martes, 12 de noviembre de 2013

Sombras (II)

Eres parte del error, un pedazo del desastre, la pieza que desencaja todo el puzle. Cuando me fui no quisiste saber nada de mí o puede que me fuera porque, ya antes de partir, no querías saber nada de mí. Fingí que no había nada que perder; cuando, en realidad, ya tenía todo lo que podía ganar. Se destruirá la noche y arderá la aurora, pero nunca amanecerá en el interior de mis párpados. Aunque no sepas lo que pasa, cuando se nubla tu vista es porque la sombra de mi recuerdo sobrevuela tu cerebro.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Naufragios (II)

Cuando llegaron las termitas, tú ya te habías convertido en piedra. Besaron tus muñecas, pero no encontraron ni una partícula de madera que llevarse a la boca. Te abandonaron y devoraron otros cuerpos más porosos y barnizados, que flotaban en el agua a la deriva, mientras tú, pesado granito, te hundías sin remedio entre las olas que azotaban los restos del naufragio. Saber nadar no te sirvió de nada. El mar te sepultó viva, mientras otros morían roídos por los implacables isópteros. Las víctimas no emitieron ninguna queja ni protesta, anestesiadas por el placer que provoca entregar el cuerpo propio al cuerpo ajeno. Tus gritos se ahogaron en un agua poco proclive a trasmitir el sonido del terror. Lloraste. También las rocas derraman lágrimas, pero todos las confunden con gotas de rocío. Ahora sólo tienes que esperar a que la Gran Sequía te devuelva a la superficie, una vez evaporado el hábitat de las algas que ahora te sirven de sudario. No es la primera vez que ocurre. Escucha. Aún hay peces que recuerdan cómo se formaron los océanos y el significado de los ríos que riegan las tierras baldías. Te esfuerzas en convertirte en corcho para poder hacer el muerto hasta la orilla, sin darte cuenta de que es la densidad de tus sueños la que te impide respirar un átomo de oxígeno que no esté ligado a dos de hidrógeno. Vivir es esto. Morir, lo otro.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Rascacielos (I)

Aún no es invierno, ni siquiera un otoño frío, pero vuelvo a dormir con calcetines. Mis pies son dos témpanos de hielo y cuando se quiebren caeré al suelo, me derrumbaré como las Torres Gemelas y una gigantesca nube de polvo cegará a quienes se encuentren cerca. Mis cimientos nunca fueron buenos. Siempre se me dieron mal los legos. ¿Cómo sostener sobre mis hombros el peso del mundo sin raíces que anclen mis piernas a la tierra? La lana hace efecto. El hielo se derrite y asoma la carne. En menos de diez minutos duermo y sueño con pies de hierro y acero que sustentan enormes rascacielos de más de mil pisos. Una niña de cuatro años se asoma al alféizar de una ventana de lo que ella cree que es la cima del mundo. Una muralla de nubes la protege de esa realidad que más tarde o más temprano la noqueará, de todas esas almas que ni comprende ni comprenderá. Concentrada, tratando de atisbar un pedazo de lo que oculta el telón blanco, regula el flujo de oxígeno de su mascarilla para adecuarlo a su ansiosa respiración. Vivir por encima del resto de la humanidad tiene un coste, aunque muchos se empeñen en defender lo contrario.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Cadáveres (VI)

Cadáveres descompuestos, superpuestos en una pila informe carente de cualquier atisbo de vida. Buitres. Buitres que sobrevuelan la llanura y se relamen imaginándose el festín. Tienes miedo. Miedo de que él esté ahí, enterrado bajo esos cientos de personas cuya muerte te resulta indiferente. Rezas. Rezas para que no sea así, pero hay algo que te asusta aún más. Si sigue vivo y no lo encuentras, tu dolor será mucho más grande. Sé que es absurdo, pero la separación definitiva parece menos terrible si ha sido determinada por la todopoderosa muerte.

miércoles, 30 de octubre de 2013

La mente es una puta

La mente es una puta que susurra mentiras disfrazadas de verdad, que te incita a morir en lugar de matar, que muerde sin permiso las piezas del puzle de tu columna vertebral. No la escuches. No entres en su juego. Si lo haces, fallecerás víctima del Miedo.

jueves, 24 de octubre de 2013

Djurgården

No es el mayor de todos tus desastres, pero sí el que más duele. Intuías el final de la película, pero no el instante en el que se desvelaría el desenlace. Querías continuar fingiendo que este agua que se desliza por tu cara no son lágrimas de invierno. Las hojas caen, el viento grita y tú lloras abrazada a tus rodillas. Está bien ser tu propio salvavidas, pero te gustaría no ser al mismo tiempo el ancla que te impide alcanzar la superficie. Las ondas del agua hipnotizan tu mirada. Hablan de sirenas y de brujas, de interminables piernas y resbaladizas colas de pez, de príncipes soñados y de sueños principescos, del TODO y la NADA. Son muchas las almas que corren delante de tus ojos, machacando las crujientes huellas del otoño. Tu nariz sorbe las primeras olas del naufragio. El resto fallecerán entre las rocas de esta orilla que custodia el cadáver de la Ausencia.

domingo, 13 de octubre de 2013

Monstruos (II)

Está la nieve. Está el frío. También la sangre. Son imágenes recurrentes que provocan la asfixiante apnea de tu sueño. Desconoces su origen, pero no puedes negar su persistente existencia. ¿Qué diría Freud de todo esto? No es difícil de imaginar. Ante la imposibilidad de cerrar los ojos y negar el desastre, decides explorar los inhóspitos dominios de los monstruos que sonríen a tu espalda, seguros de que acabarás rindiéndote a la evidencia de que, más tarde o más temprano, acabarás despedazada entre sus garras, desangrada sobre la fría nieve boreal, que aún no has visto ni tocado, pero que sepultará tu cuerpo exangüe y congelado.

jueves, 10 de octubre de 2013

Niebla (I)

La niebla puede ser más blanca que la nieve, más densa, más espesa, más consistente, incluso más fría. Lo sé bien. Una vez me vi atrapada en ella. Durante días y noches, durante noches y días, traté de desprenderme de su envolvente abrazo de anaconda. Nunca lo conseguí del todo. Una mínima parte de su blancura helada permanece adherida al tuétano de mis huesos, me hace temblar con 40º a la sombra, impide que mi piel se broncee en el Caribe y nubla mi vista cuando el cielo no está encapotado. Son también estos jirones nebulosos los culpables de mis despertares de madrugada, gritando con desesperación el nombre de Ret Butler, justo igual que Escarlata O'Hara, segura de que habrá un mañana, aunque no se trate de otro día, sino de la eterna y circular repetición de esos errores que provocan arrepentimiento incluso antes de ser cometidos. Estamos abocados al desastre. Tú y yo. Hijos de un Dios mayor, que fulmina con sus rayos a quienes trepan a los árboles para divisar el final del horizonte. Una vez me vi atrapada en una niebla más blanca que la nieve, más densa, más espesa, más consistente, más fría. No fue fácil escapar de su crujido de cristal. Es difícil cerrar los ojos y avanzar a tientas. Hay que aceptar la cruda realidad de que, a veces, nuestros pasos los guía únicamente el azar. No te logré encontrar. Ése es el hielo que me impide respirar, una niebla tentacular que, más tarde o más temprano, me ahogará. Sé que te da igual. Hace tiempo que me convertiste en un recuerdo naufragado en el fondo del mar, devorado por pirañas asesinas y otros peces carroñeros pendientes de clasificar.

martes, 8 de octubre de 2013

Sombras (I)

Hay sombras, sombras encerradas en el armario, golpeando las puertas, pugnando por salir. Algún día se quebrará la madera o saltará el cierre por los aires y, una vez liberadas, te abrazarán hasta asfixiarte.

martes, 1 de octubre de 2013

Abismos (I)

Me asomo al borde del abismo. No quiero precipitarme en él, pero sé que lo haré. Si no salto yo, Él me empujará. Siempre lo hace. Luchar con uñas y dientes, liberar el animal salvaje que duerme dentro de mí. No tiene sentido. Hacerlo implica caer, despeñarme por el precipicio y descubrir que sólo podré conciliar el sueño en su esponjoso fondo. Porque, en contra de lo que todos piensan, no es dura la tierra que ahora yace a mis pies, a muchos metros de distancia. Lo sé. Sé que la caída no me matará; pero, como otros muchos, tengo miedo de abandonarme en los brazos de la ley de la gravedad, confiando en la acientífica limitación de su poder. Caer, caer, caer sin que revienten mis órganos internos, sin que se quiebren mis huesos, sin que se derrame mi sangre. Depositarme suavemente en el lecho de un río que se secó hace siglos. Oler la sal que yace bajo la tierra y sobre mi piel. Morder el miedo. Sumergirme en las llamas de este supuesto infierno para escapar del frío de ese presunto paraíso. Todo lo que está arriba tiene que bajar, pero no todo lo que está abajo tiene necesariamente que subir. Trato de recordar los motivos por los que no quiero acabar allí, pero son más las razones por las que necesito huir de aquí. En realidad, no tiene sentido pensar. No soy yo quien decidirá el momento. Mi destino depende de la dirección en la que sople el viento.