Las ardientes lágrimas de la vela caían sobre mis botas. Yo contemplaba cómo se solidificaban sobre la negra piel, creando una hermosa constelación de diminutas lunas llenas. En el cielo, el satélite terrestre engordaba por momentos, ahíto de las soledades más feroces. Mi corazón sangraba al compás del silencio de la noche. "¿Dónde estás? ¿Por qué no te siento?" Caminaba bajo el fuego del recuerdo de ese pasado inaprensible que, aún hoy, continúa acuchillándome de costado. Cuánto dolor para tan poca herida. "¿Dónde estás? ¿Por qué no te siento?" rumiaba febrilmente entre mis labios, como un mantra incapaz de salvarme, pero sí de anestesiar la angustia. "¿Dónde estás? ¿Por qué no te siento?", "¿Dónde estás? ¿Por qué no te siento?", mi oscuridad interna siempre más densa que la externa, petróleo emocional encharcando mis pulmones. Cerré los ojos. Traté con todas mis fuerzas de regresar allí, a esa otra noche huérfana de consuelo, pero preñada de esperanza. Naufragué, sin embargo, en una orilla bien distinta. Grité tu nombre. Sólo el eco respondió. Abrí los ojos. Dejé que me abanicara el aleteo de los murciélagos. "Todo irá bien, por muy mal que parezca ir". No me creí, pero me equivocaba.
Blog en el que buceo en universos paralelos distantes y distintos encerrados en el centro de un protón del núcleo del átomo de mi existencia.
lunes, 16 de mayo de 2022
martes, 10 de mayo de 2022
De ídolos y tumbas
No le di importancia porque no quería que la tuviera. Una parte de mí sabía que me equivocaba. La misma parte que me susurra a gritos "no podrás hacerle la cobra a tu destino durante mucho más tiempo", como si no fuera más que evidente que mi fatum, más temprano que tarde, me meterá la lengua hasta la garganta. No, no trato de esquivarlo, sino de prolongar esta ilusoria sensación de control sobre mi sino. "Control". ¡Qué palabra tan absurda y engañosa! Hubo un tiempo en el que a mí también me convenció de que creyera en ella. Ahora sé que no es más que un cascarón vacío, una entelequia, pero también un espejismo cuya persecución puede derivar en magnífico desastre. Lo sé porque estuvo a punto de acabar conmigo. Sí, hasta hace poco me sacrifiqué cada día en sus altares. Como con cualquier otro falso ídolo, ninguna de mis plegarias fue atendida. Dirán algunos que también los auténticos Dioses ignoran la mayor parte de nuestras oraciones, pero Ellos están cargados de razones, por más desconocidas que éstas nos resulten. No, no quería filosofar, sino arrepentirme, esbozar esa culpa que nunca arraiga en el centro de mi pecho estéril, alumbrar algún estigma, incluso aunque resulte inapreciable a simple vista. Pero no, sé que todo ocurrió por algo y que, si cambiara la más mínima coma, me hallaría inmersa en un texto bien distinto. Sí, algún día cambiaré de máscara, pero el rostro enterrado debajo continuará inmutable, impertérritamente inaprehensible, dichosamente eterno. Tú me reconocerás y, como siempre, huirás del abrazo del pecado. Yo te maldeciré y bendeciré al mismo tiempo. Y todo seguirá siendo igual, por muy distinto que parezca.
miércoles, 23 de marzo de 2022
Desastres (XII)
Barajo desastres, sin terminar de decidir en cuál de todos ellos precipitarme. Es hermoso el sonido del silencio, la ausencia de guía, la falta de pistas. En un momento dado, te hago daño, sabiendo que te estoy haciendo daño, pero sin querer hacértelo. Es un acto reflejo, un parpadeo inevitable o, tal vez, sólo el campo magnético que ata a la polilla a la luz (yo, la llama; tú, el insensato insecto). Trato de liberarte del destino al que te condenan las leyes de la física, pero tú te empeñas en fallecer abrasado por el calor de la proximidad de un cuerpo marcado a hierro candente con las iridiscentes letras de otro nombre. Perdóname. Así, con todas las letras y alguna que otra lágrima de arrepentimiento. En realidad, tú eres la luz y yo el insecto, pero la atracción funciona en el sentido equivocado. Busco palabras que enderecen el error, pero las matemáticas no mienten y el alcohol sólo subraya mis silencios. Hay noches que no recuerdo, misericordes amnesias tartamudas que me absuelven de mis pecados más nítidos. Te encierro en una de ellas y tiro la llave al río en el que navegan todos mis secretos. Era necesario a la par que deleznable. Te debo un poema en versos endecasílabos y una explicación desnuda de metáforas, pero sólo te doy otra huida asmática y absurda. Me consuelo con la idea de que, en realidad, nunca me has querido; porque yo, en verdad, soy todo aquello que tú no sabes de mí. Pero, ¿acaso puedo adivinar lo que tú intuyes?
jueves, 24 de febrero de 2022
Los renglones torcidos de Dios
La vida sigue, pero yo no. Mi inmovilidad carece de razones, pero está plagada de motivos. No sabría explicarlo, aunque quisiera, pero lo siento todo de forma tan prístina que me resulta imposible de ignorar. No es que no pueda continuar, sino que no debo hacerlo. He de aguardar a que me rescate mi destino, flotar a la deriva hasta que el mar decida si ha de tragarme o escupirme en alguna orilla, soltar el timón y dejar de rezar para recuperar el rumbo. Lo que tenga que ser, será, no importa el empeño con el que tratemos de enderezar los renglones torcidos de Dios. El tiempo murió en vanas esperas. Traté de resucitarlo, sin terminar de comprender el credo de Nietzsche. Ahora sí entiendo la paradoja que vertebra la existencia. Dejo de resistirme, de hacer, de desear; pero mis omisiones de ahora nada tienen que ver con las pasadas. Su origen es diametralmente opuesto y esencialmente diferente. El miedo ha sido sustituido por una trémula fe en la benevolencia de la omnisciencia divina. O puede que no, que sólo finja creer para no caer en el vacío, para no ser desgarrada por el despropósito de mis emociones, para no admitir que, tras mi parálisis, se oculta el secreto deseo de que, por fin, tú me encuentres a mí.
martes, 22 de febrero de 2022
Y vimos cambiar las estaciones
Anochece antes, pero el frío no termina de llegar. Las hojas caen sin haber mutado de color. Yo te espero como antes, como siempre, como si el mundo y nosotros no fuéramos bien distintos a esos dos estúpidos que se miraban, hambrientos, bajo la lluvia, bebiendo vino para ahogar el deseo o, quizá, simplemente, para tener una excusa que permitiera liberarlo sin remordimientos. Nada ocurrió. No me arrepiento. Ninguno de los dos estaba preparado para esto. Últimamente hablo demasiado. Me derramo en los oídos del primer extraño dispuesto a tratar de adivinarme. Les doy todos los puntos, pero no sabrían unirlos por más que lo intentaran. Mi corazón continúa atrapado en el laberinto de tu recuerdo, olfateando migas de pan que puedan conducirlo hasta tu encuentro. La luna llena ilumina los senderos del olvido, pero yo prefiero adentrarme en la oscuridad, amortajarme en el alquitrán de tu silencio, ése que yo provoqué en un impulso genocida, cuando la vida se expandía en contra de nuestra soberbia voluntad. Ahora centenares de desconocidos fallecen cada día a nuestro alrededor sin que nadie crea en ellos, pues no podemos verlos, ni olerlos, ni tocarlos. Sólo podemos imaginarlos y cruzar los dedos para no tener que acompañarlos antes de tiempo. ¿Sus fantasmas también te provocan pesadillas o sólo yo me despierto cuando entrechocan sus clavículas? Dime que aún hay tiempo para que todos hagamos lo correcto.
lunes, 14 de febrero de 2022
Apocalipsis (IX)
En mi cabeza, bailo todo el tiempo; a veces, contigo; la mayor parte del tiempo, sola. Soy feliz a mi pesar; aunque sepa que el apocalipsis debiera devorarme desde dentro, si no lo hace desde fuera; aunque yo también me hunda en el pantano, sin rama que me sirva de asidero, ni tabla que me mantenga a flote sobre el cieno. He llorado tanto por desastres magnificados que, ahora que el Everest se derrumba sobre mí, no me quedan lágrimas con las que lavar mi cadáver. Somos polvo y el polvo acabará por conquistar hasta la última partícula de nuestro ser. Hay lugares que se repiten y otros que se diluyen en la lejanía de la intrascendencia. Nunca he sabido si escribo para otros o para mí misma. ¿Acaso para ti? Pero no, tú nunca me has leído, porque siempre has sabido que tú sólo entiendes mis silencios. Te veo en sitios que no hemos pisado juntos y trato de borrarte de calles inundadas de tu nombre. Los edificios desaparecen, pero los cimientos se enquistan bajo el asfalto. Conozco de antemano el resultado, siempre lo he hecho, pero sigo esperando que mute la sentencia, que tú y yo anclemos entre gemidos nuestros labios. El tiempo pasa y sólo la incertidumbre permanece. Nuevas muertes jalonan nuestras vidas y el dolor, que tratamos en vano de revertir, nos asfixia con saña cada noche. No hay remedios, sólo anestesias (el alcohol que entorpece los sentidos y diluye el arrepentimiento; cuerpos que nunca serán hogar, pero sí asilo transitorio; el luminoso recuerdo de aquello que fue, a pesar de nosotros mismos).
miércoles, 9 de febrero de 2022
martes, 28 de diciembre de 2021
Tocarte
Me hundo en tus ojos de lodo, arenosamente movedizos, enfangados de adúltero deseo. Me recuerdan a esos otros ojos, más oscuros, desértico cañón americano, en el que el séptimo de caballería del destino me aniquiló cual indio empeñado en defender con flechas su existencia. No te quiero, pero podría hacerlo si terminara de inventarte, de atribuirte cualidades que ni tienes ni comprendes. Pero no, no es eso, es sólo el atractivo del error incorregible, la ensalivada boca del lobo, a punto de hincar el primer mordisco, ofreciéndose como piscina en la que refrescar mi hastío. Pero, ¿qué soy yo para ti? ¿La tentación irrealizable, una equivocación pasajera o la última reina de tu póker definitivo? No lo sé y poco me importa, mientras las yemas de mis dedos acarician la punta de la llama. Corre el alcohol más deprisa que las horas, se embotan los sentidos y la lengua se desata tanto como se traba. No sé cómo ni cuándo, pero parafraseamos a C. Tangana (¿Valiente o gallina? ¿La bolsa o la vida?... Follarte). Y desgastamos nuestras huellas dactilares de tanto usarlas. Y la noche muere sin tratar de adivinar qué traerá el día.
martes, 14 de septiembre de 2021
Tiene que ser aquí
Hablo de ti. Todo el rato. Pero nunca digo la verdad, porque la verdad ya la destripó Maggie: "Pienso en ti todos los días y no lo sabe nadie". Así que cuento historias, ficciones sin auténtica base real, antifaces para nublar la nitidez de la ausencia. Puntos suspensivos. Muchos puntos suspensivos. Hoy he naufragado en tu orfanato temporal. ¿Estás aquí o ya has descubierto que no hay continente capaz de evitar el desbordamiento de tu pena? Odio los cielos azules, sin asomo de nubes. Puede que me recuerden aquel día de aciaga memoria o que, simplemente, no sea una mujer monocromática. Te imagino de mal humor, contrariado por todo aquello que le sale bien a otras personas, nunca a ti, iracundo por el algodón que Dios no se molestó en sembrar sobre la bóveda celeste que deslumbra tus ojos de asfalto. Tengo miedo, auténtico pavor a no volver a encontrar otro corazón que me resulte tan transparente como el tuyo, pero lo cierto es que siempre hubo notas que no supe descifrar en el pentagrama de tus pestañas. Son esos minúsculos misterios los que me atan a ti, el hilo rojo que no logro cercenar entre mis dientes, el origen de la espuma enrabietada que escupen las comisuras de mis labios. Soy prisionera de un enigma, rehén de todo aquello que durante tanto tiempo nos esforzamos en negar. No estoy aquí por casualidad, pero tú sí. Tú nunca escogiste este lugar, igual que yo nunca elegí tu pecho como almohada. Ambos somos víctimas de los caprichos de los dioses retratados por Homero, pero nos empeñamos en disfrazar de libre albedrío todas las decisiones inducidas que, primero, unieron y, luego, separaron nuestros cuerpos. Y no habrá ferry que preste sus oídos a la confesión de nuestros más recónditos desvelos; pero este mar, primo lejano de aquel otro que fue testigo del preludio del final, este mar lo sabe todo, especialmente aquello que tú y yo nos concentramos en ignorar.
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Maggie O'Farrell,
Tiene que ser aquí
lunes, 13 de septiembre de 2021
Este mar
Este mar sabe cosas de mí que los seres humanos ni siquiera intuyen; porque este mar ha compartido mis mareas, penetrado en mis heridas, salinizado mi sangre y centrifugado mis lágrimas. Este mar está dentro de mí y yo dentro de él. Este mar conoce de memoria cada uno de mis miedos e inseguridades, no sólo los que han sobrevivido a todos mis naufragios, sino también aquéllos que logré ahogar en mitad de alguna de las más fieras de mis tormentas. Este mar desveló mis sueños más adolescentes y también vislumbró los que regirían mis insomnios adultos; pero, sobre todo, este mar fue barbitúrico de mis pesadillas más cruentas. Este mar te dibujó desde el principio en la espuma de sus olas, pero yo no quise creer su profecía, ni siquiera cuando ambos inventábamos tiburones sobre la madera carcomida por el vaivén de sus caprichos. Este mar me dijo "Ya te lo advertí", cuando regresé a sus orillas años después de haberte perdido para siempre y también "Volverás a mí, por más que intentes eludirme. Hasta entonces, mis gaviotas continuarán graznando tus desastres en oídos que ni quieren ni comprenden". Este mar es mío y yo suya, porque ambos surgimos del mismo abismo y a él regresamos las noches de luna llena, cuando la oscuridad resplandece en sus pupilas y mis licantrópicos párpados tiemblan de deseo enfebrecido. Este mar, ahíto de piedras, conoce mi destino. Yo le pregunto y él tartamudea futuros, que yo no me atrevo a convertir en realidad; pero he visto reflejadas en su superficie certezas que también están escritas en las estrellas. A veces, las niego. Otras, las muerdo. Este mar ríe. Este mar llora. El muelle cruje. Mi corazón ruge. Este mar siempre vuelve, por más que yo trate de marcharme.
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