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martes, 30 de agosto de 2016

Cataclismos (X)


No es tan fácil, dijo él, y tenía razón, aunque no fuera de esto de lo que hablaba, sino de algo tan parecido como distinto a los alfileres que ahora acupunturan mis tripas. No es el primero al que le jodo la vida. No eres el primero que me la jode a mí. El Señor de Voz Cavernosa y Bolsas bajo los Ojos escribió hace más de tres años todo aquello que a mí me habría gustado saber decir. Aunque haya cambiado, el disco aún no se ha rayado (mi piel horadada en sueños por la aguja de tus labios). Sé que nadie entenderá nunca estas metáforas, como tampoco yo comprendo al Lorca de Nueva York, pero algunos sentirán que la sangre que derramo ha circulado antes por sus venas, vomitada por arterias que no saben fluir en contra de los latidos asíncronos de su corazón discapacitado (hay cataclismos de los que sólo la noche puede ser testigo). Tropezar, caer, levantarse sólo a medias, porque hay heridas que no cierran y pedazos de nuestras rodillas que fallecieron sobre el asfalto (el ulular de las lechuzas desgranando las mentiras que fingimos que no oímos). Y morimos, cada día un poco más, reconcomida la carne, descalcificado el hueso, pellejo hueco, esqueleto en polvo que esparcirá el viento, aunque nadie sople (nuestros fantasmas más temidos golpean con furia las ventanas, rompiendo en mil pedazos esta madrugada de cristal). No es tan fácil, dijo él, y tenía razón, aunque estuviera completamente equivocado (algunos insomnios nunca terminan de conciliar el sueño).

jueves, 7 de julio de 2016

Cataclismos (IX)

Algún día todo esto explotará y ni tú ni yo sabremos cómo limpiar los pedazos de corazón de las paredes.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Cataclismos (VIII)

Ellos no entienden lo que pasa, este insomnio que se adhiere a la cara interna de los párpados, este deseo sin imagen concreta que dilate los espacios, este avanzar hacia lo desconocido, sin haber siquiera dado un paso. Ella lo intuye, pero se niega a aceptar la explicación, porque sólo hay algo peor que saber que Él no existe y es darse cuenta de que él es Él. Él lo sabe, pero prefiere mirar hacia otro lado, porque no comprende las intenciones de los monstruos que se agitan bajo la superficie, removiendo el fango, enturbiando el agua. Ella sólo quiere cortar el lazo que ahora estrangula sus muñecas, ahorcando venas, desangrando arterias. La noche palpita entre sus sienes. El aire quema en su garganta, obligándola a vomitar secretos cuyo oxígeno ya no nutre sus pulmones. Él se aferra a un tiempo que ha dejado de existir, a un espejismo que se contorsiona en el espejo del cuarto de baño, mientras él se ducha con agua fría. No hay vaho, sólo hielo y gotas que salpican los baldosines sin limpiar. Él trata de convencerse de que el amor no es esto, sino aquello, pero sus lágrimas sólo se secan cuando las derrama entre sus brazos. Ella lo sospecha, por eso los cruza fuertemente sobre el pecho, barrera de cristal que se quebrará cuando él decida traspasarla. El viento ulula entre las ramas de los árboles. La luna contempla orgullosa a sus cachorros. Hace frío y ella se esconde debajo de la cama. Ha oído pasos que, en lugar de acercarse, se alejan. Respira tranquila. La amenaza parece que se extingue en los límites de esta noche sin fronteras, pero todo vuelve. También esto. O quizá no. Él camina, seguro de haber dejado atrás el cataclismo, justo antes de tropezar con el abismo.

jueves, 5 de marzo de 2015

Cataclismos (VII)

¿Cuánto tiempo transcurrirá antes de que todo se derrumbe y el mundo se convierta en una mancha carmesí? ¿Cuántos días estrellaremos contra la pared, como copas disparadas con furia por manos colmadas de frustración? ¿Cuántas horas se escurrirán entre los labios, sin que ninguno de los dos sea capaz de encontrar la llave que abre la puerta a todos sus secretos? Permanecemos quietos, aunque queramos huir, aunque deseemos alejarnos del desastre, aunque nos neguemos a contemplar nuestro final. Tiembla el cielo. Se desgarra la tierra. Pero ahogamos el grito para no espantar a las presas. La única forma de sobrevivir es conseguir que el cazador elija otra víctima propiciatoria. Nos escondemos entre los árboles y cerramos los ojos, creyendo que eso basta para no estar nunca en el centro de la mirilla de su escopeta. Una bocanada de angustia revienta mi esófago. Tu mano se enreda entre mis dedos, tratando de enjugar mi miedo. Tu lengua cosquillea en mi oído palabras en las que nunca he querido tener fe: Tranquila. Sólo tenemos que aprender a respirar a través de las lágrimas, pero el llanto es una almohada que el destino aprieta fuertemente contra mi cara. Me ahogo entre tus brazos, casi tanto como fuera de ellos. El amor es un casco de caballo que piafa con saña sobre mi pecho desnudo. Traté de advertírtelo, pero para entonces tu corazón ya era una fosa llena de huesos quebrados.

lunes, 9 de febrero de 2015

Cataclismos (VI)

Tengo que provocar el cataclismo, hacer que todo se derrumbe, sepultarme bajo las toneladas de amianto que este cruel tejado ya no es capaz de sostener sobre las cabezas de los más desamparados. Tengo que trepar sobre los escombros, respirar el polvo de este aire apocalíptico, toser todos mis miedos, escupir mi desprecio sobre la montaña de desechos que se pudren bajo un sol que nunca ha perdonado a los cobardes. Tengo que huir de la escena del crimen, alejarme de los muertos que no deseaban sobrevivir, abandonar a los vivos que sólo saben llorar las desgracias que no quisieron evitar. Tengo que mirar al frente, nunca hacia atrás. Tengo que caminar sobre las tumbas de los héroes, desenterrar la memoria de los mártires, beber el valor de la sangre que derramaron para evitar lo inevitable. Tengo que abrir mis venas, verter los días que me quedan en el vano intento de construir castillos en el aire, disparar mis ideas a las nubes y cruzar los dedos para que, algún día, llueva la esperanza sobre esta tierra aniquilada. Tengo que navegar entre mis dudas para, como Descartes, poder regalaros una única certeza.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Cataclismos (V)

Me pareció verte pasar, con tu pelo grasiento y tus gafas sin graduar. Sentí el impulso de reptar entre los huecos abiertos por tus manos, pero mis orgullosos pies se negaron a seguir tus pasos. Tu incierto perfil se perdió entre la masa de desconocidos, mientras yo trataba de negociar con la suela de mis zapatos, que hacían oídos sordos a mis súplicas. Mis rodillas permanecieron inmóviles, testarudas objetoras de conciencia, reticentes a combatir en una nueva guerra. Te vi marchar, a ti o alguien como tú, constreñida en la camisa de fuerza que ataba mis extremidades inferiores. Juré no volver a llamarte, no intentar buscarte, dejar de amarte; pero pesan como losas los años sin besarte, me aplastan contra el asfalto, como un insecto ejecutado de un contundente manotazo. Esperé a que fueras tú quien me encontrara, pero nunca organizaste un safari para cazar la fiera salvaje que hiberna en mis entrañas. Lloré abandonada en la sabana, mientras los aborígenes ensartaban mis pedazos en sus lanzas. Las lenguas de las hienas lamieron los últimos restos de mi sangre. Había gente que saltaba al ritmo de tambores que evitaban que se desatara la violencia. Depuse mis insuficientes armas y abandoné la escena del crimen. Las pestañas me escocían mientras se desprendían de mis párpados. Oí tu voz que me llamaba por la espalda. Fingí que era otra la que se licuaba en lontananza.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Cataclismos (IV)

Sé que acabarás conmigo, que me asesinarás sin ser consciente de estar matándome, que me destruirás sin dejar pruebas del crimen, que me reducirás a la nada en tu deseo de hacer que perdure para siempre. No me importa. Está bien volver al origen, al principio de todo, al comienzo del universo. Además, no hay delito si existe consentimiento de la víctima. Perdona por no advertirte del peligro, por no informarte de lo que está pasando, por no anunciarte las consecuencias de tus actos, pero si lo hago querrás salvarme y la única manera de conseguirlo es alejándome de ti. Quizá ni siquiera eso. Tal vez ya no haya ninguna posibilidad de salvación. Sólo se trata de decidir qué es mejor, si morir lentamente de frío o fallecer en un segundo abrasada por el sol.

jueves, 1 de agosto de 2013

Cataclismos (III)

La falta de espacio nos obligó a acercarnos, a respirarnos, a desearnos. Sudaron nuestros labios al entretejerse nuestras lenguas. Se derritió el dolor, pero no triunfó el amor. Fue sólo un instante efímero, un paréntesis que no evitó el cataclismo. Consumido el tiempo que nos tocaba compartir, cada uno siguió su camino, dispuesto a afrontar nuestro divergente destino. Seguramente tendría que haber sido distinto, pero ¿cómo remar en contra de la dirección del viento? A veces, ni los más fuertes lo consiguen. Corazones a la deriva que no encuentran segura orilla, que chocan por azar y se separan por necesidad, que flotan entre los juncos del cañaveral, buscando un pedazo de tierra firme en la que poder atracar. No habrá olvido ni recuerdo, tan sólo adioses y destierro. Somos una prueba más de la oscuridad de estos tiempos, dos pedazos de roca que se desprenden del borde del abismo y caen sin hacer ruido.

jueves, 4 de julio de 2013

Cataclismos (II)

Miré cara a cara a la gorgona, retando mi pupila a su pupila, pero no me convertí en piedra. Cual vampiros, sus cabellos de serpiente clavaron sus dientes en mi cuello y mis muñecas, pero su veneno no enturbió mi sangre. No hay escudo que nos proteja de los deseos de los dioses ni espejo que refracte el mal. Sólo nos queda rezar y cruzar los dedos para que los reyes de las nubes atiendan nuestras súplicas. No hace falta que cercenes ninguna cabeza. Quienes estén condenados a morir serán fulminados por un rayo.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Cataclismos (I)

Los días en los que se producen los grandes cambios son exactamente iguales a aquéllos en los que nada muta a nuestro alrededor. Ningún indicio externo anuncia los giros de 180º. Ningún síntoma interno advierte de la proximidad de la destrucción de nuestros cimientos más básicos. Te levantas por la mañana sin sospechar que tu mundo está a unas horas de volverse del revés. Actúas como si todo fuera bien. Haces lo que haces siempre. Caminas, hablas, trabajas, te paras, escuchas, comes, corres, lees, cenas... Todo transcurre por el cauce predeterminado y tú te ufanas de la simplicidad de la mente divina, desposeída de la capacidad para sorprenderte mínimamente. Entonces, sin previo aviso, tiene lugar el gran cataclismo y ya nada volverá a ser como antes. No se trata sólo de que el golpe te haya pillado con la guardia baja, es que sabes que nunca podrás recuperarte de ese gancho de izquierdas. Tu inseguridad innata se desmigaja y tus creencias más firmes se vuelven de cristal. Tratas de huir de lo que no se puede huir y, al darte cuenta del callejón sin salida en el que te hallas metida, sólo se te ocurre escalar la empinada pared que te puede separar de la red que te quiere retener, pero las puntas de tus dedos carecen de la adherencia necesaria para caminar en vertical y te quedas mirando al cielo, buscando una estrella fugaz a la que pedir un deseo que sabes que jamás se te concederá.