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jueves, 3 de septiembre de 2015

Caídas (IX)

El problema no es el vértigo, sino la sensación de vacío bajo los pies, esa milésima de segundo en la que te das cuenta de que no tienes nada a lo que agarrarte y comprendes que, irremisiblemente, vas a caer. Es sólo un instante, pero parece eterno y no sabes qué hacer con el elástico alargamiento de ese segundo inaprehensible. El dolor de lo inevitable, de aquello que ocurrirá en contra de nuestra más firme voluntad. Sólo hay dos opciones: morir luchando o dejarse ir. Sabes que nada de lo que ocurra a partir de ahora depende de ti (tampoco nada de lo que ha ocurrido antes), así que cierras los ojos y rezas para que termine pronto, para enfrentar cuanto antes el impacto y poder evaluar los auténticos daños de esta nueva precipitación en el abismo. Y el momento se descongela y, finalmente, caes y la caída duele, pero no tanto como pensabas y allí estás otra vez, mosca aplastada contra el cristal, que intenta, sin éxito, agitar sus alas atrofiadas y emprender de nuevo el vuelo; pero tus piernas no responden, tus tibias relampagueadas de vergüenza y tu corazón paralítico de determinación. Miras hacia arriba y contemplas a todos aquellos que nunca perdieron el paso, ni equivocaron el camino, enhiestos cipreses a quienes el viento más huracanado no consigue doblegar. Te gustaría ser como ellos, no tener que inventar fuerzas con las que volver a ponerte en pie, no verte obligada a utilizar los restos de ti misma para izar tus restos a media asta. Dos latigazos de fuego en las espinillas y un grito de rabia que te niegas a liberar de la mazmorra de tu estómago. Estás cansada, tan cansada como la risa de la tarde antes de emitir su último suspiro; pero hay una mirada que te aúpa, una Verónica que enjuga el sudor de tu frente y la sangre de tus sienes, una sonrisa que ahoga el llanto. Y tomas su mano y cojeas erguida, orgullosa de tu hazaña, machacado el miedo a las sombras que oscurecen el final de la escalera.

jueves, 5 de junio de 2014

Caídas (VIII)

El vértigo comienza cuando termina el miedo, cuando por fin te decides a saltar, a dejarte caer en el vacío, a sumergirte en lo desconocido. Sólo entonces comprendes lo que implica el cambio, también el riesgo, y decides que no importa, que no hay o no debe haber vuelta a atrás, que todo el pescado está vendido y que, si no sacas la basura, el olor a podrido terminará por contaminar toda la casa. Dejas que el pie derecho se deslice hasta el borde. Miras hacia abajo y empujas el pie izquierdo un poco más allá del límite marcado por su predecesor. Levantas un segundo la vista, buscando el final del horizonte y lo encuentras, justo antes de marearte y perder el equilibrio. Caes o asciendes. No lo sabes bien. La vida es un precipicio de paredes romas y resbaladizas. Tal vez sea mejor no tener a qué agarrarse.

jueves, 3 de abril de 2014

Caídas (VII)

Yo sueño con marcharme. Tú sueñas con volver. Los días pasan. Nada ocurre. Nuestras existencias permanecen inmutablemente insoportables o insoportablemente inmutables (el orden de los factores, a veces, sí altera el producto). Sólo nuestras mentes vuelan, mientras nuestros cuerpos permanecen anclados a suelos indeseados e indeseables. Quema el asfalto bajo la planta de los pies. Duele la tierra que no se siente como propia, aunque así se suponga que lo sea. De niños jugábamos a ser pájaros. Ahora no somos más que aves heridas que utilizan sus alas quebradas como excusa para no continuar a pie el camino que emprendimos al caer del nido. Ninguno de los dos cumpliremos lo que nos prometimos a nosotros mismos, porque somos adictos a la insatisfacción que provoca la derrota autoinfligida. Pero aún mantengo viva la esperanza de que un día nuestros sueños sean más fuertes que nuestra voluntad. Yo me iré y tú vendrás y ambos seguiremos añorando lo que no tenemos, tú a mí y yo a ti, mientras contemplamos un paisaje que ya no nos resultará extraño. Moriremos solos, pero el lugar ya no será el equivocado. O quizá sí. El piar de los pájaros siempre es el mismo.

jueves, 13 de marzo de 2014

Caídas (VI)

La madre juega con su gateante hijo de diez meses. De repente, lo sujeta de debajo de las axilas y lo yergue. Madre e hijo se miran a los ojos y sonríen. Entonces ella deja de sostenerlo, como si no existiera la posibilidad de que cayera al suelo. Él da sus primeros pasos. Nunca nadie fue jamás capaz de derribarlo.

domingo, 16 de junio de 2013

Caídas (V)

El mismo pecador, distinto pecado. La misma piedra que te hace besar el suelo. El mismo lamento hiriente, arrastrándote cual serpiente. Deberías parar antes de que sea tarde, antes de que desaparezca la posibilidad de huida; pero no quieres, no puedes, en realidad, no debes. Precipitarte en la cascada, sumergirte tres cabezas por encima de tu cuello. Flotar. Nadar. Bucear. Saber que, si abres los ojos, desaparecerá. Aferrarte al miedo. Sentir los celos de la musa que lo envuelve entre sus brazos. No es a ti a quien destapa por las noches, pero sí a quien dibuja de soslayo.

viernes, 17 de mayo de 2013

Caídas (IV)

Puede que después de todo no fuera cierto, que no te borrará ni el viento, ni el tiempo, ni la calidez de otro aliento o puede que sí, que cuando te prometí olvidarte lo conseguí. Pero hoy me tropiezo contigo y caigo al suelo. Sé que si miro hacia arriba no podré levantarme, pero al mirar hacia abajo me encuentro con tu mano tendida, dispuesta a ayudarme, a ejercer de palanca e izarme. No eres más que un callejón sin salida y yo una rata naufragada que bracea a la deriva.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Caídas (III)

Tropecé conmigo misma. Caí. Rodé. Sangré. Lloré. Me levanté. Volví a correr. Cerré los ojos. Apreté los dientes. Recé. Volví a caer. Esta vez no me levanté. Tampoco sangré ni lloré. Fue tu pie con el que tropecé. Lo besé. Lo lavé y desinfecté con la saliva que no tragué. Dame la mano y convénceme de que hay caminos sin piedras, aunque no los podamos ver.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Caídas (II)

Si pudiera tirarte por un puente, te empujaría. ¿Sobrevivirías?