Ahora que el miedo corroe las entrañas y que el mar sólo entiende de naufragios es cuando los versos abortados resucitan de entre los fetos destrozados, amalgama de carne putrefacta y sangre desbocada. El apocalipsis trepa entre mis piernas, embarrando mi piel con la tinta regurgitada por todos los poetas que arrojaron su talento a los pies de un tren enfurecido. Me violan las metáforas que les impidieron conciliar el sueño. Me desgarran cada uno de sus gritos famélicos, hambrientos de libertad, justicia y belleza, sedientos de huracanes que despeinen los falsos paraísos que amordazan la verdad. También a mí me cuesta respirar cada vez que abro la boca para fingir (que todo irá bien, que no es el final, que el sol brillará cuando las nubes levanten el vuelo). Y disfrazo el dolor de melancolía invertida. Y te echo de menos como si realmente esperase que fueras a volver. Y sueño con desconocidos que me abrazan como tú, salvavidas humanos que me mantienen a flote en contra de mi voluntad. Vivir siempre fue más difícil contigo que sin ti y aun así...
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
martes, 13 de octubre de 2020
martes, 6 de octubre de 2020
lunes, 14 de septiembre de 2020
Inception
I'm still there, my heart frozen in the very instant when the earliest beam of light started to caress your unshaven sleeping face. I wanted to melt into the sun, to be part of it, so that I could reach you and brighten your sorrows; but I couldn't dissolve myself into the air and my corporeality kept me away from you. No one's to blame but the immutability of the flesh. I cannot tell how long that transcendental moment lasted. Time was no longer running, not even walking. Clocks momentarily ceased to kill us and the Parcae put off our execution. At some point you opened your eyes and I closed mine, pretending that oasis of truth had never existed. I felt the warmth of your gaze or, maybe, I just made it up. What if it never occurred? What if I just dreamed you? But then I also must have dreamed me. Is that even possible? When did we wake up? Am I awake now? Because I'm still there, always there, my heart moved by the tenderness with which the sun kissed your vulnerable silhouette; my body craving the release of your touch; yours, petrified, so close to me and, at the same time, so fucking away as now.
sábado, 12 de septiembre de 2020
England (I)
Hay cosas que no pensé, pequeños cataclismos que devinieron en desastres, un cotidiano rosario de dolorosas lentas formas de morir. Recuerdo la noche, la lluvia, el sabor de la cerveza en tu boca, la certeza del adiós acuchillando mis ojos, volviéndome ciega, desbocando el instinto, desnudando el deseo, despellejando la carne hasta llegar al hueso. Todo lo demás no importa, se desvanece al regresar a casa y no tener más remedio que enfrentarme a la realidad del espejismo. Inventamos motivos que nos hicieron perder la razón. Diseñamos laberintos en los que perdernos. Esperamos eternamente en el bullicioso hall de aquel gris aeropuerto. Fingimos que jamás fuimos a la guerra, por más que nos desmientan las cicatrices que troquelan nuestros torsos. Vendamos las heridas, ignorando la sangre que tintaba nuestras ropas. Evitamos el cementerio, pero no el hospital en el que fallecieron nuestros sueños. El tiempo pasa, pero la hemorragia no se detiene. Te busco en cada beso que no doy, en cada posibilidad que estrangulo entre mis manos, en cada charco solitario que no dinamito de una patada, pero su fondo nunca custodia tu reflejo, porque tú ya sólo existes en la retina de mi recuerdo, congelado en ese instante prehistórico en el que nos limitamos a ser sin pretender, tus dedos tatuados en el hueco de los míos, tu angustia diluida en mi ansiedad, mil millones de secretos que no necesitábamos confesar...
jueves, 3 de septiembre de 2020
Big
Todo sigue igual, por más que parezca que ha cambiado: yo, buscando excusas que me acerquen a ti, con el inconfesable deseo de que tú no permitas que se acorte demasiado la distancia; tú, reduciendo los espacios, seguro de que seré yo la que acabará por alejarse. No hay pérdida ni ganancia, sólo dolor, soledad y falsa pertenencia a cuerpos que no albergan el alma adecuada. ¿Adecuada para quién? ¿Para nosotros o para las musas? Leo a Pizarnik como quien se chuta heroína. Supongo que ella escribía de la misma forma, aunque lo explicase de una manera mucho más bella. El tiempo sigue detenido y yo anclada a un momento mucho anterior al del colapso; sólo que ese momento no es único, sino fragmentado, diluido entre los diversos escenarios que presenciaron el suicidio del amor. ¿Sabes que volví a allí? Bueno, no a allí exactamente o, mejor dicho, no a todos los allís. Me creía fuerte e invencible. Esta vez nadie se equivocó al predecir mi futuro, pero yo debería haber adivinado cómo acabaría todo aquello. Ahorrémonos los detalles. Ya escribí sobre eso en alguna otra parte. Dime, ¿has dejado ya de odiarme o aún lo haces a escondidas, cuando nadie te ve y donde nadie nos oye, en el centro de este bosque que circunda las palabras suspendidas en los labios y las caricias amortajadas en la punta de los dedos? Yo lo hago, me detesto con todas mis fuerzas, sobre todo, cuando el viento ulula en mi ventana y el mar me reclama desde orillas de piedra y musgo. Alejandra lo habría expresado mejor, pero no de modo más sincero. El miedo a que sea lo que tiene que ser y a perderme en el intento. El horror de la certeza. La imponderabilidad de los planes del azar. La esperanza de que, alguna vez, acertemos por error.
martes, 14 de julio de 2020
Mayo (I)
A veces, la vida se detiene. Ya no hay palabras. Sólo imágenes discontinuas adheridas a la cara interna de los párpados: el agua derramada precipitándose lentamente hasta el suelo, gota a gota, plof, plof, plof; la oscuridad rasgada por el ronquido del enfermo; la lluvia resbalando en el cristal del autobús, desdibujando los olivos y las chimeneas de las minas; el rojo de la sangre que se escapa de las venas y el que colorea las manos irritadas; la angustia, el miedo, la duda, el anhelo en cada gesto, en cada cara, en cada cuerpo ceniciento. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí y, sobre todo, cómo evitaremos el desastre definitivo? Te quiero, aunque no sea suficiente, aunque el amor, probablemente, no alcance a encontrar la forma de salvarnos. Y, sin embargo, hay veces en que sólo una mano ajena es capaz de taponar la herida, de detener la hemorragia, de cauterizar el tajo que hiende la carne. Supongo que en eso consiste la fe: en creer que una caricia bastará para retener todo aquello que se nos escurre irremediablemente entre los dedos.
jueves, 9 de julio de 2020
Auschwitz
Resurgirá la vida y el amor en el centro de mi pecho, cuando la tierra digiera la sangre de las víctimas y el espectro de tu nombre deje de tatuarse en la cara interna de mi antebrazo izquierdo. Querían convertirnos en cadáveres andantes, pálidos reflejos de los hechiceros que invocaban a los dioses las noches de luna llena. Muchos sucumbieron a las llamas del odio inveterado, del miedo a lo distinto, de la lacerante ausencia de empatía. Otros nos escondimos en lo más profundo de los bosques y allí nos sorprendió el gélido abrazo del invierno, sin Prometeo que nos entregara un puñado de fuego. Aún sigo allí, paralizada bajo la nieve de tu abandono, las manos manchadas de la tinta de todas las verdades que no fui capaz de confesarte, mis labios congelados en la súplica que no acerté a enhebrar en mi último hálito fugaz. Algún día todos seremos juzgados: los verdugos y sus cómplices, los muertos y las estatuas de sal. ¿Cuál es tu coartada? Yo ya no tengo excusas, sólo propósitos de enmienda que fallecerán a manos del primer rayo de sol que derrita las lágrimas que jamás osaste derramar sobre mi cuello. Y aun así no pierdo la esperanza de que seamos algún día, cuando los cuervos callen y sólo se oiga el rumor de las hojas agitadas por el viento, cuando el vodka incendie nuestros esófagos y vomitemos por fin todo aquello que ahora arde en el crematorio de nuestras tripas. O puede que no, que sólo uno de los dos sobreviva al holocausto. ¡Qué más da! Bailaré sobre tu tumba o dentro de la mía. ¿Acaso importa cuántos metros nos separan del infierno?
miércoles, 29 de abril de 2020
Canibalismos (X)
Búscame. Siempre he estado ahí, incluso cuando me propuse dejar de estarlo. Soy adicta a tus desastres, yonqui de tu dolor, devota del aspersor de tus lágrimas. O quizá se trate de algo bien distinto, algo que no me atrevo a esbozar en estas líneas, por miedo a que adquiera la entidad que trato desesperadamente de negarle. Es curioso lo que une y separa a las personas, aunque me parece que ya hablé de eso en otra parte. ¿Por qué siempre me ha resultado tan difícil saber si la pena por la que lloro es propia o ajena? ¿Por qué no consigo liberarme del abrazo de nuestras desgracias compartidas? A veces pienso que mi lecho es una tumba. Otras, que el cementerio es mi único hogar. Vivo rodeada de espectros y la mayoría de ellos aún continúan vivos. ¿Por qué cuesta tanto respirar cerca de las luces de los muelles? ¿Por qué me empeño en repetir preguntas cuya respuesta no deseo aceptar? ¿Tú también has vuelto a alguno de los escenarios de los crímenes? Ciertas noches, tu recuerdo clava sus colmillos en mis muñecas, sorbiendo mi sangre hasta dejarme exangüe. Determinados días, tu sombra se pega a mis talones, haciendo el amor con la proyección de mi cuerpo sobre el asfalto. No siento el orgasmo, pero sí el eco de su vibración. Déjame chapotear un rato en el alquitrán de estas metáforas. Ya habrá tiempo de drenar el petróleo de nuestros pulmones o de ahogarnos en la negrura de nuestros temores más oscuros. Ahora permíteme ensuciarme de recuerdos lacerantes, de futuros imposibles y presentes abortados. Sólo espero que ésta sea una de esas enfermedades para las que jamás se encuentra cura.
miércoles, 15 de abril de 2020
El diluvio
La lluvia no siempre limpia; a veces, sólo encharca (mis pulmones, ahora mismo). Vi cómo se acercaban las nubes, preñadas de llanto, pero seguí negando la inminencia del diluvio. La esperanza es lo último que se pierde, pero cuán rápido se evapora cuando el desastre se quita la máscara y muestra su sádica ineludibilidad. Me ahogo. Soy un buzo a quince metros de profundidad y sin botella de oxígeno. Debería subir a la superficie, pero hace tiempo que dejé de distinguir el cielo de la tierra. ¿Y si siempre hubiera sido una criatura abisal? ¿Y si para poder respirar sólo he de hundirme un poco más? No me duele el diluvio, sino que tu sonrisa ya no me sirva de tabla de salvación. Te marchaste tan despacio que cuando quise seguir tu rastro tres inviernos habían sepultado ya todas tus huellas. Si al menos en alguno de ellos hubiese nevado... No hace frío, sólo viento y ausencia y barro bajo los pies. Tu pérdida ha inundado mi sangre de dióxido de carbono, contaminando mis células con el recuerdo de lo que pudo ser. La tarde es una cortina de agua y yo un pañuelo empapado que el actor principal abandonó sobre el escenario, el puñado de versos que no se dignó a declamar, la actriz secundaria a la que ni siquiera acertó a mirar. No te preocupes. Aunque regresaras, yo ya no sabría volver.
domingo, 12 de abril de 2020
Septiembre (I)
El calor de tu cuerpo sobre el mío. Tu respiración acompasada al vaivén de mi pulmón. Ni un solo milímetro de carne contorsionado de tensión. Por favor no permitas que fallezca este momento. Es curioso cómo el verdadero amor nunca aplasta, sólo aligera, no importa cuántas decenas de kilos reposen sobre ti. Un sofá, dos ilusos dormidos ajenos al ronquido del tiempo que corre en nuestra contra (la lluvia inundando el exterior). No hace falta que te diga que te quiero. Resulta más que evidente para cualquiera de las cuatro paredes de esta incrédula habitación. Yo tampoco necesito que verbalices aquello que ya sé. ¿En qué momento certificamos la banalidad de las palabras? Y, sin embargo, mañana volverás a preguntarme por qué tengo que marcharme y yo te miraré a los ojos y recitaré un atajo de razones sin razón que no creerás (tampoco yo).
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