miércoles, 12 de febrero de 2014

Maratón

Se desplomó a dos zancadas de la meta. Mientras su infartado cuerpo exhalaba su último aliento, los dedos de su mano derecha se estiraron hasta traspasar la línea que le separaba de la victoria. Un sonrisa autosuficiente se dibujó en el rostro de su cadáver prematuro. Morir es más fácil, cuando has conseguido tu único objetivo.

sábado, 8 de febrero de 2014

Polvo (I)

Hay polvo en el viento y viento en el polvo. A la luz de la hoguera, la noche parece más sombría. Ya no te quiero. En realidad, nunca te quise. Sólo fuiste un juego y, terminada la partida, evaporada toda posibilidad de victoria, únicamente deseo esconder las piezas del tablero, ignorando el jaque mate que obligó al Rey a besar los cuadros de este suelo. Blanco más negro no siempre implica gris. Cada día resulta más difícil sonreír. Cuento con los dedos de una mano los segundos que restan para que termine esta función y ambos seamos sepultados por el cruel telón que pone fin a todas las tragedias (también a las comedias). Duele reconocer la equivocación, pero escuece aún más el único acierto. Me miras, creyendo que todo tiene solución, menos la muerte, pero no es cierto. La muerte es lo único que puede arreglarse. Volver a nacer es fácil. Lo difícil es caminar hacia la tumba. Por encima de nosotros, constelaciones cuyo nombre desconozco tratan de otorgar algo de belleza a este prosaico momento. Me levanto sin pedir permiso y me alejo sin tropezar con las raíces que se niegan a habitar bajo tierra. Estoy acostumbrada a sortear obstáculos. También a hacer oídos sordos a los sonidos que me perturban. Dicen que el animal al que más teme el lobo es el hombre. Acordándome de Plauto y de Hobbes trato de convencerme de que tú eres la única bestia de la que debería preocuparme; pero tú no sabes atacar, nunca quisiste aprender a morder, mucho menos a arañar o estrangular. Y yo que, por más que lo intento, no sé hacer otra cosa, sigo sin comprender por qué accedí a que me domesticaras. Hay polvo en el viento y viento en el polvo y yo toso los huracanes que bloquean el comienzo de mi tráquea y, por más que me resista, soy arrastrada por los aires, más allá del dominio de las águilas, que ahora duermen mansamente en las cumbres de estos picos que recortan mi silueta. Mi sombra de papel es liberada del grillete de mis pies. Creo que corre a advertirte del peligro. Pobre ilusa. No se da cuenta de que, por mucho que alces la vista, tu mirada nunca acertará con la diana.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Envolvente (III)

Contemplo el teléfono, pero no suena. Mis dedos dibujan sobre la mesa los trazos que componen las letras de tu nombre. No debería ser así. Tú no eres Él, pero la angustia de no tenerte es la misma. Compruebo el buzón de entrada de mi correo electrónico. Nada. Al menos, nada que tenga que ver contigo. Durante el resto de la tarde, lo actualizo de manera sistemática cada dos minutos. Es una forma de perder el tiempo tan estúpida como otra cualquiera. Quisiera saber lo que me espera tras las esquinas de esta noche, que se avecina más insomne que nunca. Tu sombra es sólo la sombra de la sombra de su recuerdo. El abismo bajo mis pies sigue siendo igual de inmenso. El vacío revolotea a mi alrededor y me abraza por la espalda. Extirparte y extirparle sin bisturí ni otro tipo de instrumento quirúrgico resulta casi tan imposible como creer que mañana será mejor que hoy. Mi inamovible fe en la omnipotencia del Desastre no me permite cerrar los ojos y avanzar guiada por el perro lazarillo de la Providencia. Creer o no creer no es lo que importa. La única diferencia entre ellos y yo es el dolor que me provoca esta apnea, de la que ellos ni siquiera son conscientes. Dicen que la única forma de exorcizar a los demonios es hablar de ellos, pero no se dan cuenta de que, al hablar, otorgamos entidad a cosas que, de otra manera, carecerían hasta de nombre o, al menos, de forma y descripción. Y de madrugada confundo su nombre con el tuyo y mezclo vuestras caras y vuestros cuerpos, creando un Golem aterrador, que amenaza con devorar hasta la última migaja del sudor que humedece mi colchón enfebrecido. No son suspiros los sonidos que abandonan mi garganta, sólo los crujidos de los huesos de los muertos que comienzan a resucitar en mis entrañas.

lunes, 3 de febrero de 2014

Los lunes

Los lunes son tristes y sombríos, perezosos y llenos de hastío. Los lunes ocultan un tesoro escondido, plastifican el deseo y congelan el azul del cielo. Odio los lunes. I hate Mondays y como se diga en el resto de idiomas que me son ininteligibles, especialmente en alemán, porque el alemán es la lengua del odio y el resentimiento, un idioma asesino y cruel, que incluso cuando dice te quiero parece que te va a morder. Los lunes debería quedarme en casa, anidada en mi almohada, momificada entre mis sábanas; pero, al final, siempre me levanto y camino hasta el horno crematorio, renunciando a la anestesia de la cámara de gas. La gente prefiere no darse cuenta de que los están matando, rechazan el dolor sin ser conscientes de que el sufrimiento es lo único que puede salvarnos. En eso consiste el infierno; pero, cuando mueren, todos creen que irán al cielo. Pocos son los que tienen fe en el demonio. Por eso nadie lucha contra el mal, porque el mal no existe, es sólo un cuento de hadas (o de brujas). Yo me quemo sin analgésicos, contemplo mi piel carbonizada desprendiéndose de mis huesos y lloro, lloro porque duele y porque es triste perderse a uno mismo; pero, sobre todo, lloro por todos los que se consumen a mi alrededor, sin saber que están cayendo los últimos granos del reloj de arena de sus vidas. No puedo más. No aguanto más. Duele. Duele tanto que ya no puedo respirar. Necesito salir de aquí, de esta barbacoa de churrascos humanos que, engañados, piensan que se están tostando al sol, adquiriendo un estético y saludable bronceado, orgullosos de la belleza de sus morenos cadáveres. Sí, tengo que salir de aquí, escapar del cementerio, huir, no para no morir, sino para no fallecer igual que el resto. Pero hoy es lunes, hoy me falta la fuerza que necesito para hacerlo. Me la robó la mujer de ojos de serpiente y lengua de lagarto. Podría buscarla. Podría encontrarla. Sé dónde está. En uno de los 100 cajones de su escritorio de oro, debajo de la pluma del fénix cuyas cenizas esparció para evitar que renaciera. La serpiente-lagarto hipnotiza mi miedo y petrifica mi voluntad, reconduciéndome a la olla a presión en la que hierven las ovejas recién esquiladas. Yo también me cuezo a fuego lento. No escapo. No te busco. No te rescato. Sus ojos bífidos me han mostrado mi futuro. Mejor morir así, ir a lo seguro. Ese otro dolor resulta demasiado oscuro. Ahora comprendo por qué permaneces oculto. Pero oigo tu voz y termina de hundirse el mundo. Aunque cierro los oídos, escucho. Tus palabras se insertaron en los pliegues de mi masa gris y, por mucho que me resista, las tendré que oír. Son gritos que dividen el infierno en haces de luz. Son susurros que pesan sobre mis hombros como una cruz. Aún no ataco, pero ya me defiendo. Cuando des la señal y empiece el combate aplastaré los cráneos de todos los reptiles, sin importarme el riesgo de morir intoxicada por el veneno de sus dientes.

domingo, 2 de febrero de 2014

Mujer-Tortuga

Mujer-Tortuga, lenta, pero segura, camina en la negrura de la selva más oscura. Es la misma Mujer-Tortuga que ayer se acurrucaba en la espesura, oculta y asustada, totalmente paralizada, como si estuviera mutilada. Y, sin embargo, hoy no es la misma Mujer-Tortuga. Ya no se esconde dentro de su caparazón en cuanto tiene la menor ocasión. Ahora sólo camina y camina y camina. No hay nada que la detenga. Quiere ver la luz que hay al final del interminable negro de este bosque, pero Alemania queda lejos y no son animales los monstruos que planean convertirla en sopa. Pobres ingenuos. Piensan que pueden atrapar a una Mujer-Tortuga. No se dan cuenta de que es demasiado lenta para ellos. Una nueva Casiopea que, sin embargo, no quiere vislumbrar el futuro. Por eso camina a oscuras, con los ojos cerrados y bien apretados. Pobre Mujer-Tortuga. No sabe que el destino será el único que la alcance.

jueves, 30 de enero de 2014

Nocturno (IV)

A pesar de tanto tiempo, aún hay pedazos de tu cuerpo que recuerdan el destierro. Olvidaste el momento en el que emitiste el último lamento. Escribes a oscuras, imaginando que una tinta blanca y fluorescente rasga la negrura del techo de tu cuarto. Tus manos atadas al borde de la cama ya no hablan, sólo callan. Tus labios balbucean excusas que nadie entiende ni comprende. Cuando se encienda la luz habitarás el reino de las sombras. Ahora no. Ahora que las tinieblas se enroscan alrededor de tus tobillos duermen todos tus miedos. Dicen que la mayor parte de los ciegos son valientes, pero tú sólo temes lo que ves, no lo que permanece oculto. En la sexta estantería de esta noche interminable se apolilla un libro que sólo puede leerse con el metrónomo de una mecedora junto al fuego. Allí se esconde el código de seguridad que evita la apertura de las puertas del infierno. En contra de lo que todos piensan, yo ya no te quiero, pero mi lengua lame la pintura plástica de las paredes que coloreaste, tratando de envenenar el curvilíneo deseo que desboca mis caderas. Cuando el sol viole el cristal de mis ventanas, yo cerraré los ojos para no ver los peligros que me acechan. El fantasma de tus dedos es alargado y retorcido. El viento murmura maldiciones entre las hojas de los tilos.

lunes, 27 de enero de 2014

Rista blodörn

La descongelación duele casi tanto como su contrario. Por eso no permito que el radiador de tus manos derrita mis costados. Fueron muchos los pecados ocultados. Demasiados sentimientos embotellados. Animales imantados. Reyes destronados. Asnos coronados. Dioses aplastados. Saltarás desde el tejado, esparciendo tus sesos en picado, sin escuchar mis gritos demudados, ni atender a mis ojos degollados. No puedo dormir al fuego ni broncearme en el desierto. Necesito seguir helada, estática y callada. Si me muevo, se quebrará mi alma. Si te respiro, se rasgará mi calma. Demasiados días fuera de casa. Tenía que haber regresado al sonar la primera alarma, pero permanecí desnuda a merced del viento y ya no queda nada de los que tenía dentro. Si cierro los párpados, te sueño muerto. Al despertarme, te pierdo. Poco importa lo que sufra, esta noche necesito derretirme entre tus labios, licuarme dentro de tu boca, descender el tobogán de tu esófago y fallecer corroída por los jugos gástricos de tu estómago. Todo lo demás ya no me importa. Pero nada ocurre. Tú no estás en esta habitación de hotel, sino a un número indeterminado de kilómetros que nunca he sabido cómo calcular. Mi piel fría busca el calor de los tubos de calefacción que reptan bajo el suelo de este cuarto, tan impecable como impersonal. Mi pecho se tritura contra las baldosas que imitan madera. Unas tijeras invisibles desgarran la cremallera de mi espalda. Soy sólo un águila ensangrentada, que se ahoga antes de llegar el alba.

martes, 21 de enero de 2014

Lecciones de ontología (I)

Y llegó la niebla y lo envolvió todo, cerrando sus ojos para siempre. Y fue como si él no hubiera existido nunca, aunque puede que eso fuera justo lo que ocurriera, que él jamás hubiera existido, pues ¿cómo existe algo que ha dejado de existir? Y recorrí con esmero mis recuerdos, siguiendo los trazos de su ausencia, creyendo que así encontraría el sendero que me conduciría hasta lo que él fue una vez. Pero, donde él estuvo, no quedaba nada, sólo un vacío imposible de llenar, una foto en la que uno de los protagonistas retratados había sido recortado por una ex mujer furiosa. Y lloré, consciente por primera vez de mi pérdida, que, en realidad, no era mía, sino de él. Lloré como nunca había llorado, con la boca abierta y la respiración entrecortada. Dicen los curas que no debemos lamentarnos por los muertos, que están en un lugar mejor, al lado de Dios, pero yo no me lamentaba por el destino de mi muerto, sino porque ese muerto, que ahora se encontraba al lado de ese Dios acaparador de almas intachables, ya no era mi muerto, sino alguien distinto. Lloraba porque mi muerto había dejado de ser y porque ni siquiera lo que de él guardaba en mi memoria era ya él. Y volví a sentir la nada y el vacío y la ausencia y supe que el tiempo no podría rellenar ese agujero y me pregunté cómo podían los demás seguir caminando, cuando partes de sus vidas habían sido extirpadas de este mundo, sabiendo que ése es también nuestro destino, que, el día menos pensado, el bisturí del Supremo Hacedor rasgará el lazo que nos une a esta tierra de condenados a la hoguera del olvido, librando a la Existencia de ese tumor, a veces maligno, otras benigno, en el que nos convertimos con el transcurso de los años. Y como un cáncer, nuestro cuerpo será arrojado al cubo de basura del quirófano celeste, donde los gusanos terminarán de devorar los restos de la carne que envolvió lo que una vez fuimos. Pero, ¿fuimos realmente alguna vez? ¿O sólo creímos ser? ¿Soy yo la que habla o ese señor de barba blanca que no sabía si soñaba personajes o era él un personaje soñado? Y me pregunto quién soy yo y, sobre todo, si he dejado ya de ser, sin darme cuenta, y comprendo que Descartes estaba equivocado, que la capacidad de pensar no implica la existencia, porque el pensamiento puede ser sólo el eco del grito de alguien que ya no es, como las estrellas muertas cuya luz aún llega hasta nosotros. Y entonces se secan mis lágrimas, pensando que no tiene sentido llorar por alguien que no es y que puede que nunca fuera, cuando es muy posible, además, que yo ni sea ni haya sido. Y comprendo que mi única opción de salvación es terminar de diluirme en estas palabras, que son cualquier cosa menos mías, porque somos los hombres esclavos de las palabras y no al revés y quien no lo comprenda es que nunca ha escrito ni pronunciado una sola sílaba. Pero es cierto. El mundo está lleno de mudos que hablan por los codos y de analfabetos que escriben Biblias que no inspiró ningún Espíritu Santo y mientras esta especie apocalíptica amenaza con poblar la tierra de seres inanimados que se creen con vida, aquellos que aún somos humanos no tenemos más remedio que creernos marcianos, dibujados en un cómic que pronto dejará de ser papel para convertirse en una entelequia electrónica, en algo que tampoco es, ni nunca fue, sino que sólo parece ser. Como tú, como yo, como él. Y sorbiéndome los mocos, continúo andando, toda yo convertida en agujero, amputada de esta foto sin necesidad de que nadie haya blandido unas tijeras. Sólo el dolor existe. Todo lo demás es agua que se escurre entre los dedos y el agua tampoco existe, es sólo la unión de tres moléculas que no vemos, pero en las que tenemos fe, porque apagan nuestra sed.

lunes, 13 de enero de 2014

Turbulencias (I)

Todo se derrumbó en aquella sala de espera, aguardando una puerta de embarque, otra más, otra menos. Quizá también él consultara las pantallas de algún aeropuerto en ese mismo momento. O puede que no. ¿Quién sabe? ¿A quién le importa? Es un detalle irrelevante para esta historia, no así para otros relatos conectados. Ocurrió en un instante. Tu debilitado caparazón de tortuga saltó dinamitado por los aires. Ningún hecho externo fue responsable del desastre. La explosión se generó dentro, dejándote desnuda y expuesta ante la idea de que, esta vez, no serás capaz de salvarte a ti misma. Te sentaste al lado del hombre equivocado, buscando la protección de su leve semejanza con el auténtico hombre erróneo. Un robot pingüino hablaba en inglés con los pasajeros que no se cuestionaban su destino. Rezaste erguida y con los ojos abiertos, mientras los altavoces anunciaban un vuelo que te devolvería al agua helada en cuya superficie aún pueden patinar tus sueños. No es el momento. Aún no. No tienes que esforzarte en conseguirlo. Limítate a flotar a la deriva. Es la única forma de que un náufrago sobreviva. Los que se empeñan en luchar, fallecen víctimas del cansancio. También hay niños que hablan idiomas incomprensibles. Curiosamente, son los únicos seres humanos a los que entiendes.

viernes, 3 de enero de 2014

Envolvente (II)

Tenemos miedo de deshacer el lazo, de quitar el envoltorio y descubrir que la caja está vacía, que no tenemos alma, que nuestros cuerpos no cobijan más que huesos, vísceras y sangre, que somos vainas huecas, muñecos de trapo, robots a los que un día se les acabará la pila. Pero nos equivocamos. Tratamos de ver algo que, por definición, es invisible y, cuando nuestros miopes ojos se enfrentan a la nada, no nos damos cuenta de que la hoja no está en blanco, sino que basta con un poco de vapor para hacer aflorar las palabras aparentemente inexistentes, las que explican todo lo inexplicable. Ten fe. Créeme. Aunque no lo percibas, hay algo eterno debajo de esta piel.