco el orificio por el que se escapa y trato de taponarlo. Lo logro durante un par de segundos, hasta que comprendo que ahora yo soy el barco. Dejo que mi cuerpo, herido por el tiempo, se vacíe completamente. En los últimos instantes floto hasta la superficie. Hay un loco que otea con un catalejo el horizonte. Hace tiempo que olvidó qué es lo que buscaba. Han pasado demasiados años, pero sabe que cuando lo encuentre recordará lo que era. Una mujer exangüe con cola de pez. Un loco olvidadizo. Es un amor más imposible que nunca. Si el loco no fueras tú, el final me parecería poético. Estabas en lo cierto. Cuando ves lo que buscabas recuerdas de qué se trataba y enseguida te lanzas a por ello. Cuando lo haces, ya no me quedan fuerzas para recordarte que nunca aprendiste a nadar. Te asustaba demasiado el mar. Y ahora que no tienes miedo, a mí no me queda tiempo. Tu cuerpo hace el muerto junto a mi cadáver. Esperas que te devoren las gaviotas, pero se asustan al verte. Tu corazón no late como el de un moribundo. Tampoco como el de un cobarde. No hay dudas ni en tus sístoles ni en tus diástoles. El mar te acuna, mientras diluye mi sangre perdida. El agujero sigue abierto. Es fácil rellenar la herida.
miércoles, 12 de junio de 2013
Heridas (X)
No quieres que se cierre la herida, porque él yace en su interior y, si cicatriza el corte, perderás su imagen para siempre. Separas la carne y hurgas con los dedos tratando de apresar un pedazo de su esencia. No hubo suerte con la pesca. No cazaste a tu presa. Con aguja e hilo negro coses el agujero de la cara interna de tu muslo derecho. Olvidar para vivir o vivir para olvidar. A veces, es casi lo mismo sumar que restar.
domingo, 31 de marzo de 2013
Heridas (IX)
Cuento las heridas de mis brazos. Demasiados golpes. Sólo un tortazo. Hiervo agua para un té. A última hora, decido teñirla de café. Dormir sin ti no merece la pena. No descanso. Nunca sueño. Mejor permanecer despierta y escribir acerca de todo esto que me gustaría no sentir, de las caídas que sufrí, de los huesos fracturados que logré unir, de los cardenales amoratados que recopilé por ti. No malinterpretes lo que digo. Aunque no se vean las marcas, mis poros sangran.
miércoles, 2 de enero de 2013
Heridas (VIII)
Están cerca, muy cerca, a sólo dos metros de distancia, pero ya no se ven, no se sienten ni se presienten, ya no se buscan, ya no se duelen, ya no se quieren. Él aprieta la mano de otra. Ella rodea la cintura de otro. Dos metros de distancia que miden el tamaño del abismo que separa a dos almas que antes se fundían incluso cuando no se tocaban. Sopla el viento y el aire esparce su aliento. Él se estremece. Hay olores que aún escuecen y recuerdos que nunca mueren.
domingo, 8 de julio de 2012
Heridas (VII)
Las esquirlas de tus huesos se esparcieron por ahí. Las espinas de tus manos se me clavaron justo aquí. Sangre y huesos. Huesos y carne. Carne y sangre. Fango. Lucha en el barro. ¿Qué estarías dispuesto a hacer para sobrevivir? ¿A quién venderías para no morir?
lunes, 4 de junio de 2012
Heridas (VI)
Lloras todo el dolor que llevas dentro, tratando
de lavar tus pecados más sucios, pero sólo consigues manchar de rímel la
almohada, de rojo tu nariz y tu mirada de gris. Sabes que este sufrimiento
nunca terminará y le gritas al viento deseos que tu ángel de la guarda no se
molestará en tratar de convertir en realidad. Ya nadie cree en los cuentos de
hadas, tan sólo tú, pero ningún espíritu mágico enjuga tu llanto ni limpia tu
herida. La fe consiste en eso, en creer en lo que no se puede ver, en defender
lo que nadie es capaz de demostrar, en sentir que, a pesar de todo, vale la
pena vivir.
domingo, 3 de junio de 2012
Heridas (V)
Rosa se viste de
rojo para camuflar su herida más mortal, ésa que nunca deja de sangrar, la que
le dolerá hasta el final. Se le abrió sin darse cuenta y ahora no la sabe
cerrar. Busca un buen sastre que la sepa cauterizar con una aguja al rojo vivo
sin enhebrar o con una cremallera en tortuoso zig-zag. Pero ya no quedan
valientes que maten siete de un golpe. Ni gigantes, ni moscas. Mucho menos
fantasmas, que ésos ya están muertos, aunque se nos aparezcan en sueños.
martes, 29 de mayo de 2012
Heridas (IV)
A veces es difícil. Otras es imposible. Sonreír. Fingir. Vivir. Repetir hasta el fin lo que no queremos volver a reproducir. Seguir. No huir. No alejarme de aquí, de esta ciudad que no elegí, de la herida carmesí, del vacío en el que crecí. El agujero negro. El desierto. El destierro. El infierno. A veces hiela. Otras quema. Siempre escuece y envilece. No sé cuándo empecé a morir. Dicen que un segundo después de llegar al mundo. Yo creo que no fue entonces. En aquel momento todos nos creemos inmortales. Nuestra fe en el infinito se mantiene varios años. A veces, décadas. Luego, algo que creíamos indestructible se destruye. Contamos tres segundos. Uno. Dos. Tres. Comienza la cuenta atrás. El primer paso hacia el inevitable final. Caminamos sobre un alambre inestable. Miramos hacia abajo. Contemplamos el vacío. Algunos saltan para sumergirse en él. Otros aguantan y cuando resbalan tratan de sujetarse hasta que las manos sangran y se rasgan. Yo no avanzo. Tampoco caigo. Permanezco quieta. Congelada. Equilibrada en mi desequilibrio más estable. Espero y cuento. Uno. Dos. Tres. Puede que vuelva a nacer sin llegar a fallecer o puede que tú te conviertas en mi red en lugar de dispararme en la sien.
martes, 28 de febrero de 2012
Heridas (III)
Te digo que ya no me dueles más, mientras la herida no para de sangrar. La vendé antes de volverte a ver, la cerré, la apreté, la taponé con toneladas de papel. Y, aún así, se abrió al captar tu olor y escuchar tu voz. No entiendo la razón. Acorté la conversación, mientras el dolor amenazaba con estrangular mi corazón. Temblaban mis pestañas, lloraban mis legañas, se marchitaban mis entrañas. Para volver a casa seguí el reguero de sangre que había marcado mi camino hasta ti. Tras 10 kilómetros orgullosamente erguida, hinqué las rodillas en la tierra roja de Tara y me arrastré hasta un mañana que ya no será otro día. Y allí, tumbada sobre un futuro post nuclear esperé a que la lluvia ácida terminara de carcomer mi cenicienta piel. La hemorragia se detuvo, el dolor se contuvo, tu saliva ablandó el papel y tu lengua traspasó la red de contención. Se colapsó mi respiración. El hipo entrecortó mi llanto y propulsó mi vómito hasta tu oreja izquierda. Sé que no debí hablar, sé que no debí decirte toda la verdad, pero era noche cerrada, estaba cansada y totalmente trastornada por una luna llena que siempre iluminó mi vacuidad más plena. Debiste dejarme tirada en el medio de la calzada, permitir que un camión me triturara el esternón, pero creíste que podías recoger los pedazos y recomponer el puzle de retazos. No sabías que siempre me faltaron un par de piezas. Creí que tú las tenías, pero las tuercas que te sobran no encajan en la maquinaria del reloj de madera de boj que mide el paso de las notas de mi bloc y las páginas que restan para mi extinción, para mi completa desaparición, para mi más humillante rendición.
jueves, 29 de septiembre de 2011
Heridas (II)
Me caí de las ramas de tus brazos. Me partí la pierna. Me rompí tres costillas. Me torcí la muñeca. Dolorida, volví a trepar. Esta vez me agarraré con más fuerza. Esta vez no me podrás tirar.
sábado, 24 de septiembre de 2011
Heridas (I)
Hay una herida entre mis piernas que sólo tus dedos saben taponar, que sólo tus manos pueden suturar, que sólo tus labios son capaces de cicatrizar. Pero a ti te da igual y dejas que la sangre corra, que el desgarro aumente, que el agujero se llene de un inabordable e inmenso vacío. Tus uñas arañan otras epidermis, pero son mis células las que permanecen adheridas a tus cutículas, dueñas y señoras del techo de tus falanges, conquistadoras de tus huellas dactilares.
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