Volveremos a encontrarnos. El día más inapropiado de nuestro maldito calendario. En la ciudad menos calcinada de esta tierra agostada por el sol. Ambos fingiremos que no nos hemos visto. Caminaremos unos pasos. Dudaremos. Como antes. Como siempre. Entonces, nos daremos la vuelta. Nuestras miradas colisionarán antes de tener la oportunidad de arrepentirnos y, sin que podamos hacer nada por evitarlo, volveremos a estar allí, atascados en un coche bajo la lluvia, el mismo sobre el que, unos años después, cantará Matt Berninger, sólo que nosotros callaremos todo aquello que deberíamos haber dicho y ese silencio será el ataúd que garantice el descanso eterno de nuestro amor. Sí, regresaremos allí y nuevamente decidiremos no despegar los labios, el agua se precipitará errática por el limpiaparabrisas y ambos pensaremos lo mismo, sin atrevernos a verbalizarlo. No, no se trata de corregir el error, sino de habitarlo, de convertirlo en abrigo y hogar, en faro que nos resguarde de la tormenta. Pero, algún día, quizá, yo decida abrir la puerta, salir al exterior y gritar mientras me empapo bajo el aguacero del único país al que amo y odio con la misma intensidad que al propio. Y, tal vez, tú también consideres que ha llegado el momento de dejar que la tempestad sacuda tus más firmes cimientos. Ambos ataques transitorios de locura se evaporarán al contacto con el primer rayo de sol, como vampiro al despuntar la aurora, como el sudor de quien por fin ha dejado de correr tras un imposible. Tú me preguntarás "¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo!" Y yo mentiré: "Muy bien. Y tú, ¿qué tal?" Y todas las palabras que no significan nada inundarán de vacío nuestras bocas, mientras la verdad que jamás osaremos afrontar nos revienta desde dentro: "Te quiero, siempre te he querido y siempre te querré".
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
miércoles, 19 de abril de 2023
martes, 7 de marzo de 2023
Sabes
Sabes que no todo es cierto; que hay restos de mí orbitando en tu desierto; que yo te quise, luego, te odié y, ahora, sinceramente, no lo sé; que los domingos lloro para no teñir de azul los lunes; que hay canciones en las que habito desde hace demasiado tiempo y poemas que me recitan de corrido cada noche; que las palabras se me escapan cuando bebo, pero siempre entre mentiras que protegen tu corazón de la bayoneta de mi lengua; que, cuando el tiempo muera, seguiremos ansiando volver al momento en que la lluvia lavaba nuestros rostros y nuestros dedos eran anguilas en celo, navegando en aguas bien distintas a aquéllas que nos alumbraron; que no hay forma de que dejes de sentirme ni de que tú ceses de dolerme; que moriremos junto a la persona equivocada, porque no supimos corregir la trayectoria del meteorito del orgullo; que serás los Cuatro Jinetes de mi Apocalipsis y yo el oxígeno cuya falta provoca tu hipoxia; que ambos soñamos con precipitar el fin, con sumergirnos en el abismo y fundirnos en el vacío; que nunca lo haremos y que eso, precisamente, será lo que acabará matándonos.
lunes, 27 de febrero de 2023
Lombriz de tierra
Ódiame. Eso lo hará más fácil. Trasládame toda la culpa. Exímete de cualquier atisbo de responsabilidad. Escupe tu desprecio sobre mi recuerdo. Crucifícame. Yo, la mariposa. Tú, el entomólogo que traspasa mi cuerpo con el alfiler de la incomprensión. No lloro. Sólo grito entre suspiros de lavanda y grosella. Sangre púrpura. Piel violeta. Me escondo de todo aquello que no entiendo, de la sombra de tu cuerpo sobre el contorno de mis dudas, del eco de tu beso más esquivo, del silencio que amortaja nuestra historia. Saberte cerca no secciona la magnitud de la imposibilidad que nos circunda. Quise y no quise morir y resucitar al tercer día y, ahora que me has sepultado antes de exhalar mi último aliento, no puedo más que perdonar la clarividencia de tu decisión. No des marcha atrás. Arroja más tierra sobre mí. No te enamores del espejismo. Yo no soy ésa, sino esta otra, lombriz de tierra que horada túneles bajo la superficie para poder vivir. Tú eres aire y yo arena. Por eso me esparcí en mil direcciones en contacto con tu aliento. Por eso continúo desmembrándome sin que ni tú ni nadie logréis aglutinar todos mis pedazos. Ódiame. Eso lo hará más fácil o, al menos, te dará un motivo para seguir pensando en mí renunciando a estar conmigo.
domingo, 22 de enero de 2023
Licántropos
Anoche, en un universo paralelo, tú y yo nos conocimos de la forma en la que imaginé nuestro encuentro en esta realidad. Palabra por palabra, frase por frase, lección memorizada con saña en otra vida. Tu sonrisa era mi escudo. Mi sarcasmo, tu acicate. ¿Cómo se olvida aquello que se proyecta en la cara interna de los párpados, lo que es sin darnos cuenta, en contra de nuestra más férrea voluntad, sueños sin dueño que nos violan de madrugada, cuando más indefensos nos encontramos? Ni siquiera entonces me besaste. Hay cosas que llevan tiempo, varias encarnaciones, en realidad. Despierto encharcada. ¿Y tú? ¿También has visto lo que yo? ¿También sientes el temblor? Me fragmento en átomos inciertos, torrente de fuego y arena, estallido nuclear que devasta todos los rincones de mi cuarto. Me recompongo por inercia. Licuo tu ausencia bajo la ducha. Visto la pena de traje de chaqueta. Meto la ansiedad en el maletín de lo que ignoro. Labios rojos. Dolor granate. Un último vistazo en el espejo del cuchillo que hiende mi garganta cada día. Me he convertido en todo aquello que Holden detestaría, sin llegar a ser la quimera que tú crees desear. No, no es cierto. No te conozco. No sé qué quieres ni mucho menos qué necesitas. Me muerdo la cara interna de la mejilla derecha. Estúpida lunática que reverencia lo intangible, mientras fallece bajo el peso de todo lo que oprime. Invéntame, hasta que recupere mi entidad. Encuéntrame, antes de que el viento despiadado de este invierno en ciernes me borre definitivamente de la faz de la tierra.
martes, 13 de diciembre de 2022
Desastres (XIV)
Era una vida extraña, plagada de curvas que sólo podían tomarse invadiendo el sentido contrario. O, tal vez, era yo la rara y revirada, sinuosa ese sin principio ni final. Anhelaba caminos rectos, pero lo cierto es que siempre me adentraba en los senderos más tortuosos que encontraba. Así fue como nos conocimos. También como nos perdimos, prófugos sin éxito, atrapados en alambre de espino, Cristos sin corona ni cruz, pero igualmente heridos hasta el hueso. Soltaste mi mano antes de que el dolor me arrebatara el grito y yo caí en la anestesia de tu indiferencia más brutal. No supe digerir el duelo, sino que vomité nuestra historia entre convulsiones etílicas y lágrimas de rabia. Nadie entendió realmente de qué hablaba. Ni siquiera tú, siempre empeñado en utilizar prismáticos para estudiar lo que tienes más cerca. Y continué caminando, marcando mi ruta hacia el cadalso con migajas de mi carne. Y bailé bajo las ramas del desastre. Y morí desangrada entre tus dedos, en lugar de víctima del miedo.
sábado, 8 de octubre de 2022
El año fatídico
He viajado atrás en el tiempo, al año fatídico en que me convertí en destierro. Trato de evitar la equivocación, pero el error está dentro de mí y no sé cómo extirparlo. Podría ser distinto, pero me sumerjo en la inercia del abismo conocido. Y, aun así, este desastre nada tiene que ver con aquel otro. Tu cuerpo nubla mi entendimiento de una manera que jamás lo hizo el suyo. Trato de explicarme todo esto, de encontrar la metáfora perfecta, pero ni la palabra más simple describe fielmente lo que siento. El olor de tu cuello. La calidez de tu risa. El magnetismo de tu piel. Este torrente embravecido fluyendo constantemente entre mis piernas. Tu voz. Tu voz. Tu voz. Kundera sí sabe de lo que hablo; sólo que, en mi caso, Tomás tiene otro nombre y la defenestración no ocurrió en Praga. Y, sin embargo, el silencio que nos envuelve es tan comunista como aquel otro. Sé que el amor florece en los lugares más insospechados, pero es este deseo utópico lo que me ha pillado por sorpresa. Me impide dormir, reblandece mis defensas, cuestiona todo aquello que juraba haber aprendido. Tú no pareces ser consciente de la magnitud del cataclismo o, tal vez, no te importe ser devorado por el huracán. Tampoco a mí me resulta realmente relevante que mi destrucción sea endógena o exógena. No. Esto no es 2016. Es algo mucho peor. Un mal inoperable, la locura, el estertor.
miércoles, 21 de septiembre de 2022
domingo, 17 de julio de 2022
El hombre tranquilo
Tú, borracho, y yo, serena. Tu lengua descerrajando mis labios. Mis manos ancladas al peso que curva tu espalda. ¿Cómo y por qué nos alejamos? ¿Cuándo y dónde volvimos a colisionar? Tu boca en mi boca. Tu cuerpo fundido a mi cuerpo. El deseo licuando las entrañas. Me penetras mucho antes de llegar a hacerlo literalmente. Dentro, muy dentro, hasta el fondo y mucho más allá. Soy una película de nitrato de celulosa y tus dedos el aire que provoca mi combustión espontánea. Ardo sobre mí misma, curvando mi pelvis en posiciones imposibles. El alcohol que circula por tus venas fluye hasta las mías, emborrachando mis sentidos. Quiero y no quiero estar aquí. Quiero y no quiero romperme entre tus dientes. Y sé que está mal. No todo esto que sucede, sino todo aquello que no sucedió antes. Suéltame. Déjame ir. No te aferres a mí como Sean Thornton a Mary Kate Danaher. Pero la tormenta se desata, sellando nuestro error. Y muero contra una pared de gotelé que me acuchilla contra ti. Y lo siento todo con tanta claridad que me desangra.
domingo, 3 de julio de 2022
La blasfemia
Trato de entenderlo; pero me faltan piezas, fragmentos de otras vidas que no logro recordar nítidamente. Una mazmorra helada que custodia mi cuerpo aterido de frío y miedo, poco antes de que el hacha del verdugo lo desgaje definitivamente de mi cuello. Pecado sin arrepentimiento ni propósito de enmienda. Carne enredada en carne vedada. Gemidos ahogados que subrayan las embestidas del deseo. Cambia la religión, pero no la condena de aquello que Dios ve con buenos ojos (la blasfemia es no tenerte entre mis piernas). Pasan los siglos. Ya sólo escribo todo aquello que no me atrevo a convertir en realidad. Te observo desde lejos. Alumbro metáforas en lugar de hijos. Lleno de sangre los pulmones. Toso la vida en pañuelos que dejan de ser vírgenes. Te niego entre sábanas sin dueño. Fallezco antes de que sus lenguas sean capaces de asesinarme. Varias décadas después una amenaza bien distinta se cierne sobre nosotros. El Mal sin correa ni bozal ladra su odio en todas direcciones. Los perros rabiosos nos cercan. Nosotros nos dejamos conducir mansamente al matadero. Inexplicablemente, el apocalipsis sólo me roza de soslayo. Sobrevivo con el único propósito de recordar el Horror. Me enamoro de la tierra que acabó contigo y de hombres que me recuerdan vagamente a ti, conquistadores disfrazados de libertadores, lobos con piel de cordero. Sumerjo mi pena en vodka. Dibujo tu nombre en el vaho del invierno más feroz. Rezo, no por exceso de fe, sino porque ahora está prohibido. Contra todo pronóstico, también resisto este nuevo fin del mundo, el hambre impenitente, el terror enhebrado entre los dientes, la hoz que degolla la libertad y la bota militar que aplasta contra el suelo. Juro que volveré a encontrarte y lo hago, pero no me doy cuenta hasta que es demasiado tarde. Ya no hablamos el mismo idioma ni habitamos idéntico país, pero el destino nos estrella el uno contra el otro con la tenacidad con la que nosotros tratamos de alejarnos. El mismo frío, distinta nieve. La noche transcurre sin que ninguno de los dos dinamitemos las fronteras de lo imposible. Tres besos para disfrazar de hasta luego el adiós definitivo. Flirteo con tu ausencia, destripo errores, invoco viejas heridas. Somos náufragos sin orilla a la que arribar, espectros errantes, sombras sin cuerpo. Te busco a tientas. Te pierdo con los ojos abiertos. ¿Cómo cambiar lo que no está escrito?
martes, 7 de junio de 2022
Cadáveres (XIII)
El alcohol nubla, pero no borra. Tú sigues siendo tú después de una ristra de chupitos de tequila; difuminado, pero tú, al fin y al cabo. Por supuesto, no hablo de ti, sino de tu recuerdo, de todo lo bueno y lo malo que retuve en mi memoria. La tentación de llamarte me picotea las venas de la muñeca izquierda. Gracias a Dios es la derecha la que manda. Los buitres olfatean la carroña y se aproximan a ver qué pueden devorar, sin saber que algunos cadáveres sólo son fagocitados por muertos en mayor grado de descomposición. Vomito mentiras que todos creen, pero que tú siempre presumiste ficción. El humo me ahoga sin terminar de asfixiarme. De repente, me asalta la esquizofrénica idea de que, si viviéramos en un país anglosajón, yo sería zurda y tú tendrías que escuchar aquello de lo que nunca quisiste darte cuenta. Afortunadamente, mi cuerpo lo gobierna la parte equivocada del cerebro y el tuyo es víctima del miedo. Me escurro entre las grietas de la noche y derrito el rímel de mis pestañas en un pecho huérfano de latidos sincronizados con los míos, tronco hueco de dolores compartidos, corteza intacta que repele mi deseo de convertirla en segunda piel. El alcohol nubla, pero no borra. Cada beso que malgasto, cada sueño fugado que no atrapo, esta vida que escogí sin darme cuenta, la distancia de seguridad que nos desgasta, las 666 maneras de no decir todo lo que importa. Tu sonrisa en la pantalla. Mi mueca en el espejo. Un trago más para deshidratarme en el desierto.
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