lunes, 9 de diciembre de 2019

A day in December

¡Puta idiota! ¿De verdad pensabas que saldrías indemne de la prueba, que podrías mirar cara a cara a tu pasado y no romperte en mil pedazos? Confundiste la antesala del homicidio con el lugar del crimen y, creyendo haber sobrevivido al reencuentro con la ciudad prohibida, te hiciste más vulnerable al ataque de la negrura del recuerdo. No, no me di cuenta de que no había sido allí donde te perdí, sino en aquel jodido aeropuerto ceniciento, lleno de gente que, aunque no debería hacerlo, hablaba nuestro idioma. El mismo hall, idénticas pantallas, primera puñalada en el costado, cuatro centímetros por debajo de las tres letras que sintetizaron el desastre. Sí, lo sé, ya he escrito sobre AQUELLO, aunque nadie haya tenido aún la oportunidad de leerlo. Pero no es de ESO de lo que quiero hablar, sino de que, tres años y tres meses después, aún no he sido capaz de digerirlo. No puedo respirar. Busco algo que me calme y es entonces cuando ocurre, cuando descubro que todo es igual, pero distinto y que Jamie Oliver ha colonizado el altar del sacrificio. ¿Qué nos queda, ahora que uno de nuestros últimos espacios sagrados también ha desaparecido?, me pregunto, mientras tres cabezotas lágrimas escapan al férreo control de mi orgullosa fuerza de voluntad. Sólo quiero vomitar; pero, en lugar de eso, me tomo un café, por más que sepa que lo que necesito realmente es una tila o, tal vez, un chupito de tequila (el resultado vendría a ser el mismo). La bestia se aquieta, pero no termina de dormirse. Tiene hambre y sed y sólo mi carne y mi sangre le pueden dar de comer y beber. Finjo que no es cierto, que no soy yo la que se desgarra desde dentro. Cierro los ojos y te siento tan cerca como antaño, porque una parte de ti se quedó conmigo, igual que una parte de mí se adhirió para siempre a la punta de tus dubitativos dedos temblorosos. Los altavoces truenan avisos que no previenen nada, que sólo precipitan las distancias y reabren las heridas. Abro los ojos y te sueño despierta, pesadilla insomne que aletea entre mis párpados. Y te odio, como tú odias el mundo. Y te quiero, como nunca te atreviste a quererme. Y te envidio, por no estar aquí, por no tener que enfrentarte a todo ESTO y a lo poco que queda ya de AQUELLO. Mi avión despega, pero yo sigo allí, atrapada en el carrusel de este eterno retorno que siempre me acerca y me aleja de ti. Tal vez, algún día, cuando descarrilen nuestros miedos.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Esta tierra es nuestra

Bradbury se equivocaba o, mejor dicho, se quedó corto.

Efectivamente, los libros fueron los primeros en caer. Como a todo aquello a lo que se pretendía demonizar en aquellos días, se los acusó de ser una de las principales causas de destrucción del medio ambiente. Obviamente, el imperdonable pecado sólo resultaba predicable del papel, pero pronto encontraron una excusa para prohibir los libros en cualquier otro tipo de formato: su contenido resultaba fácilmente manipulable, lo que atentaba contra el derecho a la propiedad intelectual de sus autores. Sí, el alambicado argumento resultaba algo incongruente; pero, seamos sinceros, los lectores son personas eminentemente individualistas y no fueron capaces de organizar ningún tipo de resistencia.

El resto de disciplinas artísticas tardaron algo más en sucumbir, pero fueron cayendo de manera tan lenta como inexorable. Nadie dijo nada. El Estado sabía lo que nos convenía a los ciudadanos y, aunque sus razones no siempre fueran completamente lógicas, sí que eran taxativas.

También yo callé cuando me privaron del eje de mi existencia, pero la hiel de la injusticia sin denunciar fue envenenándome por dentro, hasta reventarme las entrañas. Entendedme bien, habría sido relativamente sencillo convivir con la censura, saber que no tendría plena libertad para configurar el contenido de mi obra, incluso verme forzado a adaptarlo plenamente al discurso oficial; pero privarme de la posibilidad de capturar imágenes… Sí, podría haber renunciado a contar historias, pero que me arrebataran el placer de inmortalizar el vaivén de las olas… ¿Qué podía haber de malo en rodar algo tan aséptico? Pero ellos sabían que incluso eso revela una forma de pensar o, al menos, de sentir; que quien decide perderse en el mar es diferente del que aborrece del salitre de la costa; que quien empuña una cámara lo hace siempre para contar algo o para recordar algo en el futuro. Sí, ellos sabían lo que hacían, aunque nunca fueran sinceros al explicarnos sus motivos.

Un mundo sin cine es un mundo en el que no merece la pena vivir, me digo mientras rasgo mis venas sumergidas en una bañera de hielo. Y, luego, ese otro pensamiento: alguien capaz de destruir la obra de Hitchcock merece arder en el infierno (mi sangre diluyéndose en el agua, anestesiando la angustia que borbotea en el centro de mi estómago).

Todo acabará pronto. Trato de visualizar mi muerte en 78 planos y 52 cortes, igual que la escena de la ducha de “Psicosis”. No, no puedo hacerlo, eso sólo está al alcance de un genio. No hay dolor. Sólo sueño y cansancio e imágenes fugaces como estrellas a las que no da tiempo a pedir un deseo. “Encadenados”, “El extraño”, “El gran dictador”, “13 minutos para matar a Hitler”, “Esta tierra es mía”, “Esta tierra es mía”, “Esta tierra es mía” … Un eco: “La lucha es muy dura. No sólo hay que luchar contra el hambre y contra la tiranía. Hemos de luchar primero contra nosotros mismos…Todos somos culpables por hacer posible la ocupación…Otros hombres querrán destruir este libro. Es posible que acabe en el fuego, pero no lo borrarán de la memoria. Vosotros lo recordaréis siempre y de ahí vuestra enorme importancia”. 1943. Jean Renoir, dame una millonésima parte de tu valentía y tu talento.

No, no puedo morir. No así. No puedo permitir que se ahoguen todos los fotogramas y palabras que ellos tratan de extirpar de nuestra memoria. Sé que vosotros también los recordáis, que también reísteis y llorasteis con historias que, quizá, no fueran tan ficticias, que también sabéis cómo combatir el Horror, aunque aún no os atreváis a hacerlo.

Reúno las pocas fuerzas que me quedan para salir de la bañera y utilizo un par de toallas para tratar de amordazar las dos heridas por las que se me escurre la vida. Llamo a urgencias. Dense prisa, por favor.

Sé que no es demasiado tarde. Casi nunca lo es, pero me quedaría más tranquilo si no hubieran requisado mis cámaras y pudiera grabar este mensaje, asegurarme de que me convierto en el profesor que despierta la conciencia de sus adormecidos alumnos. Si no sobrevivo, ¿quién os dirá todo lo que ellos no quieren que escuchéis?

Ya oigo la sirena de la ambulancia. Sólo he de aguantar un poco más. Los buenos siempre vencen, incluso cuando los malos creen haberlos derrotado. Un jovencísimo Hawke sobre la mesa: “¡Oh capitán, mi capitán!”. La chispa que prende la cerilla. El estallido de la revolución.

Fundido en negro. Final abierto. “Realmente, mañana será otro día”.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Fading

Where are you now? What are you doing? I really need to know. The lack of you is beginning to become unbearable. Don't get me wrong. I know your body is here, but I miss YOU (your absence is an insatiable bulimic devouring my guts). Why did you leave me? Why did you decide to slowly fade away? Pain and thunder and rain and lightening over my amphibious skin. I wish I wasn't that good at healing. I wish my thousand wounds were visible scars, sacrosanct stigmas, a wrecked body for a wicked soul (your silence, the gallows; my pride is the rope). Orphan tongues, dirty spit, barren mouths. I kiss the bottle and swallow that you're gone. Another tight night unable to blur the shade of you, stuttering delusions squeezing my heart and an unmerciful dawn ready to stab my remaining hopes. It's not over til it's over, but we laid down the arms at the first scent of war.

domingo, 10 de noviembre de 2019

Desencuentros (II)

Esta vez el campo no está minado. Tú no estás y yo no tengo miedo de que el azar vuelva a hacer que colisionen nuestros pasos y es esa ausencia de miedo la que me impide caminar. ¿Qué sentido tiene tratar de esquivar tu trayectoria si ya no orbitamos en el mismo universo? Te odio por dejar que te dejara marchar. Me odio por hacerte creer que eso era justo lo que yo quería. No hablo de kilómetros, sólo de distancia. Y silencio. Helado. Cortante y apuñalador. Y quisiera romper el botellín de cerveza y rasgar tu carótida con los puntiagudos picos de sus restos, contemplar cómo fluye tu sangre, no para verte fallecer, sino para saber que aún sigues vivo, para exteriorizar la hemorragia y no permitir que los humores negros contaminen nuestras venas. Pero tú prefieres morir a derramarte sobre mí y yo estoy cansada de ser la única que se raja las muñecas, de suicidarme en solitario y rezar para que acudas a mi entierro. Vete, termina de marcharte de una vez, júrame que tu huida resulta irrevocable y yo, a cambio, te (d)escribiré siempre.

viernes, 18 de octubre de 2019

ESTO. AQUÍ.

Dejamos que se pudra, no sé si por desidia o por falta de amor. Ya sólo nos contemplamos a través del velo del pus de la mutua incomprensión. Nos regodeamos en el hedor, mientras tratamos de contener el fruto de la náusea. ¿Cómo hemos llegado a ESTO? ¿Podremos escapar de AQUÍ? Trato de salvarlo, de evitar que termine de morir; pero, a veces, sólo quiero dejarlo ir, soltar la cuerda y observar cómo la cometa asciende, liviana, hacia la nada. Ojalá fuera tan fácil. Ojalá una ráfaga de viento bastara para hacer desaparecer el recuerdo de lo que fue, el dolor de lo que es y la frustración de lo que no será. Es un octubre extraño, de hojas que no caen y abrigos que enmohecen en el armario; pero dicen que el otoño nos aguarda, agazapado, detrás de la próxima esquina. ¿Quién me abrazará cuando vuelva a desatarse el temporal? ¿Cómo hacerte volver si no has terminado de marcharte? Ya no hay formas, sólo espacios, vacíos carentes de sentido. Quisiera destruirlos, pero ¿cómo volatilizar la ausencia? Tenerte cerca me hace tanto daño como lo contrario. Por eso permanezco inmóvil, incapaz de optar por uno u otro tipo de muerte, pero también ESTO acabará matándome. Soy un esqueleto disfrazado de cuerpo en un Halloween que dura todo el año. Tú, el espectro que anima cada uno de mis huesos. Yo, la carcasa hueca huérfana de alma. Te culpo a la vez que te absuelvo. Me engaño cada vez que te creo. Arden las llamas del infierno, pero AQUÍ siempre es invierno.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Tormentas (VII)

Era un día extraño, preñado de melancolías epilépticas. No te echaba de menos a ti, sino a quien yo era estando contigo. O, quizá, no fuera así. Tal vez te extrañaba un poco, a ti o a la ficción que había creado en torno a tu recuerdo. Amenazaba lluvia, pero el cielo no se decidía a comenzar a escupir sus reproches sobre nosotros. La ansiedad fue humedeciendo mis contornos hasta desdibujar mis límites. Había tantas cosas que nunca me atrevería a confesarte... Palabras que intenté tragarme y ahogar en los jugos gástricos de mi estómago, pero que, aún hoy, permanecen suspendidas de mis cuerdas vocales, inmunes a la fatiga y al desaliento, empeñadas en sobrevivir al holocausto. Tal vez lo consigan y sea a ti y no a mí a quien exterminen. El tiempo transcurría a trompicones, igual que el pasado que martilleaba entre mis sienes. Yo tampoco quería rendirme, pero la verdad era un río de vómito que trepaba, desbocado, mi garganta. El silencio me escocía entre los labios, mientras regurgitaba las excusas que me incitaban a permanecer callada (la mentira es la coraza que nos protege de la locura). Quería gritar, hendir el aire de quejidos viscerales, acuchillar todas y cada una de nuestras imposibilidades. Pero continué muda, sarcófago de secretos, ánfora de llanto. Y levanté la vista, pero las nubes siguieron sin desgarrar su furia sobre mí. Algunos relámpagos no despiden luz.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Desastres (VII)

Ya no habito mi cuerpo. Nunca viviría en un lugar en el que no pudiera encontrarte.

martes, 3 de septiembre de 2019

Neguri (VI)

Puedo mentirme, decir que no recuerdo la luz de tu risa (tampoco el calor de tus lágrimas bañando mi cuello). Puedo juzgarte, llamarte cobarde, calificarte con mil y un adjetivos que cuestionen tu honor. Puedo fingirme libre del eco del abrigo de tus brazos, extranjera en la meseta de tu pecho, peregrina que jamás se ha dirigido hacia la cruz de tu esternón. Puedo culparte, depositar en tus hombros un nuevo fardo de responsabilidad que no te corresponde, condenarte por todos los pecados que me han conducido hasta este infierno. Puedo tratar de ocultar la lluvia de abril tras un par de flamantes gafas de sol, pero las gotas continuarán repicando tras los cristales, llamando a difunto, reblandeciendo la tierra del cementerio. Puedo acusarte de crímenes de lesa humanidad, de genocidio en masa y actos terroristas perpetrados con nocturnidad y alevosía, pero ¿cómo calcular el número de víctimas cuando las mismas no han sido aún engendradas? O, tal vez, podría enfrentarme al espejo, mirarme a los ojos y reconocer la ausencia de amnesia, la nitidez con la que continúo visualizando todas y cada una de las escenas que protagonizamos juntos, la felicidad y el dolor, la herida aún en combustión. También podría llamarte, verbalizar el error del amor y la inverosimilitud del olvido, el aguijoneante deseo que aún escuece bajo la piel. O, quizá, lo único que necesitemos sea otorgarnos el perdón, porque ambos fuimos coautores del crimen, del puto homicidio por omisión y, aun así, ¿habríamos podido sobrevivir a las consecuencias de la acción? Y recorremos los mismos lugares en momentos tan distintos como inciertos. Y dejamos que el viento agite los silencios y que el tiempo horade la roca del orgullo, pero la erosión es siempre demasiado lenta y el corazón enervantemente proclive a fallecer por falta de oxígeno. Todo se reduce siempre a lo mismo: hace frío y tú no estás.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Ni Romeo ni Julieta

Rota de amor, despellejada viva, palpitante pedazo de carne latiendo entre tus manos. Cuerpo dormido, exhausto de deseo, pacífico cadáver pasajero. Entiérrame en el ataúd de tu caja torácica. Respírame. Tatúa mi olor en tu pituitaria. Luego, escúpeme y amortaja mis restos entre tus sábanas. Detén este nuevo amanecer. Ahorquemos al gallo y a la alondra después. Convirtamos esta habitación en un eterno eclipse de sol (y de luna también). Estoy harta de mendigarte entre la luz, de buscarte tras la niebla del día devastador. Arde tu aliento en mis senos, hierve tu sudor en mi piel, escuece tu saliva en las grietas de mis labios. Y te escribo para recordarte cuando pierda la razón. Y te lloro al darme cuenta de que hace tiempo que dejaste de existir. Y te invento, ahora que tu espectro se desdibuja entre mis dedos. El pasado es un tumor maligno obturando la garganta y yo el doctor que decide no operar.

jueves, 22 de agosto de 2019

The shadows of the Greeks

We had it, but we let it slip away, so fucking silently that we could never be aware of the elephantine loss. It was too good to be real, so we tried our best to prove it a shadow. Plato would have been proud of us. We were outside the cave and forced ourselves into it. We watched the movie and cursed the scriptwriter. Fuck, writers are just sadists, you know? But, what if we have some influence, no matter how tiny it may be, over the next scene of our lives? Yes, I know, it's safer to think the contrary, not to take any responsibility for the slow assassination of what should have been. But we are murderers and no jury could absolve us of all the little omissions that brought us here. Is "here" a place or just a state? I no longer have a clue. I only know that I know nothing. There you go. The Greeks again. Speaking of the devil, wouldn't it be easier if we could drown all our fears in the Aegean Sea?