Éramos el viento y la lluvia, escaras infectas en la piel de los acantilados de Moher, el grito del alba al desprenderse de la noche, el umbrío quejido de todos los orgasmos que no se pueden retener. Las sombras que alumbran nuestro camino yacen inertes a los pies de la aurora. Mírame. Ésta soy yo, sin trampa ni cartón, sin máscara que parapete mis monstruos, ni velo que difumine las aristas de mi alma. Mírame bien. Abrázame. A mí y a todos mis demonios. Fóllame entera y, luego, regurgítame en la próxima tormenta que arrase los cimientos de este mundo cada vez más esquivo. Azota mis creencias más firmes. Recompón después todas mis dudas. Empújame al abismo, pero sírveme también de red. Soy todo aquello que no imaginas y tú el confín de todos mis miedos.
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
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viernes, 26 de diciembre de 2025
lunes, 23 de septiembre de 2019
Tormentas (VII)
Era un día extraño, preñado de melancolías epilépticas. No te echaba de menos a ti, sino a quien yo era estando contigo. O, quizá, no fuera así. Tal vez te extrañaba un poco, a ti o a la ficción que había creado en torno a tu recuerdo. Amenazaba lluvia, pero el cielo no se decidía a comenzar a escupir sus reproches sobre nosotros. La ansiedad fue humedeciendo mis contornos hasta desdibujar mis límites. Había tantas cosas que nunca me atrevería a confesarte... Palabras que intenté tragarme y ahogar en los jugos gástricos de mi estómago, pero que, aún hoy, permanecen suspendidas de mis cuerdas vocales, inmunes a la fatiga y al desaliento, empeñadas en sobrevivir al holocausto. Tal vez lo consigan y sea a ti y no a mí a quien exterminen. El tiempo transcurría a trompicones, igual que el pasado que martilleaba entre mis sienes. Yo tampoco quería rendirme, pero la verdad era un río de vómito que trepaba, desbocado, mi garganta. El silencio me escocía entre los labios, mientras regurgitaba las excusas que me incitaban a permanecer callada (la mentira es la coraza que nos protege de la locura). Quería gritar, hendir el aire de quejidos viscerales, acuchillar todas y cada una de nuestras imposibilidades. Pero continué muda, sarcófago de secretos, ánfora de llanto. Y levanté la vista, pero las nubes siguieron sin desgarrar su furia sobre mí. Algunos relámpagos no despiden luz.
lunes, 13 de octubre de 2014
Tormentas (VI)
Cae la tarde y yo con ella, como un cometa herido por el rayo, fragmentado en mil partículas de luz que se extinguirán antes de rozar el suelo. Puñales de lluvia golpean el cristal de la ventana de mi cuarto. Las sombras me tienden una emboscada, me despojan de todas mis pertenencias, dejándome tirada sobre un lecho de mármol, desnuda y aterida de frío, herida en lo más profundo de mi ser. Truenos. Truenos y centellas depositan un sabor eléctrico en la punta de mi lengua. Yo ya no quiero seguir luchando. Yo ya no quiero seguir llorando. Yo ya no quiero seguir gritando. El eco de las enfurecidas nubes retumba en el centro de mi pecho, mientras se aleja poco a poco la ira de este cielo apocalíptico. Me arrastro a tientas hasta alcanzar el abrigo de la alfombra del salón, pero las chimeneas no se encienden solas. Necesito solidificar las dudas, que se evapore el agua, cincelando todas las estatuas de esta galería de fantasmas, que hasta el miedo adquiera forma. Pero las lágrimas continúan suicidándose a través de las goteras del techo y el moho trepa por las paredes de mis costados, toda mi vida convertida en charco. Colin y Chloé ondulan en la superficie, pero nuestro amor sólo es la espuma del vómito de un perro rabioso.
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domingo, 20 de abril de 2014
Tormentas (V)
Cerillas que prenden bajo la lluvia. Besos de tinta y papel. Pestañas que apuñalan la madrugada. Gemidos de vaho que empañan el otro lado del espejo. Mis dedos patinan sobre el cristal. Palabras impronunciables arañan el hielo. Moquea la angustia. Estornuda el hastío. Tose la inseguridad de estar contigo. Quisiera escapar del abrazo del tiempo, liberarme de la tiranía de este espacio, recortar los flecos de la tristeza arrastrada por el suelo. Quisiera acuchillar el parquet hasta que sangren las termitas que lo habitan. Cruje la escarcha de este invierno sin exorcizar. Tiemblan los reproches que no te atreves a formular. El viento escupe a nuestras caras ráfagas de huracanes de ultramar. Ni la omnipotencia de los dioses podrá evitar que se destruya aquello que nunca debió empezar.
jueves, 12 de septiembre de 2013
Tormentas (IV)
Los cristales del aeropuerto están sucios. Al otro lado, dos aviones recorren la pista de despegue, prestos a abandonar el suelo. A ti también te falta poco para hallarte entre las nubes. Normalmente te gusta elevarte hasta superiores capas de la atmósfera, pero hoy necesitas anclarte a la tierra, fundirte en el frío de las baldosas de esta sala de espera, atestada de desconocidos que no te importan, que no te queman ni te escuecen. Dicen que esta noche habrá tormenta, pero eso será aquí, no allí donde vas. Las desigualdades climáticas son injustas, que unos puedan tostarse al sol mientras otros se calan bajo la lluvia, tratando de esquivar el alcance de los rayos... ¡Qué más da! ¿Acaso la igualdad en la desgracia resulta más deseable? ¿Es realmente la lluvia una maldición? Un exceso de luz abrasa y provoca cáncer de piel. El agua limpia, salvo que se trate de lluvia ácida. Observas los renglones que rasgan el inmaculado blanco de los folios sobre tu regazo. Parecen torcidos o puede que seas tú la que no está derecha.
miércoles, 7 de agosto de 2013
Tormentas (III): Versión ligeramente modificada de Tomentas (I)
Llueve. Llueve tan fuerte que las gotas de lluvia se cuelan por el marco de la ventana y una húmeda mancha del tamaño de un puño nace en una esquina del techo del dormitorio. Truena. Truena y relampaguea. Se va la luz. Si fuera una chica normal gritaría y desearía tener un hombre grande y fuerte a mi lado, al que poder abrazar con desesperación hasta que todo termine. Pero no soy una chica normal o, al menos, no busco ni deseo la protección de nadie. En realidad, no me asustan las tormentas y menos si son de verano, pasajeras, cálidas, efímeras. Contemplo a la luz de los rayos las gotas que caen del techo. Cierro los ojos y me concentro en su monótono repiqueteo. Tac, tac, tac. Es el mismo ritmo. Exactamente el mismo. Ya puedes decirlo, ilustre poeta, recítalo en tu próxima elegía: tú y yo follábamos al compás marcado por el metrónomo de las lágrimas de lluvia que caían del techo de nuestro cuarto. Perdona. Se me olvidaba que no te gusta robar versos, mucho menos si son míos. Como iba diciendo, llueve. Llueve tan fuerte que ya no me acuerdo de lo mucho que te echo de menos. No sé si la cortina de agua será capaz de enmascarar la mentira. Está bien. Seré sincera. Siempre fuiste una atronadora, persistente y destructiva tormenta de invierno.
domingo, 19 de mayo de 2013
Tormentas (II)
No hay leyes que rijan la aproximación de nuestros cuerpos, pero sí su inevitable y necesaria separación. La casualidad del encuentro. La certeza del adiós. Una pincelada roja tiñe tu voz. El dolor. El amor. Una ficción. Ya no juego a la ruleta. El destino es más fuerte que el azar. Una vez te vi mirando el mar. Inmensidad. Tempestad. Eternidad. Tú me contemplaste llorar sin ningún tipo de piedad. Extraña mezcla de bondad y maldad. Ácido sabor a imposibilidad con exceso de sal.
viernes, 28 de septiembre de 2012
Tormentas (I)
Llueve. Llueve tan fuerte que las gotas de lluvia se cuelan por el marco de la ventana y una gotera del tamaño de un puño nace en una esquina del techo de mi dormitorio. Truena. Truena y relampaguea. Se va la luz. Si fuera una chica normal gritaría y desearía tener un hombre grande y fuerte a mi lado al que poder abrazar con desesperación hasta que todo termine. Pero no soy una chica normal o, al menos, no busco ni deseo la protección de nadie. En realidad, no me asustan las tormentas y menos si son de verano, pasajeras, cálidas, efímeras. Contemplo a la luz de los relámpagos las gotas que caen del techo. Cierro los ojos y me concentro en su monótono repiqueteo. Tac, tac, tac. Es el mismo ritmo. Exactamente el mismo. Ya puedes decirlo. Tú, ilustre poeta, ya puedes recitarlo en tu próxima elegía a nuestro amor muerto. Tú y yo follábamos al compás marcado por el metrónomo de las gotas de lluvia que caían del techo de nuestro cuarto. Perdona. Se me olvidaba que no te gusta robar versos y mucho menos si son míos. Llueve. Llueve tan fuerte que ya no me acuerdo de lo mucho que te echo de menos. No sé si la cortina de agua será capaz de enmascarar la mentira. Está bien. Seré sincera. Siempre fuiste una tormenta de invierno.
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