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martes, 7 de junio de 2022

Cadáveres (XIII)

El alcohol nubla, pero no borra. Tú sigues siendo tú después de una ristra de chupitos de tequila; difuminado, pero tú, al fin y al cabo. Por supuesto, no hablo de ti, sino de tu recuerdo, de todo lo bueno y lo malo que retuve en mi memoria. La tentación de llamarte me picotea las venas de la muñeca izquierda. Gracias a Dios es la derecha la que manda. Los buitres olfatean la carroña y se aproximan a ver qué pueden devorar, sin saber que algunos cadáveres sólo son fagocitados por muertos en mayor grado de descomposición. Vomito mentiras que todos creen, pero que tú siempre presumiste ficción. El humo me ahoga sin terminar de asfixiarme. De repente, me asalta la esquizofrénica idea de que, si viviéramos en un país anglosajón, yo sería zurda y tú tendrías que escuchar aquello de lo que nunca quisiste darte cuenta. Afortunadamente, mi cuerpo lo gobierna la parte equivocada del cerebro y el tuyo es víctima del miedo. Me escurro entre las grietas de la noche y derrito el rímel de mis pestañas en un pecho huérfano de latidos sincronizados con los míos, tronco hueco de dolores compartidos, corteza intacta que repele mi deseo de convertirla en segunda piel. El alcohol nubla, pero no borra. Cada beso que malgasto, cada sueño fugado que no atrapo, esta vida que escogí sin darme cuenta, la distancia de seguridad que nos desgasta, las 666 maneras de no decir todo lo que importa. Tu sonrisa en la pantalla. Mi mueca en el espejo. Un trago más para deshidratarme en el desierto.

martes, 11 de septiembre de 2018

Cadáveres (XII)

Hoy es una de esas noches. La luna refractada en el balcón, diez gotas de sangre salpicando el esternón y una copa de vino para mantener a flote este cadáver que se ahoga en el naufragio. No me busques. Ya es muy tarde y no sabría volver hasta el principio. El barco se hunde y tú y yo fuimos los primeros que saltamos por la borda. No me culpes. Este miedo fue siempre compartido. Tu boca es el cepo y mi lengua un jabato extraviado entre tus bosques. Habría sido más fácil no gritar, sumergirse sin luchar en las profundidades del mar, no intentar liberarnos de estos dientes de hierro, que nos muerden con más saña cuanto más tratamos de zafarnos de su trampa, claudicar, como, más tarde o más temprano, terminan por claudicar todos los desahuciados, aceptar nuestro destino y morir en paz; pero nos empeñamos en salvar todo aquello que ya estaba condenado de antemano, opusimos resistencia al embate de las olas, braceamos en vano, tratando de llegar a una orilla que nunca supimos en qué dirección se encontraba. Fracasamos, pero nos negamos a aceptarlo, convirtiéndonos en una Juana la Loca que acaricia amorosamente el cadáver putrefacto de quien ella cree dormido. Y, sin embargo, si la vida es sueño y la muerte sueño eterno, ¿cómo aseverar que nuestro amor no volverá jamás a abrir los párpados?

viernes, 14 de noviembre de 2014

Cadáveres (XI)

Llueve y las gotas son puñales desdentados que rasgan la piel de los que se atrevieron a salir de casa sin llevar paraguas. Intento no mirar la masacre de los más desprotegidos, pero mis pies chapotean en la sangre de sus charcos. Todo es húmedo y frío e inhumano, un terrorífico paisaje apocalíptico, que estrangula con alambre de espino los globos oculares de los espectadores más sensibles. Quiero correr, huir de la escena del crimen, pero para ello debería soltar mi paraguas, arriesgándome a acabar yo también empapada de sangre, sudor y muerte. Por eso permanezco quieta, escuchando el monótono martilleo del agua al golpear las pieles amoratadas. Las lágrimas aporrean las compuertas, pero yo refuerzo la cerradura con excusas en las que ni yo misma tengo fe. Cierro los ojos y un grito de lava se abre paso a través de mi garganta. El día acaba y la noche extiende sobre nosotros sus tentáculos de anguila. La lluvia continúa cayendo, sembrando de cadáveres las calles de la ciudad dormida.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Cadáveres (X)

Ya no siento ningún orgullo patrio. Escucho el himno de España como quien oye una sintonía publicitaria. No celebré las Eurocopas. Tampoco fui a Cibeles a brindar por el Mundial. De hecho, me fastidió que la canción de La Habitación Roja dejara de hacer honor a su nombre. Debería aprender alemán o chino o sueco. Cualquier idioma que me facilite una emigración con la que sueño cada noche. Volar como las cigüeñas, pero al revés, huyendo del calor, sumergiéndome en el frío. Escandinavia. Otra vez los de L'Eliana. Quien pueda entender, que entienda. Quien no sepa ver, que lea entre las líneas de las nubes más oscuras. Si no grito, no es por falta de ganas. Es que no tengo suficiente saliva para denunciar todas las mentiras que susurran las esquinas. Rememorando a Unamuno, diría que me duele España, pero España ya sólo existe en los eventos deportivos.
 

domingo, 11 de mayo de 2014

Cadáveres (IX)

Hay ratas bajo mi cama, royendo poco a poco mi colchón. Algún día alcanzarán mi cuerpo y rasgarán mi carne hasta dejar al aire mis entrañas. Por eso he de levantarme y abandonar mi cuarto, salir a la intemperie y morir de frío, si no quiero fallecer víctima de la peste bubónica que se extiende a mi alrededor. Los niños lloran la podredumbre de sus madres. Los padres sollozan el envenenamiento de sus hijos. Los pechos sólo producen leche no potable. Todas las lágrimas son negras. También las mías. El veneno recorre nuestras venas y corrompe la carne hasta romper la piel. Sólo somos carroña a punto de ser devorada por las fieras. El viento sopla, pero no dispersa el olor de los cadáveres. Somos zombies putrefactos que caminan por inercia, sin orden, ni concierto, ni propósito, ni memoria. Nos extinguimos sin ser conscientes de nuestro fallecimiento y fingimos que pensamos, a pesar de haber destrozado nuestros cerebros a base de pastillas silenciadoras de ideas que nadie quiere escuchar. No hay motivos para reír. Por eso duelen tanto las carcajadas de las hienas.

martes, 18 de febrero de 2014

Cadáveres (VIII)

No sabes los días que han pasado, las noches que he llorado, los rosarios que he rezado. No sospechas la violencia con la que he odiado, los panfletos apuñalados, las veces que he muerto jugando al ahorcado. No recuerdas el olor a podrido del pescado, las esquinas habitadas por mendigos congelados, los niños vestidos y, al mismo tiempo, desharrapados. Sueñas con un paraíso que hace tiempo que no existe, mientras follas con valquirias que se tiñen hasta los pelos del coño. Dices que volverás a la madre patria, que morirás en la tierra que te vio nacer, que aquí se está mejor, aunque nunca se esté bien. Hazlo. Deja que estos millones de gusanos devoren hasta la última célula de tus pálidas manos. Yo prefiero exhalar lejos mi último aliento. Podrán profanar mi cuerpo, pero mi cadáver será eterno.

jueves, 13 de febrero de 2014

Cadáveres (VII)

Deja que reviente, que se desparrame todo el pus enquistado y luego la sangre envenenada, sucia y espesa, hedionda e infecta. Esparce por el mundo todo eso que te mata lentamente, que ralentiza los latidos de tu corazón, que paraliza poco a poco tus pulmones, que colapsa tu aparato digestivo y desgarra tu fina piel. Contágiales tu enfermedad y contempla su agónico fallecimiento. Tú también morirás, pero al menos habrá más cadáveres con los que rellenar el enorme abismo de tu tumba.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Cadáveres (VI)

Cadáveres descompuestos, superpuestos en una pila informe carente de cualquier atisbo de vida. Buitres. Buitres que sobrevuelan la llanura y se relamen imaginándose el festín. Tienes miedo. Miedo de que él esté ahí, enterrado bajo esos cientos de personas cuya muerte te resulta indiferente. Rezas. Rezas para que no sea así, pero hay algo que te asusta aún más. Si sigue vivo y no lo encuentras, tu dolor será mucho más grande. Sé que es absurdo, pero la separación definitiva parece menos terrible si ha sido determinada por la todopoderosa muerte.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Cadáveres (V)

El tiempo muere a cada segundo, mientras los seres humanos sólo perecen una vez en la vida. Algunos sobreviven hasta el momento en que claudica su cuerpo. Otros desaparecen mucho antes de que su carne y sus huesos comiencen a pudrirse. Sólo tú y yo somos como el tiempo. Fallecemos a cada segundo y resucitamos instantáneamente, en un círculo sin principio ni final, ajenos a cualquier axioma racional. Nuestro amor es un Ave Fénix que arde por combustión espontánea y que resurge de sus cenizas antes de que éstas se enfríen. Pero un día nos dispersará el viento y, por mucho que nos busquemos, no lograremos encontrarnos. Ocurrirá un 21 de diciembre. Tal y como predijeron los Mayas, será el fin de nuestro mundo. El de ellos seguirá girando, cruel e inhumano, intemporal, arcano. Nadie será consciente de la detención del tiempo, en huelga indefinida desde que no puede medir la cadencia de nuestros besos.

martes, 20 de noviembre de 2012

Cadáveres (IV)

Nos prometieron que tú y yo no moriríamos esta noche y los creímos. Volamos hasta el lado oculto de la luna. Contemplamos el sol. Reímos. Caímos. Heridos. Abrazados sobre el suelo, antorchas sangrantes, contemplamos las ardientes y mortales yagas. Incapaces de detener el cataclismo, fingimos que no veíamos lo que vimos. Nos mentimos. Y ahora que ya es tarde para evitar el fatídico final, rezamos a Dios, persiguiendo un perdón que nos es esquivo por falta de fe en este cielo que vierte lluvia ácida para apagar el fuego que nos consume, para ahuyentar el humo que nos envuelve y que nos une, para lavar esta sangre de hule, tan negra como la noche, tan venenosa como los escapes de los coches.

lunes, 27 de agosto de 2012

Cadáveres (III)

Una copa de vino cae al suelo. Se rompe en mil pedazos. Un millón de astillas de cristal se clavan en tus manos. Un grito que envuelve la sangre. La sangre que se mezcla con el vino. Rojo y grana. Tan sólo grana. Tres taninos se refugian en el paladar. El grito se disuelve en la noche más larga del año. Dos lágrimas descienden a los infiernos. No encuentran ni a Eurídice ni a Orfeo. Se evaporan antes de tocar el incandescente suelo. Desaparecen de este mundo y del otro. Ya no son. Como tú y como yo, que dejamos de ser hace tanto tiempo que ya no recuerdo si en algún momento llegamos a existir. Incrustas las esquirlas de vidrio en cada uno de tus poros. Secas con tu lengua la bebida de Baco. No quedan restos del accidente. Sólo tú, convertido en sangrante erizo de Swarovski, constituyes una prueba del desastre. En otro tiempo, en otro lugar, en un universo paralelo que no terminamos de inventar, era yo quien te lamía las heridas. Huelo el hierro de la sangre derramada, mezclado con la barrica del Rioja malgastado. Presiento el escozor de los desgarrones de tu piel. Quisiera correr a vendarte. Quisiera poder curarte. Pero no quiero ni puedo. Tú no me rescataste. No me salvaste. Dejaste que mi mano resbalara entre tus dedos. Contemplaste cómo era engullida por la nada. Te odié y luego te quise y ahora no sé si ansío dibujar tu fin o tan sólo verte sufrir hasta un segundo antes de morir. Me borraste de tu lista de sueños y yo te mecanografié en el DIN A4 de mis pesadillas. Híncate de rodillas. Suplica por tu vida. Sólo yo puedo resucitarte de entre los muertos. Sólo yo puedo condenarte a un suplicio eterno. Dame la mano. No la sueltes. Deja que sangremos juntos. Deja que muramos atravesados por el mismo filo. Convirtamos estos dos cuerpos agonizantes en un único cadáver. No tengas miedo. No es el fin del mundo. Acabó hace mucho tiempo, cuando Juan escribió el Apocalipsis. Ahora sólo tenemos que leerlo e interpretarlo. Los demás seguirán viviendo. Sólo tú y yo certificaremos nuestra defunción. ¿Acaso importa? Puede que no sea la costilla que te falta, pero durante un tiempo fui la coraza de tus pulmones. Por eso ahora te ahogas. Por eso buscas aire en bocas incapaces de insuflarte el oxígeno necesario para alimentar tus músculos. Por eso, la próxima vez que cierres los ojos no tendrás fuerzas para volver a abrirlos y, ciego enfebrecido, ya sólo sabrás descifrar el braille de mi cuerpo.

lunes, 30 de julio de 2012

Cadáveres (II)

No es cierto. No quería morir de sed en el desierto, pero no podía beber el barro de tus botas, ahogarme en tu saliva, sumergirme en tu mirada lasciva, convertirme en una suicida, sin posibilidad de huida, metamorfosearme en una yonqui de sonrisa torcida, en una vagabunda que duerme en las esquinas y sueña con ser enterrada entre bolas de naftalina. No, no sucumbiré a la llamada de tus dedos, ni al hipnótico movimiento de tus labios, pronunciando palabras de tres rombos separadas por puntos suspensivos en cursiva. Yo, que nací de tu costilla izquierda, no volveré a introducirme en tu costado. Me emanciparé de la esclavitud que me desvela, apagaré el pábilo que ilumina mi entrepierna y, a oscuras y en silencio, observaré la lenta deshidratación de mis órganos vitales hasta que, convertida en momia desecada, puedas soplar sobre mi cadáver, esparcir al viento mis cenizas y buscarme luego entre los ecos de esta tarde, que tan pronto se contrae como se expande.

martes, 3 de julio de 2012

Cadáveres (I)

El amor se asomó al balcón, contempló el gris del cielo y se tiró, se arrojó a la nada, se suicidó. Ella lo empujó y él lo agarró, pero pesaba demasiado y se escurrió, se pulverizó, falleció. El peso de los años era demasiado grande. Ya nadie muere para conservar una reliquia. Renovarse o morir. Hacer que muera para poder vivir. No es difícil. Clavar el puñal y huir. O, mejor, empujar y ver morir. Es cierto. No quería ser feliz.